La construcción discursiva del orientalismo

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LA CONSTRUCCIÓN DISCURSIVA DEL ORIENTALISMO

                                                                                                                             RESUMEN

En el presenta trabajo he analizado a grandes rasgos el proceso de elaboración de un discurso, el del orientalismo, el cual ha sido desarrollado artificialmente, como cualquier intento de agrupar a individuos que no se sientan por sí mismos, a través del conocimiento y el contacto, identificados. La agrupación natural de individuos en diferentes colectivos viene de lejos, así como la aparición consecuente de un <<nosotros>> y un <<ellos>>. El uso que se dio por parte de los instigadores del orientalismo de este discurso dicotómico para sus propios fines también constituye una parte importante de este trabajo.

Palabras clave: orientalismo, economía, conflictividad, propaganda, desarrollo

                                                                                                                            SUMMARY

The aim of this work is to study and understand the artificial orientalism speech growing which has had political use. The union of different people come from a long time as a natural tendency of animals and, moreover, in humans. That builds a discus about different human association that makes easily the conflicts. Politicians use of that is one other point of these study.

Key words: orientalism, economy, unrest, advertising, development

                                                                                                                    INTRODUCCIÓN

Buscando el Este en el Oeste es una frase usada para titular la introducción del libro Moros en la costa. Orientalismo en Latinoamérica, escrita por su editora, Silvia Nagy-Zekmi, la cual define a grandes rasgos el paradigma del <<orientalismo>>, el cual no es otro que la búsqueda del entendimiento del funcionamiento social, espiritual, ideológico y cultural de Oriente desde un prisma occidentalizante. Esto tergiversa y distorsiona nuestro entendimiento, y con él el de nuestras posibles conclusiones. Es por ello que, a causa de la motivación del presente trabajo, dicho título pareciese el más apropiado, en aras de responder a todas las cuestiones que se plantean con un campo tan amplio, diverso y controvertido como el del orientalismo, para presentar el tema.

Y es que, el orientalismo como tal, carece de una concepción ortodoxa más allá de, como señalábamos anteriormente, el bagaje cultural que desde el mundo occidental hemos construido. Este relato, elaborado con mayor o menor acierto y asentado mayoritariamente en los libros de viajes que desde la Antigüedad se configuraban del mundo oriental con autores como Heródoto, y las explicaciones que a raíz de las mismas damos a los acontecimientos, movimientos e historia de este gran ente geográfico, poco delimitado, pero que sin embargo ocupa una de las mayores proporciones de superficie terrestre sobre la Tierra, a saber: Asia y África, dotan al término <<orientalismo>> de una gran, en palabras de Edward Said, <<expansibilidad>>. Esto se debe a que, de concepciones tan claramente delimitadas como la del orientalismo principalmente africanista español del siglo XIX, pasamos por otras que pudieran parecer ajenas al término oriental, como su aplicación a los indígenas o culturas precolombinas de Latino américa que señala Nagy-Zekmi.

Son territorios estos distantes que si bien siempre se han encontrado en contacto unos con otros por diferentes vías y causas, han mantenido una distancia cultural entre sí. Esta distancia,  a la cual podríamos llegar a denominar étnica, favorece la creación de sendas culturas paralelas, a veces entremezcladas, pero con un legado de conflictividad el cual pudiera ser la causa principal de esa visión del humano diferente por el color de su piel, sus ropas o su lengua como del otro, el que aun pudiendo estar junto a mí se encuentra alejado por unas causas profundas – y supuestas – irresolutas. Una historia paralela pero carente de entendimiento la cual ha llevado, para bien o para mal, a estudios sobre esta oposición. Estudios realizado tanto para menoscabar estas diferencias como para profundizarlas y poner un punto de atención sobre ellas, refiriéndose incluso a épocas pasadas, si bien Silvia Nagy-Zekmi define el orientalismo como “una práctica discursiva compleja por medio de la cual el Occidente <<produjo>> el Oriente a base de un sistema de conocimientos que enfatizaba las diferencias entre los dos”[1]. Es decir, achaca un uso continuado por parte de Occidente de su producción literaria e iconográfica,  tema principal de este trabajo, a través de las cuales sale a relucir un mundo si bien no opuesto a grandes rasgos, sí diferente al occidental, creando una oposición, un otro, a la par que crea un nosotros. Vemos en las producciones literarias o iconográficas representaciones de clichés y categorías generalizantes de un mundo que, por diferente, nos resulta extraño y desconocido. A este problema se le suma las prácticas de los creadores de pensamiento y opiniones críticas de, como señala Nagy-Zekmi, enfatizar estas diferencias, obviando las similitudes e incluso los antecedentes comunes, los cuales quedan englobados por hechos tan cruciales como la pertenencia a una misma raza, la humana – homo sapiens sapiens -, o la pervivencia en el mundo occidental de la numeración islámica, la cual ha llegado si bien no en forma sí en contenido,  sin variaciones, desde la India, por poner algunos ejemplos.

Es por ello que, careciendo de una visión global homogénea, a grandes rasgos, el orientalismo define el almagraba de ideas y visiones que del mundo oriental se tiene en el occidental, extraídas estas a través de siglos y siglos de contactos, hostiles o no, de un mundo con el otro. Esto ha llevado a la creación de unos clichés poco estudiados, y asentados en mayor medida en sentimientos, percepciones e ideas pasadas perpetuadas en el tiempo, las cuales superponen a Europa frente a dicho mundo oriental. Así, en este trabajo, buscaremos analizar el momento de construcción de dichos clichés achacados a los relativos al área geográfica que, como decíamos anteriormente, se encuentra escasamente delimitada, y ver el trabajo de construcción cultural y de posterior propaganda que se crean en torno a él, buscando los orígenes y la difusión de este fenómeno.

Para ello, además del uso de la bibliografía consultada y citada en el apartado correspondiente, usaremos los ejemplos distribuidos para el alumnado sobre carteles y postales de principios del siglo XX como muestras de la proyección del orientalismo en la vida cotidiana y, por tanto, en el pensar general de la época, recopiladas en las imágenes sobre la Exposición Iberoamericana de Sevilla (1929), en la exposición de la Casa Árabe de Madrid Brisas de Oriente. El cartel comercial español (1870 – 1970), y en la exposición Encuentro con los años treinta del museo Reina Sofía, acerca de la Exposición Colonial de París (1931).

                                                                                                                           IDEOLOGÍA

Decía Forges en el capítulo XVII de Forgemporánea, “En el barranco del Lobooo…” (1983), que para explicar los antecedentes del conflicto hispano-marroquí no había que retrotraerse hasta los Reyes Católicos, sino a la injerencia directa española en la denominada Primera Guerra de Marruecos de 1859 – 1860. Sin embargo, las causas últimas de estas intervenciones venían motivadas por razones de índole principalmente económica, pero a estas les seguían razones sociológicas y antropológicas. Esto se debe a la necesidad de encontrar nuevos de mercados desde los cuales dar salida a los productos manufacturados europeos, y para ello que mejor que la imposición de la posibilidad de compra a las futuras colonias, asentadas en los ideales de expandir la civilización, no solo por altruismo sino incluso por un supuesto mandato divino, sobre unos pueblos inferiores[2].

Es aquí, en esta justificación, donde se introduce nuevamente, de forma sutil pero efectiva, un supuesto axioma que implica la vitalidad y superioridad intelectual, moral y tecnológica de la raza blanca, europea[3] y occidental, sobre cualquier otra de los pueblos no caucásicos[4], lo que otorga ese halo de “divina providencia” que lleva a los europeos y norteamericanos a expandirse e implantar colonias a lo ancho y largo del globo terrestre, en aras, teóricas, de llevar el progreso a esos homínidos estancados en un puesto evolutivo anterior. Es la “carga moral de difundir la civilización y la cultura a las sociedades salvajes y/o atrasadas”, a través de la transmisión cultural y, sobre todo, la dominación política, que indica Alicia Campos[5]. Con esta premisa las potencias occidentales se concederán para sí mismas carta blanca en estos territorios no bendecidos con la gracia – divina – de la ciencia y la tecnología.  Es por ello que el colonialismo proviene de unas necesidades políticas y económicas, basadas en la expansión y conquista, las cuales aumentaban el prestigio, poder y los mercados de la potencia dominante. Seguidamente, hemos de indicar que cuando el colonialismo entra en auge hacia mediados del siglo XIX ante el difusionismo de ideas más avanzadas y destinadas a la defensa y apoyo a las sociedades humanas más desfavorecidas, hubo de apoyarse en unos ideales, donde entra ya no justificación económica o política, sino moral y ética o, continuando las ideas del darwinismo, evolutiva[6]. Por ello, aquellas sociedades más desarrolladas por su tecnología, sus estructuras políticas y funcionales o por sus rasgos identitarios ideológicos o estéticos[7], basándose en estos atributos, defendieron su misión civilizadora, como podemos comprobar en la primera imagen [1], donde vemos un mapa del mundo en el cual la luz de la ciencia, la cultura y, en definitiva, de la civilización, se sitúa en Europa. Es desde aquí desde donde salen los rayos que iluminan el mundo, como alegoría de la función de los bravos expedicionarios que abandonan sus casas buscando llevar el progreso por toda la faz de la Tierra. Una situación ésta la cual crea unas relaciones, como señala Edward Said[8], basadas en el poder, pues la consecuencia final de la “iluminación” de la cual gozan los estados del denominado occidente es su supremacía militar, la cual permite a una de las fracciones más pequeñas del mundo, Europa, dominar entidades enormemente superiores en tamaño, extensión y demografía. Su hegemonía permite imponer criterios, como qué es lo correcto y lo civilizado, frente a qué es bárbaro y salvaje, al resto del mundo, viéndose expresiones de la supuesta superioridad blanca hasta en los mismos escritos de los “orientales”. Así, Edward Said señalaba que “Oriente fue creado […] u <<orientalizado>>, no solo porque se descubrió que era oriental, […] sino también porque se podía obligar a serlo”[9].

Y nombraba Forges a los Reyes católicos,  tras este breve paréntesis, por el supuesto carácter continuador de la Reconquista que se ha dado a la ocupación española de la costa norte magrebí, iniciada ya en tiempos de Isabel y Fernando, cuando decidieron que, por la seguridad de la recientemente conquistada costa sur de la península, ocupar las costas norteafricanas, en aras de frenar los actos de piratería que sus pobladores venían cometiendo con ardua frecuencia contra las cosas de las penínsulas Ibérica e Italiana. Es por ello que desde España, comúnmente, se ha construido un relato acerca del orientalismo africano y musulmán más cercano. Pese a ello, no ha gozado de mayor rigor que otros salidos de países como Inglaterra o Francia. Sin embargo, si ha sido más relativo a un marco geográfico más concreto, el Norte de África, lo cual ha llevado a que el orientalismo español sea conocido como <<Africanismo>> u <<orientalismo marroquista>>[10]. Dicho orientalismo“autóctono” no difiere mucho, sin embargo, de los otros orientalismos, europeístas u occidentalistas, reflejo para Said del “poder europeo y atlántico sobre Oriente”[11]. Queda así en entredicho la construcción de un enemigo o un rival, una raza humana diferente, desde tiempos inmemoriales, y es el momento de su creación el siguiente apartado que analizaremos, conocidas ya las bases argumentales del orientalismo y su puesta en práctica, a través del colonialismo, como materialización de estas ideas – expansión de la civilización por derecho y por obligación divinas – y de esas necesidades – creación de mercados y de demanda -.

No es casual la incidencia de los diversos autores consultados para este trabajo en la formulación del orientalismo más como un sistema seudocientífico y acorde con la tradición catalogadora occidental y científica que como un término que denomine a una realidad. Si Said incide en el hecho de la “construcción del orientalismo desde Europa” para denominar una realidad europea, más que una realidad universal, otros autores, y él mismo, acompañan esta idea con la creación institucional de un discurso – el del orientalismo – que se diluyera por toda la sociedad occidental, asegurando no solo el poder, sino también la legitimidad de las acciones realizadas.

Se observa una práctica continuada en la defensa de estas ideas, asentadas en la argumentación expuesta en las páginas anteriores. En 1910 Arthur J. Balfour, parlamentario británico y europeo considerado conocedor del colonialismo por su paso por la India, reseñaba ante la Cámara de los Comunes la supremacía británica, que no superioridad, frente a sus colonias principales, Egipto y la India, las cuales, pese a haber sido habitadas por grandes civilizaciones, se encintraban ahora en una situación muy distinta. Para Balfour, las grandes civilizaciones orientales habían existido e influenciado incluso a los modos de vida y del pensamiento europeo pero, sin embargo, no habían sido capaces de prevalecer. Ahora, en el  siglo XX, cuando Balfour pronuncia estas ideas, son las potencias occidentales las que se encuentran estudiando a estas magníficas, grandiosas en palabras de Balfour, culturas, elaborando unas fuentes de información sobre las mismas que no existían en el momento, lo cual lleva a Balfour, al cual usaremos como ejemplificación de las grandes líneas de pensamiento de la época, a destacar esta supremacía europea. Si bien el político inglés pide que se olviden los términos de superioridad e inferioridad, Said señala que estos están presentes de forma continuada en su discurso. Como epitafio, señala la superioridad moral europea, pues sin sistemas despóticos, logró erigir inmensas obras y dominar el mundo, en contraposición a los siempre catalogados como despóticos y autoritarios regímenes orientales, transformados en monarquías absolutas desde la Antigüedad, como fueran los faraones egipcios, los príncipes hindúes o los sátrapas de Persia. Así, para Balfour, el asentamiento de gobiernos europeos en territorios orientales, término el cual aplica a África y Asia, es necesario y está justificado, pues los egipcios o cualquier otro pueblo oriental, sin la ocupación y el gobierno occidental no saldrían de sus gobiernos autócratas y obsoletos, a causa de la falta de conocimiento sobre lo propio que achacan los escritos de la época a los orientales. “Egipto necesita – de hecho, exige – la ocupación británica […] para llevar a cabo en Egipto la gran misión que no sólo nosotros, sino el mundo civilizado, les ha encomendado”[12], dice Balfour, reflejo de esa visión de superioridad intrínseca a la raza europea, a la raza blanca, por su superioridad intelectual, constatada en las acciones de sus miembros y gracias a los estudios históricos, realizados, como no, por europeos. Se defiende así una teoría supremacista en la cual los occidentales, por sus capacidades superiores, debían llevar sus conocimientos a los orientales, mostrándoles sus aciertos pero también sus fallos, causados por sus deficiencias morales o civilizadoras, su falta de racionalidad, sus tendencias al servilismo y a la docilidad, a las malas artes, a su desconfianza y a su falta de líneas morales firmes[13]. Es por ello que los orientales debían ser dominados y los occidentales dominantes, no en una situación de conquista, sino de tutelaje.

Es esta visión, infantilizadora del oriental y de visión de desarrollo pleno, de crecimiento, cronológico e intelectual, casi completo, del occidental, la cual supone la línea principal de argumentación del orientalismo.

                                                                                              GÉNESIS DEL ORIENTALISMO

Una vez conocida las bases ideológicas en las que se encuentra asentado el orientalismo, hay que señalar el momento de su aparición, y es que, retomando las ideas que señalaba al principio del trabajo, la germinación del pensar orientalista se encuentra en las misiones en búsqueda de nuevas materias primas – o nuevos puntos de explotación -, así como en nuevos mercados donde dar cabida a los productos manufacturados, y, por tanto, en causas económicas, aunque también políticas, como veremos más adelante.

Cierto es que la posesión de colonias por parte de un estado ya había comenzado en el siglo XV con la conquista española de los primeros territorios en el recientemente descubierto continente americano, seguido de cerca por otras potencias europeas como Holanda, Gran Bretaña o Francia. Sin embargo, en un primer momento, estas conquistas estaban relacionadas más con la búsqueda de nuevas rutas mercantiles hacia la India, cortadas aquellas tradicionales que atravesaban Oriente Próximo ante la caída de estos territorios en manos de los otomanos. Una vez descubiertas las riquezas y las posibilidades económicas y mercantiles que estas nuevas tierras ofrecían, se buscó la explotación de las mismas ante la falta de una estructura política en la región similar a las europeas a la cual pertenecieran esas tierras, reclamándolas los europeos para sí. Son estas unas de las primeras razones políticas que fortalecen el expansionismo colonial europeo, pues la posesión de una colonia, además del prestigio que otorgaba, por un lado ofrecía nuevas puntos de reabastecimiento y, sobre todo, por otro, el acceso a nuevas materias primas o a fuentes de otras ya conocidas pero encontradas en menor medida en Europa, caso por ejemplo de las minas de oro, las cuales en España se encontraban densamente explotadas.

Volviendo al caso español, su poblamiento y la evangelización de sus pobladores, sendas señas de identidad – la segunda a veces cambiada por el patriotismo – del posterior colonialismo, son un rasgo de este primer colonialismo, así como la visión de los pobladores del Nuevo Mundo, sin una gran tecnología, carentes de ropas, armas de hierro o armaduras como las europeas siquiera, desconocedores de la palabra de Dios, como unos seres que debían recibir las bendiciones Todopoderoso a través de los europeos. La conclusión que extraían de ello era la creencia en la superioridad de los europeos frente a los salvajes, dóciles, aunque a veces reacios a recibir la luz divina de la fe y la civilización. Este problema aparecido casi de la nada provocó grandes conflictos, pues en el período los musulmanes y, por tanto, los pobladores de las mayores partes de la tierra africana conocida, habían sido hace poco los mayores incentivadores de las ciencias y las letras en el marco europeo[14]. No ocurría lo mismo con los pobladores de la llamada África Negra, los cuales se vieron sometidos multitud de veces a la esclavitud y los trabajos forzados, pese a las prohibiciones de la Iglesia al respecto. Sin embargo las colonias portuguesas pronto comenzaron a germinar ya a finales del siglo XV en las costas de África, implantando puestos para el reabastecimiento de sus naves en las rutas hacia el Índico, para el control de dichas rutas y para usarlas de bases desde las cuales hacer expediciones en el interior y secuestros a sus pobladores para venderlos posteriormente como esclavos. Todo ello provocó intensos debates, como el de fray Bartolomé de las Casas contra Juan Ginés de Sepúlveda en la Junta de Valladolid de entre 1550 y 1551, siendo el segundo un defensor de los derechos de los europeos sobre los pobladores de esas nuevas tierras, otorgándoles de las Casas por su parte el mismo estatus a indios y europeos, mientras que Sepúlveda, en el debate de los naturales, exaltaba el derecho español sobre ellos[15].

Así, de las Casas defiende que, a partir del raciocinio propio implícito a todo ser humano, los indígenas del Nuevo Mundo tienen la capacidad de dirigir sus propios pasos, solo debiendo ostentar los católicos un papel como maestros, pacientes, que predican con el ejemplo. Sin embargo, Sepúlveda defendía el salvajismo claro de los indígenasy la necesidad de la dirección española sobre los pobladores de las Nuevas Tierras, además de sus derechos, en cuanto fueron los descubridores y, además contaban con el apoyo de las Bulas Alejandrinas (1493), confirmación papal a su expansión en tierras no dominadas por gobernantes católicos. Fue este un debate más bien teológico, iniciado principalmente ante las dudas del monarca Carlos I de la legitimidad de dichas conquistas por las quejas que gentes como de las Casas o Fray Antón de Montesino, consistentes en el mal trato dado a los indios y la falta de interés en su catolización.[16]. Sin embargo el debate quedará estancando, la conquista continuara, y pese a la tradición que defienda las ideas de Bartolomé de  las Casas, esta será la menos poderosa, y la defensa de la expansión europea mantendrá su dominio, eso sí, olvidando la fe y, entrando en el siglo de las luces, defendiendo la difusión de la cultura, la civilización y las ciencias, bajo el paraguas de las aventuras mercantiles.

Las rutas comerciales que indicábamos anteriormente supusieron otra razón, tanto política, como militar y económica, que sustenta el auge del colonialismo, más aun en la vertiente económica, ante la relevancia de las rutas que atravesaban el Atlántico, pues las razones militares quedaron supeditadas a las económicas. Fue así como las dimensiones del conflicto, tanto en inversión como en efectivos, fue menor, por ejemplo, en el caso de las guerras anglo-francesas, en el Nuevo Mundo o en el subcontinente Indio (1744 – 1748 y 1756 – 1763), que con el despliego realizado en Europa. Sin embargo, a partir del inicio de las Guerra por la Independencia Americana sí se enviaron mayor número de fuerzas desde Inglaterra para paliar las protestas ante el aumento de los impuestos, una posible razón para establecer colonias por parte de Gran Bretaña si no fuera por el hecho de que dichos impuestos buscaron pagar los costes de la guerra sostenida contra Francia en América en el transcurso de la Guerra de los Siete Años (1756 – 1763). Con la expulsión parcial de Francia e Inglaterra de Norteamérica, era el momento de divisar nuevos horizontes, por las vías ya aprendidas y con unos objetivos definidos, a saber: creación de bases para proteger las rutas mercantiles y asegurar la hegemonía de las potencias en sus zonas de influencia.

Este proceso se vio revitalizado con las teorías del liberalismo económico y mercantil formulado por Adam Smith en La riqueza de las naciones (1776). A través de él y de las sucesivas revoluciones industriales que aumentarían el peso demográfico europeo y su producción, se vio Europa en la necesidad de encontrar vías que dieran salida a los productos manufacturados europeos. Además, requerían encontrar zonas donde abastecerse de materias primas, todo ello condicionado por las aun imperantes leyes proteccionistas, las cuales hacían que el mercado nacional fuera el más cotizado, sobre todo estos movimientos entre las metrópolis y sus colonias. Francia, debilitada, no pudo rehacerse tempranamente, no así Gran Bretaña, que aseguró sus bases en el Caribe, India y Egipto. Sin embargo, será la campaña del general francés Napoleón Bonaparte en Egipto, en 1798, a la cual fue acompañado con un nutrido grupo de científicos, geógrafos e historiadores, en la que se despierte de nuevo ese espíritu. Es ese ideal del europeo iluminado el cual está en posesión de la verdad, o, cuanto menos, de la autoridad moral suficiente, gracias al estudio, la ciencia y la civilización, para imponerse, de una forma la cual, teóricamente, busca el beneficio de los receptores futuros de esa iluminación, los colonizados,  a sus deseos, y llevarles consigo los beneficios que los occidentales tienen, y enseñarles y adiestrarlos. Fue además con Napoleón y las misiones y expediciones científicas y arqueológicas posteriores que se sucedieron casi sin descanso en Egipto y Oriente Próximo con las que se desarrolló el profundo estudio sobre las grandes culturas orientales y, a partir de ellos, el enorme desarrollo del análisis occidentalizante del mundo oriental, asentándose las bases del poderío europeo y su superioridad analítica frente a la de los orientales. Un poderío y una sumisión los cuales Joseph Kipling, autor británico de origen indio, retrató como la cadena de mando establecida en un ejército.[17]

Pueda parecer leyendo a autores como Gil Bardaji o Edward Said que los primeros estudios y acercamientos a la cultura del Islam fueran con cierta reticencia, interesados, pero con respeto[18] [19], pues la primera idea que aparecía en el imaginario colectivo al hablar de Oriente era, pese a las ya existentes colonias europeas en India, América, China o Japón, el Imperio otomano, otrora un gigante político, militar y económico que se encargó de frenar los avances de los Europeos por el Medio Oriente hasta que en el siglo XVIII su debilidad extrema favoreció que potencias como Rusia, Francia o Gran Bretaña operaran en su territorio e incluso, sin poseerlo nominalmente, administraran determinadas zonas, como sucediera con el Egipto británico. Hubo incluso quienes defendieron la aplicación de conocimientos ya existentes en el mundo oriental para el occidental, como los primeros trabajos de la Royal Asiatic Society, eso sí, bajo el espíritu siempre de riguroso observador europeo que plasmó los diversos trabajos de la época. Un espíritu que, si bien persistieron defensores de los derechos de los orientales, se vio menoscabado, y pese a las críticas a las obras de Said, recogidas por Gil Bardaji[20], sí señalaron la existencia de un ente que, si bien es dinámico en cierta medida pese a su subordinación a Europa, se encuentra en mayor o menor medida delimitado por aquellos territorios donde el hombre blanco, en minoría, se impone a una mayoría de otro color, por razones raciales y evolutivas. Uno de los mayores ejemplos de ello, ampliamente referido por la historiografía, es el político francés Jules Ferry.

Ferry lanzó un discurso a la Cámara de los diputados francesa el 28 de julio de 1885, año de la celebración de la Conferencia de Berlín, en la cual las potencias europeas se repartirán África y Asia, en aras de lograr cuotas de mercado y evitar conflictos armados entre las potencias, más aun con el creciente aumento de la mortalidad en las batallas, experimentadas en la Guerra Franco-prusiana o en la Guerra de Secesión Americana y de los arsenales militares en la conocida como “Paz Armada”, periodo situado entre la paz franco-prusiana de 1870 y el inicio de la Gran Guerra de 1914, tras la cual se intentó mantener un sistema mundial que se había mostrado impuesto a la mayoría y el cual empezaría a desaparecer sobre todo tras la II Guerra Mundial.

En dicho discurso, recogido en “Diplomacia bismarckiana. La era de los imperialismos (1871 – 1904)”, Ferry defiende los sistemas colonialistas, asentando una formulación clara de la teoría del orientalismo en la segunda y tercera de dichas razones que expondré a continuación. Y es que, aparte de razones económicas, pues el momento de crisis que se experimentaba en 1885 requería de políticas expansionistas para salir del mismo, había motivaciones políticas y de índole “humanitaria”.

Las causas económicas, como ya hemos señalado, fueron una motivación para el expansionismo, más en unas épocas de crisis de consumo, a la par que la productividad aumentaba a nuevas cuotas cada vez más inimaginables. Así, no solo Gran Bretaña, Francia, Portugal o incluso España con su tímida y poco beneficiosa colonia magrebí, sino hasta países carentes de tradición colonialista como Alemania o Bélgica, asentaron colonias en África, Asia y Oceanía, llegando Bélgica a tener bajo Leopoldo II una posesión en África, la actual República Democrática del Congo, inmensamente mayor que el territorio nacional, ubicado en Europa.

Anexas a estas razones, Ferry, junto con otro diputado francés, Camille Pelletan, defienden la premisa básica del orientalismo, a saber: la supremacía de la raza occidental blanca – “Es preciso afirmar abiertamente que, en efecto, las razas superiores tienen un derecho con respecto a las razas inferiores […] Tienen el deber de civilizar a las razas inferiores”. Así, establece sin ningún atisbo de duda el aumento de la moralidad, la justicia y el orden en aquellos territorios donde el gobierno francés se ha instaurado, como en las zonas de África del Norte.

En un tercer punto, defienden los postulados políticos del colonialismo, basados en la necesidad primordial de, una vez operativas las colonias y los nuevos mercados, y ante las tensiones permanentes y la necesidad de mantener la hegemonía mundial en un mundo amplísimo pero cada vez en mayor contacto entre sí, establecer una red de bases que protejan y sirvan de abastecimiento a los navío que circulan desde la metrópoli hasta las colonias.

Es así como queda plenamente reflejado el poder económico y su incentivación para la exploración, la conquista o la dominación. El avance francés o inglés por Oceanía, Asia y África se explica por la búsqueda de nuevos mercados y recursos, que a la vez de producir un beneficio, obligan a nuevos gastos por parte  de los gobiernos, que han de defender y asegurar sus rutas, sus colonias y a sus pobladores, no solo de enemigos locales, sino también de las otras potencias europeas. Es por ello que, pese al clima de cooperación imperante entre las diferentes potencias europeas, la tensión imperaba en sus contactos, y, en la denominada Paz Armada que ya nombrábamos anteriormente, las diversas potencias compitieron entre sí, económica, política y militarmente, buscando destacar sobre el resto. Una carrera esta que llevaría al aumento de tensiones entre Gran Bretaña y Alemania, cambiándose el ritmo de alianzas que venían estableciéndose desde 1860 con los sistemas Bismackianos de alianzas estables que mantenían el statu quo entre las potencias. Así, hasta la Primera Guerra Mundial, los conflictos que se produjeron sucedieron en mayor medida entre fuerzas coloniales y autóctonos buscando resistirse a las imposiciones de las mismas, como en el caso de las Guerras Bóer o de las Guerras del Opio, entre Gran Bretaña y los bóers sudafricanos y China respectivamente.

                                                              CONSTRUCCIÓN CULTURAL DEL ORIENTALISMO

Como ya hemos visto, la construcción del discurso supremacista, que es la idea principal que engloba el orientalismo, tiene un proceso extenso cronológicamente de forja y asentamiento, siendo su época de mayor esplendor aquella situada entre mediados del siglo XIX y comienzos del XX. Fue este su momento de mayor desarrollo en un tiempo el cual, paralelamente, las ideas democráticas afloraban ante las revoluciones burguesas del siglo XIX. Estas buscaban un papel operativo en política de la burguesía y, posteriormente, también de los grupos obreros, aunque estos tendrían que esperar al fin de la I Guerra Mundial para tener sus garantías de voto cubiertas.

Así, en un momento de progreso cívico e institucional, de evolución civil hacia una sociedad más participativa y global, en aras, todo ha de ser dicho, de fortalecer el espíritu de fidelidad a la nación, paralelamente se producía la merma de libertades de aquellas razas teóricamente inferiores. El hecho de que esto pudiera ocurrir tiempo después de las revoluciones burguesas del periodo de 1848 y 1849, caracterizadas por la búsqueda de la creación de un verdadero estado-nación, en el cual no solo estuviesen aquellos con una identidad común clara, sino que estos también pudieran hacer valer sus opiniones en las estructuras administrativas a través de la política, es llamativo. Los movimientos que buscaban la independencia de diversas regiones europeas, como polacos o eslovacos de Rusia y Austria, se sucedían, paralelamente que se ocupaban territorios ajenos a Europa, con otra lengua, otra cultura e, incluso, otra religión, invalidando las teorías de los estados nación. Así surgió la teoría de la <<iluminada>> raza blanca. Incluso Marx y Engels, firmes defensores del establecimiento de los estados nación y la desaparición de los imperios multiculturales, bebieron de ella en su primera etapa (1846 – 1856), pues en su opinión, solo la avanzada Europa, con su “civilización burguesa […] representaban la única fuente valedora de progreso histórico”, concepto aplicado por ambos a la desintegración de dichos estados supranacionales y el establecimiento de otros de ámbito nacional y defensores del progresismo. Así, solo la influencia europea, aunque en un principio pudiera chocar con las bases ideológicas del proyecto iniciado por Marx y Engels, sería capaz de dar ese desarrollo o progreso histórico a las naciones periféricas.[21]

Así pues, queda preguntarnos cómo fue posible y cómo se produjo dicho adoctrinamiento sobre los conceptos de raza y superioridad o supremacía de unas frente a otras a una masa social tan amplia y, a vista desde la ideología  actual de los herederos del marxismo, incluso contraria a los principios que les guiaban. Es aquí donde veremos las distintas vías de desarrollo del orientalismo, atendiendo a su vertiente teórica, germinada en las universidades, y a su vertiente más vulgar y común, responsable de la generalización del pensar orientalista. Es esta última las de mayor calado, pues afectaba al común de la sociedad a veces incluso por vías en mayor o menor medida subliminales o imperceptibles. Esto es causa de la creación de estereotipos que se aplican al común de aquello que es considerado oriental. De hecho, en los carteles comerciales y postales que estudiaremos a continuación, se observa unos primeros matices positivos hacia el considerado oriental, pues a su salvajismo[22] y su exotismo quedan asociados a ideas de riqueza, ocio y libertad[23].

Sin embargo, en el caso del orientalismo español ese rasgo de conflictividad racial no está tan marcado, al menos en un primer momento.[24] En este orientalismo autóctono, con una amplia proyección desde mediados del siglo XIX en el ámbito universitario, no se encuentran tanto rasgos diferenciadores sino rasgos comunes y el resultado de una evolución paralela que, sin embargo, guardas ciertas similitudes y paralelismos, como un reflejo en los estudios orientalistas de la geografía, creando, como fuera el Estrecho de Gibraltar, un territorio marcado por el contacto entre dos culturas. Se fija, atendiendo a la historia peninsular, a unas diferencias teológicas y doctrinales pero no tanto sociales ni culturales, por el amplio periodo y espacio compartidos por europeos cristianos y orientales musulmanes, lo cual permitiría la convivencia. Así, estos estudios buscarán entender el estado coetáneo a ellos de España, si bien, posteriormente, la influencia europea si fortalecerá el carácter dualista del orientalismo español. Esto dejará una profunda huella en el papel de las exposiciones universales de España y Portugal, las cuales hacían convivir en sus muestras, como vemos en las imágenes de la exposición Iberoamericana de Sevilla de 1929, el arte autóctono con rasgos que mostraban la pasada y larga ocupación islámica de la península, e incluso, podíamos añadir, que el arte peninsular se ha visto influenciado por el sustrato cultural dejado por más de siete siglos de convivencia, pacífica o no. Un espíritu menos belicista que se ve en el acercamiento que España hace a sus antiguas colonias – también ante la demostrada imposibilidad española de mantener sus posesiones de ultramar tras  la guerra de 1898 contra los Estados Unidos – que rodeaba a la Exposición Iberoamericana de Sevilla de 1929.[25]

Los carteles comerciales así mismo muestran este espíritu, mezclando el concepto europeo de riqueza con la visión, menos globalizante, del orientalismo español o africanismo. Así estos se centran en la visión que del mundo oriental tienes. Es decir, en el Islam, el Magreb y los beduinos. De ellos hacen un uso continuado para presentar productos entre sus manos como si la procedencia de los mismos, aun con etiquetado y denominación españoles, proviniera de ese mundo oriental, rico y más dado al libertinaje y el hedonismo que los sobrios occidentales. Con ello traslada a sus consumidores o a sus posibles clientes a un mundo donde la dominación occidental[26] ha logrado imponerse y domar al antiguo enemigo y vecino, acercándoselo para sí y logrando que se distancie incluso de sus principios básicos: el Islam y su código de leyes.

Por su lado, los estudios, publicaciones y notas de otros europeos acerca del medio oriental son más beligerantes, y exaltan las diferencias entre ambas sociedades. Quepa de ejemplo la definición de avisperos humanos que Orwell hace sobre las ciudades de Marruecos, o las críticas a la perversión que podía atañer un largo periodo en tierras del Próximo Oriente u Egipto. Sin embargo estas serían las elaboraciones formales y el desarrollo del concepto en ambientes culturales, dedicados al estudio.

Con el importantísimo apoyo de los diferentes gobiernos con estrategias expansionistas coloniales, estas ideas fueron saliendo de los centros de cultura y calando poco a poco a la sociedad. Así, gobiernos como el americano bajo la doctrina Monroe (1823), que buscaba acabar con el imperialismo europeo en América, tornaron estos deseos libertarios en otros igualmente imperialistas bajo la presidencia de Roosevelt. O las intervenciones alemanas y francesas en África, defendidas ante la opinión pública por la obligación de cobrar los préstamos a países como Argel o Marruecos.

De esta forma, con apoyo gubernamental, se fue propagando el mensaje orientalista, publicitando la idea de unos territorios otrora de imponentes imperios cuyos vestigios asombraban al mundo con las excavaciones arqueológicas  en boga desde la expedición napoleónica a Egipto, pero que ahora se encontraban decadentes. Sus gentes habían corrompido aquellas grandes estructuras políticas y, sin embargo, mantenían un halo de exotismo por el desconocimiento. Pues, como hemos señalado, el estudio del orientalismo no se realizó con un conocimiento profundo de las características sociales, culturales e históricas de sus territorios[27], y la riqueza que se achacaba a estos territorios – gozaran o no de ella los colonizados o potenciales futuros vasallos de la metrópoli -, su bagaje cultural en descubrimiento y su lejana proximidad, provocaron que el gran público quisiera conocer más sobre ese fantástico, mítico y místico mundo oriental. Tan fantástico y salvaje que incluso nativos de Australia o pigmeos africanos eran secuestrados y expuestos como animales en auténticos zoos humanos. [28]Por ello, cualquier elemento que reflejara alguno de los ideales que los occidentales vinculaban con dicho mundo paralelo era potencialmente atrayente, y así se dedicó toda una producción publicitaria destinada a, con guiños a clichés vinculados al mundo orientalizado, llamar la atención de los posibles consumidores, que veremos a continuación.

Paralelamente, desde los gobiernos se buscaba fortalecer la idea, ya no solo con discursos y acciones, sino también con propaganda.  Así, el trabajo de adoctrinamiento se propulsaba desde amplios espectros sociales, siguiendo con los discursos políticos como el que ya vimos anteriormente del diputado francés Ferry,  desde la literatura, con los relatos de Orwell antes comentados o incluso el primer cómic de la conocida saga “Las aventuras de Tintín. Tintín en el Congo” (1946) del dibujante y escritor belga Hergé. En él vemos a un europeo que siendo afable y apoyo de los africanos del Congo, los ve como a seres casi simiescos, en una etapa evolutiva anterior a la suya. Como momento apoteósico serán las exposiciones internacionales y coloniales, suscitadas también por la competitividad entre los rivales europeos[29].

Sin embargo, estas se convirtieron también en centros de difusión de la teoría oficial acerca del mandato divino que tenían los occidentales, como raza superior entre las criaturas de Dios. De esta forma, en la Exposición Colonial de París de 1931 cada país tuvo sus exposiciones no solo propias, sino también de sus colonias, mostrando a gentes enjauladas en los ya mencionados <<zoos humanos>>. La causas para el español Juan Vilanova era  la percepción del indígena no europeo como un ser biológicamente inferior al <<hombre blanco>>, como un ser amenazado de <<extinción>> por su incapacidad de competir con las <<razas superiores>>, y por tanto, ir a sus territorio a dominarlo, guiarle y llevarle el progreso occidental, era una manera paternal de dominio.[30] Su estudio por tanto era una forma, como en la actualidad el de los primates, para conocer el proceso evolutivo de la humanidad para los darwinistas más convencidos o, para los creyentes en distintas razas humanas, una oportunidad de conocimiento biológico más.

                                                                                                                       CONCLUSIÓN

Como hemos visto a lo largo del trabajo, el profundo carácter artificial del orientalismo, como el de la inmensa mayoría de las categorías aglutinadoras elaboradas por la mano humana, provoca que este haya sufrido un uso y unas manipulaciones continuadas.

Cualquier categoría absoluta y hegemonizante se encuentra amenazada por fallos y brechas, pues la diversidad y la diferencia es lo que hace inigualable al ser humano. Sin embargo, es algo inalienable del ser humano el querer conocer su entorno y, en uno tan diverso, con la complejidad existente, dichas categorías son las que nos facilitan el análisis. Sin embargo, el estudio que se hizo para abordar el porqué de esa distinción entre humanos, uno con un futuro teóricamente de riquezas y otros sumidos en la opresión y el desconocimiento, en estado de inamovible gratitud hacia el <<hombre blanco>>, no se hizo bajo un prisma tan analítico sino político y propagandístico. Así, pese a la visión del orientalismo como una escuela más, defiendo su aparición en primera instancia como una vía para explicar el por qué un mundo tan variado, diferente y enorme, el cual superaba ampliamente las dimensiones de Europa e incluso de los Estados Unidos juntos – valga decir que en África cabría la masa de la placa euroasiática – había sido sometido por ambos poderes, el europeo con multitud de expresiones por los distintos estados autónomos que lo constituyen, pero con un fin común, que no era otro que el provecho económico.

A dicho aprovechamiento de las conquistas le satisfacía el apoyo popular en un mundo cada vez más activo en la política y con mayor capacidad interventora en su nación, como habíamos visto con las oleadas revolucionarias que se suceden a lo largo del siglo XIX y que se seguirán sucediendo en el XX. Así, la creación de una identidad que, pese a las crecientes ideas de clases enfrentadas propulsadas por Marx y Engels y a la conflictividad entre naciones europeas, permitiera a unos y otros ver en su rival a, en el fondo, un compañero en el largo viaje del desarrollo humano, los cuales se enfrentaban entre sí pero compartiendo unos valores, una moral y una cultura comunes que les llevaran a expandir su baluarte común, <<la civilización>>, por todo el globo.

Así, desde una percepción primaria geográfica, el orientalismo fue utilizado como arma propagandística y justificadora de la expansión y del imperialismo europeos, se convirtió en la nueva forma de hablar de un entorno <<bárbaro>>, <<salvaje>>, externo a Europa, como fueron para los griegos todos aquellos que les rodeaban. Esos que aun con inmensas estructuras estatales y administrativas, incluso militares, no eran dignos del respeto griego, pues su civismo era nulo, su vigor atrofiado y el amor por la libertad inexistente. Por ello el persa o ilirio era una persona abyecta, que podría vencer, pero no lograr la sofisticación griega ni su libertad, como los maoríes eran capaces de aprender inglés pero no tendrían el respeto natural hacia el conocimiento y la civilización, del cual sí gozaba el occidental, ni podrían sobrevivir sin su ayuda. Todo ello, destinado a defender la expoliación de África. Una vez iniciado este proceso y en un avanzado avanzado, vemos las imágenes sobre las diferentes exposiciones internacionales y nos llevan a comprender que, a mediados del primer tercio del siglo XX, Europa ha “domesticado” a oriente. Ya no es una amenaza sino un elemento exótico, en vías de extinción, que perdura por la magnanimidad occidental. Oriente ha sido reducido, desde su complejidad, a un simple conglomerado de antiguas civilizaciones otrora imbatibles pero que, sin embargo, no han sido capaces de resistir al envite occidental.

Unos ideales que, sin embargo, se mostraron falsos, y la progresiva retirada de las potencias occidentales fue un hecho, gracias a la combatividad de los nativos, no relegando por ello el contexto de conflictividad mundial en el que desarrollaron estos hechos, durante las Guerras Mundiales y la posterior Guerra fría.

 

 

 

 

 

                                                                                                                      BIBLIOGRAFÍA

  • Boersner, Demetrio, 1983, “Marx, el colonialismo y la liberación nacional” Nueva Sociedad (66). 80 – 89
  • Campos Serrano, Alicia, 2000, “La aparición de los estados africanos en el sistema internacional: la descolonización de África”. Los libros de la Catarata y Grupo de Estudios Africanos – UAM. Madrid. 10 – 25
  • Gil Bardaji, Anna, 2009, Traducir Al-Ándalus. El discurso del otro en el arabismo español. De Conde a García Gómez, The Edwin Mellen Press
  • Maestre Sánchez, Alfonso. 2004.  “<<Todas las gentes del mundo son hombres>>. El gran debate Fray Bartolomé de las Casas (1474 – 1566) y Juan Ginés de Sepúlveda (1490 – 1573)”. Anales del Seminario de Historia de Filosofía (21). 91 – 134
  • Morales Lezcano, Víctor, 1988, Africanismo y Orientalismo español en el siglo XIX. Aula Abierta (41). Madrid
  • Nagy-Zekmi, Silvia (ed.), 2008, Moros en la costa. Orientalismo en Latinoamérica. Iberoamericana, Vervuert.
  • Rivière Gómez, Aurora, 2000, Orientalismo y nacionalismo español. Estudios árabes y hebreos en la Universidad de Madrid (1843 – 1868). Instituto Antonio de Nebrija de estudios sobre la Universidad Carlos III de Madrid. Dykinson. Madrid
  • Said, Edward, 1990, Orientalismo. Libertarias, Al Quibla Ensayo (1). Madrid
  • Sánchez Arteaga, Juanma, 2010, “La antropología física y los <<zoológicos humanos>>: exhibiciones de indígenas como práctica de popularización científica en el umbral del siglo XX”, Revista de Historia de la Medicina y de la Ciencia. (LXII, nº 1). Madrid. 269 – 292
  • Solano Sobrado, María Teresa, 1986, “Antecedentes históricos de la Exposición Iberoamericana de Sevilla”, Cuadernos de Historia Moderna y Contemporánea (VII). Madrid. 163 – 186

 

[1] Nagy-Zekmi, Silvia (ed.), 2008, Moros en la costa. Orientalismo en Latinoamérica. Iberoamericana, Vervuert, 14

[2] Como referencia al papel impuesto a las colonias como consumidoras de los productos de la metrópoli queda claramente a la luz cuando observamos las prácticas comerciales y diplomáticas de sendas entidades. Las metrópolis establecían leyes que impedían a las colonias adquirir productos que no fueran los manufacturados por la matriz de la colonia, así como el comercio de forma individual con otras potencias. Claro ejemplo de ello serías las legislaciones británicas con sus colonias o la exclusividad del comercio con América de la Casa de Contratación de Sevilla.

[3] En la visión de un mundo occidental y otro oriental, antes de la II Guerra Mundial, se entendía que como europeos quedaban englobados aquellos cuya piel fuera blanca. Así, colonos australianos, sudafricanos o norteamericanos seguían siendo considerados occidentales, como líderes de sus territorios actuales y hermanos de la matriz – Inglaterra en el caso de los citados.

[4] Sánchez Arteaga, Juanma, 2010, “La antropología física y los <<zoológicos humanos>>: exhibiciones de indígenas como práctica de popularización científica en el umbral del siglo XX”, Revista de Historia de la Medicina y de la Ciencia. (LXII, nº 1). Madrid. 274

[5] Campos Serrano, Alicia, 2000, “La aparición de los estados africanos en el sistema internacional: la descolonización de África”. Los libros de la Catarata y Grupo de Estudios Africanos – UAM. Madrid. 17

[6] Vemos, como también señala Said, que el colonialismo se asienta en las diferentes teorías imperantes en Europa, como fueran el darwinismo, el imperialismo o el marxismo, usando sus teorías como una forma de entender e, incluso, de justificar, el colonialismo europeo.

[7] Morales Lezcano, Víctor, 1988, Africanismo y Orientalismo español en el siglo XIX. UNED, Aula Abierta (41). Madrid. 12

[8] Said, Edward, 1990, Orientalismo. Libertarias, Al Quibla Ensayo (1). Madrid. 30

[9] Said, Edward, 1990, Orientalismo. Libertarias, Al Quibla Ensayo (1). Madrid. 24

[10] Gil Bardaji, Anna, 2009, Traducir Al-Andalus. El discurso del otro en el arabismo español. De Conde a García Gómez, The Edwin Mellen Press, 88 – 89

[11] Said, Edward, 1990, Orientalismo. Libertarias, Al Quibla Ensayo (1). Madrid. 25

[12] Said, Edward, 1990, Orientalismo. Libertarias, Al Quibla Ensayo (1). Madrid. 57

[13] Said, Edward, 1990, Orientalismo. Libertarias, Al Quibla Ensayo (1). Madrid. 62

[14] Said, Edward, 1990, Orientalismo. Libertarias, Al Quibla Ensayo (1). Madrid. 102

[15] Maestre Sánchez, Alfonso. 2004.  “<<Todas las gentes del mundo son hombres>>. El gran debate Fray Bartolomé de las Casas (1747 – 1566) y Juan Ginés de Sepúlveda (1490 – 1573)”. Anales del Seminario de Historia de Filosofía (21) 

[16] Maestre Sánchez, Alfonso. 2004.  “<<Todas las gentes del mundo son hombres>>. El gran debate Fray Bartolomé de las Casas (1747 – 1566) y Juan Ginés de Sepúlveda (1490 – 1573)”. Anales del Seminario de Historia de Filosofía (21). 95; 112

[17] Said, Edward, 1990, Orientalismo. Libertarias, Al Quibla Ensayo (1). Madrid. 69

[18] Said, Edward, 1990, Orientalismo. Libertarias, Al Quibla Ensayo (1). Madrid. 101 – 107

[19] Gil Bardaji, Anna, 2009, Traducir Al-Andalus. El discurso del otro en el arabismo español. De Conde a García Gómez, The Edwin Mellen Press. 72 – 80

[20] Gil Bardaji, Anna, 2009, Traducir Al-Andalus. El discurso del otro en el arabismo español. De Conde a García Gómez, The Edwin Mellen Press. 18 – 25; 46

[21] Boersner, Demetrio, 1983, “Marx, el colonialismo y la liberación nacional” Nueva Sociedad (66). 86

[22] Una idea que en sí, aunque pareciera chocar con los avances cívicos experimentados por Europa a lo largo del Siglo XIX, estaba imbuida de un halo romántico y de lucha contra la sociedad patriarcal, rígida y estática, que la hacía de los modos de vida orientales más atractivos para algunos círculos de eruditos europeos, como ya pasara en el ideario europeo con la España de los siglos XVII y XVIII, asociada a un mundo exótico y rico, aunque con gentes escasamente civilizadas. Así, lograr ese estado primitivo, puro, pero con los conocimientos y desarrollos de la civilización moderna sería lo ideal, pese a que las desafecciones con la sociedad occidental y el gusto por el estado primitivo de los países orientales provinieran precisamente de ese progresismo que Europa experimentaba, secundado en gran medida por la tecnología y el método económico al que esta se ceñía.

[23] Libertad o libertinaje, pues pensaban los europeos de los orientales que tenían costumbres laxas, y la perversión sexual y moral era una idea muy asociada al concepto oriental desde el prisma occidental. Este fue el creador de ambos términos en primera y segunda instancia respectivamente, pues la acuñación y la apropiación de que es Oriente y porqué está caracterizado, homogeneizando unos territorios enormemente amplios y heterogéneos, es una elaboración occidental que crea un “ellos” y un “nosotros”.

[24] Rivière Gómez, Aurora, 2000, Orientalismo y nacionalismo español. Estudios árabes y hebreos en la Universidad de Madrid (1843 – 1868). Instituto Antonio de Nebrija de estudios sobre la Universidad Carlos III de Madrid. Dykinson. Madrid. 12

[25] Solano Sobrado, María Teresa, 1986, “Antecedentes históricos de la Exposición Iberoamericana de Sevilla”, Cuadernos de Historia Moderna y Contemporánea (VII). Madrid. 166

[26] No olvidemos que, como señala Rivierè Gómez (2000, Orientalismo y nacionalismo español. Estudios árabes y hebreos en la Universidad de Madrid (1843 – 1868). Instituto Antonio de Nebrija de estudios sobre la Universidad Carlos III de Madrid. Dykinson. Madrid  84), la convivencia posible con los africanos era posible para los españoles gracias a que si victoria permitía imponer sus términos a la relación, basadas estas en la primacía del cristianismo, elemento que sí fue una fuente importante de conflicto y de distinción para los africanistas.

[27] Habría que señalar, por no menoscabar su papel, el trabajo realizado por los profesores de estudios árabes y hebreos, junto con los de historia y otras ciencias sociales, de la Universidad de Madrid y la Real Academia de la Historia en torno a este campo tan olvidado. En estas academias de buscó recuperar las fuentes islámicas y, para ello, ante el desconocimiento general, se hubo de profundizar en los estudios de las lenguas de orígenes árabes, mostrando un afán de conocimiento, a mediados del Siglo XIX, que refleja Aurora Rivière Gómez en Orientalismo y nacionalismo español. Estudios árabes y hebreos en la Universidad de Madrid (1843 – 1868). (2000, Instituto Antonio de Nebrija de estudios sobre la Universidad Carlos III de Madrid. Dykinson. Madrid. 35)

[28] Sánchez Arteaga, Juanma, 2010, “La antropología física y los <<zoológicos humanos>>: exhibiciones de indígenas como práctica de popularización científica en el umbral del siglo XX”, Revista de Historia de la Medicina y de la Ciencia. (LXII, nº 1). Madrid. 269 – 272

[29] Solano Sobrado, María Teresa, 1986, “Antecedentes históricos de la Exposición Iberoamericana de Sevilla”, Cuadernos de Historia Moderna y Contemporánea (VII). Madrid. 164

[30] Sánchez Arteaga, Juanma, 2010, “La antropología física y los <<zoológicos humanos>>: exhibiciones de indígenas como práctica de popularización científica en el umbral del siglo XX”, Revista de Historia de la Medicina y de la Ciencia. (LXII, nº 1). Madrid. 281

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  1. Hola amigos saludos. Es la primera vez que vicito esta pagina, me gusta todo lo que sea de la historia, Quiero recicir de ustedes, si es posible sus publicaciones en mí correo. Gracias.

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