1541, la jornada de Argel

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DOS MUNDOS EN CONFLICTO

La piratería en el mar Mediterráneo durante el siglo XVI fue una constante amenaza a los intercambios comerciales que pudieran realizar las distintas naciones cristianas a lo largo y ancho de un espacio marítimo que en absoluto contaba con ningún tipo de seguridad, cuerpos jurídicos que definieran claramente una serie de territorios distribuidos a modo de frontera ni pactos entre naciones que garantizaran un libre recorrido sin incidentes.

No podemos imaginarnos tampoco una Europa inmóvil, sino un continuo trasiego de barcos que llevaban cargamentos de aquí y de allá que sostenían un sistema económico del cual vivían todo tipo de personas de un estado estamental y completamente jerarquizado a nivel internacional.

Este ir y venir de mercancías por el Mediterráneo fue una ocasión perfecta para que la piratería se desarrollara en todo su potencial, con el objetivo de capturar estos barcos, fomentándose un clima de violencia, inseguridad y robos sistemáticos que dieron al traste con muchos pactos comerciales y generaron un odio combinado con el miedo a estos individuos que vivían sin ningún tipo de moral para el mundo cristiano durante la Edad Moderna.

Las motivaciones de la piratería según el historiador británico Stanley Lane-Poole son diversas y hunden sus raíces en una mezcla de odio hacia unos estados que habían practicado una intolerancia muy clara hacia la población musulmana y además la adicción que pudieran provocar estos asaltos que ofrecían riquezas de una manera sencilla, debido a la sensación de peligro y a euforia colectiva al arrebatar riquezas a otras naciones que se consideraban la hegemonía mundial como en ese momento era el Imperio español.

Sin embargo creo que a estas conclusiones quizás habría que añadir (que no reemplazar) una serie de factores socio-económicos que hicieron de esta vía de la piratería su único medio para ganarse la vida en un clima de una sociedad que ya se había envuelto en sí misma en una espiral de la que no podían salir estos centros neurológicos de piratas. Las condiciones sociales acababan dando gloria a las hazañas en el mar, admiradas como actos de coraje y valor, casi en un ambiente mítico y a veces religioso, y por supuesto nada podría enriquecer más a un hombre que no fuera de una clase acomodada en Argel, que el alistarse en la “empresa” más boyante del momento: la piratería.

Las leyendas tuvieron mucho que ver en magnificar las riquezas y tesoros incautados a barcos españoles, franceses, portugueses, venecianos, napolitanos o húngaros.

Estos actos de pillajes y robos beneficiaban al otro eje que equilibraba frente a las potencias europeas el Mediterráneo, el Imperio Otomano, que veía en estos núcleos costeros las ventajas de ataques continuados a los suministros de la población cristiana y la desestabilización continua de la economía.

Las tensiones entre las dos maneras de concebir la vida más famosas de la época (y casi únicas debido a la intolerancia en mayor o menor medida practicada en ambos bandos), el cristianismo y el islam, eran cada vez más creciente debido a las acciones militares de entre sí.

Carlos I juega un papel importantísimo como Emperador y abanderado del mundo católico que empezaba a resquebrajarse internamente debido a las reformas.

La piratería será un punto muy importante para el Emperador que apostaba por un castigo a aquellos que consideraba infieles y por un Mediterráneo completamente seguro para el lucro de los estados respectivamente por el beneficio de transacciones comerciales marítimas.

Las acciones militares contra la costa norte de África fueron constantes en el reinado de Carlos I desde la pérdida de la ciudad de Argel a manos de Baba Aruj (cuyo significado original era Padre Aruj y se derivó en italiano a Barbarossa y de ahí al castellano Barbarroja) en 1516, lo que provocó una primera intervención de 8.000 hombres al mando de Diego de Vera, enviados por el cardenal Cisneros, que se saldó con una derrota debido a la indisciplina militar de las tropas.

En 1517 Barbarroja se apodera de Tremecén al noreste de Argelia, los dominios del gobernador español de Orán, el marqués de Comares Diego Fernández de Córdoba. La respuesta de Carlos I se hace notar cuando le llega la noticia de que el marqués de Comares ha acabado con la vida del azote de los mares Barbarroja y el hermano del Jeireddín Barbarroja se proclama rey de Argel. La empresa de 7.500 soldados al mando de Hugo de Moncada fracasa debido a las inclemencias del tiempo.

No será hasta 1535 (tras la expulsión definitiva de españoles del Peñón de Argel en 1533 y la toma de Túnez en 1534 de Jeireddín) cuando Carlos I, impaciente por resolver este conflicto con la piratería de los Barbarroja al servicio de la Sublime Puerta del Imperio Otomano, cuando decida realizar una operación militar que se conoce por la Jornada de Túnez en cuya campaña se arrebatará la región a Barbarroja.

Esta victoria y las continuas escaramuzas, serán decisivas para afianzar de nuevo un equilibrio para la estabilidad marítima del comercio e impulsará a un Emperador aclamado a llevar a cabo una nueva misión después de 6 años en 1541, intentar realizar la misma hazaña contra un viejo enemigo al que se pretende dar un escarmiento final para liberar su plaza y anexionarla de nuevo a los dominios españoles: La Jornada de Argel.

 

 LA JORNADA DE ARGEL

El Arzobispo Diego de Haedo, en su ilustre y voluminoso libro “Topographia, e historia general de Argel, repartida en cinco tratados, do se veran casos estraños, muertes espantosas, y tormentos exquisitos, que conviene se entiendan en la Christiandad” que publica su sobrino de idéntico nombre, Diego de Haedo, Obispo de Palermo, Abad del Monasterio de Frómista (Palencia), podemos encontrar un gran retrato de lo que fue para la metrópolis de la piratería el impacto del Emperador. Este libro-informe de la ciudad de Argel es una valiosísima pieza de documentación que nos hará encontrar muchos aspectos de la región en el siglo XVI que nos van a guiar a situar sus circunstancias en el contexto que guarda relación con la campaña de Carlos I de España y V de Alemania.

De manera algo distorsionada y parcialmente partidista en favor de las tropas europeas, Haedo nos cuenta la aventura del Emperador en el Norte de África, que a pesar de su tendencia por la causa del Imperio, es muy interesante como documento histórico, con muchos detalles por un lado y omisión de partes por otro que trato de reconstruir para entender de la manera más lógica esta jornada que sería difícil de asimilar con las apenas dos hojas y media a las que dedica el autor a los hechos bélicos de 1541.

Carlos I quiere asestar un golpe de efecto en Argel, ya que su líder, Barbarroja deja de lado la región para convertirse en gran almirante del Imperio Otomano, dejando como gobernador de la ciudad al considerado tercer rey de Argel, el agá (eunuco) Hasan. Debido a esto, el panorama de la piratería en el Mediterráneo deja un nuevo escenario muy distinto al de unos años atrás.

La fama de los hermanos Barbarroja trajo consigo toda una corte de capitanes de barcos que recogerían el relevo para continuar con los distintos asedios, robos y asesinatos. Estas prácticas hicieron incluso a algunos habitantes de las costas e islas echar de menos la actitud caballerosa en algunos casos de los dos hermanos piratas (sin duda por la exaltación de su fama en esos momentos).

Ahora el panorama era muy dispar y descontrolado, las acciones de pillaje no tenían ningún objetivo claro y mayor que el de hacerse con fortunas y huir rápidamente. Carlos I no pudo más con esta situación y de manera contundente quiso acabar de una vez por todas con este problema. Tal fue la arrogancia del Emperador que incluso subió damas a los buques para que presenciaran la gran victoria que se debía producir, además de ello, recibió las peticiones del Papa Paulo III para que trasladara el frente cristiano de Argel a la Península de los Balcanes porque los turcos otomanos acababan de conquistar la capital del reino de Hungría, Buda. Carlos I también hizo caso omiso de otras grandes figuras como  el almirante y hombre de Estado Andrea Doria y el Marqués de Vasto que intentan que el Emperador abandone la campaña ya que se estaba acabando el verano y pronto comenzaría la época de vientos, lluvias y temporales adversos para llevar a cabo la misión. Carlos I se encuentra libre tras ver retrasados sus planes de Argel debido a las dificultades del verano encontradas en Alemania y Flandes, lo que le obliga a no poder salir cuando el tiempo es más favorable. Concentra a todas sus tropas en Menorca y la bahía de Palma de Mallorca desde donde emprenderán el viaje el 18 de octubre de 1541 que pondrán rumbo a Argel. Además cuenta con la escuadra de Málaga y los galeones del Mar Cantábrico. Las preparaciones llevan tan solo un mes y todos los cuerpos de ejército se encontrarán al oeste de Argel en Cabo Cajina.

Mientras tanto, en la ciudad de Argel, el panorama bélico tras la toma de Túnez y huida Jeireddín, hace temblar a la ciudad y dejar su futuro en manos del regente y rey de Argel. El Arzobispo Diego de Haedo relata en el título del tercer rey de Argel, al agá Hasan como un hombre que desde la infancia crece cerca del poder y cómo va ascendiendo hasta ganarse la confianza de Jeireddín, nombrándolo Mayordomo (Chaya), posteriormente Capitán General de la Guerra (Bilerbey) y por último, conocidos por todos su generosidad, humildad y justicia, acaba dejando en sus manos el gobierno en 1533, y posteriormente desde 1536 hasta 1542.

Ante el inminente ataque de Carlos I, el rey de Argel, se muestra sereno, confiado y anima a las tropas de la ciudad cabalgando de un lado a otro de la misma, tranquilizando un ambiente pre-bélico. Diego de Haedo reconoce a este rey como “animoso, sabio y prudente” durante la jornada.

Los temporales azotaron fuertemente la flota del Emperador incluso durante su reagrupación, lo que hizo que el propio clima avisara de lo que sería su viaje. Pero Carlos I prosigue y el 19 de octubre ya se encuentra en la rada de Argel, muy próximo a la costa con 500 barcos que estaban dirigidos por 12.000 hombres como tripulantes, portando una infantería de 24.000 soldados pertrechados dirigidos por ilustres personalidades como Bernardino de Mendoza, el Duque de Alba o Hernán Cortés entre otros.

Cuenta el Arzobispo Haedo que el Emperador ofreció la rendición voluntaria de la ciudad a cambio de protecciones, ofrendas y seguridad para todos los turcos de la ciudad y la región, pero el agá Hasan le responde con una sonrisa que “tenía por un gran necio a aquel que de su enemigo tomase consejo” y confía en Dios que la venida del Emperador servirá para perpetuar su fama.

La ciudad estaba de manera construida grada sobre grada en un terreno rocoso, donde la cúspide estaba coronada por la fortaleza de la metrópoli pirata. Además a la derecha se encontraba un espigón construido por esclavos españoles de un viejo fuerte. Así mismo había dos puertas, una al norte llamada Bab el-Wed y otra al sur llamada Bab Azun.

El otoño hace mella de nuevo en la flota y durante tres días no pueden desembarcar debido a un mar bravo de fuerte oleaje, pero el 23 de octubre las tropas acompañadas de un clima más amable desembarcan en la costa del Norte de África.

Las tropas de Argel que se mostraban desafiantes en la playa, huyen al mismo tiempo que la artillería hace su función desde las galeras, por lo que toman la costa sin ninguna resistencia.

Al día siguiente emprenden la marcha sobre la ciudad, dispersando a la caballería ligera turca en pequeñas escaramuzas, entre el terreno escabroso, que trataban de retrasar el ataque y desestabilizar sus tropas y ánimo.

Las tropas se dividen en tres columnas y cercan la ciudad por todos lados excepto el norte. Los italianos, que contaban con 150 caballeros de Malta siguen la costa por la derecha, los españoles toman posiciones en la izquierda en las colinas, mientras que el Emperador se sitúa en el centro con la infantería alemana.

La idea de cañonear a la ciudad y entrar acto seguido hacía pensar que la acción iba a ser todo un éxito. Más aun sabiendo que dentro solamente había 800 turcos y  5000 árabes y moriscos.

Carlos I ya podía adivinar cuál sería el futuro de la acción y seguramente ya hubiera hecho planes del futuro de la ciudad para ese día. Pero la naturaleza, de nuevo se puso del lado de la ciudad.

Un enorme vendaval de viento y lluvia ensombreció la región y desató su furia contra las tropas del emperador. El terreno estaba completamente cubierto de charcos y barros que hacían hundirse a los soldados entre el fango dificultando su avance; y el viento, junto a la fuerte lluvia hacía muy difícil la visión.

Fue tal la tormenta que el ataque tuvo que ser parado. Los soldados estaban cubiertos de barro, las piernas enterradas en él, los ropajes completamente calados, y el frío se colaba por cualquier agujero o rendija de las armaduras y vestimentas. Las provisiones también sufrieron pérdidas debido a la tormenta y provocó una gran escasez de víveres.

La mañana siguiente fue poco agraciada igualmente aunque mucho más leve que el día anterior. Las tropas se encontraron cansadas y abatidas, con la pólvora mojada e inservible. Y con este panorama divisaron como un gran gentío salía de la ciudad para abatirlos.

La moral se desvaneció y fueron los caballeros de Malta, a los que Haedo menciona con gran admiración, los que recompusieron las filas y aguantaron haciendo un uso de coraje muy necesitado.

Las escaramuzas siguieron hasta que la valentía de los caballeros hizo recobrar las posiciones del Emperador, las cuales acabaron expulsando y persiguiendo a las huestes del agá Hasan hasta la puerta sur de Bab Azun.

Entonces es cuando Haedo menciona cómo los caballeros de Malta llegan a las puertas de la ciudad seguidos del resto de tropas donde clavan dagas en la puerta con un tono desafiante y amenazador, y sigue explicando cómo el propio agá Hasan llega a lomos de su caballo matando a más de 150 infantes y acaba expulsando a las tropas del Emperador de los muros de la ciudad desde los cuales se vierten todo tipo de armas posicionándose desde la altura un buen ángulo para hacer mella en los soldados de Carlos I.

Los italianos desmoronaron la línea de frente huyendo de la confrontación y los alemanes volvieron del campo sin llegar a batallar en él. A todo esto, los mejores jinetes persiguieron la desbandada hasta que los caballeros hicieron cubrir la retirada y estallaron sus escudos contra las tropas de Hasan.

Según cuenta el propio Haedo, el tercer rey de Argel, debido a su salida de las puertas de la ciudad al perseguir a los caballeros, forzó a la flor y nata del ejército europeo a que sus propios líderes salieran a socorrer a los caballeros.

La situación era tan inestable que el Emperador tuvo que ponerse la armadura y al galope de su caballo, bajando de la montaña, se dedicó a inspirar fuerzas a los soldados que volvían de la puerta. Del mismo modo ocurrió, que el Duque de Alba y Sessa también salieron con sus rodelas a presentar resistencia.

El lugar donde las tropas de Hasan abatieron a los soldados que tan enérgicamente mostraron una feroz resistencia pasó a llamarse la Sepultura de los Caballeros, y según cuenta el cronista Haedo, fue alabado en gran manera por los mismos turcos.

Las tropas de Carlos I acaban expulsando de nuevo a los asaltantes y consiguen devolverlos de nuevo hacia dentro de la ciudad.

La acción cuesta 300 soldados y 12 caballeros de Malta muertos. Durante el resto del día todas las tropas permanecerán alertas, vigilantes y con las armaduras puestas temiendo otro posible ataque de Argel.

La flota de Carlos I no estaba apostada en el puerto, y las reservas, municiones, armas y alimentos se encontraban en los buques a merced de los temporales.

Fue entonces cuando la mañana de 25 de octubre llegó un enorme temporal que acabó con el nombre de la “La Tormenta de Carlos”, un estremecedor huracán del noreste acompañado de lluvias y vientos que se estrellaron contra los barcos cercanos a la costa.

En apenas seis horas 150 naves dieron con sus restos al fondo del mar, y algunas galeras que llegaron a la costa fueron abordadas por los moriscos para desgracia de sus tripulantes los cuales murieron bajo sus armas.

Carlos I no tuvo más remedio que retirarse consciente de su fracaso. La acción había acabado en una desgracia.

Se abandonaron en las costas de Argel todo tipo de avituallamiento, piezas de artillería, estructuras y recambios de artilugios de la guerra.

La retirada fue humillante, agotadora y desmoralizante. Los soldados tuvieron que arrastrarse por los barros y atravesar varios torrentes de agua pasando por encima con puentes improvisados por los que huir a toda prisa, ya que Hasan aprovechó la retirada para atacar continuamente por los flancos a las cansadas y derrotadas tropas hasta que llegaron a Bahía de Temendefust (Matifuox), donde se encontraban los restos de la flota del Emperador. Muchos acabaron muertos en este viaje y otros tantos tomados como cautivos.

Las represalias contra Argel fueron desestimadas y se decidió embarcar de nuevo para poner rumbo de vuelta al mar.

Sin embargo la embarcación tampoco fue sencilla ya que se pretendía subir a una tropa que solo contaba con 2000 bajas de las que habían venido en una flota que se había mermado de una forma considerable.

Ante este problema el Emperador dio la orden de arrojar a los caballos de pura raza y valor incalculable al agua sacrificándolos para embarcar a sus soldados.

Así el 2 de noviembre prácticamente todo el ejército habría logrado embarcarse de nuevo a la mar siendo Carlos I el último en hacerlo.

Según Haedo, el propio Hasan “no tomando ni un alfiler” dejó todo el botín que pudiera haber entre el campamento costero, los barcos estrellados en la costa o los cadáveres de los soldados que huyeron, a sus soldados, comentando que solo el hecho de lo que se había producido allí y la honra de lo ocurrido le bastaban y sobraba.

Sin embargo, Carlos I no zarparía con total sosiego y serenidad sino que otra tormenta hizo de nuevo de las suyas entre la flota que se disponía a volver a casa.

El clima beligerante de las lluvias y los vientos arrastraron a la flota a separarse llevados por la furia del mar a un lado y otro del Mediterráneo, por lo que si bien es cierto que muchos lograron escapar, también lo es que algunos barcos naufragaron o se chocaron contra las playas de Argel donde sus marineros fueron tomados como esclavos especialmente para los baños de Argel. Debido a las inclemencias del tiempo y las ejecuciones de los moriscos 1100 soldados perdieron la vida en esta huida del temporal.

El Emperador logró llegar sano y salvo con Doria hasta Bejaïa un puesto de avanzada español, creando una gran hambruna en el lugar debido a las enormes necesidades de los maltrechos y derrotados soldados que tanto habían sufrido en la expedición, y no fue hasta el 23 de noviembre cuando se emprendió el viaje final hacia España.

Las navidades en Castilla guardaron el luto por la derrota y fue considerado un fracaso rodeado de muerte y pérdidas económicas de toda clase y condición.

Así Hasan, obtuvo una gran victoria que acabó engrandeciendo a la región de Argel dejándola de nuevo libre de amenazas exteriores para seguir practicando una piratería apoyada por el Imperio Otomano en guerra con España que también celebró la resistencia de Argel.

Las bajas sufridas fueron consecuencias de las inclemencias del tiempo y la mala organización militar, ya que de atracar en la playa con el enorme suministro de los barcos españoles, quizás hubiera salvado la pérdida total de provisiones, sin embargo el terror que pudiera pensar un ataque del agá Hasan que incendiara las naves y por lo tanto que el fuego consumiera la única vía de escape, hizo que Carlos I mantuviera a sus buques en la mar.

Fue una calamidad la derrota en una expedición militar en la cual el rey de España se había mostrado tan seguro y confiado.

Todavía hay quién asegura en Argel, que cuenta una leyenda popular entre las callejuelas de la ciudad, que cuando el Emperador echó la vista atrás observando la ciudad desde lejos en su buque, envuelto en la emoción y la tristeza de su derrota lanzó su corona al agua al mismo tiempo que decía “Ve y que otro príncipe más afortunado te redima y te vista”.

 

 CONSECUENCIAS DEL CONFLICTO

La derrota de Carlos I supone dejar un Argel más fuerte y bravo frente al dominio del Mediterráneo que va a seguir funcionando como un nido de piratas que tratará de desestabilizar las rutas comerciales constantemente.

Esta expedición militar va marcar de nuevo las políticas de Europa frente al Imperio Otomano y sus vasallos los Estados de Berbería, con una tolerancia completamente nula y un odio recíproco que endurecerá las relaciones en el mar, donde nada era seguro.

La Jornada de Argel, fue como la de Túnez, una de las más sonadas expediciones frente a estas actividades de robo. Las anteriores y posteriores campañas responden a una necesidad del mantenimiento económico de rutas comerciales, y a una necesidad social de seguridad y de repoblación de las atemorizadas costas.

Las estrategias a veces cambiarán a lo largo de los años para pagar tributos debido a la supremacía del poder corsario y así evitar el robo de mercancías, asesinatos de marinos o su cautiverio para hacerlos esclavos pidiendo su rescate si su familia era de noble cuna. Sin embargo, a pesar de este doble juego de guerra y paz, la obsesión de eliminar la piratería será uno de los objetivos más ambicionados por las grandes potencias.

El futuro de los piratas se verá reducido el 7 de octubre de 1571 en la batalla de Lepanto, lo que producirá que el Imperio Otomano empiece poco a poco su declive en cuanto a sus ansias expansionistas por el Mediterráneo. Además las posesiones europeas dejarán de estar amenazadas. De este modo se equilibrará un poco la balanza para mantener mayor seguridad.

Sin embargo Argel no dejará nunca su actividad de pillaje y volverá a sembrar el terror entre los comerciantes y marinos Mediterráneos llegando a su época de esplendor en el siglo XVII produciéndose altercados por piratas en sitios tan lejanos como las islas Feroe, Islandia o incluso Galicia.

En el siglo XVIII las pérdidas de posiciones españolas durante la Guerra de Sucesión Española de (1700-1714) de Mers-el-Kebir y Orán proliferaron de nuevo las acciones de los corsarios de los Estados de Berbería con más libertad.

No será hasta el siglo XIX cuando por fin se cumpla el sueño de Carlos I de acabar con estos peligrosos enemigos de las rutas tranquilas. Así Gran Bretaña, Estados Unidos y Francia dejan de pagar tributos a los piratas y se lanzan a una campaña de acoso sistemático. Comienza el declive de la piratería  y en 1816 Argel ve su flota prácticamente destruida. En 1830 cae su plaza ante las tropas francesas que harán de la ciudad el centro neurológico de la colonia de Argelia.

La presión de las potencias internacionales finalmente puede con el Imperio Otomano, que va a dejar de apoyar esta práctica de asaltos y robos llevados a cabo durante siglos. Estas presiones harán que cesen las actividades desde Marruecos, Trípoli y Túnez.

Será en el Congreso de París el 16 de abril de 1856 cuando por fin quede abolida la figura del corso en el Mediterráneo.

Estas posiciones beligerantes de las grandes potencias fueron completamente interesadas para mantener el comercio internacional y por lo tanto beneficios recíprocos que siempre fueron necesarios para diversos casos.

La propia Jornada de Argel fue un intento de acabar con todo un sistema de economía basado en el robo, asesinato y cautiverio en cuanto al terreno marítimo se refiere, donde vieron los piratas una gran oportunidad de enriquecerse de manera rápida.

Sin embargo era muy difícil acabar con estas prácticas ya que si es verdad que plazas tan importantes como Túnez o Argel eran nidos de piratas y las sedes mejor organizadas y equipadas de la costa de Norte de África, también es verdad que no eran las únicas. Ni siquiera con el supuesto dominio de estas regiones se podría evitar que poblaciones costeras acogieran a los que huyeran de Carlos I y se dedicaran a lo mismo como ya lo hicieran antes de que el Emperador dedicase sus esfuerzos en mantener un orden en el Mediterráneo.

Esta forma de dedicarse la vida con las aventuras que pudiera ofrecer al mar respondía a la aceptación social como una forma más de ganarse la vida, y quizás no tan solo una forma más, sino una forma valiente y admirada, ya que de todos era conocido el poder del Emperador y del peligro que se corría asaltando sus buques, robando sus mercancías y esclavizando a sus marineros.

La conquista de Argel supuso un auténtico desastre para dejar estable las comunicaciones comerciales entre los puertos y generó toda una red de corsarios dispuestos siempre a buscar fortuna allende la vista alcanza por las aguas del Mediterráneo.

Más tarde la figura del pirata cobraría su máxima fuerza, siendo muy admirada y ensalzada por el movimiento cultural del romanticismo a finales del siglo XVIII y durante el siglo XIX, como símbolo y paradigma de la libertad, y aún hoy en día, sigue cautivando y absorbiendo la curiosidad de todo el mundo, con una idea de respeto en el imaginario colectivo por el valor, el coraje y la sensación del ser libre.

“Que es mi barco mi tesoro, que es mi dios la libertad, mi ley, la fuerza y el viento, mi única patria, la mar.” Extracto de versos de la “Canción del Pirata” de José de Espronceda.

 

@hectorbraojos

 

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