Becerrillo, un conquistador diferente

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Durante la conquista de América por parte de los españoles en el siglo XVI, numerosos barcos llegaban a aquellas costas del Nuevo Mundo repletos no sólo de hombres, sino también de animales. O mejor dicho, de otros animales, además de hombres. Los conquistadores llevaron a las américas especies que allí no existían, como por ejemplo, el cerdo y la vaca. Y qué decir del caballo. Ese potente animal, enorme y rápido, atemorizó a los pueblos nativos, y hasta tal punto les era desconocido que en un principio llegaron a contemplar al animal y a su jinete como una única criatura feroz y de poder inigualable, toda ella cubierta de una piel brillante e impenetrable contra la que nada podían hacer sus primitivas armas. Pero junto al caballo, otro animal que resultó ser esencial en las conquistas fue el perro.

BecerrilloSi bien no era una especie desconocida en la América precolombina, lo cierto es que los perros españoles nada tenían que ver con los que la población indígena conocía. Desde el punto de vista naturalista, puede que se haya quedado en incógnita la verdadera raza de estos perros que tenían los indios. Pero las descripciones de las crónicas nos presentan a canes muy poco activos, de pequeño tamaño y un tanto regordetes, cuyo único servicio posiblemente fuera el de colaborar en las cacerías. Tal era su sosiego que ni siquiera ladraban y los españoles los consideraban perros mudos, denominándolos como tal.

Por otro lado, los perros españoles estaban entrenados para la guerra. Eran enormes canes con aspecto terrorífico cuyos ladridos ya helaban la sangre. La raza más habitual entre las escogidas por los conquistadores para acompañarles en sus campañas era la de los alanos. Se trata de un cruce generalmente entre dogo y mastín, que da lugar a un perro de gran tamaño, con una corpulencia musculada que otorga una fisonomía perfecta para la lucha. Tienen gran cabeza con hocico corto y orejas pequeñas y, utilizando la descripción de Bernardinho de Sahagún, misionero franciscano español de finales del siglo XVI, “bocas con dientes en forma de cuchillas”.

IlustraciónEn la Isla de La Española, que actualmente ocupan los países de República Dominicana y Haití, destacó por encima del resto un perro debido a su gran tamaño, su fiero aspecto y su habilidad para realizar aquello para lo que fue entrenado: matar. Tras su adiestramiento, durante los primeros años del siglo XVI, Becerrillo partió a la vecina isla de San Juan, llamada también por el nombre nativo, Borikén, y que no es otra que la actual Puerto Rico. Según algunos cronistas, el auténtico amo de Becerrillo era el navegante vasco Alonso de Salazar, quien se considera que en agosto del año 1526 descubrió las Islas Marshall, contemplándolas desde su barco aunque sin llegar a atracar en sus costas. Salazar era un guerrero temido, pero nada en comparación con el alano español. Si bien Becerrillo destacaba por su ferocidad, sus principales cualidades tenían que ver con su inteligencia. El perro era muy eficiente a la hora de dar caza a los indios que escapaban, y además, era perfectamente capaz de distinguir a los indígenas aliados de los enemigos.

En los textos de Francisco López de Gómara, eclesiástico e historiador soriano contemporáneo a estos acontecimientos, podemos encontrar referencias sobre la figura de Becerrillo: “Habían eso mismo grandísimo miedo a un perro llamado Becerrillo, bermejo, bocinegro y mediano, que ganaba sueldo y parte como ballestero y medio, el cual peleaba contra los indios animosa y discretamente; conocía a los amigos, y no les hacía mal aunque le tocasen”.

Tal como indicaba el de Gómara, cuya obra se considera clave para conocer la conquista de América, fundamentalmente de México, a pesar de que nunca cruzó el Atlántico, Becerrillo recibía un alto sueldo y más comida que la correspondiente a una ración, siendo por ello mejor pagado que muchos soldados. Pero bien es verdad que en las filas de los ejércitos españoles, todos preferían tener al can como compañero, antes que a cualquier otro.

Tras años de servicio, Becerrillo fue destinado junto con Alonso de Salazar a la hacienda del conquistador Pedro Mejía. Dicha hacienda fue atacada de manera inesperada por los indios caribes, siendo atrapados algunos líderes españoles. Becerrillo protagonizó su último episodio heroico, saliendo tras los indios y liberando a los españoles apresados. Al parecer la escena de su final se dio a orillas del mar, pues ante la valentía y agresividad del perro, los indios regresaron a sus canoas para retirarse a toda prisa, temiendo incluso ser alcanzados aún así, al ver que el alano les perseguía a nado. Dispararon desde sus barcas flechas envenenadas, alcanzando una de ellas al fiel animal, provocándole la muerte poco después. Becerrillo fue enterrado con honores, como si del más valiente de los soldados se tratase, pues realmente así podía ser considerado. A pesar de ello, su sepultura se escondió y la noticia de su muerte se ocultó, pues, como los grandes héroes, continuó atemorizando con la simple mención de su nombre a los indios incluso después de muerto.

Bibliografía:

López de Gómara, Francisco. Historia general de las Indias. 1552.

Author: Eduardo Cabrero

Programador informático. Estudiante de Geografía e Historia en la UNED. Autor del blog Corresponsal en la Historia.

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