Breve acercamiento a la Historia del Reino nazarí de Granada

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  1. AL-ANDALUS HASTA LA APARICIÓN DEL REINO NAZARÍ DE GRANADA

La aparición de los musulmanes en la Península Ibérica se remonta al año 711 de nuestra era cuando, en una de las comunes luchas sucesorias acaecidas en el reino visigodo de Toledo, una de las facciones solicitó el apoyo de Muza, un caudillo bereber del Norte de África. Las tropas musulmanas ocuparon la mayor parte de la península en apenas tres años y no se detuvieron hasta su derrota en Poitiers (732) ante Carlos Martel, siguiendo la ola expansiva generada a la muerte de Mahoma o Muhammad y gestándose así un waliato que desembocará, por el devenir de los acontecimientos y tras la derrota del Imperio Almohade en las Navas de Tolosa en 1212[1], en multitud de taifas que sucumbirán al rápido avance cristiano del pujante siglo XIII a excepción de una: la taifa o reino nazarí o andalusí de Granada.

  1. EVOLUCIÓN POLÍTICA

Un territorio este que se verá fuertemente comprometido, pues desde su génesis bajo Ibn Nasr se encuentra amenazado tanto por poderes internos por las luchas intestinas entorno al poder, como por poderes externos, a saber, la expansión castellana.

Hemos de señalar que la falta de estabilidad política no era algo anómalo, pues ya había sucedido tras los anteriores poderes absolutos musulmanes en la Península que, con su desaparición, se habían convertido en conglomerados de autoridades más o menos locales o regionales, de líderes o caudillos militares, que se enfrentaban entre sí y con los cristianos, a los cuales buscaban aplacar con el pago de tributos o parias.

A esas luchas internas se les suma la amenaza externa cristiana, a la que es difícil dar una respuesta militar. Tras la derrota y desestructuración del Imperio Almohade en multitud de taifas, no hay una oposición efectiva a los reinos cristianos, los cuales se lanzan hacia más allá de la Frontera y al Mediterráneo[2] con enormes éxitos. Con la llegada de los castellanos al territorio de la Taifa de Granada, sus dirigentes no tendrán otra opción que acordar un pacto de vasallaje similar al alcanzado entre el rey castellano y la taifa de Murcia en 1243, conocido como el Pacto de Jaén[3] de 1246, acta de nacimiento del emirato granadino para Ladero Quesada, y que fijaba la sumisión como vasallo de Castilla a emir nazarí a cambio del pago de parias y de auxilium – consejo – y consilium – tropas –. Sin embargo la conflictividad con Castilla resurgiría intermitentemente, produciéndose escaramuzas y razzias a lo largo de la frontera, vigorizadas por el apoyo de un nuevo actor político a los nazaríes, los benimerines de Marruecos, restos como los nazaríes del antiguo Imperio Almohade, y que ocuparon Tarifa.

Así, vemos que la relación de vasallaje entre Castilla y Granada no es de convivencia, sino de continuas tensiones y luchas por recuperar plazas o prestigio por parte de ambos, aprovechando los nazaríes las debilidades de Castilla, mientras que esta se mostraba más avasalladora en sus periodos más álgidos. Pese a ciertas aptitudes y ventajas del reino nazarí que trataremos más adelante, su debilidad respecto a Castilla es clara. En esa situación de debilidad e incomprensión entre Granada y su teórico protector, con cabalgadas – y comercio – de un lado hacia el otro e incluso alguna plaza tomada, los nazaríes buscan reforzarse. Para ello se desarrolló una intensa actividad diplomática que tenía como fin ganar apoyos para el reino nazarí. Se certifican acercamientos comerciales hacia la Corona de Aragón, Génova, Venecia, Florencia, estados del Magreb, la propia Castilla a través de los alfaqueques o ejeas, y el Imperio Otomano, cuya consecuencia más clara es la solidificación de la riqueza del reino granadino y sus capacidades pare redistribuir mercancías por el Mediterráneo y hacia el Atlántico, aunque aquí estaban retrasados respectos al comercio protagonizado por castellanos y genoveses.

Una capacidad esta explicada por su localización geográfica, como garante de una gran línea de costa en las rutas hacia el “Mare Tenebrosum”, que, sin embargo, no solo reportará beneficios a los nazaríes, sino que les situará en un complicado tablero de juego entre cristianos, musulmanes e intereses más particulares, en el marco del cual se desarrollará ese complicado juego diplomático nazarí, el cual favoreció su pervivencia, aliándose con unos y con otros, y favorecido por el interés más comercial de italianos o aragoneses que religioso, pues prefirieron aliarse con los granadinos, a veces en contra de los castellanos, en aras de revigorizar su poder y el desarrollo comercial que se vivía desde el siglo XIV. Será la conocida como Batalla por el Estrecho (1275 – 1350), a raíz de la cual los nazaríes acabaron acercándose a Castilla y enemistándose con los benimerines de Fez y Aragón, hasta la llegada de Enrique II al trono castellano. Fue el periodo de Muhammad V, de gran estabilidad e incluso extensión del poder nazarí al actual Marruecos, en detrimento del benimerí. A la muerte del emérito Muhammad V en 1391, la inestabilidad reapareció.  Las suplantaciones en el trono fueron común, y solo la debilidad castellana[4] permitió que algunas aventura más allá de la frontera de unos y otros no repercutiera en grabes consecuencias.

Sin embargo, en 1394 una hueste castellana asalta La Vega de Granada, recibiendo el apoyo del monarca, y desde entonces los enfrentamientos se recrudecen, tomando un punto álgido con las campañas instigados por Fernando de Antequera como tutor del nuevo monarca, Juan II (1405 – 1445). A partir de ahí, los enfrentamientos serían continuados, sucediéndose algunas treguas, intercambios comerciales y escaramuzas, hasta llevar a la campaña definitiva de los Reyes Católicos contra el reino granadino en 1482.

  1. EL EJERCÍCIO DEL PODER

El emirato estaba encabezado por el emir o jefe de los creyentes, un cargo que se heredaba por designio del emir saliente. Formaban una monarquía muy influenciada por las tradiciones de gobierno islámicas, de corte absolutista y teológica, sin asambleas que limitasen su soberanía – aunque, como hemos visto, existían otras vías de limitación del poder del emir, basadas en el poder que tenía la nobleza en sus propias jurisdicciones y a los litigios palaciegos – pero condicionados por su situación como vasallos del rey de Castilla. El emir era un cargo cargado de tintes religiosos, pues se encargaba de velar por la fe y el bienestar de los fieles, lo cual también le otorgaba atribuciones de guía de su pueblo, espiritual y, llegado el caso, militar, a través de la capacidad para proclamar por una fatwa  o decreto religioso la guerra santa.  Era un poder teóricamente absoluto pero que se encontraba limitado por los intereses de los linajes nobiliarios que existían en Granada y por los dictámenes de las autoridades religiosas. En este punto hemos e remarcar la inestabilidad de la figura del emir, pues pese a su poder, las suplantaciones interdinásticas se suceden a lo largo de todo el emirato, con algunos emires más poderosos que logran cierta revigorización del emirato, pero, en líneas generales, nos encontramos ante un territorio muy inestable en cuanto a la poca durabilidad de su máximo dirigente. Algo que se agudizó en el siglo XV, con la proclamación de múltiples emires en un mismo momento y que desencadenó un estado de confrontación y belicosidad funestos para el futuro del emirato.

En las tareas de gobierno se apoyaba en un visir, nombrado por él. Este hombre era de la confianza del emir, usualmente noble, aunque esta tendencia virará en el siglo XV, y siempre con un amplio bagaje cultural. Su poder era casi omnímodo al del emir, pues se encargaba en definitiva de hacer cumplir sus órdenes. Así, tenía jurisdicción sobre las atribuciones del emir como la organización de la administración, el Tesoro y la Hacienda del emirato, en justicia con la redacción de decretos y el nombramiento de algunos cargos – aunque nunca religiosos -, y militarmente, pues dirigía a las tropas de origen granadino[5]. Solo no se le atribuía el peso teológico que sí tenía el emir, base de su autoridad.

Sin embargo, el gobierno de algunas circunscripciones quedaba en manos de los linajes[6] que dominaban un territorio, con sus ciudades, fortalezas y castillos – medias  y  alquerías -, y se encargaban de la administración interna excepto judicial y de su propia defensa ante los ataques castellanos. Fortalezas y ciudades eran así mismo gobernadas por alcaides, pero la administración de la justicia quedaba en manos de los caídes o jueces, con amplios conocimientos teológicos[7]. Estos caídes dependían de un caidí principal, residente en Granda, y que dependía escasamente del emir o el visir, representando a veces incluso una fuente de problemas para los mismos. Y es que, al sustentar la base del poder central, cualquier desavenencia entre ambos podía perjudicarles, así como, pese al poder teóricamente absoluto del emir, lo limitaban al interpretar ellos los textos religiosos y establecer la pauta de qué es lo correcto y que no.

Las fronteras quedaban protegidas por una serie de líneas de vigilancia y, llegado el caso, de defensa, conformadas por los ribatat o conventos fortificados, fronterizos o costeros, ideados para proteger puntos débiles de la frontera, y atalayas de vigilancia, que hacían las veces de “puertos secos” para recaudar impuestos sobre las personas y mercancías que sobrepasaban la frontera.

  1. PANORAMA SOCIAL GRANADINO

La sociedad andalusí era enormemente variada. Hay heterogeneidad en los conquistadores, formados por árabes, sirios y bereberes norteafricanos – como es el caso de los invasores almorávides y almohades de los siglos XI y XII –. A ellos se les unían las masas de la población nativa, a saber, mozárabes o cristianos andalusís, muladíes o cristianos convertidos al Islam y los judíos. Una heterogeneidad persistente pues “los protegidos” o “gentes del libro”  o dimmnies “los que pagan” – mantenían cierto grado de autonomía y podían obviar la conversión a cambio de tributos, y convenía por tanto a las autoridades que siguieran profesando su religión y sus costumbres propias, aunque existieron épocas de persecución. Así, vemos castas o diferencias sociales por tanto en base a la religión, tanto en los reinos cristianos como en Al-Ándalus. Es por tanto un consentimiento obligado por las necesidades socioeconómicas, y es que la asimilación o exterminación del “otro” no eran viables. Aun así, y debido a la acogida de musulmanes que huían de territorio cristiano, la inmensa mayoría de la población era de origen musulmán.

Pasando de lo religioso a lo socioeconómico, vemos una gran masa de trabajadores del sector primario, como pescadores, mineros o agricultores, siendo estos mayoritarios. La masa de agricultores se distingue entre sí por propietarios o colonos – que reciben lotes de tierra – y trabajadores asalariados, que reciben tierras de la nobleza o del emir en régimen de arrendamiento. Arrendados y asalariados pagan y cobran en moneda, al estar prohibido por fetua o decreto religioso los pagos en especie. Tenemos también un gran sector de artesanos urbanos y comerciantes y mercaderes, extranjeros a veces, que constituirían una clase urbana acomodada. Por último, estaríamos ante las élites del reino, formada por funcionarios, nobles y el emir.

  1. ECONOMÍA DEL REINO DE GRANADA

5.1. COMERCIO

El reino de Granada nació marcado por dos hechos trascendentales. Uno, el desarrollo de las rutas comerciales del mediterráneo al Atlántico por parte de Castilla y Génova principalmente, cuyo objetivo era la exportación a la Europa noratlántica y en la cual Granada, por su posición geográfica clave, ocupando las actuales provincias de Málaga, Granada y Almería, jugará un papel clave. El segundo hecho serán las trabas consecuentes al vasallaje granadino hacia Castilla y el pago de parias. Todo  ello generó un contexto en el cual las arcas del estado nazarí estaban debilitadas, pese a la potencialidad del reino, lo cual llevó a una presión fiscal ascendente.

La solución, desarrollada especialmente en época de Muhammad V, fue incentivar el potencial comercial de Granada. Para ello se buscó desarrollar el comercio de productos autóctonos que no fueran de primera necesidad y pudieran dedicarse por completo a su distribución, como seda, caña de azúcar o frutos secos, junto con cerámicas. Así mismo, se mejoraron las instalaciones costeras y de almacenaje, para aumentar el volumen comercial, y no servir así solo a la exportación de productos autóctonos, sino también como punto de abastecimiento de los barcos mercantes venidos del Mediterráneo con vistas a comerciar en el Magreb o en la Europa noratlántica. Esto fue de la mano con el desarrollo de una industria naviera, que desarrollase una importante flota comercial. Todo ello reforzaría las arcas del emirato y le nutriría de aquellos elementos que estaban fuera de su alcance o de los que no podían nutrirse en cantidad suficiente, como armas o cereales.

Así, hemos de hablar del comercio interior y exterior, teniendo en cuenta las peculiaridades relativas al territorio de la frontera. Empezando por los intercambios fronterizos, hay que circunscribirlos a intercambios de cereal del Norte al Sur por frutas y artesanías de Sur a Norte principalmente, estando prohibidas las transferencias de armas o caballos de un lado al otro de la frontera, por entenderse que su única consecuencia sería reforzar el brazo armado del contrario. Sin embargo, hubo de tener cierta relevancia, en cuanto que castellanos, catalanes, genoveses o portugueses tenían asignados puntos específicos para que vendiesen sus productos en tierras nazaríes, como la “posada de los portugueses” o la “alhóndiga de los catalanes”, así como la proliferación de hospederías por la frontera, donde comerciantes y mercaderes dormitaban y hacían acuerdos comerciales por el camino. Un comercio que se vería favorecido en esos periodos de paz, nunca permanente, pero sí garante de cierta estabilidad y que permitía el tránsito de un lado al otro de la frontera de mercancías y cautivos liberados.

Aun así, vemos que el comercio exterior a través de la frontera, con los reinos cristianos del Norte, es incomparable en su porcentaje al realizado con las ciudades-estado italianas, las poblaciones del Magreb o con el Imperio Otomano. Del Magreb se importaban cereales, de los que Granada era deficitaria, oro sudanés y esclavos[8]; de Italia y del Imperio Otomano, manufacturas y especias; de Castilla, el ansiado cereal, y ganado. En dirección contraria, desde puertos como los de Málaga o Almería, había un discurrir de frutos – tal que se conformó una “sociedad de frutos”  por la familia Spinola en Granada para el comercio de este tipo de productos – y sobre todo cerámicas

A los ingresos de este comercio se sumaban los impuestos obtenidos en los “puertos secos” y en los puertos marítimos por el movimiento de mercancías, con especial relevancia de los procedentes de mercaderes genoveses, que tras repostar en Granada, emprendían largas rutas hacia Flandes e Inglaterra.

El comercio interior tiene dos ámbitos claramente diferenciados. Por un lado el entorno urbano, canalizador de todo tipo de producción. Por otro, el mundo rural, que cuando se encuentra extremadamente aislado, caso de las Alpujarras, opera en simbiosis a su situación, a través de pequeños intercambios en mercados rurales semanales, que servían para abastecer a la población de aquello que no podían surtirse. En el entorno urbano se funcionaba a partir del zoco o mercados situados en las puertas de las ciudades y que funcionaban como las ferias de los reinos cristianos, de la Alcaicería, donde se realizaban transacciones de gran envergadura, de mercadillos permanentes, de los mercados cristianos, y de tiendas y tenderetes a pie de calle. Intercambios que podían hacerse mediante la entrega de dinero por el producto o mediante el trueque. Un mundo de intercambios en el cual destaca la figura del comerciante, que adquiere productos y los subasta, a mayor o menor escala, en el zoco, en su tienda o la Alcaicería, según el caso. Tienen gran peso el intercambio de alimentos – estando prohibida la compraventa de cosecha futura, es decir, la especulación con alimentos – y la producción sedera.

El mundo rural por su parte se nutría de manufacturas generalmente de elaboración propia, dedicadas al autoconsumo. Los intercambios se realizaban en su entorno y en los mercados semanales.

5.2. LOS SECOTORES PRODUCTIVOS

Se desarrollaron así la artesanía y la agricultura, aprovechando la fuerte infraestructura[9] – acequias y molinos –, la densidad demográfica y la benignidad del clima para expandir los cultivos. Estas disposiciones naturales que ofrecían las tierras granadinas permiten que se cultiven frutas y cereales, como trigo o centeno, uva, aceite, olivas, vino, higos, azafrán, almendras y otros frutos secos, que sirven para alimentar a la población y para la exportación, sobresaliendo las remesas granadinas de vino y frutas. Destaca el gran desarrollo que alcanzó la agricultura de regadío, aunque los apeos de labranza no diferían mucho de aquellos usados en los reinos cristianos, más allá de las variabilidades y adaptaciones regionales. Sin embargo, la producción granadina no permitía el autoabastecimiento, sobre todo en el caso ganadero, donde el clima que tan beneficioso era para los cultivos no lo era tanto para la actividad ganadera, provocando un sector escaso – centrada en camellos y ovejas – y dependiente de las remesas de cabezas de ganado castellanas. Donde si vemos una producción de gran envergadura, favorecida por las actuaciones de Muhammad V, son en el lino o la seda, destinadas a la exportación principalmente, junto con otros productos que no son de primera necesidad, tales como la caña de azúcar o las frutas.

La pesca era de bajura a lo largo de la costa y en la desembocadura de los ríos y las ramblas. Su uso era tanto para el autoconsumo como, sobre todo, el trueque o intercambio por productos en los que el reino era deficitario, como cereales.

La minería por su parte es escasamente conocida, aunque si se han constatado la existencia de recursos mineros de oro, hierro, plata, sal, mármol e incluso rubíes.

Es menester ahora hablar de la artesanía y la industria, la cuales, junto con el sector primerio, y eminentemente el agrícola, constituyeron los sectores productivos punteros en cuanto a su desarrollo y capacidad para la revigorización del poder musulmán peninsular. Un camino el cual, como ya hemos señalado, se inició con Muhammad V, y cuyas bases fueron los recursos naturales del reino y su capacidad de exportación. Se desarrolló una importante industria telera – por arrendamiento o por adquisición – basada en las plantas industriales o textiles del reino, como seda o lino. Sin embargo, y como hemos señalado, la industria manufacturera nazarí entraba en decadencia en el siglo XIV por la superioridad de las manufacturas italianas, que comenzaban a invadir el reino. Junto a ello vemos el desarrollo de las herrerías, explicado en parte por la situación deficitaria en armas del reino. Pero, por encima de todo, hubo un desarrollo de la artesanía, volcada tanto al comercio interior como exterior. De esta artesanía, la más valorada fue la cerámica nazarí por su elaboración, aunque hay numerosos restos de otros utensilios como botones, sellos, tejas o juguetes.

5.3. LA MONEDA

Las monedas nazaríes eran presentadas como “de plata pura y excelente calidad”, haciendo referencia a que no había sido mermada su proporción de plata respecto a la oficial, ni había sufrido devaluaciones. Sin embargo, esto parece alejado de la realidad.

Veamos primero el mundo monetario nazarí. Hay monedas de oro – dinar – y plata – dírham – para grandes transacciones, y de cobre – fals – para el uso diario, provenientes del estrato cultural omeya. Son el dinar y el dírham monedas que valen por sí mismas, es decir, son monedas mercancía, mientras que el fals tiene un valor ficticio otorgado por la administración. Así mismo, existieron otras monedas para facilitar el funcionamiento económico como el qirat – equivalente a media moneda de plata – y el rub´ – equivalente a un cuarto de dírham –. Un sistema complicado que en el siglo XV experimentó una remodelación, apareciendo tres tipos de dinares: dahabi de oro, fiddi de plata y ayni de vellón.

Todos estos vaivenes de la moneda mercancía nazarí es reflejo de un sistema que sufrió fluctuaciones, devaluaciones y pérdidas de confianza ante la pérdida de peso en las monedas del metal noble o incluso amputaciones de partes de las propias monedas, y que llevó a la emisión de nuevas en sustitución de las anteriores. Una situación que causaría inseguridad y restricciones en los intercambios comerciales ante la desconfianza en los mismos, pues habría momentos en los que no se tendría claro cuál sería el valor de un producto determinado.

  1. GUERRA DE GRANADA (1482 – 1492) Y FIN DEL REINO NAZARÍ

El siglo XV estuvo marcado para el emirato nazarí por las irregularidades en la ascensión al trono y los conflictos entre la nobleza y la monarquía que se lograba imponer. Era una lucha entre linajes y facciones por el poder que, como ya hemos visto, ocupaban cada una territorios concretos, con sus castillos, fortalezas y ciudades. La desfragmentación del poder del emirato se vio incrementada por el recrudecimiento de la presión cristiana en la frontera durante esta centuria.

Acabada la Guerra de Sucesión Castellana (1474 – 1479) entre Isabel y Juana “la Beltraneja” con la victoria de la primera, busca esta acabar con el último baluarte islámico peninsular con ayuda de su marido, Fernando II, rey de Aragón desde 1479. Un hecho que, pese a llevar los cristianos –y los musulmanes – presionando la frontera por doscientos años, no será posible hasta 1481, cuando la capacidad política de los monarcas carezca de trabas previas, y no se completará hasta 1492 con la capitulación de Granada. La razón será la falta de puntualidad en el pago de las parias debidas por Granada al rey castellano y, como colofón, según algunas crónicas, la negativa del emir nazarí – Muley Hacén o Abu-I-Hassan-Alí – a pagar las parias atrasadas.

Aunque el conflicto fue iniciado por los nazaríes al ocupar la plaza de Zahara en 1481, los Reyes Católicos y, principalmente, Isabel, ya tenían puestos sus ojos en Granada, cuya relevancia hemos de entender. No solo representaba el último baluarte del Islam en la Península y, por tanto, un potencial adversario que podía actuar como elemento desestabilizador en el Sur. La pretensión de ser baluartes del orden llevó a los Reyes Católicos a contemplar la posibilidad de lograr la paz en el Sur y concluir la Guerra Santa contra el infiel inserta en la mentalidad colectiva desde la proclamación de la bula correspondiente por el Papa Sixto IV. A todo ello se unía la relevancia comercial del reino nazarí

La conquista del reino nazarí se prometía aun así difícil, pues hemos de atender a cuatro factores que vigorizaban su poder, a saber:

  • Era un reino rico, con un ejército poderoso[10]
  • Tenía buenas defensas naturales en la Sierra Morena y la Cordillera Penibética, que dificultaba el avance cristiano, a la vez que la costa quedaba defendida por su poderosa flota
  • Ayuda proveniente del Norte de África – benimerines provenientes de Fez –.
  • Respaldo otomano, que ve en Granada el único baluarte musulmán en Europa Occidental

En aras de superar estas dificultades, los Reyes Católicos – Isabel I de Castilla (1476 – 1504) y Fernando II de Aragón (1479 – 1516), casados en 1469 – desarrollan una campaña a largo plazo, en el transcurso de la cual observaremos el nacimiento de una nueva forma de hacer y planificar la guerra, valiendo de ejemplo las incursiones cristianas en invierno o la incorporación de nuevas armas y organizaciones, destacando el uso de infantería y artillería. El primer objetivo de esta campaña, iniciada al uso medieval pero que irá modernizándose en sus formas durante el transcurso del decenio de campañas, es conquistar los puertos granadinos para evitar la llegada de refuerzos externos – norteafricanos y otomanos – y asfixiar económicamente al reino nazarí[11]. Posteriormente se procedería a la invasión terrestre en dirección a Granada – destacando la batalla de Santa Fe, 1490 –. Una situación favorecida por las divisiones internas en torno a la sucesión al trono y la consecuente guerra civil entre Muhammad XII o Boabdil “el Chico” contra su padre y su tío, Muley Hacén y Yusúf.

Esto hace que la conquista cristiana sea imparable, y, ante la marcha del ejército cristiano hacia Granada y la imposibilidad de vencer, tras dos años de asedio, Boabdil firma el 2 de enero de 1492 un pacto de capitulación – las capitulaciones de Granada[12] – por el cual, como era común en este tipo de acuerdos, se rendía la ciudad a cambio de respetar a sus habitantes, así como se permitía la marcha de Boabdil hacia África. Con esto quedaba concluido el largo proceso de la expansión de los reinos cristianos hacia el Sur, y que luego continuaría por algunas plazas norteafricanas.

La administración cristiana absorbió a parte de la nobleza musulmana que no había acompañado a Boabdil en su exilio, siempre y cuanto se convirtiesen. Así mismo, se comenzó un nuevo proceso repoblador para ocupar la región recientemente conquistada, basado en la entrega de grandes señoríos a nobles, eclesiásticos o militares, además de algunos lotes de tierra menor, estos últimos en una proporción mucho menor. Sin embargo, estas concesiones solo se pudieron hacer en los territorios ganados por derechos de conquista por la Corona, quedando el resto poblados de forma mayoritaria por musulmanes, atendiendo a las cláusulas de los pactos de capitulación. Así, en amplias zonas pervivió un gran sustrato de población que conserva su religión, su cultura y su lengua, los mudéjares, que convivían con eclesiásticos que buscaban evangelizarlos – encabezados por fray Hernando de Talavera -, funcionarios reales y soldados, cristianos todos ellos que, pese a ser el grupo dominante, constituían la minoría de la población. Como contramedida, los reyes buscaron castellanizar a la población y limitar el impacto de los mudéjares, prohibiéndoles por ejemplo adquirir tierras.

  1. REFERENCIAS

1º) Texto que muestra los recursos naturales del reino de Granada y que constituyeron, junto con las cerámicas, el estandarte de su producción interior destinada a la exportación y, por consecuencia, de su vigor o potencial comercial.

 

“La base fundamental de la alimentación la constituye, por lo general, el buen trigo candeal… las gentes de pocos medios económicos y los jornaleros, en invierno, tiene como principal fuente de alimento el panizo(o el mijo)… los habitantes de Granada disponen de frutos abundantes. La producción de uva es un mar… los frutos secos abundantes… higos, uvas pasa, manzanas, granadas, castañas, bellotas, nueces, almendras y otros…”[13]

 

2º) Texto el cual nos muestra, por un lado, la complicada situación fronteriza entre Castilla y Granada, y por otro, la importancia del comercio y de los agentes comerciales externos, como genoveses. Vemos a través de él como el comercio de un lado al otro era complicado debido a las tensiones, y en periodos de paz, para buscar incentivar la economía de la zona a través del comercio, se conceden salvoconductos de paso a los mercaderes, en este caso, un genovés. En virtud de estos salvoconductos, se pide que se guarde a la persona portadora y a sus mercancías en el otro reino, a cambio de garantizar un trato igual a aquellas personas que circulen por la frontera en dirección contraria, hacia Castilla.

 

“Muy honrrado, esforçado, Fidalgo e presçiado, virtuoso e noble caballero el alcayde Abulcaçin Venegas, alguasil mayor del Señor Rey de Granada e del su Consejo: el conçejo etc. Nos vos encomendamos con voluntad muy presta de facer las cosas que ordenáres e mandares: Lorenço de Sella, genoués, morador de esta çibdad, va con nuestro seguro a esa çibdad del Reyno de Granada negociar e librar çciertas cosas de sus mercaderías. Por ende, mucho…vos pedimos, asy porquel va con nuestro seguro como por nuestra contemplación, sea bien tratado e honrrado en esa çibdad e Reyno, en todas las cosas que ouiere menester, e no le sea fecho enojo ni daño alguno. E en esto, allende de… nuestro rruego nos rremaneçerremos en obligación para en las cosas que mandáredes las facer como propias nuestras. Nuestro Señor conserve vuestra virtuosa persona como… deseáis. De Jahén, XXXVI de nouiembre de LXXXIX años”[14]

 

3º) En esta tercera referencia no he escogido un texto, sino un gráfico que muestra no solo los tratados de paz – poco estables – entre castellanos y granadinos, sirviéndonos ello para ver las continuas rupturas del alto el fuego. A través de él también podemos ver a cuánto ascendían – en maravedíes – las parias que Granada debía pagar a Castilla y que llevaron a la debilidad de las arcas granadinas y a una creciente presión fiscal en el emirato.

Imagen extraída de  Melo Carrasco, Diego. En torno al vasallaje y las parias en las treguas entre Granada y Castilla (XIII – XV): una posibilidad de análisis. Medievalismo. 22. 2012. 149

 

  1. BIBLIOGRAFÍA

 

  • Calvo Poyato, José. El último reino musulmán de la Península. La agonía de Granada. Historia y vida. 531. 2010. Pp. 30 – 47
  • Domínguez Rojas, Salud María. La economía del reino nazarí  a través de las fetuas recogidas en el Mi‘yār de Al-Wanšarīsī. Anaquel de Estudios Árabes. Vol. 17. Universidad de Granada. 2006. Pp. 77 – 107
  • García de Cortázar, Fernando y González Vesga, José Manuel. Breve Historia de España. Alianza. Madrid. 1993. Pp. 151 – 242
  • Ladero Quesada, Miguel Ángel. Granada. Historia de un país islámico (1232 – 1571). Gredos. Madrid. 1989.
  • Melo Carrasco, Diego. En torno al vasallaje y las parias en las treguas entre Granada y Castilla (XIII – XV): una posibilidad de análisis. Medievalismo. 22. 2012. Pp. 139 – 152
  • Pérez, Joseph. Entender la Historia de España. La Esfera de los Libros. Madrid. 2011. Pp. 25 – 69

 

[1] Se forma en 711 un waliato del Califato Omeya, que logra la independencia política – emirato – en 755 con Abderramán I y la religiosa – califato – en 929 de manos de Abderramán III. Sin embargo, se fragmentó en multitud de taifas que permitieron el avance cristiano aunque favorecieron la aparición de los imperios norteafricanos con extensión en la Península de almorávides (1086 – 1144) y almohades (1156 – 1212)

[2] Fernando III “el Santo” conquista, mediante pactos de capitulación, Córdoba (1236), Jaén y Sevilla (1246 y 1248), ciudades de enormes dimensiones y gran importancia, no solo por su densidad demográfica y capacidad económica, sino también por el prestigio de Córdoba como capital califal, que demuestra el salto cualitativo y cuantitativo que adquirió para los cristianos la Reconquista tras la victoria en las Navas de Tolosa.Jaime I “el Conquistador” se expandió primero hacia la taifa de Mallorca, haciéndose con la referida isla e Ibiza hacia 1230, para posteriormente, en 1238,  focalizar la expansión aragonesa por Castellón y Valencia, que se dará por conquistada en 1245.

[3] Fernando III (1217 – 1252) y Muhammad I (1238 – 1273)

[4] En el marco de los reinados de Enrique II “el de las mercedes” (1367 – 1379), Juan I (1379 – 1390) y Enrique III (1390 – 1406) en sus primeros años, que son de minoría de edad.

[5] Mercenarios o voluntarios árabes y africanos se encontraban bajo las órdenes de un Shaikh, también designado por el emir, hasta que Muhammad V (1354 – 1391) suprimió el cargo.

[6] Formados por familias extensas y allegados, que se unían y aliaban componiendo un sistema similar al de facciones delos reinos cristianos peninsulares pero menos permeables.

[7] La mayoría se formaban en la madrasa de Granada, donde estudiaban la sunna y sus interpretaciones.

[8] Por prescripción coránica, estaba prohibido esclavizar a los creyentes, por lo cual los esclavizados eran gentes del África negra, escasamente islamizados.

[9] Las infraestructuras como molinos, acequias, pozos, canalizaciones o fuentes de agua artificiales eran de propiedad privada y, consecuentemente, se debía pagar por su uso, aunque la manutención era colectiva. De igual forma pasa con los hornos para elaborar el pan a partir de los cereales.

[10] Hay mercenarios africanos y andaluces o granadinos. Los primeros van con equipos ligeros y a distancia, mientras que los segundos abandonan en el Siglo XIV el armamento más típico europeo – armados a la guisa – por otro más ligero, más árabe – armados a la jineta – que luego será reproducido por las caballerías peninsulares.

[11] Ya hemos visto que estaba debilitado por su economía dependiente y su pérdida de posiciones frente a rivales comerciales.

[12] Tras un primer amago de Capitulaciones firmadas el 28 de noviembre de 1491.

[13] En Jacinto BOSCH VILÁ. “Ben al-Jaīb y Granada”. En CACHA, VI (1982), pp. 51-52.  A través de Domínguez Rojas, Salud María. “La economía del reino nazarí  a través de Las fetuas recogidas en el Mi‘yār de Al-Wanšarīsī”. Anaquel de Estudios Árabes. Vol. 17. Universidad de Granada. 2006. Pp. 84

[14] Libro de Actas Capitulares, Doc. 171. Juan de Mata Carriazo y Arroquia, En la frontera de Granada, Universidad de Granada, Granada, 2002. p. 303. A través de Melo Carrasco, Diego. En torno al vasallaje y las parias en las treguas entre Granada y Castilla (XIII – XV): una posibilidad de análisis. Medievalismo. 22. 2012. 143

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