Breve historia del reloj y otras medidas de tiempo

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La percepción del tiempo es una de las sensaciones más subjetivas que existen. Mientras la humanidad se dedicaba a la agricultura y a la ganadería el único tiempo útil y perceptible era la luz solar. Cuando hoy en día dividimos el tiempo en horas debemos comprender que se trata de una invención moderna. Antiguamente, las horas de luz determinaban la percepción del tiempo. Nuestros antepasados, a lo sumo, dividían el tiempo en años (en muchos casos basándose en las estaciones).
El instrumento de medición del tiempo más barato era el conocido como “reloj de sol” (que en los países nórdicos llamaban “de sombra”). Este consistía en una barra vertical clavada en el suelo cuya sombra (en base a los movimientos de la tierra) te indicaba la hora aproximada en la que te encontrabas. Este invento tenía un problema, de noche o en un día nublado no podía utilizarse. Por la noche encontrábamos otro tipo de reloj menos conocido: el llamado reloj de agua. Este consistía en dejar correr el agua en una estructura y, estableciendo un patrón, según el agua que había discurrido se sabía cuánto tiempo aproximado había pasado. También existía el más conocido reloj de arena. Generalmente era bastante práctico; el único problema era su elaboración. Para ella había que dominar el arte del vidrio, por lo que hacer un reloj de arena decente era bastante caro. Algunos eran bastante incómodos por su tamaño. Un curioso ejemplo sería el reloj de arena que Cristóbal Colón llevó a sus expediciones, que medía más de metro y medio de alto y se vaciaba cada media hora.
Los orientales medían el tiempo con otro tipo de inventos como los relojes de aceite o de incienso. Quizá uno de los relojes más curiosos fue el inventado en el siglo XVII, conocido como reloj de olfato. El autor dividía el día en 24 horas, y en cada una de ellas se colocaba una especia; de esta manera, mediante el olor se sabía en qué hora nos encontrábamos.
No obstante, el salto cualitativo llegaría con la invención de una máquina denominada reloj, pero ¿dónde surge la necesidad de marcar una hora exacta, es decir, la necesidad de ser consciente en un momento determinado del día de la hora que es? Los primeros relojes eran despertadores de monjes. Los eclesiásticos necesitaban ser conscientes de la hora en la que se encontraban para rezar las horas canónicas, por ello, se inventaría una máquina que indicara horas muy concretas. En un principio se trataba de un reloj central situado en la portería, y cuando señalaba las horas esperadas, sonaban las campanillas situadas en el interior de las celdas de los monjes. Este nuevo invento no tardaría en subirse a los campanarios y de ahí a los ayuntamientos. Su vinculación a las campanas aumentó su función debido a que no sólo te indicaban la hora en la que te encontrabas, sino que te avisaba de determinados acontecimientos sociales, como por ejemplo bautizos o robos. En definitiva, se vincula al mundo civil y colectivo, el reloj pasa a ser una parte sustancial de la vida de la sociedad. De ahí, su expansión no tendrá límites: los militares, la nobleza, la burguesía… incluso los reyes. Comienzan a fabricarse relojes con materiales preciosos y muy ornamentados que son objeto de la codicia de los reyes, que los coleccionan en sus palacios (en España se conservan bellísimas colecciones de relojes antiguos debido a que coincidió su fabricación con la Edad de Oro de este país).
Los relojes, pues, se empiezan a construir unidos a artificios mecánicos. En el momento que se traspasa al mundo civil se convertirá en un objeto de orgullo cívico, es decir, que una ciudad con un gran reloj era síntoma de una ciudad próspera. Quizás ahora nos explicamos la existencia de importantes monumentos históricos en muchas ciudades, especialmente europeas.
La plantilla de los ayuntamientos tuvo que incorporar a sus necesidades un nuevo puesto de trabajo, aquel que se encargara de cuidar y poner en hora el reloj. Este personaje recibió el nombre de “gobernador”. Los grandes relojes de la Europa Moderna son dignos de visitas turísticas. Tenemos ejemplos como el reloj de la catedral de Estrasburgo, en donde nos encontramos representada a la Virgen María y una serie de reyes, el reloj de Gante, donde el maestro relojero escenificó el Pecado Original (en este caso la representación es algo más curiosa, pues parece que la serpiente incita a Adán y a Eva a tener relaciones sexuales); otro ejemplo sería el “Papamoscas” de la ciudad de Burgos donde teníamos representado a un niño alelado (aparece con la boca abierta) y un clérigo a su lado que cada vez que sonaban las horas en punto recibía una colleja (finalmente quitaron al clérigo, pues se pensó que veinticuatro collejas al día no era constructivo).
Toda tecnología en la Historia tiende a hacerse más pequeña; con los relojes observamos algo similar. Esta maquinaria cada vez se fabrica más pequeña, se encierran en pequeñas cajitas para protegerlos del exterior, con Galileo se consiguen sincronizar los relojes mundiales… en definitiva, el uso del reloj se va democratizando poco a poco hasta convertirse en el reloj de bolsillo y, posteriormente, en el reloj de pulsera que hoy en día tanto observamos a nuestro alrededor. Prácticamente a mediados del siglo XIX todos los ciudadanos disponían de un reloj.

BIBLIOGRAFÍA
- LANDES, D. 2007. “Revolución en el tiempo”.
- ARANDA HUETE, A. 2008. “El reloj, símbolo de poder social en la Europa Humanista”.
- SECRETARIADO DE PUBLICACIONES E INTERCAMBIO EDITORIAL, UNIVERSIDAD DE VALLADOLID. 2003. “Las medidas del tiempo en la historia”.

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