¿Origen atlántico de los pueblos celtas?

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La Península Ibérica prácticamente fue el epicentro de una amplia e importante red de intercambios comerciales y culturales que se desarrolló entre todas las regiones de la fachada atlántica, uniendo gran parte de Europa. En este sistema de intercambios –a pequeña y larga distancia– del Bronce Final (IIº-Iº Milenio a. C.), también conocido como ”Círculo Atlántico”, la metalurgia ocupó un lugar nuclear, gracias a lo cual hasta hoy en día han perdurado restos de objetos metálicos en bronce, cobre u oro, que nos sirven de gran ayuda en nuestro intento de reconstruir cómo se desarrolló ese sistema de alianzas políticas y comerciales entre individuos de alto rango, probablemente antecesores directos de las grandes sociedades históricas de la Edad del Hierro. Es precisamente en este punto donde se genera la polémica, pues la teoría defendida entre otros por el gran Barry Cunliffe o el lingüista John T. Koch, está dando mucho que hablar. Éstos proponen que el origen de los pueblos que conocemos como ”celtas” por las fuentes clásicas tendrían un origen más occidental que oriental. Pero, ¿qué es el Bronce Atlántico? ¿Cómo eran esas gentes? ¿Realmente compartían similitudes con los posteriores celtas?

Lo que se conoce como Bronce Atlántico o bien Ciclo o Círculo Atlántico ha sido, probablemente, durante muchos años uno de los temas del Bronce peninsular menos documentados y estudiados, en comparación a sus coetáneos de El Argar o Cogotas. Y aunque hoy en día contemos con un capacitado elenco de investigadores especializados en el Bronce Atlántico (gran parte de los cuales van a ser citados continuamente en este artículo), aún pesan sobre nuestras espaldas las consecuencias del olvido que sufrió dicha temática. En el ámbito peninsular, cabe destacar a especialistas como Marisa Ruiz-Gálvez, Montero Ruiz, Xosé-Lois Armada o Blas Cortina, pero también contamos con Briard, Burguess, Coffyn, Roberts, Clarke o Needham entre otros autores extra-peninsulares especializados en el Bronce Atlántico. En este artículo nos interesa profundizar en algunas preguntas muy básicas: ¿qué es exactamente el Bronce Atlántico? ¿cómo podríamos definirlo y estudiarlo? ¿en qué se basan los expertos para defender la existencia de esta, digamos, ”tradición cultural” atlántica? El concepto que utilizamos para referirnos a esta ”tradición regional de la cultura material” -utilizando los términos usados por Kristiansen en Europa antes de la Historia- del extremo occidental europeo tiene origen en un artículo de Julio Martínez Santa-Olalla publicado en 1941, quien distinguió el denominado por él Bronce Atlántico del Mediterráneo. Esta cultura material del Bronce Final englobaría la fachada atlántica, es decir, desde Escocia, Inglaterra e Irlanda hasta la Península Ibérica más occidental (Galicia, Portugal, Extremadura fundamentalmente), incluyendo aquí también a Francia (la Bretaña francesa y Aquitania, sobre todo) e incluso, en algunos aspectos, Bélgica, Holanda y Dinamarca. Y aunque en un principio se pusiera en duda, evidencias nunca han faltado: hoy en día es un hecho más que demostrado y prueba de ello son los hallazgos que nos ha arrojado la arqueología hasta el momento, sobre todo veremos que es la metalurgia -durante toda la etapa del Bronce- la que nos brinda más indicios y nos ayuda a dilucidar quiénes eran, cómo vivían y cómo interactuaban esos individuos. Sin embargo, hay una serie de elementos que debemos olvidar al hacer un estudio del Bronce Atlántico, sus antecedentes. Así es, lo más curioso de todo es que resulta más que probable que esta interacción marítima entre las diversas regiones de la fachada atlántica no naciera en la Edad del Bronce. Mucho antes del IIº y Iº Milenios cal. a. C. en los que se desarrolla toda la Edad del Bronce peninsular, ya habían existido entre el Neolítico Final y finales del Calcolítico (IIIº Milenio cal. a. C.) una serie de grupos cuyas tradiciones culturales se habían expandido en toda la franja atlántica. Estamos hablando del megalitismo y el campaniforme (en este orden cronológico), ambos fenómenos que se extendieron de forma predominante, aunque no exclusiva, tal y como detallaré a continuación, por las regiones de la Europa más occidental a las que me he referido con anterioridad. Parece ser que tanto Gran Bretaña como Irlanda recibieron influencias atlánticas (probablemente procedentes de Portugal, según señala Cunliffe) –desde donde llegarían algunos animales domesticados, cerámica e incluso ritos funerarios, así como el megalitismo–, de la misma forma que también se establecieron una serie de contactos con el este europeo durante dicha etapa neolítica. Si damos por buena la hipótesis de que desde la región marítima más cercana al Río Tajo podría considerarse el principal foco de origen de los dólmenes con corredor (estructuras megalíticas de uso funerario), estamos aceptando que es –precisamente– desde la Península Ibérica desde donde se expanden los grupos neolíticos que los construían y que este complejo llegaría hasta el occidente francés (Armorica) y las Islas Británicas. Lo mismo ocurre con objetos materiales como las hachas pulimentadas neolíticas, por ejemplo. De hecho, si observamos un mapa de la distribución de estas tradiciones megalíticas, veremos que la interacción tecno-cultural a la que nos estamos refiriendo experimenta un movimiento esencialmente marítimo (ver Figura 1). Esto no quiere decir que las gentes que poblarían el suroeste peninsular se movieran ya de forma directa y personal, en el Neolítico Final, hasta regiones tan lejanas como las Islas Británicas, sino que estos intercambios materiales formarían parte de una serie de interacciones a pequeña distancia  y, por tanto, deberíamos tratarlos como intercambios ”indirectos” que permitirían además la transmisión de valores, creencias y tradiciones.

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Aparte, ya en el Calcolítico, tal y como nos explica Kristiansen, las sociedades con campaniforme –las cuales se expandieron no solo hacia el Atlántico, sino también hacia el Mediterráneo y el Norte de África hacia finales de ese IIIer Milenio a. C.- tuvieron las suficientes capacidades y habilidades como para convertirse en un grupo que se expandía vía marítima y llevaba consigo no solo sus propias tradiciones alfareras –por las que son conocidos–, la minería o la metalurgia; sino también otras aptitudes que de la misma forma les caracterizaba: idear grandes asentamientos fortificados y, lo que más nos interesa para el estudio del Bronce Atlántico, la construcción de embarcaciones. El Campaniforme ocupó tal extensión de tierras  (ver Figura 2) que llegó a fundirse con las sociedades y la cultura de la Cerámica Cordada, que básicamente dominaba Centro-Europa y de lo que Kristiansen saca en conclusión que sería en ese punto de interacción donde -y cuando- pudo nacer lo que se denomina como lengua proto-céltica, un planteamiento que estaría en consonancia con la teoría clásico del origen de los pueblos celtas. En esta época la movilidad se vio intensificada gracias al incremento de la demanda de metales, la mayoría de ellos extraídos del occidente peninsular (estaño, cobre, oro), materiales además que se transportaban a considerables distancias fácilmente desde el Atlántico hacia el interior del continente europeo, gracias las entradas fluviales que ofrecían los ríos como el Loira, el Sena, el Rin o el Tajo. Estas vías de entrada fluviales, además, siguieron utilizándose durante la Edad del Bronce de la que me voy a ocupar a continuación. Por tanto, debemos comprender que lo que ocurre en la Edad del Bronce no es más que una evolución de lo que empezó a consolidarse desde el Neolítico Final en la franja atlántica, un sistema de comunicaciones que -de igual forma- logró perdurar, aunque con menor trascendencia, hasta la Edad Media.

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Los contactos marítimos entre las distintas regiones de la fachada atlántica se dan, durante la Edad del Bronce, en dos momentos claves: en los inicios de la Edad del Bronce y durante el Bronce Final. Estas división se relacionaría en cierta manera con dos momentos de intensificación agraria y cambios en el sistema de herencia que coinciden con la transición del Campaniforme al Bronce Inicial (finales del IIIer Milencio a. C. y principios del IIº), momento en el que se introducen una serie de cambios derivados de la Revolución de los Productos Secundarios. Algunos de estos cambios introducidos, dejando aparte el arado ligero, el cual llevó a cabo sendos cambios agrarios; son la creciente importancia del varón, algo que se denota en los ajuares y los adornos que encontramos en los enterramientos -individuales ahora y mucho más monumentales- de sujetos masculinos, así como en la patente importancia de las armas. También hubo otro tipo de cambios sociales ligados a los agrarios aparte de la progresiva consideración de la que se beneficia el varón, esos fueron las transformaciones de sistemas herencias. Por supuesto, tanto derivado de la ”Revolución de los Productos Secundarios” como de los asiduos contactos entre las regiones del Atlántico, se expandieron nuevos conocimientos tecnológicos que dieron como resultado un también creciente valor a los metales con los que se producían objetos de adornos, útiles y armas. Veremos más adelante cómo en el Bronce Final se consolidan todos estos elementos, adquiriendo la Península Ibérica un lugar esencial en el sistema de intercambios atlánticos. Probablemente, la prueba arqueológica más concluyente para reafirmar lo dicho hasta ahora sean los restos de pequeñas embarcaciones que tanto cuesta encontrar en las costas y los ríos de la Península Ibérica pero que con más abundancia, sí se han hallado en la Bretaña francesa y las Islas Británicas,  con especial abundancia en Irlanda. De hecho, hace poco ha salido en prensa el descubrimiento de restos de unos botes hallados en el lago irlandés Corrib (Galway, Connacht), uno de ellos con una antigüedad calculada de aproximadamente unos 4.500 años y, por tanto, enclavado al período de transición entre  Calcolítico y el Bronce Inicial.

En este sentido, la lista de paralelismos ya en estas primeras etapas de la Edad del Bronce entre las zonas más norteñas y occidentales de la Península Ibérica con las Islas Británicas e incluso la Bretaña francesa es larga: el patrón de asentamiento o los sistemas agrícolas y ganaderos, algo rudimentarios para la época. De hecho, el escaso abono animal y el uso incorrecto del suelo dañan y perjudican más las
posibilidades y las condiciones del terreno cultivable, ello se convierte en una de las razones por las que –de poco en poco, y bien entrados en el Bronce Pleno–, observamos una disminución de intercambios, debido precisamente a esa pérdida de terrenos estratégicamente importantes, tal y como señala M. Ruiz-Gálvez. Empero, aunque los contactos culturales e intercambios materiales fueran menores que los que se desarrollarían durante el Bronce Final, existían y, por tanto, no hay que restarles importancia. Dichos contactos se realizaban dentro de un sistema de alianzas políticas entre individuos de alto rango y no sólo se intercambiaban materias primas (metales) u objetos (adornos, torques…), por mucho que fueran el meollo de la cuestión, sino que también circulaban conocimientos rituales, esotéricos y tecnológicos; de la misma forma que habían circulado ya durante el Neolítico Final/Calcolítico. Para ello, deberíamos comprender, como bien afirma Ruiz-Gálvez, que tuvo que existir algún tipo de confluencia lingüística que permitiese estos canjes materiales y culturales.

La teoría que propuso Kristiansen -de la que he hablado anteriormente- sobre la formación de una serie de lenguas proto-célticas para estas áreas que están en continuo contacto podría ser válida. Los escasos asadores articulados fechados en el Bronce Antiguo descubiertos en Galicia, Extremadura o el centro-occidental y norte de Portugal (como el de Torroso, Pontevedra) podrían estar manifestando esta íntima vinculación de las regiones del sistema atlántico de intercambios e incluso la relación que tendrían éstas con los grupos de Centro-Europa, ya que en dichas regiones este tipo de asadores son comunes y parecen tener un mismo valor interpretativo: el consumo ritual (no-cotidianos, por tanto) y comunitario de carne (de bóvidos, por lo general). Estas lenguas proto-célticas pudieron haberse extendido por todo el occidente europeo y podrían haber actuado como germen principal de las posteriores lenguas célticas que se hablaron, precisamente, en las regiones que vengo señalando desde el principio.

El valor que alcanzan los metales y otras materias primas ciertamente exóticas no deja de ser una consecuencia más de esa nueva organización social cada vez más jerarquizada y militarizada, donde el hombre tiene mucho más poder que la mujer, como ya se explicado. Aunque los hallazgos son menores que los que se han encontrado y datado para el Bronce Final, son suficientes para certificar estas afirmaciones. Depósitos como el de Caldas de Reis –también conocido como ”tesoro”– en Pontevedra, cerca del Río Umía (ver Figura 3), son excepcionales pero revelan la importancia que tendrían los metales para esos grupos. Y esto no solamente puede notarse en cuanto a objetos metálicos, sino también en otros tipos de adornos no-metálicos –como los fabricados en hueso, marfil o piedras preciosas–, o la paulatina trascendencia que empieza a tomar la lana para la elaboración de vestidos (material, por cierto, que debió actuar como un indicador de diferenciación social en algún momento).  Me gustaría incorporar también a los petroglifos, un conjunto de grabados realizados al aire libre y que se disponían estratégicamente en vías de paso o vías pecuarias, del mismo modo que dominaban sobre terrenos próximos a cursos fluviales, de la zona norteña de Portugal y, sobre todo, en Galicia con –además– una clara tendencia hacia la costa y las
tierras fértiles. Estos petroglifos tienen sus paralelismos con los grabados sobre rocas blandas que se encuentran en Gran Bretaña, unos grabados más bien simples y esquemáticos, y también en Irlanda. La polémica de si podría tener relación o no con las estelas del oeste peninsular que aparecen durante el Bronce Final nos daría para otro artículo, así que de momento voy a hacer punto y a parte.

Depósito de Caldas de Reis, Pontevedra.

Figura 3. Depósito de Caldas de Reis, Pontevedra.

Todos esos cambios que empezaban durante las primeras etapas de la Edad del Bronce, se afianzaron con firmeza durante el Bronce Final. Ya a finales del Bronce Medio, en algunas regiones vuelven a notarse las transformaciones agrarias que –ahora sí– terminan en asentamientos más o menos estables y organizaciones sociales mucho más definidas y jerarquizadas, posibilitando todo ello un incremento demográfico. Sumándole a estos factores la reanudación de los contactos a larga distancia con otros territorios atlánticos (e incluso incluyendo a partir de ahora los mediterráneos), así como una mejora climática y el aumento de la demanda (que provenía sobre todo de Centro-Europa) de cobre y que llevó, por tanto, a buscar de nuevo las antiguas explotaciones metalíferas. Así pues, podemos afirmar que el clima contextual del Bronce Final (IIº – Iº Milenios a. C.) era propenso a un progreso económico y social que finalmente se cumplió.

La Península Ibérica volvió a ser rentable y se reintegró en el ”Círculo Atlántico” a partir de 1250 a. C., tomando las fechas señaladas por Gibson. Lo que conllevó a una sustitución de los antiguos patrones y objetos materiales (bienes de prestigio, armas y orfebrería principalmente), con los respectivos valores e ideología que los sustentaban, sin apenas adoptar una tecnología metalífera mucho más compleja que la que se estaba usando en la Península Ibérica en etapas anteriores. Con estos materiales -importados o exportados- también pudieron haber viajado humanos (como, por ejemplo, mujeres con el fin de acordar alianzas políticas que se producirían mediante conciertos matrimoniales exogámicos) y patrones ideológicos y rituales, como ya se venía haciendo en el Bronce Inicial. Con el tiempo, los objetos
más relevantes se adaptaron a la producción local y se fabricaban regionalmente, con sus respectivas diferencias morfológicas (dependiendo del contexto mercantil/cultural en el que se entroncasen). Tales objetos fueron, por ejemplo: torques, espadas, escudos, calderos, asadores, ganchos para la carne, adornos personales o cascos.

No obstante, lo verdaderamente interesante de esto es la naturaleza y el funcionamiento de objetos como los torques es su función: así pues, los bienes de prestigio tipo torques se utilizarían como mecanismo forjador de alianzas político-económicas entre las élites de las diversas regiones de la fachada atlántica integradas en este sistema de intercambios. El donante siempre establecería una relación con el receptor en el que éste último tendría que depender del primero (sirviéndole), a menos que se le pueda contra-donar otro regalo político. Según Ruiz-Gálvez, el donante que tiene las posibilidades de acumular sobrados bienes de prestigio y la fuerza suficiente como para crear excedentes (y recibir periódicamente objetos de lujo), convierte estos sobrantes en forma de tributos a la vez que distribuye algunos bienes de prestigio a sus vasallos según el interés del propio líder en afianzar la sumisión de unos u otros.

Las espadas de tipo atlántico también debieron de tener un valor simbólico y ritual  importante. Prueba de ello es que dichas espadas se depositaban destruidas (plegadas o torcidas, quemadas o rotas) en contextos húmedos o cercanos a ellos, es decir: en ríos y pantanos (los más recurrentes), mares, lagos, etcétera. En la Península Ibérica se han encontrado varios de estos depósitos, pero el que sin duda llama más la atención es el de Ría de Huelva, localizado geográficamente en el punto de unión entre el Odiel y el Tinto (un poco más al norte del Tajo). El enclave geográfico donde se hallaba es importante, pues conecta las rutas atlánticas con las mediterráneas, algo que se ha usado hasta hoy en día como un argumento más para defender la interacción comercial entre estos dos sistemas de intercambio marítimo mucho antes de la Edad del Hierro. Otro depósito peninsular que no tiene nada que envidiar al encontrado en Huelva es el de Los Cascajos, en La Rioja, pero aún siendo equiparable al de la Ría de Huelva, sigue quedando pequeño en comparación a los depósitos de países vecinos como los de Francia o Inglaterra. A estos depósitos se les ha dado una multitud de interpretaciones que pasan por las de ser el resultado de un rito funerario, a ser meramente una acumulación de objetos de metal que serían desechados o de señalización territorial.

Y hay algo que no se nos puede quedar en el tintero y que merece también su propio espacio: las enigmáticas estelas del suroeste peninsular que tantas y tantas teorías han motivado. Dentro de este grupo se incluyen tanto las estelas de guerreros –algunas de ellas, datadas en la transición del Bronce Final a la Edad del Hierro–, así como las llamadas estelas diademadas. Éstas, se concentraron alrededor de vías que favorecerían los movimientos interritoriales amplios. Desde los primeros descubrimientos, se tendió a pensar que las estelas debían estar
asociadas a enterramientos pero, recordemos, que la Edad del Bronce precisamente se caracteriza por ese vacío del mundo funerario que define las etapas posteriores a los enterramientos en cistas o túmulos (y que estarían relacionados con la cultura de Wessex y los Túmulos Armoricanos). Teniendo por sentado entonces, que dichas estelas no cumplen la función de señalar ningún tipo de enterramiento, como es lógico, se iniciaron los debates y las diversas hipótesis. Marisa Ruiz-Gálvez y Galán Domingo propusieron ya en 1991 que las estelas decoradas y de guerreros funcionarían como señales de recursos para los flujos de gentes que se moverían en las –parece ser– tan transitadas zonas donde se sitúan dichas estelas y, con toda probabilidad, propiciando un sentimiento de cohesión y alianzas políticas entre los poblados o asentamientos de la región (comunicados, a su vez, también con las costas atlánticas) que facilitaran esos flujos de movimiento comercial interterritorial. La explicación que se le da para las decoraciones de guerreros, la mayoría de ellos acompañados por su correspondiente panoplia es la misma que la que se le ha intentado dar a sus paralelos de la India: las ”piedras de héroe” que probablemente conmemorarían a algún individuo muerto en combate o asesinado en esas rutas ganaderas y/o de paso.

Figura 4. La estela de Solana de Cabañas (Cáceres) es una de esas estelas que se incluyen dentro del grupo ”estelas de guerreros” que se pueden encontrar en el suroeste peninsular durante el Bronce Final. Esta en concreto se encuentra expuesta y custodiada por el M.A.N.

 

Llegados a este punto, en que todo lo anteriormente expuesto representa un breve resumen de lo que sería lo que los expertos conocen como Bronce Final Atlántico o Círculo Atlántico, resultaría interesante abrir el debate: ¿es probable que estas gentes ya se comunicaran en esa lengua proto-céltica de la que hablan algunos investigadores? ¿Es la razón por la cual las lenguas célticas propiamente dichas sólo abarcan las regiones atlánticas y no centro-este y este del continente europeo, de donde –según la teoría clásica– provendrían los antepasados directos de los celtas? ¿Tiene que ver también con la Edad del Bronce el hecho de que el haplogrupo genético R1B –identificado como el haplogrupo de céltico– se distribuya en mayor medida tan sólo por las regiones atlánticas ya  mencionadas en este artículo? ¿Se han equivocado entonces, y siguen equivocándose, aquellos que defendieron y defienden un origen de los pueblos celtas centrado exclusivamente en las regiones más orientales de Centro-Europa y aquellos que afirmaban con rotundidad el origen de pueblos proto-celtas en el este europeo?  Si damos por buena la ”teoría atlántica” de Cunliffe, ¿podríamos decir que se cumple aquél tan conocido mito irlandés que recoge las hazañas de el rey Breogán de Brigantia (ciudad que estaría emplazada en la actual Galicia) y cuyos familiares poblarían la isla de habla gaélica? ¿Por qué, sino, no han perdurado apenas, en las regiones más orientales de Europa, nombres de ciudades y lugares en general cuya raíz derive de lenguas célticas?

El debate, en realidad, acaba de empezar y, no sólo está abierto, sino que –a opinión personal– aún falta por abrir algunas heridas que dentro de unos varios años quizá las veamos ya como polémicas resueltas y subsanadas, pero de momento, está todo por llegar.  A los interesados en estas nuevas teorías, recomiendo los dos volúmenes de Cunliffe y Koch titulados como Celtic from the West 1 y 2.

 

BIBLIOGRAFÍA
ARMADA, X-L.; CELESTINO, S. & RAFEL, N. 2008: Contacto cultural entre el Mediterráneo y el Atlántico (siglos XII-VIII ANE). La
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CUNLIFFE, Barry. 2012: ”Celticization from the West. The Contribution of Archeology”. En Cunliffe, Barry & Koch, John T. (eds.): Celtic fromthe West 1. Alternative Perspectives from Archeology, Genetics, Language and Literature. Oxbow Books. Oxford, United Kingdom: 11-35.

CUNLIFFE, Barry. 1999: ”Atlantic Sea-ways”. Revista de Guimarães, Volumen Especial I. Guimarães, Portugal: 93-105.

GIBSON, Catriona. 2013: ”Beakers into Bronze: Tracing connections between Western Iberia and the British Isles”. En Cunliffe, Barry & Koch, John T. (eds.): Celtic from the West 2. Rethinkg the Bronze Age and the Arrival of Indo-European in Atlantic Europe. Oxbow Books. Oxford, United Kingdom: 71-91.

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RUIZ-GALVEZ, MARISA. 1988: ”Oro y política: Alianzas comerciales y centros de poder en el Bronce Final del Occidente peninsular”. Espacio, tiempo y forma. Serie I: Prehistoria y Arqueología, nº 1. Madrid: 325-338.

RUIZ-GALVEZ, M. & GALÁN DOMINGO, E. 1991: ”Las estelas del suroeste como hitos de vías ganaderas y rutas comerciales”. Trabajos de Prehistoria, nº48. Madrid: 257-273.

RUIZ-GALVEZ, MARISA. 1992: ”La novia vendida: orfebrería, herencia y agricultura en la Protohistoria de la Península Ibérica”. SPAL (Revista de prehistoria y arqueología de la Universidad de Sevilla), nº 1. Sevilla: 219-251.

RUIZ-GALVEZ, M.; FÁBREGAS VALCARCE, R. 1994: ”Ámbitos funerario y doméstico en la Prehistoria del NO de la Península Ibérica”.
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RUIZ-GALVEZ, M. 1995: ”Depósitos del BronceFinal: ¿Sagrado o profano? ¿Sagrado y, a la vez,profano?”. En Ruiz-Gálvez, M. (eds.): Ritos de paso y puntos de paso. La Ría de Huelva en el mundo del Bronce Final europeo. Complutum Extra 5. Madrid: 21-155.

RUIZ-GALVEZ, M.; FÁBREGAS VALCARCE, R. 1997: ”El Noroeste de la Península Ibérica en el IIIer y IIº Milenios: Propuestas para una síntesis”. Saguntum (PLAV), nº 30. Valencia: 191-216.

RUIZ-GALVEZ, MARISA. 1998: La Europa atlántica en la Edad del Bronce, un viaje a la Europa occidental. Crítica. Barcelona.

 

Author: Lorena Garvin Arcos

Estudiante de Historia en la Universidad Autónoma de Madrid, especialmente interesada en la Prehistoria y la Arqueología.

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1 Comment

  1. Muy buen artículo, enhorabuena.

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