Carlismo: orígenes, fractura socio-política y guerra civil

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LA ESPAÑA DEL SIGLO XIX

Las corrientes ideológicas en el siglo XIX en España se habían dividido en dos grandes bloques que marcarían profundamente los sentimientos nacionales arraigados, relacionados con cómo llevar un país.

Los nuevos aires de Europa soplaban en todas direcciones tras  la caída de la Grande Armée y el Emperador Napoleón Bonaparte. Una nueva ola de corrientes nacionalistas, se agrupaban a las viejas tendencias políticas, a la vez que se desarrollaban dos ideologías que resumían las formas del progreso y la tradición. La novedad frente a lo asimilado durante siglos. Una nueva forma de llevar la sociedad y organizarla frente a conservar los valores ancestrales. Hablo del liberalismo y del absolutismo.

A principios del siglo XIX, en España, corrió como la pólvora la teoría liberal, apoyándose en una igualdad jurídica para todos, una seguridad de la propiedad privada, la creación de organismos para el debate de leyes, una constitucionalidad para el Estado y una división de poderes como puntos importantes en su ideología. Todos estos puntos basándose en la libertad, de modo que el liberalismo, se opone fuertemente al absolutismo. Tras la vuelta al poder de Fernando VII el deseado, se comprueba que la Constitución aprobada en 1812 no le interesa en absoluto al monarca, que la deroga y comienzan seis años de Restauración en España que pretenden acabar con las nuevas ideas liberales que han traído consigo la invasión del ya derrotado Napoleón.

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Fernando VII

El 1 de enero de 1820, los militares (que esperan ociosamente en Las Cabezas de San Juan, Sevilla, embarcaciones para sofocar rebeliones en los territorios americanos pertenecientes a la Corona de España) encabezados por el Teniente Coronel Riego y alimentados de la molestia de que se frenen las carreras militares de los liberales, comienzan un levantamiento militar que a pesar del poco éxito que parece tener por las regiones andaluzas, va ganando apoyos y casi tres meses después consigue por las lentas comunicaciones que el rey jure la Constitución del 1812.

Aquí es cuando comienza el llamado Trienio Liberal de 1820 hasta 1823. Un periodo que tratará de resolver problemas enormes como las deudas del estado, aplicando en diversos ámbitos medidas liberales y que se va a caracterizar especialmente como un período inestable debido a las tensiones sociales dentro del liberalismo, de moderados o doceañistas, que eran partidarios de un equilibrio de poderes entre el Rey y las Cortes como apuntaba la Constitución de 1812, y los veintañistas o exaltados, partidarios de una nueva Constitución donde el poder del Rey se deja por debajo de la soberanía nacional, además de toda una serie de intenciones de desarrollar las libertades en general, así como someter el poder ejecutivo al legislativo.

En el ambiente crispado, el propio Fernando VII encabeza un intento de sublevación absolutista protagonizado por los granaderos de la Guardia Real que son parados a tiempo con la consecuencia de la formación de un gobierno veinteañista.

En este panorama político diverso es cuando algunos campesinos empiezan a añorar el Viejo Régimen y el absolutismo, con las primeras, pequeñas y tímidas partidas de guerrilleros que serán el embrión del carlismo.

El panorama es una abominación para Fernando VII, que ya mantiene relaciones secretas con la Santa Alianza (una organización político-militar internacional formada inicialmente por Austria, Prusia y Rusia que pretende acabar con cualquier revolución que deponga el absolutismo) para que le devuelvan el poder absoluto en España. Es así como entran en España el ejército llamado Los Cien Mil Hijos de San Luis que acaban con las resistencias de los liberales y “rescatan” al rey de las Cortes para entregarle el poder de nuevo por medio de las armas.

Comienza la llamada Década Ominosa (1823-1833), que augura la inestabilidad de los siguientes años, con una división entre los absolutistas de suavizar el régimen y otros de recomponerlo con todas sus consecuencias.

Además hubo una brutal represión contra todos los liberales que fueron en su mayoría exiliados o asesinados, como de igual modo pasó cuando Fernando VII persiguió a los “afrancesados” o embriones del liberalismo.

Los ultrarealistas empezaron a ser llamados carlistas porque comenzaron a ver en Carlos María de Isidro de Borbón, absolutista, hermano del rey y heredero de la Corona, su esperanza para recuperar el Viejo Régimen.

Sin embargo, este hervidero de ideologías políticas que era España en aquellos tiempos acabó de la forma menos previsible en los últimos años de Fernando VII, ya que las esperanzas de reinar de Carlos María, se va a ver frustradas por decisiones que van a afectar de manera clara y contundente el acceso a la herencia del trono del Reino de España.

Los últimos años del rey serán los primeros del conflicto carlista.

 

LA SUCESIÓN DE FERNANDO VII

 

El burbujeo de la agitación política sacude al reino desde todas partes. Fernando VII emprende un nuevo viaje en la teoría del absolutismo, que ya no tendrá tanto que ver con esa época desde 1814 hasta 1820 y que llevó al éxito de un pronunciamiento liberal.

El rey deja de rodearse con absolutistas exaltados y empieza a cubrir su entorno con una serie de personalidades como Ofalia, Calomarde, Céa Bermúdez o Ceferino González que van a suavizar poco a poco la situación política del absolutismo y va a acercar a la Casa Real hacia una moderación más relajada pero con límites muy claros que dejan fuera del escenario por completo a los liberales.

Se crea la Superintendencia General de la Policía del Reino que perseguirá los liberales con terribles castigos que irá paulatinamente bajando el tono de represión con el tiempo. Además, el rey no repondrá la Inquisición de nuevo, lo que le va a dejar un espacio libre de maniobra de separación del clero para poder gobernar sin una vigilancia tan estrecha como se pudo mantener anteriormente con la iglesia católica.

La propia historiografía española, responde ante la aparición del carlismo como algo extraño durante el siglo XIX, y será posteriormente cuando se explique esta escisión real debido a los acercamientos políticos de la camarilla del rey con el ala moderada y la propia evolución del monarca hasta esta tendencia que no va a dejar satisfecho ni al entorno liberal ni al absolutista.

Es extraño explicar cómo una parte de la sociedad, la más preocupada por tener al rey en una cúspide superior por encima de cualquier individuo, es la misma que se rebela contra él. Sin embargo hay que entender que estos apostólicos, realistas o carlistas van recogiendo un sentimiento de añoranza del Viejo Régimen cuando ven al rey en varias ocasiones como una especie de entidad ignorada y marginada por sus propios ministros. Por ello se producirán levantamientos militares en nombre de Fernando VII, en un intento de “liberarle” de estas compañías a las que la sección más reaccionaria del reino no veía en absoluto con buenos ojos. La cuestión del carlismo va más allá de un simple problema sucesorio y se definirá de modo definitivo entre 1830 y 1833.

El 1824, el rey hace una amnistía para los liberales a nivel nacional pero a pesar de las limitaciones de la misma, lo que hacía muy difícil acogerse a ella, vuelve a impactar negativamente de nuevo a los carlistas, quiénes desprecian estas medidas y se van agrupando en torno a Carlos María Isidro para una defensa de la vuelta a la vieja España del pasado.

La Superintendencia General de la Policía del Reino acaba descubriendo toda una serie de planes maquiavélicos, utópicos algunos, factibles otros, de derrocar al monarca e imponer un orden gobernado por el hermano del rey. Algunos de estos hallazgos irán haciendo que la policía llegue a encontrar auténticas sociedades secretas como la del Ángel Exterminador que se van extendiendo por la Península con el único objetivo de conspirar y trazar planes.

La convulsión política en España se va a acabar traduciendo por numerosas intentonas tanto liberales como absolutistas por derrocar al régimen del rey, que terminará con numerosas ejecuciones y encarcelamientos.

El rey crea los Voluntarios Realistas ganándose con ello el cariño de una buena parte del sector más duro del absolutismo. Este cuerpo estará basado en las viejas milicias cívicas en defensa del liberalismo, solo que está vez serán todo lo contrario y tendrán el objetivo de mantener a toda costa el poder real. Este cuerpo dará más de un problema a Fernando VII y acabará canalizándose como una fuerza para instigar rebeliones con cualquier pretexto. La propia policía fernandina asegura la existencia de los contactos de estos grupos armados con Carlos María quién articularía además en la sombra otra serie de poderes y contactos para ganarse por la fuerza el trono ante el clamor social. Sin embargo las pruebas aún hoy están por demostrar cada vez más lejanas en los siglos.

Una de las rebeliones más sonadas y estudiadas por la historiografía en España será la de los malcontents o los agraviados entre marzo y septiembre de 1827.

El origen de la rebelión, a pesar de producirse como algo plenamente político responde a toda una serie de conspiraciones donde se implican tanto a personajes de la corte como a altos cargos del clero, e incluso intenciones liberales de desestabilizar el panorama para hacerse ellos con el poder.

Sin embargo, más allá de esta primera pincelada para entender el problema, el origen rural y campesino es imprescindible para que esta sublevación cobrara fuerza y se explica aparte de las intenciones ideológicas, debido a una profunda crisis económica que afectó principalmente a las capas más desprotegidas y paupérrimas de la sociedad.

Los agraviados o malcontents en catalán, serán el antecedente más directo de las guerras carlistas. Apuestan por reestablecer la Inquisición, y reglamentar a los Voluntarios Realistas para poder controlarlos entre otras medidas de carácter urgente. Condenan también la relación del rey con los llamados afrancesados, liberales a los que culpaban de la invasión napoleónica por colaborar con ellos debido a las similitudes, que no igualdades, ideológicas. Además creen que se necesita seriamente una remodelación del estado para dar continuidad a un reino puramente absolutista, donde el rey, siguiendo sus teorías, es una cabeza de un cuerpo que recuerda a la jerarquía mística de la iglesia católica.

La revolución se extendió por toda Cataluña y tuvo siempre una confusión interna sobre si eran leales a Carlos María o si por el contrario, siendo leales a Fernando VII buscaban enfrentarse a la camarilla de moderados que le rodeaban.

El levantamiento contó con miles de hombres armados que llevaron la tensión social al límite más extremo, contando con un trasfondo político claro respaldado fuertemente por el clero y por los enclaves rurales en Cataluña.

El rey Fernando VII acudió por la costa levantina acompañado de su ministro de Gracia y Justicia Francisco Tadeo Calomarde hasta llegar a Tarragona para apaciguar los ánimos y detener el golpe. La represión en la región fue llevada a cabo por el conde de España quien posteriormente estaría en el bando de Carlos María Isidro. No se encontró una gran resistencia, pero los juicios fueron muy largos y dramáticos para los insurgentes, siendo muy común el asesinato de los cabecillas por orden del rey, y aportándonos la mayor fuente histórica de este conflicto mediante estos procesos judiciales. El carlismo era un sentimiento que ya estaba gestando lentamente una revolución en toda España.

Para entender el pensamiento carlista tenemos que detenernos a analizarlo brevemente mediante una idea repetida durante siglos: la legitimidad de la monarquía. Sin la cabeza no hay cuerpo, ya que es el miembro más excelente y el que dicta las órdenes para erguir y mover el cuerpo entero que es la metáfora de la sociedad.

En profundidad, la lógica carlista se mueve en una idea que tiene ya varios siglos de antigüedad. Nos movemos en un terreno aristotélico y eclesiástico.

La iglesia católica siempre ha ido ligada en la historia de los reyes de España siendo algo tan importante, que los monarcas, al darse cuenta de su enorme poder siempre han intentado de controlarla con mayor o menor éxito, utilizándola en su beneficio como un arma política. Esta idea de jerarquía, donde el rey es la imagen de Dios en la tierra, es repetida a lo largo de los siglos para legitimar su poder dentro de la sociedad a la que controla. La iglesia y los eruditos se apoyarán en citas del propio apóstol San Pedro o el mismísimo rey Salomón.

Aristóteles profundiza mismamente en la monarquía como la definición del gobierno de uno, el más virtuoso y noble de la ciudad. La mejor forma de gobierno en la búsqueda de un bien común. Sin embargo, también estudiará la posible transformación en una tiranía del monarca. Esta lógica aristotélica será manipulada para fundamentar la legitimidad del rey con varios argumentos de personajes de autoridad a lo largo de los siglos, y será una idea que se asentará en absolutamente todas las capas de la sociedad en España, donde en pleno siglo XIX sigue muy vigente y reforzado el sistema monárquico.

Siguiendo por estos argumentos, la legitimidad se basa en dos perspectivas claras, las del que obedece y las del que manda. Los súbditos solo aceptarán a un rey que cumpla sus requisitos, y el rey solo podrá gobernar haciendo ver que cumple las demandas de la sociedad. Fernando VII sin embargo, a ojos del carlismo no cumple en absoluto con estas reglas, no desempeña una demanda social de ser un rey absolutista y activo que lleve al reino a una gloria pasada en herencia de su imperio, pero tampoco cumple la regla de hacer ver que se esfuerza por cumplir estas peticiones, sino que se va alejando de este pensamiento del Viejo Régimen y se acerca a las posiciones moderadas dentro del poder absoluto.

En  septiembre de 1829, tras la muerte de María Amalia de Sajonia, la tercera esposa de Fernando VII, se anuncia que volverá a casarse de nuevo. Esta vez el monarca se casará por cuarta vez con la joven princesa napolitana María Cristina de Borbón-Dos Sicilias.

El rey no ha tenido descendencia de momento y todo apunta a que Carlos María Isidro va a heredar el trono pero es una idea que a Fernando no le gusta demasiado ya que publica la Pragmática Sanción de 1789 el 29 de marzo de 1830, donde por la fuerza de la ley se posibilitaba el ascenso de las mujeres al trono en sucesión de manera clara. Es una maniobra que asusta a los ultrarealistas.

Esta Pragmática Sanción había sido aprobada en 1789 por las cortes el 30 de Septiembre, pero por razones políticas, el padre de Fernando, Carlos IV que por entonces reinaba España, no la hace pública.

Fernando VII recupera la Pragmática Sanción de su padre 40 años después y la expone a toda la sociedad española. Esta Ley anulaba el Auto Acordado del 10 de mayo de 1713 de Felipe V por el cual se negaba la herencia en la línea sucesoria de la realeza a las mujeres, salvo en casos de extrema necesidad.

Tan solo un mes después, la reina María Cristina queda embarazada y el 10 de octubre nace una niña llamada Isabel.

Los absolutistas más radicales no dan crédito, todas las esperanzas se han desvanecido con la publicación de la Pragmática Sanción y la frustración acaba convirtiéndose en una rabia que se va radicalizando cada vez más, que llega a todos los niveles de la sociedad española que entienden al absolutismo como la única vía para dirigir el reino.

Por su parte, los liberales también ejercen presión inspirados en la revolución que estalla el 25 de julio de 1830 contra Carlos X en Francia al querer volver al absolutismo en su país, pero acaba derrotado y exiliado, dando paso a la monarquía constitucional de Felipe de Orleans que envalentona los ánimos españoles para hacer acabar con el absolutismo de una vez por todas.

Sin embargo, a pesar de la organización y los levantamientos militares, todos ellos acaban siendo desarticulados uno tras otro bajo el poder de la Corona, la represión contra los liberales será brutal y despiadada, castigados con la cárcel o la muerte, con casos sin juicios previos como el pronunciamiento de Torrijos.

El panorama ideológico está en plena efervescencia y la actividad de los diferentes intereses se juegan en todos los ámbitos de la sociedad tanto de manera pública y abierta como privada y secreta.

Los carlistas también agitan el escenario político en estos momentos y tiene lugar los llamados Sucesos de la Granja, una burda manipulación absolutista que va a tratar de revocar la decisión acerca de que reine Isabel en vez de Carlos María Isidro.

Fernando VII está cada vez más envejecido, peor de la enfermedad de la gota y se teme por su vida, es entonces, cuando el 16 de septiembre de 1832, en un estado crítico para la salud del monarca, se prepara el golpe.

La camarilla de los ministros más absolutistas y radicales, liderados por Francisco Tadeo Calomarde, que ocupaba el ministerio de Gracia y Justicia, se desplaza al palacio del Real Sitio de La Granja (en la localidad segoviana de San Ildefonso) donde se haya la Familia Real pendiente del debate del monarca con la vida y con la muerte.

Los ultrarealistas engañan y presionan a la reina María Cristina para que se revoque la ley y que así reine Carlos María. La amenazan con una posible guerra civil y con una coacción de que el ejército español no va a  apoyar su regencia de ningún modo. El futuro de la Corona está en juego.

El rey preso de sus enfermedades y sus angustias vitales, aconsejado por su esposa y presionado por sus ministros, acaba firmando el día 18 la anulación de la pragmática sanción. Claramente, la jugada absolutista se aprovechó de la debilidad de Fernando VII y trazaron un movimiento perfecto, donde ya contaban con una descendencia de Carlos María firmada por el rey con esa anulación y con un monarca que no tardaría mucho en morir.

El 22 de Septiembre se produce una pequeña anécdota que marcará un dicho popular.

La infanta Carlota, hermana de la reina María Cristina, viaja desde Cádiz hasta el palacio de la Granja preocupada por lo que se está produciendo al desheredar a la princesa Isabel y por la extrema gravedad del rey.

La infanta localiza a Calomarde y se aproxima a él enfurecida, propinándole una bofetada en la cara al ministro de Gracia y Justicia del Reino de España.

El ministro, recupera el habla y ante la actitud de la hermana de la reina, responde “manos blancas no ofenden”. Desde entonces esta frase se hará un hueco en la sociedad dentro del refranero español para siempre.

Es precisamente en esta curiosa imagen de una infanta agrediendo al ministro de Gracia y Justicia, donde podemos ver reflejados dos posiciones muy distintas en la cuestión sucesoria. La sociedad está divida y agitada por la política, Carlos María Isidro tiene detrás a los llamados carlistas, la parte más tradicional que apuesta por volver de nuevo al Viejo Régimen; son una gran parte de la sociedad española ya que con la intervención de los Cien Mil Hijos de San Luís, las posiciones ideológicas de cualquier pensamiento liberal estaban duramente castigadas y perseguidas, a pesar de permitir la existencia de un grupo también importante de absolutistas que pretendían suavizar la situación que alguna vez se vería influida por pequeños grupos de liberales que de algún modo se libraron de un duro castigo y deseaban en secreto un cambio nuevo de régimen, aunque aparentasen en público una lealtad infinita a Fernando VII. Será en estos últimos, los moderados y liberales en los que se tendrá que apoyar la reina María Cristina para asegurar un reino a su hija Isabel en un futuro.

Sin embargo, milagrosa e inesperadamente el rey recupera la salud y empieza a ser consciente de lo que ha firmado, comprende que ha quitado el derecho del trono a su hija Isabel y le ha negado un futuro a su familia.

El 1 de octubre cesa fulminantemente a los ministros carlistas de sus cargos por engañar a su esposa y por ser partidarios de su hermano quién ambiciona la corona. El 31 de diciembre anula el decreto derogatorio que no se había hecho público (ya que Fernando VII lo firmó a cambio de que no se hiciera público hasta que falleciera) pero que la facción del carlismo se había encargado personalmente de divulgar por todos los pueblos y ciudades que pudieron. Fernando VII afirma así ante todas las autoridades del Reino de España: “Declaro solemnemente, de plena voluntad y propio movimiento, que el Decreto firmado en las angustias de mi enfermedad fue arrancado de mí por sorpresa; que fue un efecto de los falsos terrores con que sobrecogieron mi ánimo; y que es nulo y de ningún valor, siendo opuesto a las leyes fundamentales de la monarquía y a las obligaciones que como rey y como padre debo a mi augusta descendencia”.

De nuevo volvía a ser la princesa Isabel la futura reina de España protegida por sus padres ante cualquier reacción absolutista.

La sucesión ya no tenía lugar a dudas. Isabel sería la reina y su madre sería la regente para dirigir el reino hasta la mayoría de edad de Isabel que se produciría (tras adelantarla de los 16 a los 13 años) en 1843.

 

LA GUERRA CARLISTA (1833-1840)

 

En 1833 Carlos María Isidro se retracta de la Pragmática Sanción por lo que recibe la orden de abandonar en marzo el reino con el objetivo de llegar a los Estados Pontificios donde debería fijar su residencia.

Se había planeado zarpar desde Cádiz pero debido a una epidemia de cólera se le permitió hacerlo en Lisboa. En Portugal, apoyado por su monarquía y vínculos familiares de la dinastía del rey Miguel I, quién perdería su propia guerra civil contra su hermano entre absolutistas y liberales constitucionalistas, decidió retrasar continuamente su partida a la Península Italiana. Fue también muy respaldado por Joaquín Abarca, obispo de León desterrado en Portugal a quién posteriormente nombraría ministro Universal. Tampoco quiso Carlos María acudir a Madrid para jurar fidelidad a la futura Isabel II ni hacerlo frente a Luis Fernández de Córdoba, embajador del reino, en abril de 1833.

Fernando VII, furioso, confiscó todos los bienes de su hermano y mandó una fragata con 400.000 reales para que se diesen a Carlos María una vez que el buque hubiera partido de la costa lusa.

Sin embargo, Carlos María se negó a embarcar de nuevo y comunicó su decisión a los principales gobiernos de Europa su intención de no abandonar la empresa de ser heredero en el trono de España.

Fernando VII muere finalmente el 29 de septiembre de 1833 y su hermano publica el Manifiesto de Abrantes el 1 de octubre de ese mismo año, en el que habla ya sin tapujos de su ascensión al trono frente a María Cristina e Isabel.

Muerte de Fernando VII

Muerte de Fernando VII

Se considera el inicio de la guerra cuando el general Ladrón de Cegama proclama rey al infante don Carlos con el nombre de Carlos V el 6 de octubre de 1833 en Tricio (La Rioja).

La guerra civil portuguesa se resuelve con la derrota de las tropas absolutistas miguelistas que habían apoyado a Carlos María, el cual huye acosado por las tropas llamadas cristinas o isabelinas y por la inestabilidad del país. Escapa en un buque de guerra británico, llegando a Gran Bretaña el 1 de junio de 1834. Un mes después vuelve a desplazarse de la isla hacia Francia, a la que atravesó de incógnito, para llegar entrando en España por la frontera de Navarra el 9 de julio. Se mantuvo en Navarra y en las Provincias Vascongadas durante toda la guerra carlista hasta 1839 manteniendo su corte de forma ambulante entre Estella, Oñate, Durango, Tolosa y Azpeitia, acompañado siempre de su ejército.

En 1833 María Cristina se enfrentaba a un doble reto: por un lado debía mantener la corona intacta para que la asumiera su hija Isabel frente a don Carlos y por otro trataba de poner freno a cualquier avance liberal. Sin embargo la regente tuvo que suavizar su posición política y no le quedó más remedio que pactar con los liberales para conseguir apoyos frente a los carlistas. A pesar de tener que apoyarse en los liberales ella siempre trató de evitar a las personalidades más exaltadas y apostó continuamente por los liberales más moderados y acercados a las políticas absolutistas.

En principio, lo que parecía una guerra de sucesión fue en realidad una guerra ideológica ya que la regente necesitó el apoyo de los liberales frente al absolutismo.

El carlismo fue la “extrema derecha” del siglo XIX tal y como proclamaba su lema de Dios, Patria y Rey, contrarios a cualquier progreso liberal, libertades religiosas, económicas y políticas. Reclamaban a la monarquía como un origen de divinidad y querían proteger a toda costa las tradiciones del Antiguo Régimen al cual añoraban. Además se opusieron al centralismo liberal y apostaron por el mantenimiento de los fueros, es decir el sistema según el cual las diferentes regiones mantendrían una autonomía más libre del control de su lugar. El aspecto foral tuvo una especial vigencia e importancia en la tercera guerra carlista.

Los apoyos al conflicto armado fueron muy diversos con un especial apoyo en el País Vasco, Navarra, Cataluña. Con menos presencia en el Maestrazgo y las dos Castillas.

Entre la sociedad tuvo un impacto igual de diverso, sus cabecillas pertenecían a la iglesia y la pequeña nobleza local, respaldados por una amplia base del campesinado y artesanado.

Sin embargo las grandes ciudades no vieron en la causa de Carlos María una oportunidad. La emergente burguesía y los trabajadores acabaron apoyando a Isabel II. La gran parte del ejército junto a la alta nobleza también se unió a las filas de la hija de Fernando VII.

La guerra carlista llegó a internacionalizarse. Los carlistas contaban con el apoyo de la Santa Sede, Nápoles y la Santa Alianza (Prusia Austria y Rusia), mientras que Francia e Inglaterra (Entente Cordiale desde  1830) apoyaron a las tropas lusas y españolas liberales firmando así en 1834 una Cuádruple Alianza. Estas dos potencias no intervinieron personalmente en el conflicto pero si enviaron ayuda económica y voluntarios que guerrearon por la futura Isabel II.

La guerra carlista podemos dividirla en cuatro etapas fundamentales para comprender ese diálogo belicista de revolución-contrarrevolución:

El foco vasconavarro (1833-1835). El ejército carlista en una primera instancia se muestra bajo las órdenes del general Zumalacárregui que pudo conseguir varias victorias para Carlos María pero no consiguió ocupar Pamplona ni las capitales en las Vascongadas. Acaba muriendo en el sitio de la ciudad de Bilbao en 1835.1354719911260

El ejército de don Carlos está en una clara inferioridad numérica y su armamento no cuenta con toda la tecnología de las tropas isabelinas, que reciben además continuos suministros de víveres y armas allí donde se asientan.

Se dio entonces una fase de transición entre las ideologías en España. En 1834 el liberal moderado Martínez de la Rosa, presidente del consejo de ministros, promulgó una Carta Otorgada, el Estatuto Real, pero este documento que iba a servir como compromiso entre absolutistas reformistas y liberales moderados, resultó ser un fracaso para el ala más liberal y exaltada ya que apenas pudieron verse cambios profundos en el estado.

El Estatuto Real estuvo vigente hasta 1836 y no fue en ningún caso una Constitución, aunque quisiera aparentar serlo, sino que fue una cesión de la Casa Real a los súbditos que podía retirar legalmente en cualquier momento.

Se establecía entonces dos cámaras consultivas, la de los Próceres (aristócratas) y la de los Procuradores (elegidos por un sufragio muy censitario que tan solo permitía el voto al 0,15% de la población, es decir de unos 16.000 individuos). Los liberales vieron que tampoco sus demandas eran tramitadas por estas cortes y vieron en esta idea una maniobra que en realidad no servía de nada.

Las expediciones nacionales (1836-1837). El carlismo solo se había hecho fuerte donde obtuvo mayor aceptación social e institucional, en el Maestrazgo, Navarra y País Vasco.

Se intentaba ahora un nuevo plan para el bando de Carlos María Isidro, se pretende reorganizar todo el ejército y marchar hacia nuevos y estratégicos lugares al norte y al centro de la Península Ibérica.

La Expedición de Gómez en 1836 pretendía doblegar Galicia entera pero acabó siendo derrotado varias veces por el ejército liberal, por lo que acabó volviendo en fatigada retirada a las Vascongadas, donde fue juzgado y encarcelado temporalmente por no cumplir las órdenes recibidas.

En 1837 no se abandonó la idea de la Marcha y esta vez se intentó llegar hasta el corazón de Madrid.

Se pretendía atravesar Aragón para llegar a Cataluña, desde allí, se preveía un espectacular incremento de adhesiones voluntarios al ejército carlista que no se produjo. Cruzaron el Ebro reuniéndose con las tropas del militar Cabrera con su guarnición del Maestrazgo.

Tras una espectacular victoria sobre un ejército isabelino, el ejército de Carlos María con él a la cabeza marchó sobre Madrid.

Pero allí, el general Espartero le esperaba acosándole con tropas que obligaron a don Carlos a dar marcha atrás, volviendo a Vizcaya en una retirada que se tomó en el bando carlista como una amarga derrota. Acabó ajusticiando con la muerte y encarcelando a varios de sus hombres y se rodeó de una camarilla con muy pocas personas a los que se les llamaban los ojalateros ya que era un rumor popular que se quejaban continuamente de los hechos negativos de la Expedición Real diciendo continuamente “Ojalá…” al comienzo de sus frases.

Fracasa también el nuevo intento de tomar Bilbao debido a la popular victoria en el puente de Luchana del general Espartero que se convirtió en una figura muy popular y notoria.

Espartero y el Convenio de Vergara (1837-1839). Por su parte, el bando de la regente María Cristina, es forzado debido a las revueltas ciudades y la inestabilidad política, a firmar la Constitución de 1812 en 1836, lo que la lleva a reformarla por petición e insistencia liberal dando lugar a la Constitución de 1837. Estuvo vigente hasta 1844 e introdujo una serie de reformas como la disolución de las Cortes en el Congreso de los Diputados y el Senado, se establecía la libertad religiosa, se ampliaba tímidamente el derecho censitario y se mantenían poderes a la reina.

A partir de 1837, las campañas militares van a estar a favor de Isabel II, que estaban lideradas por héroe del momento que era Espartero.

En 1839 se firma el Convenio de Vergara, que fue pactado simbólicamente con el histórico abrazo entre Espartero y el general carlista Maroto, que cuenta sobre el encuentro entre el ejército isabelino y carlista:

Abrazo entre Espartero y el general carlista Maroto

“… pusieron luego sus armas en pabellones, se mezclaron libre y alegremente las tropas y quedó sellada la paz con el mayor contento y armonía… ¡Soldados nunca humillados ni vencidos, depusieron sus temibles armas ante las aras de la patria; cual tributo de paz olvidaron sus rencores y el abrazo de fraternidad sublimó tan heroica acción… tan español proceder!”

Este documento ponía fin a las guerras en el País Vasco y en Navarra. Además los isabelinos se comprometían a admitir militares carlistas en su ejército respetándoles su categoría. También la cuestión foral de las regiones se admitió para debatirla libremente en las Cortes para fomentar su debate y análisis.

Carlos María Isidro se vio completamente derrotado, y estando totalmente en contra del pacto firmado se exilia a Francia.

El final de la guerra en el Maestrazgo (1837-1839). Algunos carlistas empezando por el general Cabrera, quedaron descontentos con el Convenio de Vergara y no se rindieron ni quisieron deponer las armas.

Más tarde, Cabrera fue derrotado por Espartero en Morella (Castellón).

La guerra continuó en el Maestrazgo hasta 1840. En julio de ese año los últimos guerrilleros se vieron forzados a cruzar los pirineos para exiliarse junto a su rey en Francia.

El carlismo después de su final en esta guerra en 1840, se mantuvo bélicamente activo a través del siglo XIX, provocándose una segunda guerra carlista entre 1846 y 1849 y una tercera entre 1872 y 1876.

Las tres guerras dieron al traste con esa línea sucesoria del hermano del rey Fernando VII. Carlos María Isidro y su linaje perpetua hoy en día en pleno siglo XXI con el actual Carlos Javier de Borbón-Parma duque de Parma. Incluso el carlismo, se ha ido definiendo a lo largo del siglo XIX, XX y ha llegado al XXI con un partido político propio.

Las ideas han ido evolucionando y mezclándose unas con otras. Este partido minoritario hoy apenas tiene votantes más allá de sus núcleos fuertes con una nula presencia política. Pero en la España actual, poco tienen que ver los carlistas con sus antepasados del siglo XIX, que provocaron tres guerras civiles en nuestra historia contemporánea que dejaron miseria, muerte y terror entre ambos bandos durante años, con heridas abiertas que como se puede comprobar después de la primera guerra carlista, salieron a la luz con otros dos levantamientos.

La historia del carlismo es la historia de un linaje de los borbones que ha fracasado, un descuelgue de la familia real, pero que algunos aguardan su retorno entre susurros y actos políticos.

El Viejo Régimen moría de una vez por todas con el final de la guerra y dio paso a una nueva etapa en la historia de España, que a pesar de las convulsiones del absolutismo más radical, violento y obsoleto que floreció durante dos nuevas guerras, acabaría siendo enterrado en el tiempo.

La idea del carlismo corresponde no solo a una cuestión sucesoria sino a unos valores muy profundos y personales que en el siglo XIX añoraban un Viejo Régimen que poco a poco fue desmoronándose por toda Europa víctima del progreso del mundo.

 

@hectorbraojos

 

BIBLIOGRAFÍA:

- Las guerras carlistas, hechos, hombres e ideas. Julio Aróstegui, Jordi Canal, Eduardo G. Calleja. Editorial La Esfera de los Libros. 2003.

- La primera guerra carlista 1833-1840. Uniformas, Armas y Banderas. Carlos Canales. Editorial: Ristre Multimedia. 2006.

- Breve historia de las Guerras Carlistas. Clemente, Josep Carles Editorial: Ediciones Nowtilus,S.L. 2011.

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