EL COMERCIO INGLÉS EN EL SIGLO XVIII: LA CREACIÓN DE UN IMPERIO

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EL COMERCIO INGLÉS EN EL SIGLO XVIII: LA CREACIÓN DE UN IMPERIO

 

1. RESUMEN

El auge del comercio británico trajo la futura expansión europea que llevo a que esta, hasta la conocida como crisis de los treinta años (1914 – 1945), dominase el mundo. Este trabajo, influenciado por la bibliografía que se ha trabajado y conocedor de las extendidas visiones eurocéntricas de otros trabajos que desarrollan un acercamiento más superficial a la materia, ha buscado desarrollar el avance Europeo como un modelo implantado, artificial, a partir del cual, por la comunión de intereses nacionales macroeconómicos – o podríamos decir individuales de ciertos elementos beneficiados – y los poderes políticos, se desarrollará un sistema que buscará, contra las posteriores teorías de Adam Smith, el establecimiento de un marco legal que beneficie a la producción nacional, atendiendo a la brecha que Europa debía de saldar para acercarse a los grandes imperios agrícolas asiáticos.

                                      Palabras clave: Edad Moderna, comercio, monopolio, hegemonía, Inglaterra, Imperio británico

2. INTRODUCCIÓN

En el presente trabajo vamos a realizar un acercamiento al comercio inglés del siglo XVIII. Ha sido de rigor estudiar qué mercancías se comerciaban y a dónde se transportaban, habiendo desarrollado en el trabajo un apartado para cada uno de los “productos” – esclavos, manufacturas, principalmente textiles, y materias primas, principalmente azúcar y algodón –. Pero este trabajo da lugar a trascender del estudio de los movimientos de mercancías y, por el origen de la disciplina del estudio histórico, atender a la concatenación de contingencias o hechos aislados, como sería la introducción del comercio armado y las tendencias monopolísticas de los competitivos y emergentes estado-nación europeos en un mundo tendente a la globalización[1], o del mercantilismo francés que extrapolado a Inglaterra causará una depreciación del comercio basado en la exportación de plata americana hacia China, los cuales, en conjunto y correlación, constituirán una coyuntura única que favorecerá el auge de algunos estados europeos y, especialmente, el de Inglaterra.

El país insular se beneficiará de la plata extraída por los españoles en América, e incluso desde el siglo XVI comenzó a ocupar territorios allí, los cuales constituyeron una nueva fuente de recursos que apaliarían los límites establecidos por el Antiguo Régimen Biológico (Marks, 2007) y una fuente potencial de demanda, tanto de productos que podía aportar la metrópoli como de otros que se encontraban en África y que eran necesarios para hacer despegar el potencial americano, los esclavos. El control británico de este comercio, el cual, por las rutas que seguían los navíos encargados del mismo es conocido como “comercio triangular”, permitió todo un despliegue en niveles macroeconómicos de la economía inglesa (Williams, 2011, 91) que, paulatinamente, y por su concatenación con otros acontecimientos como la Guerra de los Siete Años, llevó a Inglaterra a dominar no solo en Europa, sino, ya en los años centrales del siglo XIX, en aquellas regiones de Asia que habían constituido los motores económicos mundiales o más sobresalientes hasta entonces.

3. GÉNESIS DEL COMERCIO TRIANGULAR

El gobierno británico o mejor dicho, financieros ingleses, a través de préstamos y ventas de armas al Imperio español lograron hacerse con cuantiosas cantidades del oro y la plata expoliados a los indígenas y posteriormente extraídos por ellos mismos de minas como las del Potosí en Perú. Su destino era, a través de las rutas descubiertas por navegantes portugueses y españoles entre finales del siglo XV y comienzos del siglo XVI hacia el Índico, optar a la adquisición directa de productos considerados de lujo en Europa, como porcelanas y sedas chinas, tejidos indios o especias de las islas de la actual Indonesia, con la posibilidad que ofrecía la demanda de metales preciosos en Extremo Oriente, especialmente en el caso de la creciente economía China, cuya moneda para las transacciones era de plata. Este proceso constituiría un activo importante para la economía inglesa por la demanda de dichos productos en Europa, África o las colonias americanas.

Los europeos, con un territorio pobre en esencia, buscaron acercarse a las riquezas alcanzables solo por rutas lejanas – y limitadas con la expansión del Imperio Otomano – que se encontraban en Extremo Oriente. Las expediciones armadas portuguesas que llegaron en primera instancia solo fueron capaces de someter al denominado por Robert Marks (2007) comercio pacífico del Índico (pg. 97) a cuotas por protección, pero no fueron capaces de introducirse en él. Sin embargo, el hallazgo de ingentes cantidades de oro y plata en el continente americano a partir de su descubrimiento dotaron a la Corona española de unos recursos que se disolvieron entre hombres de negocios, mercaderes y banqueros europeos, principalmente neerlandeses, flamencos e ingleses[2]. Estos, siguiendo las rutas que circunvalaban África, lograron aproximar el comercio de especias provenientes de las islas del Índico y de productos manufacturados chinos e indios a Europa, lo cual será fundamental en cuanto generalice el consumo de tejidos y textiles orientales como el algodón por encima de otras plantas industriales europeas, lo que hará que estas vayan perdiendo cuota de este naciente mercado global.

3.1. ÁFRICA

Paralelamente, el descubrimiento del Nuevo Mundo proporcionó a las potencias europeas que contaban con las condiciones para cruzar el Atlántico un territorio extensísimo, virgen y lleno de recursos. De entre ellos ya hemos mencionado la plata de la cual se sirvieron los agentes económicos europeos para nutrir a las clases altas de productos de lujo orientales. Un comercio que proporcionaba unos dividendos más que aceptables a sus protagonistas y  nutría a la oferta británica de nuevos y valorados elementos que se verían claves en su futuro sistema comercial triangular. Sin embargo, la obtención por vía directa de plata y la explotación de semejante territorio requerían del fundamental elemento productivo que constituye el ser humano. Un elemento escaso tras la funesta acción tanto de los conquistadores como de los microparásitos y gérmenes que trasmitieron enfermedades a la población nativa, los cuales dieron lugar a un proceso, la gran mortandad, de descenso demográfico atroz y continuado con la opresión de los conquistadores sobre los indígenas  mediante el trabajo esclavo[3] y el descenso de la fertilidad en las poblaciones amerindias (Marks, 2007, 116), teniendo los indígenas un papel mínimo en el sistema de explotación colonial inglés (Williams, 2011, 36).

Este hecho llevó a los ingleses, que a comienzos del siglo XVII se estaban expandiendo por el Caribe y por el Índico a costa de portugueses y holandeses, a emular los sistemas productivos que los lusos habían puesto en marcha en Brasil, es decir, el trabajo con mano de obra esclava importada desde África a cambio de manufacturas y armas europeas. Este sistema esclavista estaba destinado a nutrir sería no solo a los procesos de trabajo y extracción en minas – que se podían encontrar en Nueva Escocia – sino, y principalmente, al trabajo en explotaciones agrícolas de grandes dimensiones o plantaciones. Así, la actividad productiva en el Nuevo Mundo estuvo movida por la mano de obra esclava o “ganado negro”[4] (Williams, 2011, 21), centrada, además de en la extracción de plata, en el cultivo de caña de azúcar, tabaco, café y, desde el siglo XVIII, de algodón. La aparición por tanto de esclavos en América no es un hecho casual ni menor. Los ingleses – y otras potencias colonialistas – usaron el continente americano como un manantial de recursos nunca antes vistos en tamañas proporciones en Europa, y fueron los esclavos africanos los encargados de mantener la producción y depositarla en los navíos de los europeos. Un hecho que se tornó más dificultoso por la falta de un número considerable de colonos que quisieran poblar las nuevas tierras, reflejado, más allá de su cuantía, por su condición previa a emprender el viaje, pues la mayoría eran pobres o desafortunados que huían del Viejo Mundo buscando oportunidades en el Nuevo, gentes engañadas y personas que eran obligadas a cumplir condena  en las colonias, conocidos como la “basura blanca” (Williams, 2011, 47). Pese a su peso relativamente reducido que no exoneró a las autoridades inglesas y a los propietarios en las colonias de buscar otras fuentes de trabajo, hemos de tenerlos en cuenta, pues generaron ciclos más o menos estables de migración hacia América que preconizaron las futuras rutas comerciales que se vendrían a asentar en el Siglo XVII. Así mismo hemos de atender a factores menos superficiales, como la desvinculación del esclavo con una tierra que le es ajena y que, por tanto, le hace más dócil que al inmigrante inglés con conocimiento de causa de su situación. No es desdeñable esto en cuanto que muchos estudios reconocen la superioridad del trabajo del hombre libre e incentivado sobre el trabajo esclavo, pero quizás esta productividad superior no se vea compensada por razones obvias y es que, más allá de la manutención, el esclavo es un bien que se adquiere una vez y sobre el cual se ejerce el derecho a la propiedad (Williams, 2011)[5].

Este ciclo comercial entre Inglaterra y sus colonias de Norte América y el Caribe constituirán las bases del comercio negrero. Pese a que  a través de documentación colonial se recoge una percepción generalizada de la superioridad del hombre negro africano sobre la del indígena en el trabajo físico (Williams, 2011, 50), el factor trascendental que potencia esta búsqueda de mano de obra esclava sigue siendo la falta de población en el Nuevo Mundo que nutra a las grandes explotaciones agrícolas de mano de obra barata. Su desencadenante será la competitividad de las plantaciones tabacaleras españolas, eminentemente desarrolladas por granjeros blancos, y contra las cuales las británicas no podían competir. Empezaremos así, a partir de mediados del siglo XVII, a ver un fuerte desarrollo del trabajo esclavo en América, que poco a poco irá imponiéndose y superando la producción del campesinado blanco. Hemos dejado entrever que ya existía un tráfico de esclavos más o menos estable y continuado entre comerciantes portugueses e ingleses hacia las posesiones europeas en América. Iniciado en 1562 con la expedición de Sir John Hawkins, el tráfico de esclavos africanos por comerciantes ingleses se verá aupado a un puesto primordial tal, que en 1663 la monarquía inglesa dio el monopolio del tráfico de esclavos a la Company of Royal Adventures primero y, en 1672, a la Royal African Company (Williams, 2011, 64) – práctica habitual que se reproducirá en las Compañías de las Indias Orientales y Occidentales, empresas con capital privado y con monopolios concedidos por la Corona – o en 1713 logró el “Asiento de negros” o el permiso para transportar esclavos africanos a las colonias españolas. Un factor este que si bien favoreció la expansión de las empresas beneficiarias, tuvo consecuencias negativas en las capacidades de negociación para la adquisición de productos por parte de ingleses y colonos, lo cual favoreció cierta actividad contrabandista.

Fue a partir de las guerras contra los Países Bajos, su gran competidor comercial en el Siglo XVII, y la Revolución Gloriosa inglesa de 1688 – 1689 cuando vemos un cambio en esta tendencia, con la incorporación de representantes de la producción textil y manufacturera al Parlamento inglés, que buscaban generalizar el acceso a los círculos comerciales, y tuvieron sus primeras materializaciones en la eliminación por ejemplo de la Compañía del Este, la cual tenían una concesión comercial monopolístico con los países bálticos o de la Royal African Company. Un proceso de liberalización importante en cuanto permitió un sistema de competencias que hacían de los tráficos comerciales algo más dinámico, estable y beneficioso para el demandante que la situación de absoluta indefensión que se padece contra las prácticas monopolísticas. Así, se desarrolló entre finales del Siglo XVII y comienzos del siglo XVIII el comercio esclavista. Centralizado en Liverpool, que llegaría a dominar a finales de siglo “cinco octavos del tráficos británicos de esclavos y tres séptimas partes de todo el tráfico esclavista europeo” (Williams, 2011, 69), o Bristol, el comercio esclavista con dirección al Nuevo Continente, tanto a colonias amigas como rivales constituyó un importantísimo baluarte para el poder británico y para su obtención de recursos, garantizándose beneficios de entre un 5 y un 40 por ciento – deducidos los pagos a la administración y las pérdidas por “incidentes” que dañaban la mercancía, tales como suicidios o enfermedades – que, en pequeñas dosis, pudieran no ser tan importantes, si no hubiera sido por el elevado volumen del comercio esclavista en el cual Inglaterra comenzaba a dominar (Williams, 2011, 72) y que, cuando tocó a su fin en el mundo occidentalizado a finales del siglo XIX, dejó un balance de más de nueve millones de africanos esclavizados, intercambiados y trasladados a América para trabajar en las plantaciones (Marks, 2007, 126).

En el siguiente apartado veremos no solo el potencial económico lógico de exportar un producto a un territorio que lo demanda y hemos estado descubriendo, sino la demanda añadida que la aparición de este producto genera en sus regiones de acogida referidas a manutención y vestimenta, y como esto generará otro triángulo comercial atlántico que coexistirá con el primero (Marks, 2007, 126).

3.2. AMÉRICA

Como ya hemos referido, América se conformó como un baluarte sin igual para las potencias que pudieran hacerse con sus tierras o su comercio. Inglaterra, en un proceso de centralización y revigorización desarrollado por durante la época isabelina y que se acompasaba con otros similares emprendidos por diversos monarcas europeos,  dirigió su expansión hacia las Antillas y algunas zonas de América del Norte, como Virginia, California o Nueva Inglaterra. Las guerras con España y Francia y la inestabilidad interna que llevó a las reformas de Cromwell detuvieron el desarrollo colonial británico, pero las raíces de su futuro imperio colonial y comercial comenzaban a brotar. Desde las Antillas se comenzó a requerir esclavos para emular los grandes trabajos de explotaciones extensivas que habían desarrollado los portugueses en Brasil a partir del uso de la mano de obra esclava. Así, la llegada de esclavos africanos facilitó el desarrollo de plantaciones y de una actividad económica esencial para el despegue inglés, pues por las posibilidades que daban los productos coloniales como las necesidades de su mercado, se creaban un proceso de retroalimentación en el que América tuvo de un papel fundamental, pues, como recoge Williams (2011) “cada familia de las Indias Occidentales daba empleo a cinco marineros y muchos más artesanos, manufactureros y comerciantes; y que cada persona blanca en las islas traía anualmente a Inglaterra […] lo que equivalía a veinte veces lo que producía una persona similar en la madre patria” (pg. 93), y así, lo tuvieron igual o en mayor medida los esclavos que pusieron en producción las extensísimas tierras del Nuevo Mundo, favoreciendo la expansión a largo plazo de los límites al desarrollo demográfico humano conocido en ese momento por los europeos, cuyas consecuencias posteriores han sido sin embargo muy discutidas[6] pero que, fuera de todas dudas, favorecieron un aumento de la demanda y de la actividad económica de forma paulatina (Wrigley, 1992, 212).

Así, la actividad de las plantaciones fue fundamental, destacando en un primer momento la azucarera de las islas del caribe y, posteriormente y más aún, la algodonera, pues su clima era más favorable que el de los territorios al Norte de la Florida y los productos caribeños de las Antillas, Barbados o Jamaica más demandados (Williams, 2011, 97). Sin embargo, con el comercio del Índico abierto, las producciones chinas y las materias primas indias habían invadido el mercado europeo, y tanto los prejuicios para los productores de tejidos textiles y plantas industriales como la emisión hacia el exterior de metales preciosos para atraer dichos productos provocaron un movimiento interno dentro de las élites productoras europeas. Unas élites que, en el caso de Gran Bretaña, habían logrado acceder al Parlamento a raíz de la revolución Gloriosa inglesa de 1688 y que lograron, como pasase posteriormente en otros estados, que se prohibiesen las importaciones de ciertos productos extranjeros, para así dar vigor al comercio interno (Marks, 2007, 123). Estas medidas monopolizadoras del comercio con las colonias ya habían tenido su precedente en el comercio español establecido con sus colonias de América Latina, roto, eso sí, por la actividad contrabandista y las imposiciones inglesas al término de la Guerra de Sucesión española en 1713 y que llevaron a la concesión del antes nombrado “Asiento de negros”. Pero el caso ingles sobresalió en cuanto que siguió una primera línea teórica económica cuyo fin era, en el contexto del surgimiento de los competitivos estados-nación, amasar más plata y oro que los rivales, pues se entendía que estos constituían la riqueza última de la nación: el mercantilismo.

Cabe detenernos a analizar este concepto, en pro de entender su valor real, y para ello tomaremos prestadas unas líneas de la obra de Robert Marks (2007, 134):

“[…] Si bien las reservas de dinero de Europa habían aumentado [desde el descubrimiento de América] – especialmente de 1580 a 1620 -, hacia 1620 probablemente se habían reducido tras la caída de la minería de la plata en Europa, el declive de la plata americana y el aumento de la salida de dinero hacia Asia. Los estados europeos no competían sólo en el campo de batalla: también competían para atraer y retener tantos lingotes de plata y oro como les fuera posible”

El cambio se encuentra relacionado con la conflictividad ya nombrada entre estados y las necesidades para mantener los enfrentamientos consecuentes y las expansiones. Así, ante la falta de recursos, el mercantilismo se presenta como una vía económica estrechamente ligada a la política y, concretamente, a los centralizadores estados-nación, y cuyo fin era el de, obtenidos aquellos recursos que tan necesarios eran para los reyes europeos, siempre escasos de metales preciosos, retener sus reservas y aumentarlas. Con la teorización del sistema, su puesta en práctica no tardo en tener lugar. Desde mediados del siglo XVII observamos una tendencia creciente a la monopolización[7] del comercio exterior ingles por compañías privadas de participación estatal, que luego será abolido en algunas áreas pero siempre inscrito a comerciantes y navíos ingleses (Marks, 2007, 135). La importación de cualquier elemento que no estuviese estrictamente relacionado con la guerra no se contemplaba, buscándose el autoabastecimiento y, sobre todo, la retroalimentación en un sistema dominado por los ingleses y las Leyes de Navegación (Williams, 2011, 98) y basado en la especialización regional que nos mostrará unas primeras líneas de economía global dentro del área de influencia inglés, que se irá expandiendo hasta alcanzar unos máximos que se tambalearán a raíz de la Gran Guerra de 1914.

Los vaivenes del triángulo comercial inglés que es como se conoce a este primer sistema global, quedan perfectamente reflejados por Eric Williams en su libro Capitalismo y esclavitud (2011, 92):

“El barco de esclavos partía de la madre patria con un cargamento de artículos manufacturados. Estos eran permutados, con cierto margen de beneficio, en la costa de África, por los negros, que eran conducidos a las plantaciones, con otro nuevo margen de ganancia, a cambio de un cargamento de productos coloniales, que eran llevados de vuelta al país de origen. En la medida en que el volumen de comercio aumentaba, el comercio triangular venía complementado, pero nunca suplantado, por el comercio directo entre la madre patria y las Indias Occidentales, en él se intercambiaban directamente manufacturas del país por productos coloniales”

 

La concepción del sistema era beneficiosa en cuanto nutría a comerciantes ingleses y favorecía el desarrollo de las plantaciones coloniales por las demandas de la metrópoli. Con ello, la demanda de esclavos se mantenía y África seguía siendo un punto de venta de bienes terminados. En origen, estos procedían por vía indirecta a través de Inglaterra del mercado asiático, los calicós, que vestían tanto a africanos como europeos y americanos de las colonias por su precio y calidad (Marks, 2007, 143). Sin embargo, con el desarrollo del mercantilismo y las presiones de los manufactureros y comerciantes británicos, se establece en 1707 la prohibición a la entrada de tejidos terminados indios en aras de proteger más la permanencia de metales preciosos en el país propio que la industrialización del mismo (Marks, 2007, 134). Así, el proteccionismo intrínseco al mercantilismo – pues para evitar que salga el oro y la plata de las reservas autóctonas se debe reducir la importación y, con ello, buscar en la medida de lo posible el autoabastecimiento (Williams, 2011, 98) – se presentaba creando además una situación de interdependencia y retroalimentación entre las distintas áreas del mercado británico única, causada por una serie de situaciones y acontecimientos previos como la competitividad entre los estados-nación o el desarrollo de las plantaciones , que reportará una gran beneficio a los mercaderes ingleses y llevará al establecimiento en firme de un comercio atlántico ampliamente dominado por los británicos ya en el siglo XVIII.

3.3. EUROPA

En los dos apartados inmediatamente anteriores hemos hecho un recorrido por la evolución del sistema comercial inglés que, habiéndose comenzado a forjar a raíz de las colonias, se mostró que podía funcionar como una serie de empresas podríamos decir casi sinérgicas, que no se necesitarían unas de otras en condiciones normales pero sí en este contexto de desarrollo del mercantilismo y de la antes nombrada batalla por los lingotes consecuente. Así, los ingleses establecen una red comercial propia y monopolizada que permite su ascenso económico sobre el de otras naciones europeas. La América del Norte inglesa alimentaba a América del Sur y enviaba ron a África a cambio de esclavos, que iban a parar a las colonias en sendos hemisferios del Nuevo Mundo de Inglaterra. Estos, encargados de cultivar y trabajar las plantaciones, además de comida demandaban vestimenta, la cual provenía de las fábricas de Inglaterra, nutridas por las materias primas de América, y que también encontraban mercado en África, a cambio de esclavos.

Pensamos que ya hemos puesto de relieve el potencial económico de este circuito comercial, teniendo en cuenta que en cada viaje se descarga – y se vende – mercancía, adquiriendo otra nueva que será vendida en el nuevo punto de desembarco, donde el navío se provendrá de nuevos artículos que partirán a la metrópoli. No solo cada viaje era económicamente rentable, sino que los productos trasladados tenían un alto valor añadido – en África occidental había carencia de grandes recursos textiles y bebidas alcohólicas, en América de población que constituyese una mano de obra suficiente, y en Europa de productos como el azúcar, el tabaco o el algodón -. Era fundamental pues que ese circuito perteneciese a los ingleses y que estos pudiesen ostentar el monopolio en todo este proceso, bien a través de compañías que tuviesen por designio regio o parlamentario el control en exclusiva de una zona o ruta comercial, caso de la East India Company, bien por legislaciones que solo permitiesen a navíos o compañías comerciales británicas desarrollar este comercio y cargar y descargar en puertos controlados por los ingleses, las ya nombradas Leyes de Navegación, tan esclarecedoras de la unión entre el poder y los intereses económicos que, con auge o no, beneficiarían a la postre a los mercaderes y manufactureros británicos que controlaban el circuito comercial (Wrigley, 1992, 43, 49, 55). Ya hemos visto que dicho proceso se instauró ya en el siglo XVIII con la implantación del mercantilismo y de los poderes económicos dentro del poder político. Así, con un sistema fortalecido y nuevo, hemos de ver los cambios que experimentó la actividad manufacturera británica, los cuales permitieron a Inglaterra obtener un mayor desarrollo económico interno y, además, con el tiempo y la suma de otros factores, como las necesidades alimentarias de India y China o la ocupación de la primera por Inglaterra, acabar con el predominio de las manufacturas asiáticas ya en el siglo XIX.

Pero antes hemos de atender a la financiación de estas empresas, pues no es un asunto nimio la falta de liquidez imperante en Europa. Así, los primeros grandes inversores fueron los beneficiarios del incipiente comercio triangular entre las plantaciones azucareras antillanas y los puertos esclavistas de Europa y África (Williams, 2011, 154). Su actividad tan beneficiosa económicamente permitió que acumulasen capital y, en aras de incrementar sus beneficios, decidieran conceder préstamos a la Corona y a otros comerciantes o incluso comprar obligaciones en el incipiente Banco de Inglaterra, creado en 1694, y al que le seguirían otras entidades bancarias formadas por comerciantes y cuyo fin era el de dar créditos. Eran hombres cuyas actividades iban desde el comercio de la cerveza inglesa o el licor americano a la trata de esclavos y la banca. Así, el sistema creado por incipientes pioneros se fortaleció en parte gracias a ellos mismos, que subvencionaron proyectos posteriores los cuales, a diferencias de las arduas campañas militares para las cuales los monarcas solicitaban créditos, sí eran presumiblemente rentables y se vería retornar la inversión, destacando nombres como la familia Barclay. Decir que la aparición de la banca no está relacionada con el comercio triangular ería algo descabellado. El vigor económico y en el tráfico de mercancías que estas rutas dieron a la actividad inglesa favoreció la proliferación de grandes navíos comerciales cuyo tonelaje no paraba de aumentar, así como el desarrollo de las industrias y actividades manufactureras inglesas – ya fuesen textiles o en los procesos de elaboración de cerveza o lana -. Todo ello requirió de una fuerte financiación que solo aquellos mercaderes que se habían aproximado al comercio con Asia o a la plantaciones azucareras antillanas tenían en su poder. Nos basta con ver el reflejo que tenía la actividad comercial en las ciudades portuarias inglesas, donde bancos regentados por comerciantes y dueños de plantaciones no paraban de germinar, trayendo tanto actividad económica como, en ocasiones, quiebras y desbarajustes (Williams, 2011, 157). A raíz de esta actividad se desarrollaría también la industria pesada, pues estas lucrativas rutas, en palabras de Eric Williams, financiaron a la industria pesada y a la máquina de vapor de James Watt (2011, 158), y los sistemas de seguros, estrechamente ligados a la actividad bancaria.

Vemos por tanto que el desarrollo de la industria artesanal inglesa está marcado por dos factores que crearán una coyuntura especial y única. Por un lado, el comercio triangular, que exigía de textiles con los cuales satisfacer la demanda que de ellos había en África y América, y que permitían obtener los productos que estos ofertaban además de mercados. Paralelamente, el auge de la conflictividad entre estados-nación y el aumento de las necesidades monetarias de los monarcas llevan al desarrollo de una doctrina, el mercantilismo, que defiende el almacenamiento de recursos. Intrínseca a esta doctrina viaja la del proteccionismo, y se plantea el beneficio que pueda traer la importación de tejidos indios a Inglaterra para introducirlos en el comercio triangular en una nueva clave, y es que, por mucho que sea una de las bases de este circuito económico tan beneficioso para los ingleses, importarlos exige renunciar a ciertas cantidades de plata que, en el contexto bélico y expansionista de los siglos XVII y XVIII, eran inestimables.

Así, esta argumentación en busca de mercados y riqueza que fue recogida por los mercaderes y artesanos ingleses adquirió peso dentro del gobierno de la isla. Consecuentemente, los mercaderes ingleses se encontraron con un mercado reservado desde las instituciones políticas para ellos, colapsando cualquier posibilidad de competitividad externa y preconizando el desarrollo de la actividad interna artesanal primero e industrial después, que acabará alcanzando un desarrollo tal – gracias en parte a los créditos bancarios antes mencionados – que le permitirá competir e incluso desbancar a los productos asiáticos, muy relacionado con los comienzos de la conocida como Revolución Industrial y el uso de nuevas fuentes de energía que rompían con las limitaciones al uso de la energía solar del Antiguo Régimen Biológico, si bien está fue más consecuencia que causa de un proceso complejo de cambios productivos.

El desarrollo artesano inglés tendrá por tanto un gran apoyo en elementos institucionales, pero también lo tendrá en sus movimientos naturales y por la concatenación de distintos elementos contingentes – desarrollo de la artesanía doméstica, enclossures o cercamientos de propiedades agrariasingleses, posesión de mercados y de recursos carboníferos – que, a la postre, tendrán como resultado un aumento de la competitividad inglesa, de sus estructuras económicas, sociales e incluso arquitectónicas, con la aparición de las fábricas y el desarrollo del mundo urbano y el aumento de los trabajadores dedicados a actividades no agrarias (Wrigley, 1992, 24). Unos procesos de cambio productivo y social que acabarán desembocando en la  Revolución Industrial (Wrigley, 1992, 26) la cual, como colofón al desarrollo europeo, dotará a Inglaterra de una nueva fuente de alimentación energética, que, estando acumulado bajo suelo, constituirá hasta su agotamiento una vía para aumentar o maximizar las capacidades productivas, expansivas y energéticas en general del país.

Así, haremos ahora un análisis detallado de la evolución social y productiva de la metrópoli, en aras de explicar cómo ya hiciésemos con los otros dos vértices del comercio triangular las vías para el desarrollo de una actividad productiva que tuviese demanda a nivel global y de la cual Inglaterra carecía y carecería hasta mediados del siglo XVIII. Así, hemos de comenzar rematando las pinceladas ofrecidas en este trabajo en torno a la idea de los límites existentes en el Antiguo Régimen Biológico.  Como señala Robert Marks, “de 1400 a 1800 hasta un ochenta por ciento de la población era campesina […] productora de alimentos para su propio consumo y para el resto de la población. El mundo era sobre todo rural y la disponibilidad de tierra para producir alimentos constituía el límite del número total de personas” (2007, 40), es decir, los crecimientos poblaciones se debían mantener con un desarrollo agrícola, el cual, dicho sea de paso, se mostraba imposible llevar a la par del ascenso poblacional para Malthus, provocando periodos de auge y desplome demográfico. Tras el fin del periodo conocido como “Pequeña Edad de Hielo” que sacudió el siglo XVII, el mundo experimento un auge demográfico, relacionado con el aumento de la producción de plantas para el abastecimiento humano en India y China y de la extensión de cultivos de misma índole en Europa. Esto favoreció aquí una disminución de los precios de consumo y, por tanto, de salarios, mientras que en China e India provocaron además y de forma lógica una disminución en la producción de plantas industriales.

Toca ahora recuperar las nociones y conocimientos que hemos adquirido en este estudio sobre el paso del siglo XVII al siglo XVIII, por intentar concretar un momento de cambio que, sin ninguna duda, se extendió mucho más en el tiempo. Así, a comienzos de 1700 el mercantilismo estaba en boga, buscando en el caso inglés que es el que nos interesa el autoabastecimiento y, en última instancia, introducir sus manufacturas en el mundo para poder atraer metales preciosos para sí. Las tendencias monopolísticas y proteccionistas y la posesión de colonias que suministraban algodón en rama para la producción textil fueron así un elemento crucial.

La conjunción de todos estos factores llevó no solo a la exportación de todas las manufacturas desde la metrópoli, como se venía haciendo durante el siglo XVII, sino al planteamiento de la necesidad del desarrollo de la producción doméstica. Estos factores, combinados con los límites del Antiguo Régimen Biológico que llevaron a la India a la necesidad de aumentar sus cultivos destinados a la manutención y la disminución de aquellos de tipo industrial, favorecieron no solo la pervivencia y el aumento de la actividad artesanal inglesa destinada al mercado interno  – metropolitano y colonial – y las inversiones en capital e infraestructura – destacando en el caso inglés la construcción de canales – (Kriedte, 1982, 153),sino también la ocupación de nuevos mercados como el africano (Marks, 2007, 149). Los nuevos métodos en el trabajo textil como el uso de la energía hidráulica a través de corrientes de agua o con el vapor desprendido por la combustión de carbón vegetal que se venían desarrollando desde 1750 vinieron a concluir un proceso que desbancó a los tejidos indios del mercado mundial y que, finalmente, alcanzó su meta con la desmantelación de la industria india a partir de la ocupación del subcontinente en 1760, y de forma paulatina,  por la EIC británica. Así mismo, vemos desde 1750 un despegue en la industria pesada con el desarrollo de los altos hornos (Williams, 2011, 162). Sin embargo, su verdadero despegue se produjo al compás de la independencia de los Estados Unidos en 1973 con el desarrollo de otra innovación en la producción textil, la máquina desmontadora de algodón (Marks, 2007, 149). Es el desarrollo productivo de la artesanía inglesa[8], desde el “sistema orgánico modernizado [a un] sistema inorgánico industrial” (Wrigley, 1992, 26; Williams, 2011, 168), el cual provocará el ascenso de las manufacturas inglesas a nivel global gracias a las ideas preconizadas por Adam Smith en La riqueza de las naciones (1776), contrarias al sistema monopolístico y que se traducirán en la continuación del control británico pero no en base a compañías con derechos en exclusividad (Williams, 2011, 163). Al aumento de la producción nacional gracias a mejoras técnicas y productivas como la especialización – la racionalización, primero en la agricultura y luego en la producción de las manufacturas -, lo cual permitiría un aumento de la actividad económica, le debían seguir la adquisición de un mercado que  demandase el excedente y que pudiese optar por el consumo del mismo (Wrigley, 1992, 39).

Cómo afectó este desarrollo productivo al común de la población ha suscitado dudas crecientes. La supuesta paridad en el alza de los salarios ha sido discutida por las teorizaciones sobre la imposibilidad de sostener un alto poder adquisitivo, que implicaría un consumo elevado y el rápido avistamiento de los límites del Antiguo Régimen Biológico. Sin embargo, como recoge Wrigley, “hay casi unanimidad sobre la característica definitoria central [de la Revolución Industrial]: el crecimiento de la renta real per capita” (1992, 73). Quedaría ver pues como se traduce esto en efectos prácticos en la economía de los hogares del común de la sociedad.

Y es que, como recogen Malthus y Smith, el gran problema de la sociedad humana y de cualquier sociedad animal en general es que “se multiplica en proporción a sus medios de subsistencia” (Wrigley, 1992, 89). Con la doctrina del racionalismo y La riqueza de las naciones se buscó forzar los límites de esos medios, que se ampliaron con la Revolución Industrial y los procesos que la propiciaron. En ese proceso extendido en el tiempo los salarios experimentaron variaciones a la alza, pero en cuanto los sistemas naturales alcanzaban sus límites productivos, salarios, precios y beneficios comenzaban a descender. Un proceso acrecentado a finales del siglo XIX por el amplio desarrollo demográfico que aumentó la competitividad laboral (Wrigley, 1992, 91; Gunder, 2008, 331), pero que hasta entonces contribuyó al auge europeo y especialmente inglés en la actividad económica global ante el aumento de su cuota de mercado y de su producción y capacidad de consumo internos. Un proceso revigorizado con fuerza desde finales del siglo XVIII por la adquisición de “la joya de la Corona” por la EIC (Marks, 2007, 147).

Las consecuencias de la modernización sobre la población han sido valoradas y muy discutidas. Desde planteamientos que la asocian a la industrialización hasta argumentos que asocian al desarrollo social y económico inicial otro de tipo industrial posterior. Pero su consecuencia clara fue el distanciamiento entre las economías asiáticas y europeas, más aún desde 1750, pues el desarrollo que experimentó con el uso del carbón vegetal y del vapor la industria inglesa se alejaba ya de las limitaciones impuestas por las posibilidades para el aprovechamiento de la energía fotovoltaica de las industrias asiáticas. Un hecho complicado aún más por el aumento poblacional[9] que experimentaba el mundo de forma general pero ante el cual Asia tenía menos capacidad de  respuesta por el nivel de presión de su población sobre sus recursos (Gunder, 2008, 309, 339). Así, la respuesta fue el desarrollo, la extensión del control de los mercados y la innovación tecnológica, que permitió mantener a la creciente población europea y concretamente inglesa tanto en sus necesidades alimenticias como laborales, todo ello gracias al capital aportado del beneficioso comercio triangular entre las fachadas atlánticas. Un proceso retroalimentado por la continua afluencia de más y más población hacia la industria desde el sector primario (Wrigley, 1992, 87). La conquista de India y la descapitalización de su industria no hizo sino favorecer el desarrollo industrial europeo al acabar con sus competidores internos – recordemos que pese a las limitaciones impuestas por las Leyes de Navegación el contrabando fue una práctica no poco común – y otorgarle un inmenso mercado, donde además se podía destinar parte del capital acumulado y mitigar los problemas del crecimiento acelerado incontrolado.

Así, Inglaterra pasó de un sistema replegado sobre sí mismo y temeroso de las injerencias de mercancías de las más competitivas – por sus salarios, su calidad, su producción – potencias asiáticas, a un sistema de injerencia y de búsqueda de captación de recursos y fuentes de energías que permitiesen seguir extendiendo los límites a la productividad humana que eran conocidos hasta entonces y, así, acrecentar su ventaja o la brecha entre el ascendente centro inglés y las zonas que tendían a experimentar situaciones de “periferia” económica, además de la constante búsqueda de aumentar sus mercados (Gunder, 2008, 345). Sin embargo China mantuvo un estatus de hegemonía en el mundo, dependiendo el resto del mundo de muchas de sus manufacturas y materias primas – como cerámicas, seda o té – y enviando plata para adquirirlas. Una tendencia que comenzaría a cambiarse entre finales del siglo XVIII y comienzos del XIX con la producción de opio en la india y su exportación hacia China por autoridades y mercaderes ingleses en primera instancia pero también europeos, todo ello intrínseco a las necesidades del nuevo sistema inorgánico industrial.

4. CONCLUSIONES

El auge del comercio británico trajo la futura expansión europea que llevo a que esta, hasta la conocida como crisis de los treinta años (1914 – 1945), dominase el mundo. Este trabajo, influenciado por la bibliografía que se ha trabajado y conocedor de las extendidas visiones eurocéntricas de otros trabajos que desarrollan un acercamiento más superficial a la materia, ha buscado desarrollar el avance Europeo como un modelo implantado, artificial, a partir del cual, por la comunión de intereses nacionales macroeconómicos – o podríamos decir individuales de ciertos elementos beneficiados – y los poderes políticos, se desarrollará un sistema que buscará, contra las posteriores teorías de Adam Smith, el establecimiento de un marco legal que beneficie a la producción nacional, atendiendo a la brecha que Europa debía de saldar para acercarse a los grandes imperios agrícolas asiáticos.

La obtención de colonias fue una necesidad de unos países europeos que, en competición, buscaban acceder a Asia para trasladar de forma monopolística los productos asiáticos tan demandados en Europa a las tierras del Mediterráneo y el Atlántico. A partir de las colonias se consiguió la ansiada plata que abría el mercado asiático, pero también una serie de recursos que, si se creaba un marco para los mismos, serían rentables. Así, las importaciones realizadas desde estos territorios son altamente beneficiosas, tanto que comienzan a destacar sobre manera ante el anteriormente ansiado comercio  con Asia. Aún más, las tendencias a la acumulación de oro y plata materializadas en el mercantilismo provocaron junto con la falta de productos que pudieran ser demandados en el mercado de Oriente más allá de los metales preciosos el distanciamiento de los británicos respecto a estas rutas con el Índico. Los beneficios de importar especias de las islas del Índico, cerámicas chinas o textiles indios chocaban con los intereses de los nuevos poderes gobernantes en el Parlamento inglés, formados por manufactureros y comerciantes, que defendían la imperiosidad de albergar cuanta mayor cantidad de metales preciosos fuera posible, para así dotar de solvencia y poder a la nación y además impedir el acceso de las más competitivas mercancías orientales (Marks, 2007, 123).

Sin embargo, una nueva serie de coyunturas cambiaron a mediados del siglo XVIII la situación socioeconómica global. Por un lado, Europa mantuvo su desarrollo económico gracias al aumento de los mercados por el retroceso de la competitividad India. Su descenso se constata a partir del superior ascenso demográfico porcentual de Europa respecto a Asia en este periodo (Gunder, 2008, 340). El poderío naval británico, poco tratado en este trabajo, también vigorizó la capacidad para “abrir” mercados a los británicos e imponer sus productos a todo el mundo. Por otro lado, las presiones ecológicas y demográficas mostraron ser beneficiosas para Europa, que experimentaba el controvertido proceso conocido como modernidad pero que podríamos catalogar como un aumento demográfico y de la productividad en líneas generales, mientras que China o India, inadaptadas a las realidades del nuevo marco productivo instaurado por el uso de carbón vegetal ante el descenso de la madera, llevó a su pérdida de poder.

Como producto de dicha modernidad se presenta el auge de la industria europea y de su capacidad comercial, que haría eclipsar el poder asiático. Sin embargo, como hemos ido viendo a lo largo de este trabajo, esa afirmación no sería correcta en cuanto que obviaría las coyunturas globales que hicieron que Europa, desde su esencia, lograse alzarse por el apoyo gubernamental y con la implantación de grandes teorías que hoy en día nos recuerdan a las escuelas académicas que asesoran a los responsables de los gobiernos occidentales. Sin embargo, hemos de descender del nivel macroeconómico hasta el nivel más humilde, y plantearnos hasta que nivel fue positiva para la población la industrialización, y la viabilidad del sistema en términos no ya económicos sino ecológicos.

5. BIBLIGRAFÍA

  • Gunder Frank, Andre (2008). Re-orientar. La economía global en la era del predominio asiático. Valencia. Publicacions de la Universitat de València
  • Kriedte, Peter (1982). Feudalismo tardío y capital mercantil. Barcelona. Crítica.
  • Marks, Robert (2007). Los orígenes del mundo moderno. Una nueva visión. Barcelona. Crítica. 37 – 178
  • Williams, Eric (2011). Capitalismo y esclavitud. Madrid. Traficantes de sueños.
  • Wrigley, E. A. (1992). Gentes, ciudades y riquezas. Barcelona. Crítica.

 

[1] Entenderemos como globalización el acercamiento que se produce entre los siglos XVI y XVII de diferentes partes del mundo gracias al descubrimiento tanto de rutas hacia Asia como hacia América desde Europa, lo cual unía a estos continentes entre sí y con África. Todo ello produjo acercamientos económicos y comerciales, y una tendencia creciente al impacto global de hechos ocurridos en un país de aquellos que disfrutaban de esta hegemonía compartida globales, léase China o Inglaterra, situados en una situación preponderante frente a las “periferias” del sistema. Como recoge Marks (2007), este es un sistema policéntrico en cuanto que tendrá numerosos centros con sus respectivas periferias (38) pero que, a partir de los descubrimientos marítimos de portugueses y castellanos, emprenderá un proceso tendente a la competitividad entre los núcleos asiáticos y los europeos.

[2] Los españoles del Nuevo Mundo comerciaron con China tras la colonización de las islas Filipinas, exportando plata de las minas americana e importando manufacturas y materias primas, pero esto es algo que escapa a los objetivos planteados para este trabajo, más allá de reflejar los inicios de un comercio global como recoger Marks en su obra.

[3] En el caso hispano la esclavitud fue teóricamente prohibida tras amplios debates, lo que llevo a un sistema de esclavismo camuflado conocido como encomiendas.

[4] El término hace referencia a la visión de los esclavos como un artículo comercial más. Nos parece adecuado mencionarlo para introducir el papel que los esclavos jugarán en el sistema comercial como un bien intercambiable, cuyo destino será el trabajo en plantaciones de forma mayoritaria y constituirá por tanto un elemento capital dentro del mismo.

[5] No hay que caer por ello en ver a indígenas o africanos como agentes históricos dóciles, pero la superioridad armamentística europea fue un elemento crucial junto al desarraigo en el caso de los africanos para, en general, dominar y aplastar las revueltas, si bien es cierto que la población indígena americana logró sobrevivir a las potencias europeas en algunos casos hasta finales del siglo XIX.

[6] Según las teorías de la economía clásica, el auge demográfico es un reflejo de un aumento en los niveles de vida, que están relacionados con una mayor productividad producida por una u otra razón, y hace que los precios o salarios se sitúen por encima de su “precio natural”. Sin embargo, esto producirá un aumento de la población y a la larga caerán los salarios por el aumento de la oferta de mano de obra (Gunder, 2008, 340), hasta reestablecer una situación natural, viéndose así los excesivos aumentos salariales como peligrosos para el propio beneficiario. En su Ensayo sobre la población (1798) Malthus defiende sin embargo que el problema no sería tanto este sino los límites impuestos por la producción de alimentos, y es que, mientras que la población tendería a crecer de forma geométrica, la producción de alimentos tendería a hacerlo de forma aritmética, y esto provocaría que tras los momento alcistas repercutieran momentos depresivos o de estrés demográfico por un aumento de la competitividad (Wrigley, 1992, 39). Robert Marks también es defensor de la existencia, probada al menos en los tiempos anteriores a la Revolución Industrial o periodo de Antiguo Régimen Biológico, de unos límites basados en las capacidades humanas para aprovechas la energía solar consecuente del proceso de la fotosíntesis que, lógicamente, tendrán un techo. Sin embargo, como recogen Marks y Wrigley (2007 y 1992), en la actualidad dicho techo se ha visto engrandecido a niveles nunca antes vistos por los procesos de las llamadas revoluciones industriales y el aprovechamientos de nuevas fuentes de energía. Sin embargo, vemos un nexo en los análisis al crecimiento que hoy en día tienen una enorme implantación, basados en los recursos a todas luces limitados de la Tierra, al menos mientras sigamos en el periodo de la energía pretolífera y no descubramos nuevas vías de abastecimiento.

[7] La monopolización y el cierre de mercados a productos extranjeros estuvo también ampliamente asociada a la disparidad salarial entre Asia y Europa. Así, el trabajados asiático percibía sueldos más reducidos pero que en la economía real le permitía un nivel de vida similar al europeo, basado todo en las diferencias de la productividad de alimentos, los cuales, como bien básico, marcaban precios y salarios.

[8] La Revolución Industrial ha sido a veces presentada como un fenómeno casi homogéneo, nacido en Europa Occidental por sus revolucionarios descubrimientos, que provocaron el posterior cambio social, económico y urbano que Europa experimentó. Sin embargo, los autores consultados a la hora de hacer este trabajo coinciden en señalar que el desarrollo de estas transformaciones venían gestándose tiempo atrás. Así mismo, estos autores coinciden en señalar el lapso de tiempo entre la industrialización de Inglaterra – finales siglo XVIII – y la de otros estados europeos – mediados siglo XIX -, atribuyendo a la Revolución Industrial una serie de necesidades previas, que son el acceso a carbón y el conocimiento de sus usos y provechos.

[9] Ya hemos señalado factores como el desarrollo de un estadio cálido en la conocida como “Pequeña Edad de Hielo” del siglo XVII. A estos factores ambientales habría que añadir un descenso en la mortalidad y una alimentación más variada y segura gracias a productos llegados a Europa gracias al intercambio colombino, como la patata

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