El concepto de Nación en el Romanticismo alemán

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Los autores que definieron el concepto romántico o cultural de nación (Herder y Fichte) escribieron en un contexto de una Europa convulsionada por la Revolución Francesa y las acciones de Napoleón.  Las ideas que estos hechos extendieron ponían en clara tela de juicio el legitimismo propio de las monarquías absolutistas europeas. A nivel teórico, político y social planteaba un sistema completamente nuevo, que replantea la totalidad del estado. Todos estos autores tienen clara constancia del concepto racionalista de nación, así como de las teorías ilustradas. La Revolución Francesa supuso el cuestionamiento y la crisis de los valores tradicionales, algo que genera cierta inquietud en todos aquellos que quieren que permanezcan. Podríamos decir que se trata de una respuesta a todos estos movimientos racionalistas que ponen en riesgo los sistemas tradicionales. A pesar de que más adelante el concepto romántico de nación evolucionara dando un giro de ciento ochenta grados convirtiéndose prácticamente en un movimiento vanguardista, en sus inicios era un movimiento claramente conservador, con tintes monárquicos y legitimistas.

Deberíamos mencionar que, a pesar de ser de autores diferentes, todos defienden ideas comunes. En primer lugar, Fichte establece el idioma como una forma de identidad diferenciadora. Todos los que lo hablen tienen una identidad común. Podríamos decir que el idioma, la lengua, otorga unas cualidades propias y casi excluyentes. Cuando nos referimos a cualidades excluyentes nos referimos a que esas cualidades propias de la nación que conforma la misma habla son únicas y exclusivas de esa nación. Fichte establece una división entre cuerpo y alma, podríamos decir que considera el idioma una manera de forma al pensamiento, al ser, una manera de transmitirlo. El idioma conformaría una personalidad o unas cualidades propias y diferenciadoras.

Herder hace alusión a las características propias de los pueblos. Unas características únicas pertenecientes tanto a la raza como a la cultura del pueblo. Curiosamente ya hablamos en términos raciales del ser humano. Unas razas que, todavía, no entra en jerarquizaciones. Lo cierto es que el hecho de diferenciar entre diferentes razas deja entrever la posibilidad de una jerarquización entre ellas. La línea que separa la diferencia de la superioridad de uno sobre otro es realmente fina. Las razas se generarían, según Herder, por el contexto geográfico y las dificultades que esa sociedad ha tenido que afrontar. El carácter racial tendría unos tintes fuertemente historicistas, es decir, que las razas y el carácter de las mismas no sólo sería fruto de la mera biología, sino que serían el producto de su historia, de los problemas a los que han tenido que hacer frente. Uno de los pilares principales del concepto cultural de nación es la Historia. Todo lo que hoy en día es un pueblo es fruto de su historia. Todas las instituciones de ese pueblo son el resultado de los problemas a los que se ha tenido que enfrentar y una forma de lidiar con ellos, y esas instituciones, por lo tanto, forman parte intrínseca del carácter y de la identidad de ese pueblo, de esa nación. Así pues, el contexto geográfico también sería importante. Los límites de una nación se hallan en función de la lengua. Las peligrosas connotaciones que esto tendrá en el futuro son más que conocidas. Herder se posiciona en contra del universalismo. La idea de un Imperio Universal propia de la época no tiene cabida en el concepto romántico de nación, pues las fronteras deben ir acordes a los principios de las nacionalidades que estos proponen. Un Estado no debe controlar diferentes pueblos, pues esa situación llevaría inequívocamente a conflictos. Un ejemplo de este esperpento sería lo que ocurrió en el Congreso de Viena con los Países Bajos, formando un Estado únicamente por intereses económicos y estratégicos, ignorando por completo cualquier principio de las nacionalidades. Así mismo, las alianzas llevadas a cabo entre estados deben ser acordes a su espíritu y nacionalidad.

Müller, en una de sus obras, parodia la idea racionalista de nación. Cuando afirma, qué es el pueblo, responde: “Un montón de seres efímeros con cabeza, manos y pies, que en este momento desdichado campan por sus respetos, con todos los síntomas exteriores de la vida, en este trozo de tierra que se llama Francia”. En cambio, cuando aporta su definición de nación se posiciona claramente en la corriente aportada por Herde y Fichte: “Un pueblo es la comunidad sublime de toda una serie de generaciones pasadas, en vida y venideras, unidas todas a vida y muerte en un solo vínculo íntimo y grandioso y en la que cada generación, y en cada generación, a su vez, cada individuo garantiza la unión común, siendo este a su vez garantizado por ella en toda su existencia”. El tono grandilocuente es evidente. Además observamos el peso que tiene el historicismo en este concepto. Todo es fruto del pasado, y por lo tanto, eliminar instituciones o valores del pasado del pueblo es eliminar parte de tu identidad. Lo cierto es que en sus orígenes, este concepto consistía en una defensa férrea de los valores tradicionales y, por lo tanto, el legitimismo. Defender las instituciones históricas es defender la monarquía; y a su vez, es criticar todo lo llevado a cabo por la Revolución Francesa. Iniciar un Estado exnovo no es más que una aberración para todos los partidarios de este concepto, pues eliminar todo lo conseguido en el pasado es eliminar, sin lugar a dudas, tu identidad. Una comparación curiosa es la del pueblo con la familia. La nación es como una familia, y como tal, debe estar jerarquizada y mantener los valores que han asegurado su supervivencia a lo largo de los siglos.

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