El viaje armenio hacia la muerte

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En las lujosas asambleas de las instituciones mundiales se debate desde hace años, y quizá se continúe debatiendo eternamente, si el pueblo armenio fue sometido o no a un genocidio a principios del siglo XX. ¿Se corresponde lo sucedido con lo que se considera genocidio? ¿Encaja con la definición establecida? ¿Podemos “solo” dejarlo en catástrofe o masacre? Quizá sea algo que solo importe a quienes en esas asambleas participan, pues si analizamos los acontecimientos de las primeras décadas del siglo pasado, y ese es precisamente el único objetivo del artículo, observaremos que lo perfectamente claro es que podemos hablar de “crimen”, y eso es ya sin lugar a dudas terrorífico.

El Imperio Otomano siempre había estado constituido por diferentes grupos étnicos, raciales y religiosos. Durante los últimos años del siglo XIX, bajo el gobierno del sultán Abdul Hamid II, la situación era crítica por diversas razones. A pesar del multiculturalismo, todos aquellos grupos no musulmanes estaban, aunque respetados, sometidos a claras diferencias y limitados en cuanto a privilegios con respecto a los que sí profesaban la religión del Islam. Esta postura provocaba que en no pocas ocasiones se produjeran sublevaciones y levantamientos por parte de comunidades que solicitaban la igualdad de condiciones, obteniendo como única respuesta un rotundo e innegociable “no”. Uno de estos pueblos era el armenio, quien llegó a protagonizar episodios violentos en los que asesinaron a decenas de oficiales turcos. La exigencia de la igualdad de derechos comenzó a ser motivada sobre todo por los armenios, por lo que el sultán decidió frenar esta amenaza centrando su acción contra esta etnia por medio de matanzas colectivas entre los años 1894 y 1896, que recibieron el nombre de masacres hamidianas. Se estima que más de doscientas mil personas fueron asesinadas por el ejército que el sultán específicamente organizó para tal fin, ganándose el sobrenombre de el sultán sangriento. Además, tras la denominada Guerra de Oriente, el Imperio Otomano había perdido su dominio sobre los pueblos de la península balcánica, teniendo que aceptar el acuerdo impuesto por Rusia, conocido como el tratado de San Stefano (3 de marzo de 1878), considerado crucial en los procesos de independencia de naciones como Serbia, Bosnia, Bulgaria o Rumanía. Nacía así una clara tendencia del gobierno turco hacia el panislamismo.

La decadencia del Imperio Otomano desencadenó, por un lado, el nacimiento de nuevos partidos políticos dispuestos a tomar las riendas, viendo así su origen el Comité de Unión y Progreso (CUP), que acabaría por deponer y desterrar al sultán Abdul Hamid II en 1909. Y por otro lado, la pérdida de territorios cuya población era mayoritariamente cristiana, provocó el establecimiento de un claro predominio musulmán, favoreciendo el surgimiento de una corriente nacionalista que se convertiría en la principal característica del CUP, mejor conocido con el nombre del grupo que se considerará verdadero perpetrador del holocausto armenio: Los Jóvenes Turcos.

Octubre de 1914. El Imperio Otomano entra en la I Guerra Mundial. Inmediatamente se impone el servicio militar obligatorio y todos los varones menores de cuarenta y cinco años son alejados de sus familias. Para empuñar las armas en la Gran Guerra no se hace distinción de etnias, y los armenios igualmente son llamados a filas. En diciembre de 1914, extendiéndose hasta el mes de enero del año siguiente, los turcos sufrieron una catastrófica derrota frente a los rusos. La Batalla de Sarıkamış, en la actual Turquía, fue sin duda terrible para el Imperio Otomano. La desorganización en las filas turcas fue su principal error. Los ejércitos del Imperio Otomano llegaron al conflicto en diferentes campañas en vez de atacar como un único bloque, lo que permitió a los rusos poder enfrentarse a varios ataques débiles y repelerlos uno a uno, en lugar de tener que hacer frente a un único choque poderoso. Por si fuera poco, de las numerosas bajas (estimadas en torno a noventa mil según algunas fuentes, y elevadas a más de ciento cincuenta mil según otras) muchas fueron cobradas por el frío. Pero la Batalla de Sarıkamış no solo pasó a la Historia como una sonora derrota de los turcos, sino que se considera uno de los acontecimientos que desataron de nuevo las cavilaciones por parte de los Jóvenes Turcos acerca del genocidio del pueblo armenio. Las cavilaciones pasarían a ser hechos a partir de abril de 1915, momento en el que el comandante İsmail Enver, participante en la Batalla de Sarıkamış y principal líder de los Jóvenes Turcos, comenzó a acusar públicamente a los armenios de traidores y verdaderos culpables de la grave derrota. Según sus argumentos, los soldados armenios habían colaborado con el ejército ruso y habían atacado las líneas de suministro otomanas. Comenzó a originarse una acusación contra este pueblo, basada en la teoría de que los armenios buscaban su liberación por medio del acercamiento a Rusia. Con los fracasos en las zonas balcánicas aún recientes, el gobierno otomano decidió poner fin a esta, según ellos, sublevación. Para llevar a cabo su plan, se valieron de un espeluznante sistema: las terribles deportaciones.

En los meses de abril y mayo de 1915, comenzaron las masacres indiscriminadas de armenios, únicamente asegurándose de empezar por cientos de intelectuales que representaban la cabeza de la hipotética amenaza armenia. A continuación, comenzaron las deportaciones forzosas. El supuesto destino de las inacabables caminatas se encontraba en la ciudad de Dayr Az Zawr, en mitad del desierto sirio. Sin embargo, las inhumanas condiciones de las marchas dejaban las cunetas de los caminos repletas de cadáveres, demostrando que esos desplazamientos no tenían otro fin que la propia muerte. Custodiando los senderos, los gendarmes supuestamente encargados de la seguridad de los deportados eran asesinos y violadores. Enfermedades, condiciones climáticas, agotamiento por las caminatas sin tregua, torturas… Cada paso podía ser el último. Si no caían un día, se desplomarían al siguiente, pero la meta no existía, y si vivían para alcanzarla, no sería sino el lugar de su ejecución.

Los territorios atravesados por estas sendas de la muerte estaban salpicados de similares atrocidades. Cualquier acto servía como excusa para identificar una supuesta rebelión y así justificar la matanza de todos los armenios del lugar. Poco a poco surgieron diferentes campos de concentración hasta un total de más de veinticinco, donde las condiciones no estaban dirigidas más allá de facilitar una pronta muerte. Hay tantas cifras como fuentes, oscilando la estimación de armenios masacrados entre el medio millón y los dos millones de personas.

El debate acerca de si lo sucedido puede o no considerarse genocidio es interminable. Se citan definiciones, se recuerdan sucesos, se discute si la intención era o no exterminar a un pueblo… Como simple ejemplo de la diferencia de puntos de vista, podemos citar la masacre que tuvo lugar en la ciudad de Van, en el este de la actual Turquía, y que hoy en día tiene una población principalmente kurda. Los armenios defienden que se trató de una verdadera matanza en la que despiadados mercenarios recibieron órdenes de asesinar a todos los varones armenios de la ciudad. La opinión de muchos autores turcos sigue siendo que consistió en una rebelión armenia a la que tuvieron que poner fin. Lo cierto es que uno de los testimonios que aseguran la primera versión viene precisamente del oficial Rafael de Nogales Méndez, un militar venezolano que alcanzó el rango de bey en las filas del Imperio Otomano. Según sus memorias, consideradas una fuente muy importante acerca del genocidio armenio, exigió ser relevado de su gendarmería en Van, incapaz de soportar la crueldad de los actos contra los armenios, negándose a involucrarse en ellos.

Se cumplen 100 años de aquellos hechos. De lo que no cabe duda es de que cuando se habla de crímenes, inevitablemente existen culpables asesinos e inocentes víctimas. Ahorremos debates y contemplemos la Historia, pues mirándola tendremos el privilegio de repetir los éxitos y evitar los fracasos.

Author: Eduardo Cabrero

Programador informático. Estudiante de Geografía e Historia en la UNED. Autor del blog Corresponsal en la Historia.

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1 Comment

  1. Muy buena información. Para mi se trató de un genocidio

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