España e Irlanda: relaciones y auxilios frente a Inglaterra en la Edad Moderna

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En un contexto de guerras y luchas hegemónicas como supuso el siglo XVI para la Monarquía hispánica de Carlos V y de sus sucesores, todo apoyo por mínimo que fuera para asegurar la posición hispana frente a sus enemigos era aprovechado, buscando no sólo el refuerzo de España en el ámbito exterior, sino también el debilitamiento de sus enemigos. Por ello en este artículo trataremos de manera breve un capitulo que tuvo su inicio y máximo momento de esplendor a mediados del siglo XVI, con Felipe II en el trono, y a Inglaterra cómo rival a batir. Hablaremos de cómo en ese momento Irlanda se rebeló contra Inglaterra, la cual extendía sus vínculos y territorios en la Isla gaélica cada vez con mayor seguridad, y cómo España prestó su apoyo buscando ya no sólo abrir otra brecha en las paredes inglesas, sino también haciéndose ver cómo defensor del catolicismo apoyando a sus iguales frente al entonces enemigo protestante. De igual manera, veremos cómo ese apoyo activo prestado en el siglo XVI, sentará las bases de una puerta siempre abierta en los siglos XVII y XVIII a la llegada de todo irlandés que quisiera prosperar más allá de sus tierras, las cuales terminaron bajo el control inglés y sometida a los cánones de dicha Corona.

Comenzando pues, hemos de remarcar que Irlanda y España son dos países unidos históricamente por fuertes lazos forjados en leyendas, en la religión, en las necesidades o en la guerra, habiendo establecido un fuerte vínculo de hermanamiento que en décadas recientes ha caído por muchos en el olvido.
Desde la Edad Antigua nos llegaría el lazo legendario, que nos llevaría a unir nuestro norte peninsular, sobre todo Galicia, con la Isla Esmeralda al hablar de un origen hispánico de los gaélicos, tal como refleja el Libro de las conquistas (Lebor Gabála en gaélico) al hablar de los hijos de Míl, es decir, los primeros gaélicos, los cuales procederían del norte de la Península Ibérica, algo que sigue siendo disputado por los expertos en culturas celtas por su sostenibilidad lingüística y similitudes de ciertas formas culturales locales, aunque este sería otro tema.
Es a partir de la Edad Moderna que veremos un auténtico lazo de unión entre el pueblo gaélico y el hispano debido a las nuevas arbitrariedades del momento que llevan a ambos pueblos a crear un nexo de unión en base a la religión, al comercio e incluso a los lazos ancestrales, iniciándose una historia única de cooperación a partir del siglo XVI, que se reforzará con la aparición de un enemigo en común: Inglaterra.

Podríamos resumir los antecedentes en unas breves líneas comenzando el siglo XII, momento en que una serie de disputas entre reyes de los territorios irlandeses lleva al reino de Leinster a solicitar la ayuda inglesa de Enrique II, lo cual abrió el camino al establecimiento de un dominio inglés que a pesar de sus particularidades e intermitencias traería de cabeza a la cultura gaélica al suponer el inicio de siglos de lucha frente al establecimiento de una aristocracia de corte inglés que planteó en ocasiones la superposición de la cultura inglesa a la irlandesa, separando así la Isla en territorios afines a Inglaterra o a los nativos, culminando por parte de Inglaterra en la creación de lo que se conocerá cómo “la empalizada”, que supuso el control fortificado de la región alrededor de Dublin, y los inicios del Señorío de Irlanda cómo título de los monarcas ingleses.
Esta situación empeoró a mediados del siglo XV, llevando cada vez a más tensiones y pugnas entre señores irlandeses e ingleses, y de cara al siglo XVI con la implantación del anglicanismo se hizo definitiva la brecha entre aquellos que se huían de las persecuciones anglicanas y los que se mantuvieron fieles al catolicismo romano. Incluso muchos de los colonos ingleses del Ulster se mostraron contrarios a las peticiones de conversión de Enrique VIII, que otorgó tierras a aquellos ingleses e irlandeses convertidos al anglicanismo.
La adjudicación del titulo de Rey de Irlanda por parte del anterior en 1541 llevó a una gran agitación y al inicio de los primeros levantamientos contra Inglaterra y las políticas llevadas a cabo, terminando en el recrudecimiento máximo ante las políticas adoptadas a finales de siglo por Isabel I de Inglaterra en la Isla, lo que llevó a que la nobleza irlandesa a rebelarse, en la que se conocería cómo Rebelión de Tyrone o Guerra irlandesa de los nueve años, encabezada por Red Hugh O’Donnell y Hugh O’Neill, los cuales solicitaron ayuda a España, a la que bien por los lazos antes mencionados, y las redes de comercio que unían la Península con Irlanda desde épocas anterior, así cómo por la enemistad declarada entre la Monarquía católica de Felipe II a la anglicana Inglaterra de Isabel I interesó el prestar la ayuda necesaria, iniciando la consolidación de esa unión hispano-gaélica.
España entraba así en un conflicto que para ella se encuadraba en la guerra que desde 1585 mantenía con la Inglaterra de Isabel I, habiendo protagonizado ya episodios tan ásperos para la Monarquía hispánica cómo el de la Armada Invencible de 1588 (o para Inglaterra con la Contraarmada de 1589), siendo el pretexto del conflicto la defensa del catolicismo del cual Felipe II fue abanderado durante su reinado en todos los conflictos que protagonizó.

Así, en este contexto, podemos ver cómo Felipe II, que ya había demostrado la intención de defender a los católicos de las Islas Británicas durante su reinado en Inglaterra cómo consorte de María Tudor, da vía libre a la llegada de un flujo migratorio de irlandeses que comenzando alrededor de 1571, buscaban huir de la vida de sometimiento y persecución a la que estaban sometidos en la Isla, siendo un grupo muy importante los religiosos.
En los intentos de ayuda a Irlanda por parte de España y relacionado con la inmigración, es importante señalar la creación de los denominados Colegios de irlandeses, los cuales se encargarían de formar sacerdotes irlandeses que más tarde volverían a la Isla esmeralda para ejercer de nuevo los oficios católicos, enfrentándose a los intentos de evangelización anglicana para ponerles freno y convirtiéndose en la mayoría de los casos en mártires para su causa. Siendo el primero fundado alrededor de 1590 en Valladolid, pronto proliferarán por la Península, y a lo largo de las décadas siguientes veremos aparecer colegios de irlandeses en ciudades cómo Alcalá, Santiago de Compostela, Madrid o Lisboa entre otras.

La ayuda técnica prestada a los rebeldes irlandeses, así cómo la empresa religiosa arriba descrita no suponen ni mucho menos la total descripción de la ayuda prestada a Irlanda por parte de la Monarquía hispánica, pues en 1601 se consolida la ayuda militar con un hecho que desgraciadamente para España e Irlanda terminó en tragedia. Hablamos en este punto de la Batalla de Kinsale, que tuvo lugar tras el envío de tropas desde España para apoyar a la rebelión irlandesa, saliendo una expedición desde Galicia con la intención de desembarcar en el sur de Irlanda para tomar Cork y establecer así una cabeza de puente desde donde organizar una invasión hasta enlazar con los rebeldes del Ulster. En octubre de 1601 desembarcaron los restos de la expedición, la cual se separó tras una tormenta, llegando cerca de Kinsale don Juan del Águila, el cual se atrincheró en la ciudad de Kinsale, donde tras establecer defensas en las riberas del río Brandon fueron pronto sitiados por un ejército inglés al mando del Barón de Mountjoy. Desde España pronto llegaron refuerzos al mando de Pedro de Zubiaur, los cuales desembarcaron en diciembre, fortificandose en Castlehaven, a unos 40-50 kilómetros de Kinsale, rechazando igualmente los ataques ingleses tanto por tierra cómo por mar.
Enterados los rebeldes irlandeses del apoyo español enviado pronto iniciaron la marcha hacia el sur para socorrer al tercio de Juan del Águila y al resto de tropas que allí resistían, incluyendo un grupo de soldados irlandeses de los nobles de alrededor, que ante la situación juraron lealtad a Felipe III, ya rey tras la muerte de su padre en 1598.
A finales de diciembre, tras varios meses de asedio y combates favorables a los españoles, a pesar de no romper el cerco, el ejército irlandés de O’Neill y O’Donnell llegaron al lugar, iniciándose así la batalla para romper el cerco de Kinsale.
La falta de organización entre las filas irlandesas y probablemente también de coordinación con las tropas sitiadas llevaron a la coalición hispano-irlandesa a la derrota, en una batalla que podría haber supuesto un punto de inflexión importante en la Guerra de los Nueve Años y posiblemente haber cambiado el curso de la historia de Inglaterra e Irlanda, aunque cómo todo en la historia, no son más que suposiciones.
La cuestión es que Kinsale se saldó con el retorno a España de sus hombres, y más tarde de un importante grupo de irlandeses junto con los líderes de la rebelión irlandesa (Red Hugh O’Donnell y Hugh O’Neill) en 1607 buscando de nuevo apoyos, se establecieron distintos puntos de Europa, anticipando la siguiente oleada migratoria irlandesa. Estos movimientos se conocen cómo Flight of the Earls (en español, “la huída de los condes”), y supondrán la salida de un importante numero de irlandeses, principalmente pertenecientes a la aristocracia de la Isla a toda Europa.
Casualmente, a España llegó un número muy pequeño de inmigrantes debido a que los acuerdos de paz con Inglaterra firmados por Felipe III en 1604 dejaba la situación cómo incierta, al intentar plantear la Monarquía hispánica una política exterior que no desembocara en nuevas guerras, lo cual daba incertidumbre a futuros apoyos a los rebeldes irlandeses, que ante esas ambigüedades acudieron a otras cortes, disgregándose esa ola migratoria por distintos puntos de Europa.
Así, la política exterior española en referencia a Irlanda no fue nunca tan completa cómo en el XVI, tal cómo quedó patente décadas más tarde en 1641, año en que los nuevos levantamientos irlandeses quedan encuadrados en la guerra civil inglesa, no interviniendo España, y cerrando los apoyos al recibimiento de exiliados y la existencia de líneas de comercio con la costa oeste de Irlanda. No extenderemos aquí la rebelión de 1641 puesto que en los próximos meses intentaremos plantearla de manera más extensa en otro artículo.
Kinsale por lo tanto, ponía fin al apoyo activo de España a la causa irlandesa, reafirmando esto tras las negativas de ayuda durante la Huida de los condes, pero dejaba abierta la colaboración y la amistad con el pueblo gaélico, justificándose sobre todo cómo refugio católico, y dejando en adelante que los irlandeses negociaran y soportaran sus relaciones con los nuevos señores ingleses, consiguiendo momentos de relativa calma y libertad, frente a otros de persecución y sometimiento, esto último con marcados momentos en el siglo XVII que más adelante mencionamos.

Con esta nueva situación, aquellos que llegaron a la Península Ibérica en los inicios del siglo XVII comenzaron a hacerse un hueco en la aristocracia española que se iría asentando a lo largo del siglo XVII y XVIII ante la llegada de nuevos inmigrantes que llegaron a la misma empujados por nuevas guerras y sobre todo por las políticas de Cromwell en Irlanda tras sus campañas de conquista y reestablecimiento de un control inglés eficiente.
Así, a partir del siglo XVII se reafirman los lazos hispano-gaélicos por medio de la continua llegada de religiosos y aristócratas irlandeses, además de gente del pueblo llano que en ocasiones buscarán fortuna en las guerras de la Monarquía hispánica, creándose en conjunto, una aristocracia militar irlandesa en el ejército irlandés, que ya queda reflejada en las fuentes, puesto que tenemos constancia hoy en día de compañías e incluso tercios enteros formados por voluntarios irlandeses, combatiendo en los escenarios europeos, así cómo un amplio número de maestres de campo y capitanes del mismo origen.
Ya en el siglo XVIII, con las reformas borbónicas del Ejército español, aparecerán reglamentados hasta tres regimientos puramente irlandeses, a saber: Ultonia, Hibernia e Irlanda. Todo ello culminaba un siglo de servicios militares irlandeses en el extranjero, tanto en España cómo en otros países (Fuga de los gansos salvajes), dando así solución a la situación que el establecimiento definitivo del poder inglés en Irlanda había conllevado, cómo la prohibición de que los católicos ocuparan puestos relevantes en los ejércitos ingleses.

Algo similar ocurre con los religiosos huidos y afincados en la Península u otros territorios, que en un número importante cruzarán el Atlántico cumpliendo con la tarea de misioneros en distintas órdenes religiosas en América, así cómo volviendo a Irlanda al igual que en tiempos anteriores para cumplir con la tarea del sacerdocio católico. En este sentido, España ejerce también un importante papel cómo puente de un importante flujo migratorio de irlandeses a América Latina, donde tendrán gran relevancia en las independencias americanas del siglo XIX.

Por lo tanto, a lo largo de la Edad Moderna podemos ver como se forjan unas relaciones fuertes entre Irlanda y España, que tienen cómo primer fundamento la unidad religiosa y sobre todo la presencia de un enemigo común cómo lo es Inglaterra.
A pesar de un apoyo muy activo en el siglo XVI y principios del XVII, el cambio de la situación en la Isla tras la Guerra de los Nueve años, coincidiendo con los tratados y conflictos que llevan a la definitiva anexión de Irlanda en la estructura administrativa, económica, social y política de Inglaterra, llevan a que se transformen los lazos de apoyo, declarándose ya en el XVII y XVIII a España cómo un lugar donde dar cabida a aquellos que quieran huir de la situación, planteando nuevos escenarios y dejando una huella impresa en la historia de ambos países que aún a día de hoy permanece.

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Bibliografía:

FLORISTÁN, A. (coord.). Historia Moderna Universal. Barcelona, Ariel, 2009

FLORISTÁN, A. (coord.). Historia de España en la Edad Moderna. Barcelona, Ariel, 2004

GARCÍA HERNÁN, E. (et. Al). Irlanda y la Monarquía hispánica. Kinsale 1601-2001: guerra, política, exilio y religión. Madrid, CSIC, 2002

GARCÍA HERNÁN, E. El Colegio de San Patricio de los Irlandeses de Madrid (1621-1937). Revista de arte, geografía e historia, vol.8, 2006

PEREZ TOSTADO, I; GARCÍA HERNAN E. Irlanda y el Atlántico ibérico : movilidad, participación e intercambio cultural (1580-1823). Valencia, Albatros ediciones, 2010

Author: Francisco Cabezos

Estudiante de Historia por la Universidad de Salamanca, cofundador de la plataforma de publicación "Mundo Histórico" (mhistorico.com) y redactor del equipo de historia de QAH.com (queaprendemoshoy.com). Futuro historiador colonial y naval.

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