Fernando VI

Comparte historia...Tweet about this on TwitterShare on Facebook

I Reformismo e Ilustración

El reinado de Fernando VI en España entre los años 1746 y 1759 va a ser un conglomerado reformista que va a hacer gala de los mismos objetivos que su padre Felipe V, reestructurar el estado de forma parcial para una mayor solvencia, con unos tintes culturales propias de la ilustración tutelados por la monarquía como centro neurológico del poder que controlaba absolutamente toda la sociedad, con una jurisdicción que favorecían los abusos y presiones hacia el pueblo llano, que era en el fondo quien sujetaba con los numerosos impuestos el aparato del antiguo régimen.

La monarquía absoluta, asentada ya con los Decretos de Nueva Planta de Felipe V tras la Guerra de Sucesión Española (1701-1713), iba a dar muestras de su poder controlando absolutamente todos los aspectos protocolarios de la población en base a los derechos, privilegios, la jerarquía y una represión militar sistemática. En cuanto al aspecto moral que podía cohesionar la población, la influencia católica, desarrollada y fortalecida casi como una identidad nacional, iba a pronunciarse como una columna vertebral del sistema, que a través de la religión iba a hacer un papel de nexo de unión para toda la comunidad, con una actitud beligerante a los que se alejaran de ella.

Ferdinand_VI_of_Spain

El reformismo borbónico trajo consigo una serie de medidas y propuestas para seguir fortaleciendo su legitimidad como monarcas absolutos, proteger su imperio de ultramar y mantener a la sociedad afines al régimen a pesar de las numerosas injusticias y persecuciones. El terror se apoderaba de las gentes que clamaban un cambio social, que por otra parte eran muy pocos en proporción a las masas populares que no recibían instrucción académica alguna y ya estaban bastante ocupados en sobrevivir un día más.

Estas mentes, más abiertas hasta cierto punto, vieron en la Ilustración una corriente ideológica que compartir y que el estado debía promocionar, porque era el único que tenía los medios a su alcance para socializar la cultura. También era más seguro que fuera el monarca de turno quien impulsara el progreso ilustrado ya que lidiar de manera individual con la política en el más sentido estricto de la palabra en cuanto a la pluralidad, el respeto y el debate tenía tras de sí el trasfondo problemático de verse envuelto en causas judiciales con la Inquisición o el Consejo de Castilla.

Las políticas que se inspiraron en la Ilustración quedan reflejadas en las reformas de Fernando VI y posteriormente de manera más notable con Carlos III.

En España, ningún cambio pasaba sin que se examinase antes por las grandes esferas del poder del antiguo régimen y ello mismo ocurrió con la Ilustración, un término tan amplio que incluso en sus vertientes más progresistas tenía ideas prerrevolucionarias, conceptos que se trataban con ciertos reparos, pero no con la beligerancia con las que se manejarían en la península ibérica después de la revolución francesa de 1789.

La Ilustración tiene una importancia muy significativa en el reinado de Fernando VI, cuya influencia es considerable, aunque se mantiene esa identidad borbónica de tutela casi paternal para asimilar de forma interesada las corrientes ideológicas que venían de Europa. La razón como motor del mundo tuvo sus límites en España, cercados por intereses jerárquicos de la población y una iglesia católica reticente a cualquier idea racional que chocara con su doctrina cristiana.

Es por ello mismo por lo que en España comenzaría, con Fernando VI, el absolutismo ilustrado, una política que monopolizaba el estado para sus intereses de mantenerse en la cúspide de la pirámide social a la vez que trataba de tejer alianzas con el pueblo llano en forma de caridad cultural y con la burguesía con forma intelectual, coincidiendo con limitaciones en aplicar la luz de la razón como nuevo modelo influyente entre los círculos más eruditos de la nación.

Este pensamiento monárquico de colaboración con los ilustrados suscitó varias contradicciones, que de forma frecuente se contraponían hasta que el reino ponía fin a las actividades de aquellos que querían llevar un paso más allá el progreso de lo que marcaban las autoridades. Esto acabó dando como resultado una colaboración burguesa con el monarca, al cual no se cuestionaba su autoridad ni su estructura básica de modelo de estado sino, que desde una posición conservadora se apostaba por las reformas para hacer como objetivo la felicidad pública, algo que se debía conseguir a través de la Ilustración, con sus planteamientos racionales que en teoría debía acabar con la pobreza, la injusticia, la tiranía y básicamente todas las grietas que tenía el régimen absolutista que dañaban la conciencia de sus súbditos. Sin embargo la monarquía española tenía otros planes más inmediatos, conservar su estructura social y su extenso imperio a cualquier precio.

 

II Fernando VI, vida y obra

El monarca Fernando VI de Borbón ha sido marginado en la historia de España de una forma sistemática y solo señalado cuando se quería representar una antesala del siguiente monarca que sería famoso en el siglo de las luces, Carlos III. Sin embargo numerosos historiadores marcan este reinado como el necesario para poder permitir la cuantiosa fama que alcanzaría su sucesor.

Los estudios que se encargan de analizar el reinado de Fernando VI señalan profundas lagunas históricas y un desconocimiento generalizado en base a los pocos documentos históricos que se han encargado de analizar este periodo, centrándose de forma injusta en el ciclo final de su vida donde el tormento de la locura por la muerte de su esposa Bárbara de Braganza fue lo más divulgado de su reinado.

En su infancia, en un principio no tenía la posibilidad de reinar y tampoco se contaba con ello fuera de los límites de la imaginación y los contratiempos del destino.

Nació el 23 de septiembre de 1713 en Madrid como el que sería el primer Borbón nativo de la península ibérica que reinaría su destino. Fue el cuarto hijo de Felipe V y de su primera esposa María Luisa Gabriela de Saboya, por lo que por delante de él en la línea sucesoria había todavía  dos herederos a los que jurar lealtad. Eran sus dos hermanos mayores Luis (1707-1724) y Felipe Pedro (1712-1719) los que por derecho de nacimiento habían llegado al mundo antes que él y por ello no se pensaba que la dinastía necesitara de sus esfuerzos para el buen gobierno. El tercer hermano, el infante Felipe, había muerto en la infancia a los pocos días de nacer en 1709.

La muerte del segundo hijo de Felipe V sería un presagio de la parca que rondaría a su familia durante su reinado.

En efecto, cuando el futuro monarca tenía seis años murió Felipe Pedro, lo que llevó a Fernando a pasar al segundo puesto de sucesión después del príncipe de Asturias, Luis.

La infancia de Fernando VI estuvo marcada por la tragedia de su familia. Su madre la reina María Luisa Gabriela de Saboya había muerto a los pocos meses de nacer él, lo que indujo al rey Felipe V a volverse a casar de nuevo con la princesa del ducado de Parma, Isabel de Farnesio, la reina que iba a ser decisiva en la política de sucesión y en la influencia internacional de la diplomacia mediante sus hijos[1]

De este modo la nueva madre de Fernando se preocupaba más por sus hijos que por el retoño del antiguo matrimonio de Felipe V, siendo un factor apuntado por historiadores que remiten a cierta marginalidad dentro de la propia corte durante esos años por parte de su madrastra al igual que ocurrió con su hermano Luis. Esta actitud de la madrastra marcaría las siguientes décadas en cuanto a la política exterior.

El historiador Pedro Voltes señala que hay en la corte un estricto protocolo que regía incluso las relaciones familiares de manera estricta, es por ello que Fernando y Luis se comunicaban con su padre escribiendo cartas en lengua francesa, que era la que utilizaba la familia. Hasta tal punto eran las normas disciplinadas que el contacto prohibido entre príncipes y reyes desembocaba en que no comieran nunca juntos ni fueran a jornadas oficiales con sus progenitores.

A los once años estuvo a punto de convertirse en rey de España. El 10 de enero de 1724 su padre Felipe V abdicaba en su hermano Luis, que ya había alcanzado los diecisiete años. Se había casado con la extravagante Luisa Isabel de Orleans, la cual padecía el trastorno límite de la personalidad, una perturbación de la personalidad que se basa en un pensamiento polarizado, dicotómico e inestable emocionalmente, ello causó un frontal rechazo de la corte.

El reinado de su hermano fue uno de los más breves de la historia de España, llegando a durar apenas 8 meses cuando el monarca enfermó de viruela y murió el 31 de agosto de 1724.

Ante esto, el siguiente sucesor en la dinastía era Fernando, pero la perseverancia de Isabel de Farnesio acabó por convencer al rey de volver reinar una semana después de ver a su hijo morir, nombrando así a Fernando como príncipe de Asturias.

El 7 de septiembre de 1724 Felipe V volvía a ser rey de nuevo atormentado por el dolor y los planes de abdicación frustrados. Este movimiento no gustó a ciertas facciones de la nobleza de Castilla que ya veían a Fernando como el heredero de la Corona y que pensaban que una vez producida la abdicación no se podía producir tal maniobra de volver de nuevo al mismo monarca.

Fernando VI se casó con Bárbara de Braganza, una infanta portuguesa hija de Juan V de Portugal y María Ana de Austria. Contrajo matrimonio con ella en 1729 en Badajoz y fue su inseparable compañera durante todo el viaje que aún le quedaba por recorrer.

Bárbara de Braganza fue su principal apoyo en la época en que fue Príncipe de Asturias. En este periodo, desde 1724 hasta 1746,  ambos vivían aislados de la corte y su trasiego constante de intrigas y noticias. Recibían muy pocas visitas que estaban estrictamente reguladas. Esta política de marginación fue potenciada por las tramas de Isabel de Farnesio, la cual no quería que su hijastro tomara contacto con esa nobleza que estaba dispuesta a un cambio de monarca, apostando por una segunda y definitiva abdicación de Felipe V en su hijo Fernando, ya que el rey no estaba en saludables condiciones mentales y físicas.

Finalmente el rey, víctima de una apoplejía moría el 9 de julio de 1746, dejando paso al reinado de Fernando VI.

Apenas pasada una semana, una de las primeras decisiones del nuevo rey fue enviar a su madrastra, del palacio del Buen Retiro a la casa de la duquesa de Osuna, acompañada de sus hijos Luis y María Victoria. Más tarde se la desterraría incluso de Madrid para residir en el palacio de la Granja de San Idelfonso.

Así comenzaba un reinado especialmente pacífico y lleno de reformas políticas y estructurales de España.

Cuando llega al poder, apenas sabe nada de las artes del gobierno y pretende vivir en paz, él y su reino, careciendo de esperanzas y ambiciones. Será eclipsado por sus ministros que harán una serie de reformas en el comercio, la marina y una mejora del cuerpo fiscal del estado.

Fernando VI se encuentra con la Guerra de Sucesión Austríaca o Guerra de la Pragmática sanción que duró desde 1740 hasta 1748, provocada por los enfrentamientos de hacerse con el control hereditario de la Casa de Austria cuando murió  el emperador del Sacro Imperio Romano Germánico Carlos VI.

Esta guerra además se unía a la que ya se mantenía con Inglaterra en la llamada Guerra del asiento o Guerra de la Oreja de Jenkins que duró hasta el mismo año que la de sucesión de Austria.

Nada más acabar con la influencia dominante de su madrastra y sus aduladores cortesanos italianos, el rey dio paso a una política de neutralidad y paz exterior para dar lugar a una serie de reformas internas.

Los hombres fuertes de gobierno serían Zenón de Somodevilla y Bengoechea, marqués de la Ensenada y José de Carvajal y Lancaster con los que conseguiría dar una parcial fachada de renovación al reino.

Los proyectos más complejos y profundos se produjeron con el marqués de la Ensenada que había sido nombrado secretario de Hacienda, Marina e Indias. Desde su ascenso al poder el rey Fernando recibió toda una serie de informes de Ensenada que apostaba sobre todo por potenciar el comercio y fortalecer el tesoro real, utilizando para ello una política exterior de paz desde la fortaleza militar y el prestigio internacional. El futuro político del marqués fue brillante y se catapultó con estas reformas que empezó a aplicar con la autorización del monarca Borbón.

Se planteaba por entonces comprometer la maquinaria estatal para ser la abanderada de las reformas del país, modernizando el aspecto estructural. A la par se deseaba mantener la paz fuera de las fronteras asegurando una posición fortalecida del reino para amedrentar las intenciones de Francia e Inglaterra de crear nuevos conflictos, pero no por ello se renunciaba a la plaza de Gibraltar.

El marqués de la Ensenada fue un protegido del ministro Patiño, de los tiempos de Felipe V, escalando desde esta ventajosa situación los puestos que pudo en la administración naval llegando a ser Secretario del Almirantazgo en 1737.

Su historial brillante, junto a sus privilegios de influencias, pudo dar paso a tal éxito. Estuvo presente en la reconquista de Orán de 1732 y en la expedición de Nápoles de 1733. Es así como allí, el que sería el futuro Carlos III, le nombraría marqués de la Ensenada.

En 1743, a la muerte del ministro Campillo, Felipe V le concede los ministerios o secretarías de Hacienda, Marina, Guerra e Indias. Fernando VI le mantiene en esta posición y trata de apoyarse en él como hombre fuerte de la corona.

Se plantea la creación del Giro Real de 1752, un banco que movía diversas inversiones de distinta procedencia, tanto fondos privados como públicos fuera de las fronteras. De este modo todas las operaciones legales de dinero que se manejaban en el extranjero quedaban en manos de Hacienda, repercutiendo en cuantiosos beneficios para el estado. Este modelo de fiscalidad fue la inspiración y el pilar inicial en el que se apoyó el Banco de San Carlos cuando se instituyó formalmente por el sucesor de Fernando VI, su hermanastro el futuro Carlos III.

El comercio y la economía eran aspectos centrales a la hora de ejercer estas políticas reformistas que buscaban sacar beneficios a toda costa. Se impulsa así el mercado americano, autorizando a los barcos después de un trámite legal su libre circulación por América para comerciar, apoyando a los navíos de registro contra el sistema de flotas.

América seguía reportando muchos beneficios y las preocupaciones aristocráticas se basaron en poder mantener a toda costa todo ese flujo de riquezas que iban navegando de un continente a otro.

Para conservar estas grandes distancias de forma segura, la marina tenía un papel fundamental a la hora de proteger los enclaves comerciales y su fortuna que repercutía directamente en mantener el sistema jerárquico que hacía una costumbre entre la aristocracia y la nobleza el derrochar dinero casi como un protocolo social, para asombrarse entre ellos y mostrar su potestad. Lo que traducido al sistema político era la cantidad de influencia que podían llegar a tener estas capas sociales adineradas y privilegiadas. Mientras tanto, la historia social de España está plagada de un pueblo que sufre un abuso diario de impuestos, obligaciones, hambre y marginación. Una dualidad de realidades que será una constante vertebral del proyecto político de España.

La marina por tanto quedaba como un factor clave para seguir el mismo sistema social del antiguo régimen.

En 1700 lo que quedaba de la armada española eran más bien navíos militares débiles, arcaicos y escasos, por lo que durante la guerra de Sucesión Austriaca fue Francia quien se encargó de surcar los mares sin acompañamiento español.

En 1717, estando Patiño como intendente general de Marina, presidente de la Casa de Contratación y superintendente de Sevilla inicia un programa de construcciones navales, con ayuda del arquitecto Antonio de Gaztañeta. Además en ese mismo año se crea la Academia Real de Guardias Marinas.

Con Fernando VI se va a dar otro impulso a estos legados de la marina española y el marqués de la Ensenada llega a ampliar astilleros y arsenales repartidos por Cartagena, la Habana, el Ferrol y Cádiz. Se abastecen para estas mejoras de maderas de Navarra, Cataluña y Cantabria lo que produce un incremento comercial del cual también se preocupa el marqués, mejorando los sectores subsidiarios como el lino, el cáñamo, la fabricación de betunes, la construcción de cañones y la producción de latón y hierro, algo que incrementó las importaciones y exportaciones en el afán ministerial de sacar adelante la actividad mercantil.

Las reformas navales del monarca hacen tener un mayor peso a este cuerpo del ejército que nunca ha destacado a lo largo de nuestra historia como una dedicación que apasionara a los grandes poderes para la defensa efectiva del reino. Las levas de ociosos y vagos también ayudaron para la obtención de mano de obra barata que se usaría en levantar la marina española.

Al mismo tiempo se trata de usar la tecnología extranjera para avanzar hacia la modernidad con estas máquinas de guerra que flotan sobre el mar. Por ello mismo los ingenieros Jorge Juan en Inglaterra y Antonio de Ulloa en Francia llegan a destacar en un escenario de múltiples espionajes y contrataciones  de diseñadores y artesanos procedentes de Inglaterra y Francia.

Sobre estas bases creadas por Ensenada, se produce un notable incremento de las construcciones de navíos hasta finales de siglo, un esfuerzo que acabará en agua de borrajas cuando se produzca el 21 de octubre de 1805, bajo el sometimiento a Napoleón, la desastrosa derrota de la batalla de Trafalgar contra los ingleses.

Sin embargo, el incremento presupuestario del marqués, llego a poner un punto de partida al desarrollo naval español en el siglo XVIII y jugó con el esfuerzo militar para el respeto tan deseado de Francia e Inglaterra.

Con Fernando VI también se produce un florecimiento cultural como es el acto de crear la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando en 1752.

Por otra parte, las relaciones con la iglesia católica fueron muy tensas desde el reinado de Felipe V por reconocer el Papa al archiduque Carlos como rey de España durante la guerra de sucesión española, apostando por el bando perdedor, algo que los monarcas borbones no habían olvidado.

Se mantiene por tanto una política regalista que buscaba la fiscalidad como vehículo político. Ello dio lugar al Concordato de 1753[2].

Carvajal, que había sido recomendado por Ensenada en diciembre de 1746 fue nombrado ministro de Estado o Asuntos Exteriores, Presidente del Consejo de Indias y de la Junta de Comercio.

El ascenso de Carvajal vino acompañado de Francisco de Rávago, jesuita que fue promocionado para ser su confesor, idea respaldada por Ensenada para así remplazar al jesuita francés, el padre Fèvre.

José de Carvajal y Lancaster, político bien posicionado, era hijo de Bernardino de Carvajal, segundo conde de la Enjarada y su esposa María Josefa de Lancaster y Noroña. Su familia gozaba de una buena posición privilegiada como se demuestra por su ascenso y por el de su hermano mayor Juan que llegó a ser el cuarto duque de Abrantes y Grande de España. Su tío era Fernando de Alencastre Noroña y Silva, el duque de Linares, marqués de Valdefuentes y virrey de la Nueva España. Todo ello contribuía a un entorno de éxito social para una destacada carrera en la sociedad.

Tuvo estudios de Derecho en Salamanca; oidor en la Chancilleria de Valladoliz en 1729. Fue encargado de una misión diplomática en Francfort y París acompañando al conde de Montijo en 1741.

Se supo granjear el apoyo de personas importantes como el ministro Campillo, con el que fue gobernador del Consejo de Indias hasta su muerte. Protegido de Ensenada, se desenvolvió bien en la política española y desempeñó un papel clave en las medidas neutrales que se proyectaban desde la península ibérica al resto del mundo. Sus memorias se recogen en las publicaciones de Testamento político (1745) y Mis pensamientos (1753).

Durante el reinado reformista de Fernando VI, las modificaciones administrativas fueron la clave para explicar la solvencia del reino por la reestructuración fiscal. Era algo que ya se sabía que necesitaba urgencia ya que con Felipe V y el ministro Patiño se había tocado esta disciplina a base de un impuesto sobre la renta llamado castrato.

Se reorganiza la administración con el objetivo de sofisticar el sistema contributivo para sanear las cuentas del reino. En 1749 la Ordenanza de Intendentes-Corregidores se impone para llevar a cabo esta tarea.[3]

Sin embargo será en 1749 cuando se apruebe el Real Decreto del 10 de octubre para modificar a una sola contribución las diversas Rentas Provinciales, acabando con el problema burocrático de su cobro en distintas tasas que hacían grietas en la plataforma fiscal de Fernando VI. Esto pretendió evitar errores, confusiones administrativas y resolver de una manera unitaria las fugas de riquezas a los que la monarquía no podía acceder. Defraudar al fisco era un importante problema constante de los presupuestos absolutistas, que siempre buscaba ahogar más en la pobreza al pueblo llano para mantener un nivel adquisitivo propio de la nobleza y la aristocracia, aprovechándose de sus escasos ingresos para añadir, siempre que se podía, una moneda más a las arcas borbónicas.

La Única Contribución llegaba en el caos fiscal para poner orden y que se acabaran los huidizos contribuyentes que escapaban de las ambiciones del poder. De este modo se llegaba incluso a tener una cohesión social que definía redistribuir la carga fiscal entre los ciudadanos en función de la renta personal de cada uno, que siempre solían ocultar más posesiones de las que se declaraban. Para ello se necesitaba la información que pudiera atestiguar estas propiedades, que de forma revolucionaria se impuso a todos los súbditos del rey, desde el pueblo hasta la nobleza y ambos cleros. Esto sin duda debió ser recibido de manera recelosa por parte de los más privilegiados de la sociedad. Pero en cambio, finalmente, el cobro de Única Contribución no se llevó jamás a cabo.

Los objetivos de aumentar los ingresos dieron sus frutos al marqués Ensenada como la cumbre del poder que llegaría a tener en toda su carrera. El embajador francés Duras llegó a decir que al ministro había que verlo ya como “rey de España” por su porte, confianza y poder que había ido acumulando, de forma que se le consideró una figura notable y respetada dentro y fuera del reino de España.

Más tarde, la muerte de José Carvajal por un derrame cerebral en abril de 1754 iba a ser la antesala del derrumbe de todas estas reformas llevadas a cabo. El gobierno fernandino fue finalmente sustituido. A Carvajal le sucedió el irlandés Ricardo Wall y el marqués de la Ensenada, tras intrigas cortesanas fue acusado de traición por ocultar órdenes de guerra sin conocimiento del rey. En estas tramas palaciegas actuaron los espías ingleses sabiendo de la condición de amistad con Francia del marqués, avecinándose la Guerra de los Siete Años, lo que apartaba del poder a este reformista naval que nada convenía a los británicos “no se construirán más buques en España” anotó satisfecho el embajador inglés. Finalmente, el ministro se le desterró a Granada y fue sustituido por el duque de Huéscar.

La parte final del reino sobrevino llena de contratiempos y desgracias para Fernando VI. Su esposa no tenía últimamente buena salud, la tos que le afligía era continua y llegaba incluso a suspender reuniones o actos de forma tensa por su situación.

En 1758 fue reubicada en Aranjuez, donde se esperaba que tuviera una mejoría de su terrible asma, teniendo que hacer paradas para que la esposa de Fernando no tuviera problemas en realizar su viaje con ataques que le achacaban de vez en cuando.

Allí pareció experimentar una leve mejoría, pero pronto los dolores volverían a aparecer junto a una fatiga que la hacía cada vez más débil. Su agonía, vigilada por su marido, duró bastante tiempo, llegando a tener fiebres altas que la acosaban por la tarde y la madrugada. Un mes más tarde acabaría perdiendo la voz, hasta fallecer el 27 de agosto de 1758.

Fue trasladada al Convento de las Salesas Reales en Madrid, del cual fue fundadora, en donde se la enterró de forma provisional.

Con la muerte de su esposa, el rey Fernando VI llegó a un punto en de no retorno. El declive emocional, físico y mental empezaría a ser evidente.

Los reyes estaban profundamente unidos. Durante su agonía, Fernando VI siempre la acompañó y sufrió sus recaídas constantes de una forma que le marcarían para el resto de su vida. Se cree que la muerte aceleró las enfermedades que ya iba padeciendo el rey en el cerebro.

Abandonó Aranjuez el mismo día que murió Bárbara, instalándose en Villaviciosa de Odón acompañado de su hermanastro el infante Luis. Allí se estableció pensando que la caza haría olvidar a su profundo amor. Sin embargo a los diez días empezaron a mostrarse signos de enfermedades. El rey ya no atendía los asuntos de gobierno y la caza también quedó en un lugar secundario. Dejó de hablar y de comer paulatinamente. Aparecieron comportamientos agresivos y maniáticos, “tiene unos impulsos muy grandes de morder a todo el mundo” escribió el infante Luis a su madre Isabel de Farnesio.

Como señala el historiador Pedro Voltes, al final de su reinado tuvieron que calmarlo con opio. Sus médicos vieron cómo intento suicidarse varias veces y tuvieron que soportar cómo el monarca les pedía la muerte.

Cada día se le veía más delgado y con el rostro de la muerte rondando su aspecto.  Las taras aparecieron rápido junto a una falta de higiene vergonzosa. Desde la muerte de su esposa, fue el año sin rey.

Finalmente, el 10 de Agosto de 1759 moría sin descendencia ninguna, dejando la corona a su hermanastro Carlos, el futuro Carlos III de España.

 

III El legado de Fernando VI

El gobierno absolutista de Fernando VI ha pasado por la historia de España de puntillas como algo que no brilló especialmente por su gloria. Por otro lado el monarca parecía que tampoco la buscaba.

En su época, a pesar de ser considerado el Prudente o el Justo, no fue en la actualidad sino un alago pobre de sus escasas capacidades para dirigir el reino, un sobrenombre que buscaba ver algo positivo en ello. El monarca estaba entregado a una vida llena de lujos y estabilidad, que es lo que había ido persiguiendo desde que llegó al poder. Siendo notable su dejadez por los asuntos internos, que zanjaba delegando en sus ministros de renombre, a los que acababa dejando todos los quehaceres mundanos que no le interesaban en absoluto, ya que no ejerció ninguna política que lo indicara, más bien por el contrario, las iniciativas venían desde los ministros y la corte.

Las reformas fueron tímidas y banales, más dedicadas a buscar una perdurabilidad de la sociedad del antiguo régimen que en hacer honor al nombre de la misma, ya que realmente no se reformó prácticamente nada. La política interior estuvo marcada por las intenciones de apuntalar y fortalecer como fuera la legitimidad para reinar como monarca absoluto entregado a los placeres de la corte. Esto se llevó a cabo sin ninguna oposición, lo que facilitó las labores ministeriales de llevar a cabo sus decisiones.

Por otro lado, viendo en perspectiva la historia beligerante de España abriendo fronteras por todo el globo terráqueo durante la Edad Moderna, el reinado de Fernando VI fue una etapa de paz que realmente hacía falta en un mundo envuelto en la violencia y la injusticia, protagonizado desde las propias instituciones.

Es procedente comentar cómo los tímidos contactos ilustrados fueron los que poco a poco fueron abriendo las prácticas de las reformas, al menos para plantear la posibilidad sobre la mesa de que los excesos del sistema del antiguo régimen se podían modificar como se intentó con la Única Contribución, intentando repartir las cargas fiscales en función de las distintas riquezas, pero plantear estos excesos no significaban acabar de raíz con el estado que los consentía, un pacto triste de resignación entre todos los súbditos. El monopolio de la violencia secaba la fuente de las ideas de golpe.

No hay que olvidar por tanto que fue un periodo de paz y estabilidad, pero para los que podían permitírselo, para los que no temían nunca que les faltara nada. En cambio, en honor a la verdad, la paz no fue sinónimo de equilibrio. Las lujosas fiestas, adornos importados y riquezas incalculables eran un insulto a la conciencia comparado con el pueblo llano que fue reprimido y condenado a la miseria, víctimas de la desigualdad.

De la misma naturaleza inhumana fueron las persecuciones a los gitanos encabezadas por el marqués de la Ensenada. Llegando a realizar redadas para capturarlos y obligarlos a trabajar en astilleros y minas a los hombres y al mercado productivo a las mujeres, separándolos con el fin de exterminarlos. El historiador  Antonio Gómez Alfaro recalca esta crueldad de cazas sistemáticas, que llevaron a los niños menores de 14 años a ser internados en instituciones religiosas. La disgregación familiar se produjo en incalculables casos y son la cara menos amable del siglo de las luces. El racismo, la intolerancia y la falta de cultura fueron pilares esenciales de la sociedad general que carecían de una formación educativa, aprendiendo solo lo que les decían las leyes y la iglesia.

Fue una época más de división social profunda del antiguo régimen, que apenas tuvo calado dentro de la historia de España por esa forma de dirigir Fernando VI la nación desde la pasividad y la desocupación. Una antesala del reformismo que luchaba por modernizar el régimen y ponerlo a la altura del resto de monarquías absolutistas europeas.

El único proyecto que llegó a consolidarse a través del tiempo fue el del fortalecimiento de la marina, que por fin merecía la atención que tanto hubiera hecho falta en otras ocasiones anteriores de la historia para mantener la costa fuera del pillaje y los saqueos. Este punto inflexivo del marqués de la Ensenada fue determinante para poder tener un punto de partida sobre el que seguir cimentando progresos navales que al fin y al cabo, también estaban al servicio de los intereses de la monarquía y sus colaboradores más privilegiados.

Una lectura profunda del reinado de Fernando VI podría citarnos un panorama general de reformismo ilustrado que empezaba a dar sus primeros pasos y que seguiría más adelante con Carlos III de forma más activa.

Este periodo tuvo en sus manos la coyuntura para reestructurar parcialmente su sociedad, vendiendo humo a los ilustrados más fervientes y garantías a los más conservadores, que querían mantener junto a la nobleza y el clero, la jerarquía dominante que se seguiría adoptando España durante siglos.

 

@hectorbraojos

 

IV Bibliografía

El Concejo de la Villa de Palma Durante el Reinado de Fernando vi (1746-1759) Juan Antonio Zamora Caro. Editorial Universidad de Córdoba. Facultad de Filosofía.

La vida y la época de Fernando VI Pedro Voltes. Editorial Planeta.

Historia Moderna de España (1665-1808) Josefina Castilla Soto. Laura Santolaya Heredero.

Historia de España. Centralismo, ilustración y agonía del antiguo régimen Manuel Tuñón de Lara. Editorial Labor.

El Marqués de la Ensenada, su vida y su obra Abad León. Editorial Naval.

[1] Isabel de Farnesio se casó en 1714 con Felipe V a través de las influyentes gestiones del obispo y cardenal italiano de Málaga, Julio Alberoni. Era una mujer esbelta, atractiva pese a las marcas en su rostro de la viruela que había sufrido en la infancia y tenía una fuerte personalidad autoritaria. Fue una mujer clave y ambiciosa que le dio siete hijos al rey y que supo valerse de su astucia para saciar la ambición de ver a sus retoños en los tronos europeos y en altos cargos de envidiable categoría.

Los siete herederos fueron Carlos III (1716-1788) rey de España y de las Dos Sicilias, Francisco (1717) muerto al poco tiempo de venir al mundo, Mariana Victoria (1718-1781) reina de Portugal como esposa de José I, Felipe (1720-1765) duque de Parma, María Teresa (1726-1746) esposa del príncipe francés Luis Fernando de Borbón, Luis Antonio (1727-1785) arzobispo de Toledo y cardenal y María Antonia (1729-1785) esposa de Víctor Amadeo III de Cerdeña, duque de Saboya.

[2] Este pacto que se lidió entre secretos y susurros, establecía finalmente un mayor control de la autoridad real sobre la estructura eclesiástica en el reino de España.

Era un concordato beneficial que derogaba las reservas pontificias en la provisión de beneficios eclesiásticos en el reino. Con resultados económicos de perdidas relativas en virtud de las compensaciones que se establecía. Conjuntamente se trató de resolver las jurisdicciones de la iglesia local y sus obligaciones sociales que a veces entraban en controversias dispares. Esta firma del tratado abrió una nueva línea en la relación del estado y la iglesia, quedando bajo la autoridad del monarca y no bajo el concilio de obispos presidido por él como proponían varios ilustrados.

[3] Hay una intendencia en cada una de las 22 provincias de Castilla, que a su vez iba ligada al Corregimiento de la capital y todo el cargo de los oficiales nombrados en virtud de resolver trabajos de impuestos, guerra, policía y justicia.

Cada uno de estos intendentes va a tener a dos tenientes letrados a su disposición para ejercer todas las acciones relacionadas con la vida civil y criminal. La Cámara de Castilla nombraría a los asesores ordinarios de los intendentes para cualquier cosas que se les ordenase en función de servir lo mejor posible a la intendencia.

El cometido de estos intendentes es conservar un espíritu pacifico en los pueblos de su provincia afín de mantener la estructura social del antiguo régimen.

Además de ello tenían otras series de funciones que relacionaban su oficio con asuntos tan dispares como la agricultura, la imparcialidad jurídica, el control del comercio, los asuntos fiscales y el Castrato.

 

@hectorbraojos

Share This Post On

Submit a Comment

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *

Puedes usar las siguientes etiquetas y atributos HTML: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <strike> <strong>