Juan Manuel de Rosas y la Confederación Argentina (1835-1852)

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Para entender las relaciones del estado con la iglesia en la nación argentina durante la Confederación (1835-1852) hay que concebir cómo se va desarrollando esta correlación de fuerzas en el marco de una introducción al contexto histórico de la época. Comprendiendo la historia, la agitación y las convulsiones de mediados del siglo XIX podremos enmarcar las funciones del estado y de la iglesia.Brigadier General Don Juan Manuel de Rosas

¿Quién era Rosas? Un propietario de tierras ¿Qué acumuló? Tierras ¿Qué dio a sus sostenedores? Tierras ¿Qué quitó o confiscó a sus adversarios? Tierras.[1] Lo cierto es que Rosas venía de una familia acomodada que lidiaba con los negocios de los que obtenía grandes beneficios.

Su formación e influencia entre las élites privilegiadas de comerciantes pronto iban a dar frutos en la participación política de la construcción nacional argentina.

Tras la renuncia del presidente Rivadavia en junio de 1828 en un marco de la desunión de las provincias (1820-1835) y conflictos internos, la provincia de Buenos Aires eligió como gobernador a Dorrego, el cual estaba apoyado por Rosas y sus “colorados del Monte”.

El nuevo gobierno firmó la paz en agosto de 1828 con Brasil, reconociendo la independencia de la Banda oriental, haciendo volver a los ejércitos del frente.

Con ellos vino Juan Lavalle, quién al frente de una revolución unitaria se rebeló contra Dorrego a quién acabó fusilando en Navarro el 13 de diciembre en ese ambiente de guerras civiles.

Hay que entender el eje federales-unionistas como la esencia que va a mover la política argentina con distintos pronunciamientos. En el interior del país, se aspira a un régimen de unidad, compartiendo los territorios más desfavorecidos las ventajas de las provincias más agraciadas por el entorno natural. Mientras tanto, en las regiones litorales se apuesta por su autonomía para defender sus privilegios e intereses.

Rosas emprendió junto a otros poderes fácticos la ofensiva contra Lavalle que posteriormente fue vencido en abril de 1829. Dos meses más tarde tras los acuerdos de Rosas y Lavalle, las victorias unionistas dieron un respiro a su lucha pero no pudieron evitar la elección en diciembre de 1829 de Rosas como gobernador de Buenos Aires.

Así quedó de nuevo predominando los intereses litorales frente al interior de las provincias, donde abundaban oligarquías enriquecidas que mantenían sus privilegios cerca del calor político y que acariciaban una ideología tímidamente democrática que en el fondo, como señala el historiador argentino José Luis Romero, tenían una visión profundamente paternalista de la sociedad.

Cada una de las tres regiones económicas de la nación tenía expresado un representante carismático que defendía sus intereses, en el interior Quiroga, en el litoral López y en Buenos Aires Rosas, destacando sobre los demás por su gran influencia sobre los propietarios de estancias y saladeros, a los que beneficiaba su gobierno provincial desde 1829 hasta 1832.

En 1833 Rosas emprendió una marcha contra los indios pampas del sur a los que acabó destruyendo y sometiendo. Distribuyendo sus extensas tierras entre amigos y partidarios, afianzando así el poder político en el sur.

A su vuelta hizo freno a la revolución de los restauradores, provocada en su ausencia, junto a la creciente influencia de Quiroga en el interior. Sin embargo la transformación nacional  se acentúa cuando en Barranca de Yako, Quiroga, el 16 de febrero de 1835 cae asesinado, siendo elegido gobernador y capitán general por la legislatura bonarense, Juan Manuel de Rosas.

El ascenso de Rosas en el poder argentino es imparable y se impone su idea de que las provincias deben mantenerse independientes bajo el poder de sus gobiernos locales, sin una institución que consagrara la nación como unidad indivisible. Sin embargo sí que existió  una forma de articular todos estos territorios: la Federación, que se logra bajo la sumisión de los caudillos provinciales y que tiene una dimensión sagrada.

Nace entonces la Federación como la gran victoria de las teorías federales, asegurando de nuevo el desarrollo de Buenos Aires frente al estancamiento de los demás territorios interiores.

El puerto de Buenos Aires estaba en contacto con el mercado de Europa continuamente y proporcionaba cuantiosos beneficios tanto a los comerciantes como a los  productores de cueros y tasajos, limitando este engrandecimiento al resto de territorios.

Se impone con Rosas el antiguo orden colonial de España. Mientras que los primeros veinticinco años de la independencia habían procurado traer al país el desarrollo tecnológico que se estaba produciendo en Europa y en los EEUU, la Federación en cambio trató de perpetuar las tradicionales formas de vida propias de la antigua colonia,desarrollando un paternalismo político desde las instituciones.

Rosas abandona el objetivo del estado de educar, dejando a las órdenes religiosas, en un marco de cordialidad con la iglesia, que se ocuparan de ello. Además destruye cualquier avance científico y técnico desde la investigación, suspende las libertades públicas, privadas, combate toda iniciativa de organizar una jurisdicción nacional y somete el país a un centralismo en ese aspecto.

Estas fueron algunas de las medidas del llamado “Restaurador de las leyes”[2] haciendo un claro desafío a las ideas liberales de la época que se exportaban desde la Península Ibérica que seguía siendo un referente político de interés.

La economía asentada en Buenos Aires sobre el saladero y la aduana permitió concentrar mucha riqueza entre pocas personas, entregando también el régimen de Rosas tierras a los más allegados y asegurándose así una clientela política que dependía directamente de su futuro. Formando así un gran bloque de apoyo de ilustres personajes enriquecidos que reforzaban la autoridad de Juan Manuel frente a las provincias del interior.

Su fuerte autoritarismo y beligerancia contra cualquier idea liberal supo granjearle el apoyo del clero de forma vigorizada. Especialmente desde la parte de los jesuitas, a los cuales autorizó para reabrir distintos centros de enseñanza, siendo consciente del gran papel hegemónico de la iglesia dentro del estado como celoso defensor del régimen.

Para entender estas relaciones con la iglesia hay que comprender toda la base del apoyo social de la Federación de Rosas. Además del clero y las élites financieras, supo cobrarse el apoyo de los gauchos [3] con quienes asentó su fuerza militar, y con las masas suburbanas especialmente los negros libres o esclavos. Formándose así un enorme apoyo popular que apuntalaba su poder.

Juan Manuel de Rosas establece un fuerte estado policial, teniendo que demostrar las lealtades de forma pública, imitándose estas conductas por los gobernadores provinciales, institucionalizando el terror.

El poder ejecutivo era a la vez juez y verdugo actuando en virtud de sus facultades extraordinarias. Rosas actuaba con la policía o sobre bases de informes policiales, a los que respondía con instrucciones precisas que hacían en última instancia de juicios.

“La forma en que mataban a las víctimas variaba según las circunstancias y según las inclinaciones del poder condenador. A veces los fusilaban. A veces cumplían su destino en manos de dos lanceros, que colocados a ambos lados del prisionero, esperaban la señal para hundir en su cuerpo sus brillantes armas. Otras, por último, caían mediante la más bárbara de las prácticas: una afilada hoja les cortaba el cuello”.[4]

Además de estas salvajes prácticas, los caudillos y protegidos de la Federación practicaban, entre otras torturas siniestras, la castración, el cercenamiento de lenguas o el arranque de barbas con la piel. La atmosfera de miedo y represión era total.

La vida intelectual, por otra parte languidecía en Buenos Aires moviéndose en la marginalidad; la universidad, a la vez que toda la enseñanza, estaba en franca decadencia y a merced de iniciativas privadas o religiosas. Se suprime el desarrollo científico y los recursos de la educación.

A su vez también se elimina la Casa de Expósitos[5] e incluso los fondos públicos destinados a paliar la viruela.

Tan solo la economía crecía lentamente para unos pocos privilegiados que le sacaban rentas.

En este marco inmovilista surgió por excepción un afán renovador del gobernador  Urquiza, estimulando en Entre Ríos al negocio del ganado, y difundiendo la enseñanza primaria a la vez que creaba colegios de estudios secundarios en Paraná, y en Concepción del Uruguay. Siendo este último de gran importancia adquiriendo paulatinamente un gran prestigio.

El inmovilismo general de la Federación, resistente a cualquier tipo de cambio de progreso, tuvo que hacerle frente a varios opositores que hicieron contraataque a las políticas de Rosas en distintas revueltas. Surgen rebeliones locales y generales. En 1838 la provincia de Corrientes se rebela y en 1839 es invadida y aplastado cualquier intento conspirador.

A su vez Francia establece un bloqueo al puerto de Buenos Aires mientras se desataban las batallas.

También el coronel Ramón Maza organiza una rebelión con Lavalle, pero el movimiento fue descubierto y Maza fusilado. Más tarde Manuel Rico y Pedro Castelli también inician una revolución pero en noviembre de 1839 los derrotan con severos escarmientos y represiones.

Las provincias quedan momentáneamente en paz. Sin embargo el interior del país se agita después en una vasta insurrección en la crisis de 1840.

El militar Lavalle libera Corrientes para dirigirse a Buenos Aires, pero finalmente opta por ir al norte, donde a pesar del balón de oxígeno que supuso para Rosas, se inició una nueva rebelión. La tremenda represión que aumentó de forma macabra hizo rebelarse abiertamente a las provincias del norte.

La respuesta de Rosas fue aplastar al ejército de Lavalle, resultando incluso este muerto, siendo de nuevo sometido el norte.

Desde 1843 en adelante, las luchas internas, la tensión social y las rebeliones hicieron del litoral un teatro continuo de luchas encarnizadas.

Montevideo se convirtió en el centro por excelencia de los emigrados antirrosistas, igual que otros lugares como Chile especialmente.

En 1845 Corrientes volvió a levantarse contra la Federación, con el apoyo de Paraguay, pero Urquiza acabó con la revuelta. Urquiza acabó siendo cada vez más celoso del monopolio comercial porteño, cuyos intereses chocaban de frente con los de Entre Ríos.

En 1850 Francia e Inglaterra deciden levantar el bloqueo y precipitan la situación. Brasil rompe relaciones con la Federación y los antirrosistas se apoyan en él para combatir al régimen. Comienza la caída de Rosas.

Urquiza acaba siendo atraído por este bloque y por la promesa de un nuevo gobierno que garantice la navegación internacional de los ríos. Además logra unir en su bando al gobernador de Corrientes y Virasoro conformando así el llamado Ejército Grande.

La Federación desgastada y debilitada en los aspectos políticos, económicos y sociales no puedo hacer frente a esta nueva y definitiva ola que pretendía enterrar el gobierno de Rosas, que ahora solo se sostenía por el terror implantado del estado policial.

Caseros

Batalla de Caseros (1852)

La madurez del cambio estaba cada vez más fortalecida, cada vez más fácil de imaginar teniendo en cuenta las experiencias revolucionarias de Europa en 1848.

La Federación que había sometido a todas las provincias no supo jugar sus cartas con rapidez y Rosas no acertó a moverse de forma oportuna, permitiendo al llamado traidor Urquiza cruzar el río Uruguay, obligando a Oribe a levantar el sitio de Montevideo.

Al poco tiempo, el Ejército Grande entró en la contienda con un impulso final con el objetivo de acabar con Rosas. Cruzaron Entre Ríos, invadieron Santa Fe, y se presentaron delante de Buenos Aires desafiantes.

El 3 de febrero de 1852 los ejércitos de la Federación fueron derrotados de forma definitiva, vencidos en Caseros.

Juan Manuel de Rosas finalmente embarcó en un buque de guerra inglés rumbo a Reino Unido y se daba fin a una etapa de la historia argentina, acababa la Confederación y comenzaba un nuevo periodo para la nación.

 

 


 

[1] Domingo Faustino Sarmiento. Inmigración y colonización en Obras de D. F. Sarmiento (53 vols. Santiago y Buenos Aires, 1887-1903), XXIII, 292.

[2] Refiriendo este sobrenombre a la restauración de las leyes del régimen colonial de España.

[3] El gaucho es un tipo de vaquero propio de las llanuras y zonas cercanas de Argentina entre otros países latinoamericanos, siendo incluso una forma de vida a la que rodea toda una cultura expresada en distintas obras de teatro o literatura.

[4] King, Twenty four years in the Argentine Republic 253-254.

[5] El nombre de la casa se debe a sus funciones; en ella se albergaba a los “expósitos” (del latín ex-positus, puesto afuera), palabra que se aplicaba a los niños recién nacidos abandonados, generalmente en las puertas de las iglesias o en la calle.

 

@hectorbraojos

 

Bibliografía

- Romero José Luis “Breve historia de la Argentina” 1965 Edición actualizada de 2004 Ed. Tierra Firme. Lynch, John.

- “Juan Manuel de Rosas”, Ed. Emecé 1981. Halperin Donghi, Tulio, Argentina.

- “De la revolución de independencia a la Confederación Rosista” Ed. Paidos. 1972.

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