La evolución en la prehistoria de los asentamientos peninsulares

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Resumen:

El presente trabajo constituye un proceso de recopilación y síntesis de información acerca del proceso de poblamiento y, en mayor medida, formas de hábitat y asentamiento, de los pueblos peninsulares a lo largo de toda la Prehistoria. En él he buscado volcar los conocimientos que tenemos actualmente sobre el paso de las sociedades nómadas de cazadores-recolectores  a las ciudades amurallas íberas, hasta las grandes urbes romanas.

 Palabras clave: península ibérica, hábitat, ocupación, economía, modos de vida

 

Abstract:

This work is a process of compilation and synthesis of information on the process of settlement and their forms of habitat and settlement of peninsular peoples throught prehistory. In it I sught to overturn the knowledge we hae today about the passing of nomadic hunter-gatherers to walled Iberic cities, to the great Roman cities.

 Key words: Iberian Peninsula, habitat, occupation, economy, way of live

 

Hace 6 millones de años comenzó un proceso único en África, el cual acabaría afectando a todo el planeta hasta límites inauditos. Este proceso, el cual tuvo lugar a partir de los únicos primates bípedos, los homínidos, es el proceso de hominización, que llevaría a la aparición, a través de un largo recorrido en el tiempo y en el espacio, hasta la raza humana actual, el homo sapiens sapiens.

Las diferentes especies de homo fueron  aumentando sus capacidades cerebrales y sus aptitudes para, primero sobrevivir y, posteriormente, aprovecharse de forma eficiente del medio. Engloban estas aptitudes diferentes manifestaciones, como es el tallado de instrumentos sobre sílex que elaboraban para ayudarse en acciones cotidianas como el versátil bifaz achelense que sería usado a lo largo de todo el Paleolítico, pero una de las que más huella han dejado son los espacios habitacionales usados por los seres humanos a lo largo del tiempo, pues al ser lugares de poblamiento recurrente y doméstico los restos que han quedado son muy ricos y diversos, además de dejarnos una muestra de la evolución social y económica experimentada por los homínidos a lo largo de la Prehistoria permite acercarnos un poco más a sus labores cotidianas, y explicar las repercusiones de las evoluciones tecnológicas, pero también de los cambios climáticos sobre el modo de ocupación homínido a lo largo de la Prehistoria.

El estudio de los diferentes modos ocupacionales o de asentamiento de los homínidos explican sus formas de pervivencia, que variaron en el tiempo, desde los primeros grupos nómadas de cazadores recolectores, hasta los grupos sedentarios con economías agrícolas y ganaderas, aparecidos en el Neolítico con ejemplos como Mas D´is (Alicante) o Los Cascajos (Navarra), con restos de hoyos para postes, que reflejan un asentamiento estable o, cuanto menos, más perdurable, que aquellos usados por los primeros seres humanos del Paleolítico Inferior. En el caso de este trabajo veremos la evolución de los modos de asentamiento desarrollados por los homínidos a partir de un proceso evolutivo, tanto a nivel económico y productivo, los cuales  trajeron consigo un aumento demográfico, como a un nivel ideológico, que trajo un aumento de la vinculación con el territorio. Así mismo, tendremos que tener en cuenta a la hora de analizar el distinto modo ocupacional los cambios en el clima que se experimentaron en este extenso período que es la Prehistoria, sobre todo con la llegada del Holoceno tras el Pleistoceno y la llegada, tras un proceso de aculturación, de aquellos modos de vida más sedentarios, ligados a la tierra y a la domesticación de la fauna y la flora, en el ampliamente conocido como  proceso de neolitización.

Los primeros vestigios de existencia homínida los encontramos en la Sima del Elefante hace 1´3 m.a., aunque el desarrollo de yacimientos de forma normalizada se produce con el Antecessor (1 m.a.) y, sobre todo, con el Homo heildelbergensis, que aparece en Europa hace 600.000 años. Estos primeros yacimientos no constituyen asentamientos al uso, ni si quiera zonas de recogimiento, si no zonas donde hay huella de restos humanos, como restos de fauna o de industria lítica, como en los restos de Vallparadís o en Atapuerca. Es este un yacimiento de suma relevancia por el hallazgo de homínidos con deformidades y afecciones diversas la cuales, unidad al descubrimiento de huesos hioides muy desarrollados, encontrados en la Sima de los Huesos, reflejan la existencia de un comportamiento social y de apoyo a los miembros del grupo que se hace necesaria para la supervivencia en un entorno hostil y para poder crear comunidades cooperativas. Son sociedades organizadas que surgen a raíz del beneficio del comportamiento social o altruista para el grupo (Gamble, 2001), un comportamiento que explica la existencia (y supervivencia) de homínidos como el conocido Cráneo nº 5 de Atapuerca, que presenta deformidades. Eso sí, estas eran unas comunidades reducidas, pues la necesidad de subsistir completamente de aquello que el medio entregaba obligaba a vigilar la natalidad y a controlar la demografía mediante, incluso, el infanticidio.

Lo que sí sabemos es, a la vista de los yacimientos encontrados, que predominaban los situados en valles, sobre todo cercanos a entornos fluviales, pues los homínidos aprovechaban tanto el agua como los recursos fáunicos que a su alrededor se congregaban (Chaline, 1997), llegando a establecer campamentos temporales en llanuras, como los campamentos de caza de Ambrona o Torralba, datados hace 300.000 años. Junto a ellos hemos localizado asentamientos de menor envergadura y con usos secundarios, como talleres para la extracción del sílex, pero que no eran usados como lugar para pernoctar o como campo base, pues en ellos no encontramos los instrumentos líticos finales dispuestos ya para el uso ni restos de fauna. Así mismo, también hay restos en abrigos rocosos o cuevas pero son muy escasos.

No es hasta el comienzo, en fechas relativas, del Paleolítico Medio (200.000 BP) cuando encontramos los primeros restos de hábitat ocupacional con huellas de uso de fuegos al encontrarse brasas, unidos en el contexto arqueológico a industria lítica que puedan denostar una ocupación habitacional de estos espacios, junto con grandes beneficios como iluminarse no solo en las cuevas si no en la noche e incluso asustar a grandes animales (Chaline, 1997). Es en definitiva la llegada de una nueva sociedad, la cual, en palabras de Jean Chaline, refleja una conducta jerarquizada (1997) al exigir la conquista y el posterior uso del fuego una cierta organización social y logística. Con él se dará paso a la ocupación recurrente de las cuevas, abriéndose un nuevo abanico de posibilidades para los arqueólogos y prehistoriadores, pues no solo permitió que existieran lugares de ocupación temporal pero recurrente, que deja numerosas huellas de huso, sino también el inicio del cocinado de alimentos, otro hecho que deja numerosas huellas, como brasas.

Tras el extenso periodo que constituye el Paleolítico, el cual, pese a numerosas innovaciones y avances tecnológicos, no había supuesto una gran diferencia en los modos de vida de las sociedades organizadas en bandas más o menos numerosas de cazadores-recolectores (Chaline, 1997), llegó un periodo de cambio climático que traerá, junto a la denominada por Gordon Childe Revolución Neolítica, un cambio de enormes dimensiones sobre la vida de los homínidos. Este cambio climático fue la causa del paso, hace alrededor de 10.000 años, del Pleistoceno al Holoceno. Con él se produjo una disminución de las temperaturas, que si bien hizo abandonar a las piezas de mayor envergadura, como renos y mamuts, de la Península en busca de climas más fríos, favoreció un aumento de la fauna de pequeñas y medianas dimensiones, como rebecos, ciervos o jabalíes. Así mismo, trajo nuevas especies vegetales y la expansión del bosque con el fin de la era glacial Würm III.

Este periodo de tránsito está dividido en dos subgrupos establecidos a raíz de los comportamientos humanos; el primero es el Epipaleolítico, el cual, extendido entre 10.000 y 8.000 BP supone un periodo de adaptación de estas sociedades de cazadores-recolectores a una nueva situación. Como ya hemos dicho, la disminución de las temperaturas y la desaparición de especia de grandes envergaduras llevaron a nuevos usos en las formas de vida de los primeros homínidos que convivieron con el nuevo ambiente climático, como la conversión en cazadores de amplio espectro o diversificados, y el comienzo de la pesca o el marisqueo, llegando, con su adaptación, al periodo Mesolítico. En este momento los homínidos ya están instaurándose en campamentos que tienden a acercarse a los valles y que son permanentes o semipermanentes (Gamble, 2001), lo cual, junto al comienzo de la domesticación animal, llevará a un nuevo periodo y a un cambio fundamental en la vida de los seres humanos. Este conjunto de cambios e innovaciones será denominado Revolución Neolítica por el arqueólogo Gordon Childe.

El proceso de neolitización es un conjunto de innovaciones en los modos de supervivencia, en los útiles, y en la tecnología, que traerán consigo un importante impacto en el modo de asentamiento. El cómo y por donde llega las innovaciones que caracterizan a la neolitización es un tema que ha generado numerosa bibliografía, la cual versa de temas en cierta medida ajenos al tema principal de este trabajo, y simplemente nos limitaremos a decir que llegó desde Próximo Oriente a la Península (y a otras entidades geográficas) hacia el VIII milenio a.C. (Hernando Gonzalo,1994). Las innovaciones que caracterizarían a estas, tecnológicamente, nuevas sociedades, seria primeramente la domesticación de plantas y animales, junto al uso de nuevos utensilios tales como cerámicas cardiales o piedras pulimentadas. Junto a todo ello aparecerá un hecho que cambiará la Historia de la Humanidad, y que, para los autores que siguieron los ensayos de Gordon Childe (1892 – 1957), asentaron con el término acuñado por el arqueólogo australiano de revolución neolítica, pues con el Neolítico comienza un nuevo proceso. Con él llegan unas nuevas formas de vida en el uso cotidiano de los homínidos, los cuales, controlando el medio, pueden instaurarse de forma permanente o semipermanente en un terreno. Es así como se empieza a abandonar la ocupación en cuevas a favor de los campamentos o aldeas al aire libre de forma general. Junto a ellos aparece el megalitismo o la construcción de grandes necrópolis, reconocibles por todos los miembros del grupo y visibles a kilómetros de distancia, que reflejan la sensación de apego por el territorio ocupado. Es la Revolución Neolítica, en opinión de Gordon Childe, la “expresión de la repercusión del cambio tecnológico en las formas sociales” (Hernando Gonzalo, 1994), proyectándose el modus vivendi colectivo y organizado que suponía la instauración de la agricultura en las nuevas sociedades estables o permanentes. Nuevamente, este periodo ha traído numerosas conclusiones diferentes con su estudio, como la asociación del mismo a una situación de crisis, en la cual el gran arte paleolítico desaparece y se comienzan a explotar recursos aparentemente poco calóricos, como el marisqueo (Rubio, 1985). Sin embargo, parezca ser que es este un periodo de diversificación social y especialización, en la cual aumenta el nivel demográfico global y se hace necesario un mayor esfuerzo productivo, el cual, a su vez, repercute en un aumento  poblacional. Este aumento productivo se debe no solo a la incipiente llegada de la agricultura, sino también a la diversificación productiva, que lleva, como señala Isabel Rubio, a un estacionamiento no permanente, si no estacional, en el cual se recolecta y cultiva pero también se dedica una parte del grupo a otras actividades cuando la estación es la apropiada, así como el marisqueo (1985).

Así defienden autores como Rubio, a través de los trabajos de Pellier, Arribas o Morais, que el proceso de neolitización fue lento y dividido en varias etapas, hasta que las sociedades de homínidos pudieron abastecerse con lo producido por ellos mismos, abandonando la dicotomía entre campamentos intermitentes o estables y decantándose por esta última opción.

Es a partir del III milenio cuando nos encontramos con sociedades ya “verdaderamente campesinas” (Rubio, 1985) o neolíticas, cuyo elemento característico y que nos permite saber si pertenecen o no a estas sociedades, es la existencia o no de animales o restos de animales domésticos. Estas sociedades neolíticas y campesinas, con una entidad regional delimitada en mayor o menor medida por sus tierras de cultivo sus zonas de pasto y las  zonas de caza, logran una producción tal, gracias a las innovaciones tecnológicas llegadas de Próximo Oriente, que les permite el asentamiento de campamentos permanentes que se convertirán en aldeas, como El Argar o Los Millares, y alejarse de los modos de vida itinerantes y nómadas de los grupos de cazadores-recolectores paleolíticos, dando lugar a la continuidad ocupacional, siendo un gran reflejo en un primer momento de la misma, como ya hemos señalado, la cultura megalítica (Sanz, 2007). Respecto a esta, autores como Márquez Romero han señalado que servía de conglomerante para las primeras sociedades campesinas, las cuales, en un primer momento, seguían un sistema de agricultura de barbecho, los que les obligaba a retornar a sus modus vivendi paleolíticos en mayor o menor medida durante el periodo de recuperación del suelo (2002).

Sea como fuere, finalmente se consiguió una producción sobredimensionada que permitía mantener la estabilidad de los asentamientos en las etapas improductivas de la tierra, y reflejo de ello son, como señala Almudena Hernando, la existencia de almacenes de recursos (1994), que servían para mantenerlos a buen recaudo durante los periodos de escasez. Algunos estaban  no en silos comunitarios sino en las propias casas o cabañas que ya empiezan a germinar por los yacimientos al aire libre que pueblan el paisaje peninsular (Sanz, 2007).

Junto a la cultura megalítica, las cabañas y los silos, que reflejan el apego a la tierra y la cultura del asentamiento, tenemos un nuevo elemento, ya incipiente en el Calcolítico, que señala la estabilidad del asentamiento: las murallas. Estas llegan en un  momento que aparece la metalurgia (III milenio a.C.) y se multiplican los intercambios comerciales, además de experimentar un aumento en las diferencias sociales, puestas de manifiestos sobre todo en los ajuares y en las construcciones megalíticas de la incipiente aristocracia guerrera (López, 2007). Un proceso de diversificación social, no solo estratigráfica, si no productiva, con mayores posibilidades funcionales cada vez, que se verá fuertemente incrementado a partir del Calcolítico final (2.600 – 2.200 a.C.) y con el contacto de los pueblos peninsulares con los pueblos ya históricos como los fenicios, a través de sus enclaves comerciales en el levante y sur peninsulares. Y, así mismo, esta lucha por los recursos ya no solo inter puertas sino con enemigos externos lleva a un aumento de la conflictividad, vislumbrado a partir del aumento del utillaje bélico y la proliferación de cuchillos y dagas en los ajuares, pero, sobre todo, con el alzamiento de estas murallas. Los Millares constitutyen un gran ejemplo de ello, un enorme asentamiento que creó una cultura propia o, cuanto menos, sirvió por su relevancia para denominar a unas comunidades del sur de la Península que comenzaban ya a asentarse como grandes organizaciones densamente, para los valores anteriores al calcolítico, pobladas.

Así, vemos como los asentamientos más grandes y numerosos son los situados en el levante y en el sur peninsular, destacando junto a Los Millares yacimientos como la cultura del Argar  o las motillas manchegas, unos asentamientos amurallados autóctonos del paisaje del Bronce Manchego, con enormes silos, incluso para almacenar agua ante la presunta escasez existente en el territorio, hechos todos ellos que reflejan un fuerte asentamiento en el territorio.

Junto a ellos perdurarán grupos de vertiente más intinerante, pero el proceso urbanizador ya estaba asentado en la Península en el Bronce Final, y con el comienzo de la Edad de Hierro aumento su relevancia a nivel penínsular, más aun con la llegada de fenicios, griegos, púnicos y, en último lugar, romanos, que llevaron el sistema urbano a casi todo el territorio peninsular, con la exclusividad de la zona cantábrica, que se mantuvo, como hiciera durante toda la Prehistoria, más relacionado con el sur de Francia que con el levante mediterráneo peninsular.

 

 

                                                                                   

Bibliografía:

  • Chaline, Jean. 1997. Del simio al hombre. Una familia poco común. Akal. Pp 119 – 141
  • Gamble, Clive. 2001. Las sociedades paleolíticas de Europa. Ariel Prehistoria. Pp 25 – 111
  • Hernando Gonzalo, Almudena. 1994. El proceso de neolitización. Perspectivas teóricas para el estudio del Neolítico. Zephyrus. Pp 123 – 142
  • López Cachero, Javier. 2007. Sociedad y Economía durante el Bronce Final y la primera Edad del Hierro en el Noroeste peninsular. Una aproximación a partir de las evidencias arqueológicas. Trabajos de Prehistoria. Pp 99 – 120
  • Márquez Romero, José Enrique. 2002. Megalitismo, agricultura y complejidad social: algunas consideraciones. Dialnet. 193 – 217
  • Rubio, Isabel. 1985. En torno a la problemática del hábitat al aire libre en el Neolítico peninsular. UAM. Pp 153 – 161
  • Sanz González de Lema, Sofía. 2007. Cuestiones sobre el Poblamiento y los modos de vida en el Neolítico interior de la Península Ibérica. CuPAUAM. Pp 7 – 30
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