La guerra de Sucesión Española y el contexto bélico europeo

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El siglo XVIII está marcado por el movimiento ilustrado, el uso de la razón hace que las guerras sean más lógicas en cuanto al aspecto económico y a la pérdida de vidas humanas. El sistema de equilibrio europeo será determinante en el desarrollo y reparto de los territorios europeos de la Monarquía Hispana. El consentimiento de la instauración de una nueva dinastía en la Corte Hispana, será fruto de la idea de la necesidad de cambio instaurada en la conciencia general de la población.

En el plano bélico, situamos 4 guerras: dos a finales del siglo XVII (la Guerra de la Liga de Augsburgo y la Guerra Austro- turca) y otras dos a comienzos del siglo XVIII (la Guerra de Sucesión española y la Gran Guerra del Norte.

Guerra de la Liga de Augsburgo.

Luis XIV era heredero de un Estado relativamente próspero, en su persona se cristalizó la doctrina del absolutismo monárquico mediante justificación divina, también implantó un sistema organizado de administración y gobiernos centrales, el rey decidirá siempre la conducta a seguir, los ministros informarán con regularidad y no realizarán acto alguno independientemente.

El triunfo de la política exterior, no se puede entender sin la política interior. Luis designó a Colbert ministro de todos los ministerios, salvo el de guerra. Colbert se ocupó de la reforma financiera intentando evitar abusos fiscales, reduciendo el número de exenciones de impuestos a la nobleza, bajaron impuestos directos y aumentaron los indirectos que afectaban a los nobles, al clero y al pueblo. Se fomentó la agricultura para aligerar las cargas al pueblo. Colbert como perteneciente a la clase media que era, se preocupó de fomentar los intereses propios de su clase como eran el comercio y la industria. Todo esto se tradujo en una economía más o menos saneada y eficiente que permitió embarcarse en las guerras posteriores y consolidar a Francia como una potencia hegemónica.

En la política exterior, Luis se apoyó en la diplomacia y en las armas, contaba con un ministro de guerra excelente, Louvois, un ministro que consiguió mantener y reclutar al ejército más numeroso y mejor de la época. Siendo Luis uno de los mejores diplomáticos de la época, Colbert facilitando unos fondos abundantes y con Louvois proporcionando un ejército temible, se pudo realizar una política exterior eficaz. Se siguió la política exterior tradicional de los reyes de Francia desde Francisco I que era humillar y desgastar a los Habsburgo. Cuando Luis subió al trono las posesiones de los Habsburgo rodeaban el territorio francés, los españoles controlaban la península Ibérica al sur, la zona de Bélgica al norte, Franco Condado al este y la zona de Milán, mientras los austriacos controlaban una región al nordeste de Francia.

Luis trató de justificar sus posteriores agresiones mediante la doctrina de las fronteras naturales, defendía que las fronteras de cada reino debían estar dividas por fronteras determinadas por la naturaleza (ríos, lagos, montañas…), de este modo, Luis pretendió mediante tres guerras llegar al Rhin y expandir sus territorios: la guerra de Devolución, la holandesa y la de la Liga de Augsburgo.

Mediante la guerra de Devolución (1667-1668), Luis pretendió ocupar las posesiones españolas en la zona de la actual Bélgica, aprovechando la debilidad del rey Carlos II de España y la rivalidad entre Inglaterra y Holanda. Luis procuró negociar con los aliados de España y con los contrarios a esta conquista, consiguiendo atacar las posesiones españolas sin resistencia ni respuesta internacional, pero poco después se forma en respuesta una Triple Alianza entre Inglaterra, Holanda y Suecia para impedir el avance francés. Al final se firma un tratado por el cual Francia se apodera de parte de los Países Bajos españoles.

Luis sabía que Holanda nunca estaría conforme con tener a la poderosa Francia como vecina, además en este momento, Francia se convierte en un rival mercantil y colonial de Inglaterra y Holanda, Luis XIV y el ministro Colbert, ven con buenos ojos que la clase media francesa pudiera beneficiarse de la brecha en el monopolio mercantil holandés. Luis pretende ahora aislar a Holanda, primero pacta con el rey inglés un tratado secreto para la no intervención inglesa a cambio de una fuerte retribución económica. Mediante subvenciones también se sobornó al gobierno sueco. Mientras, Holanda se hallaba desgastada por la guerra civil y el conflicto entre republicanos y los Orange.

Rota la Triple Alianza, Francia declara la guerra a Holanda en 1672 y avanza triunfalmente hacia Ámsterdam. Tras el rechazo de Luis de una paz ventajosa, el emperador Leopoldo, España y otros Estados alemanas atacan a Francia y dirigen la guerra hacia el Franco Condado y los Países Bajos españoles. Derrotado el emperador y ante la inminente intervención de Inglaterra por la presión que el Parlamento ejerció al rey inglés Carlos II, Luis firmó la paz de Nimega (1678), en la que España fue la clara perdedora, ya que tuvo que ceder Franco Condado y algunas plazas fuertes de los Países Bajos españoles y abriéndose en Europa Occidental un periodo de paz.

Estos conflictos costaron caros a Francia, las fronteras quedaron devastadas, el Tesoro quedó muy afectado y se tuvieron que subir los impuestos y pedir préstamos. Además, se perdieron dos de los mejores generales franceses. Luis, lejos de preocuparse por la situación, se embarca en la nueva adquisición de territorios sin recurrir a las armas. A partir de aquí, Luis recurre a un tribunal especial al que se le denominó como “Cámaras de Reunión”, aquí un grupo de juristas trataron de vincular en base al derecho feudal hasta 20 ciudades  del Sacro Imperio Germánico a las posesiones francesas gracias a cláusulas poco claras de tratados anteriores. Francia se alió con Inglaterra y aprovechando que el Emperador se hallaba en conflicto con los otomanos, Francia conquistó rápidamente Estrasburgo y Luxemburgo, basándose en la legitimidad sobre dichos territorios. Estos territorios serán finalmente perdidos con la Tregua de Ratisbona de 1684 en la que España y el Emperador tuvieron que reconocer las reuniones de la cámara efectuadas.

En los años siguientes a Ratisbona, Luis XIV no dejó de agredir a Europa y de violar la tregua por lo que ante el más que inminente retorno a las hostilidades provocó que el Emperador Leopoldo formara en 1686 la conocida Liga de Augsburgo, formada por España, Suecia y diversos príncipes alemanes para proteger las posesiones del Sacro Imperio Romano. En 1688, Luis envió a sus tropas a la conquista del Palatinado renano, territorio sobre el que realizó una reclamación descabellada. Este hecho es el que inicia la guerra de Augsburgo.

Luis tuvo la fortuna de contar con la ayuda o neutralidad de Inglaterra en anteriores guerras, porque el monarca inglés dependía del apoyo económico francés para mantener un gobierno absolutista y al margen del control del Parlamento, además los sectores mercantiles sufrían más la rivalidad holandesa que la francesa. Luis gozaba de excelentes relaciones con Jacobo II (1685-1688) pero tras su destierro en 1688 con la revolución inglesa, sube al trono su yerno, Guillermo III, estatúder holandés y archienemigo de Luis XIV. Esto provoca un giro radical en las relaciones, Inglaterra se apresura a unirse a la liga y a declarar la guerra a Francia. Se produce un acercamiento entre Holanda e Inglaterra mediante la cual cesan las rivalidades comerciales y entran juntas en conflicto con el imperio colonial francés.

Esto generó un aislamiento internacional de Francia, perdió a sus antiguos aliados; se le sublevaron los estados protestantes; el Papa era hostil a Luis XIV; El Emperador se convirtió en el jefe de la cristiandad y de Alemania, las potencias marítimas se unieron bajo la autoridad de Guillermo de Orange. La guerra se desarrolló en varios escenarios, tanto en Europa como África, India o América.

Los ejércitos franceses, espléndidamente organizados, se bastaron para contener a los aliados y librar a Francia de una invasión, sin embargo, en lo naval no fueron tan buenos los resultados. Luis pretendió apoyar a Jacobo II para su retorno al trono inglés, y envió una expedición a Irlanda que resultó ser un desastre. La guerra finalizó con la firma del tratado de Ryswick el 20 de septiembre de 1697; Luis XIV, aunque no había sido derrotado, devolvió todas las conquistas realizadas durante el conflicto y las anexiones posteriores a 1679, excepto Estrasburgo, además de reconocer a Guillermo de Orange como soberano inglés. La actitud de Luis ante esta paz se debe al pésimo estado de las finanzas y profunda desestructuración del reino; y a la esperanza ante la próxima  muerte del rey de España sin herederos. Luis deseaba limar asperezas con las potencias europeas para encontrar en ellas una postura favorable a la hora de reclamar la sucesión al trono español. Pero Ryswick supuso una regresión del poder francés a nivel internacional.

Guerra Austro-turca.

En el siglo XVI Los monarcas Habsburgo austríacos contaban con tres grandes unidades territoriales: Austria, Bohemia y Hungría. Esta última fue la que planteó los mayores problemas, un tercio del territorio estaba ocupado por los otomanos, el otro tercio pertenecía al Principado de Transilvania, el cual era casi independiente y se hallaba bajo el control de un príncipe magiar indígena de creencias protestantes. El tercio restante se encontraba bajo gobierno de los Habsburgo, teniendo que pagar un tributo anual a los otomanos, para colmo, la mayoría de la nobleza era protestante y apoyaba mayoritariamente al príncipe de Transilvania. Poco a poco, hacia finales del siglo XVI, el poderío austríaco fue abriéndose camino en Hungría como resultado de un notable renacimiento del capitalismo; el príncipe de Transilvania y gran parte de la nobleza abandonaron el protestantismo. Tras la guerra con los otomanos a principios del siglo XVII, los Habsburgo consiguieron librarse de los tributos al Sultán, pero Mohamed IV emprenderá unas ofensivas contra el Imperio austríaco que pondrán en serias dificultades al Emperador Leopoldo I.

En el año 1682, el ejército otomano invade Hungría y penetra en Austria poniendo sitio a Viena, Leopoldo desesperado y ante el temor de una inminente capitulación de la capital, pide ayuda al resto de países europeos. En su ayuda acude el rey de Polonia, Juan III Sobieski, quien conseguirá derrotar a los otomanos y levantar el sitio a Viena. Seguidamente, el papa Inocencio XI se dispuso a organizar lo que vino a constituir una de las últimas Cruzadas. Venecia, Rusia, Polonia y hasta, durante un tiempo, Luis XIV, cooperaron en la guerra proporcionando suministros, dinero, tropas y generales al Emperador Leopoldo I en contra de los musulmanes. Durante 16 años la contienda se desarrolló en Hungría con un balance positivo hacia las fuerzas cristianas que consiguieron hacer retroceder las oleadas otomanas. Finalmente la guerra finaliza en 1699 mediante el tratado de Karlowitz, teniendo los turcos que devolver todas sus conquistas al norte del Danubio y quedando toda Hungría unida bajo la tutela del monarca austríaco.

Apenas recién acabada la guerra, los Habsburgo se lanzarían a la intervención en la guerra de Sucesión española contra Luis XIV mediante la cual consiguieron incorporar a sus posesiones territorios continentales pertenecientes a España.

Las transformaciones bélicas del cambio de siglo.

Las  relaciones internacionales europeas del siglo XVII se caracterizan por una mayor complejidad en relación con el siglo anterior, esta complejidad procedía del aumento de intereses y ambiciones de las potencias europeas, todos los líderes europeos tendían a entrometerse en cualquier problema de poder por muy alejado que estuviera. Ahora los conflictos rebasan el marco europeo y se traslada los territorios coloniales. La política exterior estaba influida por la personalidad de los soberanos y las consideraciones dinásticas.

Las guerras de religión del siglo XII trajeron la disolución definitiva de la concepción medieval de la Comunidad Cristiana de Europa. Se requería un nuevo marco teórico para las relaciones internacionales. Se extendió la idea italiana del siglo XV de mantener la paz mediante un equilibrio entre las grandes potencias, esta idea se extendió por Europa. Las ventajas de este sistema era declarar la guerra a una potencia que amenazara el equilibrio o exigir compensaciones para evitar la lucha a expensa de terceros países. Francia, sin embargo, fue la potencia más hostil a establecer este sistema de equilibrio, aunque otros, como el Imperio Otomano, que se negó antes sus ambiciones de realizar importantes conquistas en Europa, o Rusia y Prusia que acababan de irrumpir en el contexto de las potencias europeas y deseaban alcanzar una posición más acorde en el equilibrio de fuerzas europeo.

La aplicación y extensión de este modelo se atribuye a los británicos, quienes en 1702 formaron la Gran Alianza de la Haya, cuyo objetivo era mantener el equilibrio en Europa y recortar el poder de Francia. Al final de la Guerra de Sucesión española, la aplicación de este principio en los Tratado de Utrecht de 1713 vino a traducirse en la obligatoria separación de la monarquía francesa de la española. Durante muchos años, el eje de este equilibrio se mantuvo basado en la rivalidad Borbón-Habsburgo. Pero este sistema quebraría en 1756 con la llamada Revolución Diplomática que anunció la guerra de los Siete Años.

Para que el sistema de equilibrio funcionara era necesario evaluar el poderío de los diversos estados europeos. Según el pensador G. Von Justi, el verdadero criterio para evaluar el poderío de un estado era la eficacia del Gobierno, y los gobiernos del siglo XVIII desarrollaron al máximo tres instrumentos fundamentales de poder: los ejércitos, las armadas y la diplomacia.  Francia, Inglaterra, Austria y Rusia fueron las grandes potencias que consiguieron el éxito de este sistema.

Durante el siglo XVIII la guerras se dulcificaron pese al incremento de la fuerza militar y el puro maquiavelismo de las relaciones diplomáticas, esto tiene sus raíces en las ideas utilitaristas de la época. Tanto el ejército como la marina eran demasiado costosos como para lanzarlos a la ligera, representaban una fuerte inversión de tiempo y dinero. Las guerras fueron más sangrientas y justas con las zonas de lucha. Surgieron círculos culturales contrarios a la guerra, según la Razón, la guerra era incompatible a la prosperidad de los estados. También se procuró que la población y la producción sufrieran lo menos posible las repercusiones.

La Gran Guerra del Norte.

En 1696, Pedro I quedaba como único soberano de Rusia tras la muerte de su hermano. Como gran apasionado de los barcos, fletó una gran armada que consiguió derrotar a los turcos en el Mar Negro y le permitió hacerse con el importante puerto de Azof. Sin embargo, Pedro sabía que necesitaba de la ayuda de Occidente para derrotar al Imperio Otomano, por ello envió a una delegación para conseguir atraer a los países europeos a su causa. Tal delegación fracasó, ya que Europa Occidental estaba en las vísperas de la Guerra de Sucesión española. Aun así, Pedro consiguió aprender más sobre la construcción de barcos en Holanda, saber más acerca sobre la industria y el comercio en Inglaterra o aprender sobre la organización militar en Prusia. Reunió a artesanos, mecánicos, marineros y a otros trabajadores para llevarlos a Rusia e instruir a su pueblo.

Pedro se mostró decidido en acabar con antiguas tradiciones y en reforzar la autoridad absoluta del Zar, la denominada autocracia. Pedro  formó un gran ejército permanente reclutado de la masa del pueblo he instruido por oficiales extranjeros. Este ejército disciplinado sustituyó a los turbulentos streltsi y sirvió como instrumento a Pedro para ejecutar su política interior y exterior. Para mantener semejante ejército, Pedro dividió el territorio en provincias cuya cabeza visible fueron oficiales que se encargaban de recaudar el dinero suficiente de entre los habitantes para mantener el ejército. Otro punto importante en la dirección hacia la autocracia, fue la subordinación de la Iglesia ortodoxa al Zar. La Iglesia ejercía gran influencia sobre el pueblo ruso por lo que un mayor control sobre este y la eliminación de la oposición eclesiástica.  Por tanto el Zar tomó medidas para exaltar y defender a la Iglesia y al mismo tiempo que sirviera como un agente dúctil del gobierno. Para controlar la Iglesia, se desposeyó al patriarca de Moscú de la jefatura de la organización eclesiástica y se entregó las riendas de la Iglesia a una junta, el Santo Sínodo, formada por obispos y presidida por un seglar, nombrados por el propio Zar. El Santo Sínodo aprobaba los cargos eclesiásticos, la publicación de libros y todas las acciones relacionadas con la Iglesia.

Todos estos cambios vinieron acompañados de una revolución en la sociedad rusa. Por una parte, la nobleza medieval de Rusia perdió relevancia con el ennoblecimiento de una gran cantidad de familias que le prestaron servicios militares relevantes, lo que dió como resultado la formación de una nueva clase uniforme, los hidalgüeros, propietarios de gran cantidad de tierras, adictos al ejército y al zarismo autocrático. A esta nueva clase se le sometieron a servidumbre los campesinos. Pedro I pretendió asemejarse a los monarcas europeos, por lo que pretendió romper con las viejas tradiciones y europeizar las costumbres.

Las reformas de Pedro el Grande supusieron la aparición de una figura del Zar con poder absoluto, esto vino acompañado de la abolición de la asamblea medieval de grandes señores o duma, sustituida por un Consejo Consultivo de Estado, cuyos miembros eran elegidos por el Zar. Se borraron los rastros del gobierno local autónomo y  el país pasó a ser gobernado por agentes personales del Emperador. Todas estas reformas tuvieron una gran oposición al principio y tuvo que confiar en extranjeros para llevarlas a cabo, pero una vez ya creada la nueva nobleza, esta fue utilizada para llevar las reformas a cabo.

La economía también fue un punto importante, Pedro I intentó de modo rudimentario mejorar la agricultura y fomentar el comercio y la industria ante una inexistente clase media. Sin embargo, su preocupación por el ejército y la intervención en numerosas guerras privó de madurez a sus planes económicos. Pedro I centró enormes esfuerzos en su política exterior, en su esfuerzo por estrechar relaciones con Europa, extendió sus dominios para conseguir accesos al Mar Negro y al Báltico, vías de comunicación y comercio con Occidente. Pero ambos accesos se hallaban ocupados por los otomanos y suecos respectivamente, por lo que Pedro se embarcó la guerra contra ambos Estados. El conflicto con Suecia será conocido como la Gran Guerra del Norte.

Un siglo antes del conflicto, Gustavo Adolfo, unió a las posesiones suecas las provincias orientales de Carelia, Ingria, Estonia y Livonia por medio de conquista, su intervención en la Guerra de los Treinta Años proporcionó a Suecia  las posesiones de Pomerania occidental y los estuarios del Elba, Oder y Weser, esto supuso una influencia considerable en la política alemana. El comercio de Suecia crecía y prosperaba, Dinamarca, Polonia y Brandemburgo pretendieron quebrar el monopolio comercial de Suecia en el Báltico, pero sin éxito. Suecia era una potencia militar y uno de los mayores Estados de Europa, suya era la mayor parte de las costas del Báltico y todas las islas. Sin embargo, la grandeza de Suecia en el siglo XVII era más bien aparente que real, suscitaba los celos de sus vecinos y las posesiones al otro lado del Báltico resultaban difíciles de retener ante la variedad de las etnias que poblaban las posesiones suecas y que simpatizaban con los enemigos de Suecia. La metrópoli, por lo tanto, tuvo el deber de seguir siendo una monarquía militar y armada hasta los dientes ante cualquier posible agresión. Sin embargo, pese a su gran extensión territorial, la densidad de población era baja y sus campesinos muy pobres, solo la alianza con la toda poderosa Francia mantenía esta situación, pero con la decadencia francesa y encumbramiento de Prusia y Rusia, Suecia fue cediendo su hegemonía en el Norte.  La política militar de los monarcas suecos, desgastó las arcas y a la población, necesarias para la organización del país, esto perjudico el comercio y suscitó el odio de los Estados contiguos. El poder de los nobles se acrecentó en detrimento del poder real.

En 1697, con quince años ascendió al trono Carlos XII, las potencias vecinas plantearon en este momento repartirse y desmembrar el Imperio sueco. El zar Pedro, y Augusto II, el Elector de Sajonia y rey de Polonia planearon este empresa junto a Brandemburgo y Dinamarca. En el último momento, Brandemburgo se echó atrás; pero Sajonia, Dinamarca y Rusia firmaron en 1699 una alianza. Confiaban en una victoria rápida y decisiva ante la incapacidad de reacción de las demás potencias europeas que se hallaban concentradas en la inminente guerra por la sucesión española. Sin embargo, Carlos XII resultará ser un enemigo difícil de vencer. La alianza de 1699 dio lugar a la Gran Guerra del Norte que finalizará en 1721 con el tratado de Nystad, que reducirá a Suecia a una potencia de tercer grado.

Al iniciarse la guerra, Carlos XII invadió rápidamente Dinamarca, sin dar tiempo a sus enemigos para unirse. Dinamarca firmó en 1700 un tratado de paz con una fuerte indemnización. De ahí, Carlos se lanzó rápidamente a Estonia para hacer frente al ejército ruso que aniquilo en Narva. A continuación, se dirigió hacia el sur limpiando Livonia y Lituania de rusos, sajones y polacos. Finalmente, trasladó la guerra a Polonia, se apoderó de Varsovia y de Cracovia. Obligó al parlamento polaco a destronar a Augusto y a designar a Estanislao Leszczynski como rey en 1704. Años después, Augusto recuperaría el trono. Era momento de acabar con la guerra, por aquél entonces, Rusia solamente exigía un puerto en el Golfo de Finlandia como precio de su alianza con Suecia contra Polonia. Sin embargo, el joven e impulsivo Carlos XII hizo oídos sordos a todas las proposiciones de paz.

En 1709 se encontró con el ejército de Pedro el Grande en Poltava, que supuso una derrota decisiva para los suecos. Carlos huyó hacia territorio turco donde intentó convencer al Sultán de unirse a la guerra contra Rusia. Sin embargo, Pedro compró la paz con el Sultán devolviéndole la ciudad de Azof. Después de una estancia de más de cinco años en el Imperio otomano, Carlos reapareció sorpresivamente en Stralsund. La guerra continuaba con más enemigos y más exigencias, el rey danés volvió a la contienda en favor de Pedro I y Augusto. Gran Bretaña, Hannover y Prusia pasaron también a formar parte de la coalición codiciosos del comercio y los territorios suecos. Carlos aguantó pero falleció en la Invasión de Noruega en 1718.

Entre 1719 y 1720 se firmaron los Tratados de Estocolmo, por los cuales, parte de las posesiones suecas pasaban a Dinamarca, Hannover y Francia. Gran Bretaña, Prusia y Dinamarca pasaron a ser los herederos del comercio sueco. En el tratado de Nystad (1721) se acordaron las concesiones a Rusia; estas incluían la soberanía sobre Carelia e Ingria, las provincias de Estonia y Livonia y una estrecha franja en la Finlandia meridional. De este modo, Pedro consiguió su codiciada salida al Báltico, fundó la ciudad de San Petersburgo que debería convertirse en un gran lazo comercial y de unión con el mundo occidental. A partir de este momento, Rusia pasó a ser la potencia hegemónica de la Europa septentrional.

La Guerra de Sucesión Española.

Durante el final del reinado de Carlos II, la carencia de una figura regia activa que pudiera dar solidez a los ministerios  y tras la caída del conde de Oropesa en 1691, aumentó la inestabilidad de la Corte donde ningún personaje logró ocupar una posición tan señalada como él. El gobierno se debatió en una fuerte espiral de conflictos cortesanos, formándose partidos con fuertes dependencias de los intereses de las potencias europeas que buscaban asegurarse la sucesión de Carlos II, ya que para la década de 1690 parecía claro que Carlos no tendría descendencia.

A  Carlos II le correspondía elegir entre dos jóvenes príncipes, uno Borbón y otro Habsburgo, estos habían recibido sus derechos al trono tras la renuncia de sus hermanos mayores, con esto se evitaba una unificación personal de las herencias que les correspondía naturalmente y la que recibirían de Carlos II, respetando de esta manera el equilibrio continental.  Sin embargo, ambas candidaturas seguían resultando inquietantes. Si la herencia recaía en Felipe de Anjou, Luis XIX ejercería un control más o menos directo sobre las posesiones españolas, que le permitiría derrotar a sus rivales. Una monarquía hispánica con el poderío naval y el ejército terrestre francés, podría rescindir de los privilegios comerciales de los que gozaban ingleses y holandeses, además estos últimos habían sufrido en los últimos años la depredación francesa y su autoritaria administración, por lo que esta candidatura se convirtió en la más desfavorable. La segunda candidatura recaía sobre el segundo hijo del Emperador Leopoldo, era también conflictiva para los intereses franceses que veían la más que posible alineación de la Monarquía Hispánica contra Francia. Para la Monarquía Hispánica, esta candidatura supondría mantener la dependencia económica militar y diplomática con potencias navales.

En 1698, se realizó el tratado de La Haya entre Guillermo III y Luis XIX para repartirse parte de los territorios europeos de la monarquía hispánica entre los Habsburgo y los Borbones, a cambio de reconocer a José Fernando de Baviera como heredero. Pero la muerte del candidato bávaro y la sucesiva muerte de Carlos II en el año 1700, supuso un cambio de los acontecimientos y estancamiento de acuerdos diplomáticos. Carlos II nombraría como heredero a Felipe de Anjou con la intención de mantener la integridad territorial de la monarquía hispánica. La desaparición de escena de los principales valedores del partido austriaco, el conde de Oropesa y el almirante de Castilla, tras el motín de los gatos;  favoreció que los partidarios de la sucesión francesa ejercieran una mayor influencia en el gobierno. Ante la idea de una Monarquía dividida entre las potencias extranjeras, se consideró que lo mejor era declarar a Felipe de Anjou como heredero universal, lo que permitiría contar con la potencia militar  francesa como soporte. De esta forma, la Monarquía Hispánica se convertía en un satélite de Luis XIX. Las potencias europeas, temerosas de semejante poder, reforzaron sus alianzas.

La situación en la Monarquía Hispánica de 1700 es la de un reino desmoralizado tras el reinado de Carlos II, pero que no manifiesta ilusión ante la nueva dinastía borbónica pese a que había una conciencia generalizada de necesidad de cambio. La decadencia universitaria, literaria y artística era evidente. El neoescolasticismo es dominante y sólo los novatores impregnan de racionalismo una atmosfera mediocre. Los presuntos hechizos del rey manipulado por su confesor y  los constantes bandazos políticos de la Corte no dejaron florecer el proyectismo ilustrado alternativo de los arbitristas que reclamaban reformas y soluciones. El endeudamiento municipal, la corrupción administrativa, el vacío ideológico, la debilidad extrema… generaban una conciencia general de haber tocado fondo, es por ello que surja esta conciencia generalizada de la necesidad de cambio de dinastía.

El 16 de noviembre de 1700, Felipe V se proclamaba rey de la Monarquía Hispánica, tras su llegada a Madrid, comenzó a tratar los asuntos de la monarquía con el llamado Consejo de Despacho, integrado por el cardenal Manuel Portocarrero, el marqués de Harcourt (embajador francés), Manuel Aria (presidente del Consejo de Castilla) y Antonio de Ubilla ( secretario del Despacho Universal). El nuevo despacho marginaba al Consejo de Estado.  El rey convocó las Cortes de Castilla y juró las leyes del reino, Felipe se dirigió a la Corona de Aragón para recibir a su esposa María Luisa Gabriela de Saboya, aprovechó y convocó Cortes para confirmar los fueros. Después marchó a Italia, dejando a la reina como regente, asesorada por la princesa de Ursinos, la cual desempeñará un papel muy importante en estos primeros años de reinado en el proceso de transformación de la Corte y del gobierno. La princesa de Ursinos fue nombrada camarera mayor de María Luisa por Luis XIV y supo ganarse la confianza de los reyes rápidamente. La delicada situación internacional, favoreció que Luis XIV pudiera intervenir en el gobierno español.

Entre 1701 y 1705, se ensayaron formulas en cuanto a la composición del Consejo de Gabinete con el objetivo de promover las reformas necesarias para hacer frente al conflicto que se avecinaba. El equipo de gobierno francés formado por Harcourt y Orry, los cuales iniciaron reformas en las finanzas que afectaron a las alcabalas y a las rentas de la nobleza, esto generó un movimiento de oposición por parte de los Consejos y de la nobleza. A la vuelta de Felipe V, se creó un nuevo Gabinete compuesto por españoles. La princesa de Ursinos volvería a Francia por orden de Luis XIV, pero los reyes reclamaron su regreso. Finalmente, en 1705 retornaría la princesa de Ursinos, la cual gozará de total autoridad en la Corte y en el gobierno hasta 1714. Ursinos será utilizada por Luis XIV para dirigir los asuntos españoles. Progresivamente, el control e intervención de los franceses en el gobierno español para a ser de mera influencia en la inspiración de las reformas. Se pusieron en marcha reformas en la financiación y en el ejército para poder hacer frente a la guerra. Las nuevas reformas afectaron a la estructura como al sistema de gobierno de la monarquía, imponiéndose con los llamados decretos de Nueva Planta un sistema de administración centralizada.

En lo que respecta meramente a la Guerra de Sucesión, esta estalló con Felipe V en Nápoles. El rey Borbón había sido aceptado en Europa, con excepción del emperador Leopoldo, pero algunas actuaciones políticas y económicas de Luis XIV desencadenaron la guerra. Las potencias marítimas de Inglaterra y Holanda, habían admitido a Felipe V pese a lo acordado en los Tratados de partición con el fin de evitar una nueva contienda, formaron meses después junto al emperador la Gran Alianza de la Haya (1702) para apoyar al archiduque Carlos de Austria y declarar la guerra a Francia y España. Posteriormente se adhirieron a la alianza Prusia, los príncipes alemanes, Saboya y Portugal. La muerte de Guillermo III de Orange y subida al trono de la reina Ana no supuso ningún cambio, ya que la guerra no solo debatía la hegemonía dinástica de Borbones y Habsburgo, sino que también la hegemonía colonial y marítima.

El 12 de Febrero de 1703, el archiduque Carlos se autoproclamaba rey de la monarquía española en la Corte imperial vienesa, mientras Leopoldo y su hijo José firmaron lo acto de cesión de sus derechos a la Corona Hispana en favor del archiduque. Como segundo hijo del emperador, su candidatura eliminaba el peligro de reconstruir el Imperio de Carlos V, pero tras la muerte en 1711 de José I, el archiduque accedió al trono Imperial como Carlos VI sin renunciar por ello a la Corona española.

En la vertiente internacional de la guerra, los franceses iniciaron una ofensiva que duró hasta el año 1704, cuando son derrotados en Blenheim. En 1706 las tropas francesas vuelven a ser derrotadas. Todas las posesiones europeas de la monarquía hispánica, excepto Sicilia, cayeron en manos de los aliados. La situación financiera y la crisis demográfica, obligó a los franceses a pedir la paz separada en 1709 y 1710, este hecho generó en Castilla una violenta reacción anti francesa. La intransigencia aliada finalizó las negociaciones hasta 1711, cuando se inician conversaciones entre Gran Bretaña y Francia que condujeron a los Preliminares de Londres. Este cambio en la política inglesa se debió a la victoria de los tories en las elecciones de 1710, estos eran mucho menos belicistas que los whigs. La muerte de José I en abril de 1711 y coronación de Carlos VI motivó estas conversaciones de paz, ya que ninguna potencia europea iba a tolerar la unión dinástica entre Austria y la Monarquía Hispánica, la cual amenazaría el equilibrio europeo.

En cuanto a la vertiente peninsular del conflicto, con la llegada del Archiduque Carlos a Barcelona en 1705 se desencadenó la guerra civil en la Península. Hasta el momento en la Península solo se desarrollaron operaciones navales contra las costas de Cádiz por parte de las flotas anglo-holandesas que consiguieron saquear varios enclaves, desorganizar el comercio con las américas y la toma de Gibraltar. Carlos estableció la Corte en Barcelona bajo el apoyo popular. Como dicen P. Voltes y A. Domínguez Ortiz, distintas razones pueden explicar el sentimiento anti borbónico existente en la Corona de Aragón, pero ninguna hubiera sido suficiente sin la presencia e intervención extranjera. En Castilla, el apoyo al archiduque solo se tradujo en unas pocas e insignificantes conspiraciones, la mayor parte de la oligarquía de las ciudades, la nobleza y de las clases populares apoyaron a Felipe V.

Hubo dos escenarios principales: la frontera con Portugal y los territorios de la Corona de Aragón, aunque los aliados llegaron a Madrid en dos ocasiones. Pero tras la victoria sobre los aliados en la Batalla de Almansa de abril de 1707, las fuerzas borbónicas consiguieron una clara superioridad en la península que se tradujo en un avance hacia Cataluña y recuperación de los reinos de Aragón y Valencia. A partir de este momento, Felipe abolía los fueros de Aragón y Valencia e impone los decretos de Nueva Planta, que suponía un importante avance en la sustitución del sistema polisinodial de los Austrias por un sistema unitario y centralizado.

La actuación del equipo de gobierno francés en las finanzas se tradujo en una mejora que permitió incrementar el número de efectivos. Mientras, se produjo la ruptura con la Santa Sede tras el reconocimiento por el pontífice del archiduque como rey de España en 1709. Las conversaciones de Luis XIV con los aliados, irritó al monarca español que produjo la salida del equipo francés de la Corte, salvo de la princesa de Ursinos. La crisis en la relación hispano-francesa fue aprovechada por los aliados con una nueva ofensiva sobre Castilla que permitió al archiduque volver a Madrid por segunda vez. Pero la entrada en la península del ejército francés, obligó la retirada de Carlos III de Austria. La derrota de los aliados en Brihuega y Villaviciosa, daban prácticamente la victoria a Felipe V sobre el archiduque. Tras la muerte de José I, Carlos fue coronado emperador. Sin embargo, la guerra no terminó hasta la capitulación de Barcelona el 11 de septiembre de 1714 y la conquista de Mallorca en 1715.

Tras el final de la guerra, los esfuerzos se centraron en la recuperación económica del Estado. El conde Bergeyck, que en 1710 paso a formar parte del Consejo de Gabinete, fue uno de los personajes más importantes en desarrollar una extensa política de reformas, pero su programa se diluyó en el 1712, cuando fue enviado a las conversaciones de paz con Inglaterra. Desde abril de 1713 hasta finales de 1714, el gobierno estuvo en manos de Ursinos, Orry y Macanaz. Se efectuaron importantes reformas de la Hacienda Real, en el aparato administrativo, como la constitución de nuevas Secretaria de Despacho o la reforma de los Consejos que encontrarán una fuerte oposición.

En lo referente al conflicto civil entre la Corona de Castilla y de Aragón, se entiende desde el punto de vista de apoyos que ofrecieron ambos hacia cada candidato. La Corona de Castilla apoyó mayoritariamente a Felipe V, esto se genera por la valoración del reinado de Carlos II, que había culminado un proceso de crisis y decadencia, se gestó una mentalidad y predisposición a la necesidad de un cambio dinástico que devolviese el prestigio y el poder político en Europa a la Monarquía Hispánica. Sin embargo, en la Corona de Aragón hubo otros factores que determinaron su apoyo mayoritario al candidato de Habsburgo, como era un sentimiento anti francés, acentuado por la experiencia negativa de la actuación francesa durante la crisis de 1640 y la fuerte competencia que mantenían los productos franceses y aragoneses. La subida al trono de los borbones, podría suponer la ruptura de relaciones establecidas con Inglaterra y Holanda en la exportación de productos como el aguardiente.

En cuanto lo referido al plano de las conversaciones de paz, los Preliminares de Londres de 1711 acordados entre Francia y Gran Bretaña, establecía las líneas de la nueva ordenación europea, basadas en la idea del equilibrio, con el reconocimiento de Felipe V como rey y su renuncia al trono francés. Este acuerdo se iba a concretar en el sistema de Utrecht, integrado por tres series de tratados, y complementados con los tratados de Rastatt y de Baden en 1714, en estos acuerdos se ponían  de acuerdo a todos los beligerantes, salvo a España y Austria que prolongarían las consecuencias de la Guerra de Sucesión hasta la Paz de Viena de 1725. La paz de Utrecht significará la desarticulación de la Monarquía Hispánica, que perderá todas sus posesiones de la Europa continental. También supondrá para España la perdida de Gibraltar y Menorca en favor de los ingleses. Gran Bretaña conseguirá el asiento de negros y el navío de permiso, lo que asegura su presencia y  participación en el negocio de las Indias españolas.

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-          Vicens Vives, J. Historia General Moderna: Del renacimiento a la crisis del siglo XX.   Vol. II. Barcelona, 1973.

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