La peineta inglesa tiene mucho sentido

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Muy sabrosas cervezas se pueden degustar en ese casi épico contexto que suponen las tabernas inglesas, y muy entrenados bebedores las abarrotan. Pero mucho cuidado con gesticular con las manos pidiendo las pintas al tabernero cuando ni siquiera a gritos puede oírnos. Alzar los dedos índice y corazón con el dorso de la mano hacia afuera formando la común uve que indicaría dos espumosas, podría ser entendido como un gesto totalmente ofensivo para un británico.

El arco, y por consiguiente la flecha, pues no sería posible concebir el uno sin la otra, nacieron como herramienta destinada a la caza hace milenios, siendo ya en el Epipaleolítico un instrumento que los vestigios, sobre todo rupestres, nos indican que era común. Uno de los testimonios más hermosos que nos informan sobre la cotidianidad de su uso es el que decora las rocas de los abrigos del Barranco de la Valltorta, en Castellón, España. La magnífica escena que representa con fascinante fidelidad la batida de unos cazadores provistos de arcos acechando a un grupo de ciervos de diferentes sexos y edades claramente identificables, puede considerarse como una de las más importantes pinturas del arte rupestre levantino. Poco tardaría en limitarse a ser un artilugio cinegético para convertirse también en un arma de guerra, muy utilizada por los ejércitos de la Antigüedad.

Durante los primeros siglos de la Edad Media, aun manteniéndose su práctica en la batalla, no representaba un arma crucial en los desenlaces bélicos. Incluso, en esa época cargada de heroicidad y epopeya, pudo contemplarse como un recurso propio de soldados cobardes que se valían de los ataques a distancia para abatir a sus enemigos, en contraste con los fieros guerreros que luchaban cuerpo a cuerpo. Pero su eficacia indiscutible seguía motivando la presencia de al menos algún destacamento de arqueros en todos los ejércitos medievales, aun siendo quizá constituidos por soldados de menor categoría social, campesinos quizás, cuyo entrenamiento muchas veces era precisamente la actividad de cazar, y cuyo equipamiento militar no exigía gran coste al ocupar posiciones alejadas de la lucha.

Totalmente distinto resultó el protagonismo de los soldados arqueros durante la Baja Edad Media. Y sin duda, concretando una figura y un momento de esta parte de la Historia, hablaríamos del arquero inglés de la Guerra de los Cien Años. Lejos de aquellos simples soldados que ocupaban la retaguardia, los arqueros ingleses eran militares poderosamente entrenados, y provistos de equipamiento ligero, como cotas de malla y yelmos abiertos. Comúnmente participaban también en la lucha cuerpo a cuerpo cuando la situación lo requería, como cuando el enemigo se echaba encima o cuando la munición se agotaba, un problema habitual que debía solventarse con la continua recuperación de las flechas previamente disparadas. El arco largo, llamado así por sus aproximadamente dos metros de altura, se construía en madera de tejo u olmo. Las flechas, cuyo número por soldado oscilaba en torno a las sesenta por cada conflicto, en lugar de recogerse en una aljaba que podría incomodar su extracción, solían clavarse en el suelo, alrededor del propio soldado, en favor de la táctica de ensuciar la punta lo máximo posible, buscando, si no acabar con la vida del enemigo del propio disparo, al menos hacerlo a través de una letal infección.

Los arqueros ingleses, provistos de una eficaz puntería entrenada con dureza, destacaban con respecto a los otros militares provistos de armas a distancia, los ballesteros, fundamentalmente en una hábil rapidez a la hora de disparar, pudiendo lanzar una media de diez flechas por minuto, dato impresionante teniendo en cuenta que podían alcanzar objetivos a distancias de doscientos metros.

Batalla de Azincourt. Francia. Año 1415. Los reinos de Inglaterra y Francia se disputan mediante el acero unos territorios cuya posesión desencadenó el que podría considerarse el último gran conflicto feudal europeo. Que Enrique V de Inglaterra contaba con muchos, muchísimos menos soldados que Francia, es un hecho irrefutable. Considerar que fueran seis veces menos, quizá sea demasiado osado. Dibujando el mosaico de tropas sobre la pedregosa llanura de Azincourt, rodeada de bosques, el rey inglés posicionó a sus arqueros en los flancos, estableciendo dos cuñas que apuntaban al corazón del bloque francés. El ataque de estos arqueros, consistente en sucesivas nubes de flechas que sembraban la muerte de manera implacable, provocó que la batalla quedara notablemente decidida en apenas media hora. La única posibilidad de evitar la masacre que tenían los franceses era la de cargar contra esos arqueros ingleses cuyas saetas estaban cubriendo de cadáveres toda la pradera. Sin embargo, sabiamente el ejército inglés había protegido con afiladas estacas de madera clavadas en la hierba los emplazamientos de estos soldados de élite. Numerosos caballos quedaron ensartados en las picas, saliendo sus jinetes despedidos sobre la empalizada de madera. Ante tal frustración, muchos caballeros incluso desertaban. El manto de muerte tejido con flechas inglesas sólo fue retirado del cielo de Azincourt cuando ambos ejércitos se mezclaron luchando cuerpo a cuerpo, ante la obvia posibilidad de alcanzar tanto a enemigos como a aliados. Pero nada podían hacer ya los franceses, y poco a poco, ante la evidencia de la derrota, las armas galas empezaron a ser arrojadas al frío barro en señal de rendición.

Esta victoria inglesa, además de otras muchas anteriores, se estudia como un ejemplo de magistral estrategia, y si tenemos en cuenta que aproximadamente dos tercios del ejército eran arqueros, nos podemos hacer una idea de la efectividad de esta tropa de élite. Francia supo siempre que debía priorizarse la pronta aniquilación de estos soldados que empuñaban arcos largos si no querían verse superados en cuestión de minutos. Es por ello que apareció esa leyenda que cuenta que a todo arquero inglés capturado se le cortaban los dedos índice y corazón, aquellos con los que se tensaba la cuerda del arco, bastando esta mutilación para dejar totalmente inhabilitado al soldado. De esta manera, el gesto de elevar ambos dedos mostrando esa uve característica se convirtió en una señal de burla de los ingleses hacia los franceses, exhibiendo aquello que les permitía desempeñar el aterrador manejo de sus letales armas. Una leyenda, quizá, pero una que tiene mucho sentido, conociendo esta historia.

Imagen de la portada del artículo:

Donato Giancola

Author: Eduardo Cabrero

Programador informático. Estudiante de Geografía e Historia en la UNED. Autor del blog Corresponsal en la Historia.

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