La revuelta de las barretinas

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La revuelta de las barretinas (1687-1690) fue el mayor levantamiento rural en la España del XVII. Introducirá un importante elemento desestabilizador cuyas secuelas llegarán a prolongarse hasta mediados de la década de los 90 y extendiéndose fuera del territorio catalán.

            Después de la Paz de los Pirineos en 1652, las presencia de las tropas francesas continuo en el Pirineo catalán. Esto provocó que el ejército español permaneciera en alerta constante, por lo que su presencia (aún numerosa) también continuó.

            Tenemos que tener en cuenta que la recuperación rural del campesinado catalán nunca logró recuperarse por completo de las consecuencias de la guerra. En cambio, las reformas del conde de Oropesa supusieron solamente la recuperación de las clases dirigentes y comerciales. Su política no se notó de ninguna forma en el campo catalán, ni en los grandes propietarios ni en el campesinado más bajo. Por otra parte, durante el último tercio del siglo XVII, la tendencia a la posesión de armas de fuego y los frecuentes ataques a los agentes fiscales caracterizaron al campo catalán. 

            Podemos dividir la revuelta en dos partes: los hechos durante el periodo del marqués de Leganés como virrey (1687-junio de 1688) y los producidos durante el periodo del marqués de Villahermosa como virrey.

            La primera parte comienza en 1687, un año que como hemos comentado anteriormente estuvo marcado por una pésima cosecha y por la famosa plaga de langostas. En este contexto, tres miembros de la diputació escribieron una carta al rey el 20 de mayo de ese año donde reflejaban el estado en el que se encontraban los campos de Cataluña y la imposibilidad de la manutención de tropas. El virrey (el marqués de Leganés) les acusó de agitadores y ordenó la detención de los tres y su expulsión de la diputació.

            En octubre del mismo año, Leganés mandó un destacamento de Caballería a Centelles, un pueblo próximo a Barcelona, porque se negaba a pagar la contribución establecida para la tropa. Durante la entrada al pueblo, un soldado mantuvo una discusión por motivo de una gallina con una mujer que llegó a las manos. Cuando la mujer fue golpeada, gritó “Via fora”, y enseguida se produjo el toque a somatén (campanadas de alerta vecinal). Los campesinos de los alrededores tomaron las armas y provocaron la huída de la caballería.

            La oposición al alojamiento de tropas de nuevo era una realidad en Barcelona así como la situación del campesinado, como refleja la siguiente carta:

            En quanto a la pobreza de los payeses que contribuyen, se refieren lástimas tales que hace lastimar y enternecer el corazón más duro; porque los ricos, como son los clérigos, caballeros, letrados y médicos, que cada uno desttos estados son sin número, son exemptos, y esta exepción la entienden en sus casas que no habitan, pareciéndoles que es carga real, y entre ellos concurren también los oficiales del Santo oficio, con que crece la carga del pobre payes, y el pobre soldado que tiene alojado también lo padece, siendo muchos que lo han de buscar de limosna para darle de comer, y este pecho dura de 36 a 37 años[1]

            En abril de 1688 se produjo una nueva riña entre un soldado y la mujer de la casa donde estaba alojado. Esta vez tuvo lugar en San Pedro de Vilamajor (pueblo cercano a Barcelona como Centelles). Los campesinos acudieron al lugar cuando escucharon el somatén al grito de “visca la terra”. Rodearon Mataró y obligaron a toda la población a unirse a la movilización bajo la amenaza de quemar la casa de quien se opusiera. Posteriormente se dirigieron hacia Barcelona. Allí, ante el palacio de la Generalitat, plantearon cinco exigencias:

            1º Perdón general para los rebeldes

            2º Reajuste en la contribución militar

            3º Libertad para los tres miembros de la Diputació que redactaron la carta al        virrey

            4º Libertad de un notario detenido

            La audiencia aconsejó al virrey a no ceder a las pretensiones de los rebeldes. Ante ello, la muchedumbre acampó a las puertas de Barcelona para conseguir que Leganés cambiara de opinión. Mientras tanto, un amplio número de ciudades, Sabadell entre ellas, estaban sufriendo revueltas.

            Sometido a la presión popular, el virrey anunció el perdón general a los diputados. Clave para ello también fue el hecho de que Barcelona se encontraba casi sin tropas.

            De esta manera se produjo el primer levantamiento en Cataluña después de 35 años.  El temor a que se produjeran hechos como los de 1640, predominaba en el ambiente urbano.

            La victoria de los barretines provocó que el gobierno central de Madrid sustituyera al virrey, el marqués de Leganés, por el duque de Villahermosa el 8 de junio de 1688.

            El nuevo virrey consiguió apaciguar la tensión en otoño de 1688. Ese año la cosecha había sido la mejor desde hacía cuatro años. Pero se encontró un nuevo problema con la declaración de guerra a Francia en abril de 1689. Villahermosa se vio obligado a establecer un impuesto involuntario (donativo). Sin embargo, y como era de esperar, su rechazo se tradujo en forma de amenazas. Durante finales de abril empezaron a circular por las comarcas de Barcelona propaganda que manifestaba la oposición al donativo y a cualquier otra contribución no aprobada por las cortes del principado. Desde el gobiernocentral nunca se pensó en la convocación de cortes porque aún seguían muy presentes los sucesos de 1640. Es en este momento es cuando vemos que los campesinos estarán solos en este proceso, ya que fueron muchas autoridades quienes apoyaron la decisión de Madrid.

            Así comenzaron las discrepancias entre la población rural y la urbana. El ayuntamiento de Barcelona publicó un manifiesto en que reflejaba su desaprobación de todo acto producido por los barretines. De esta manera se hacía pública la fidelidad al monarca por primera vez en la historia de Cataluña.

            En junio de 1689 empezaron a llegar tropas españolas para reactivar la defensa fronteriza, lo que provocó que a Villahermosa no le quedara otra opción que restablecer el donativo. La revuelta de las barretinas empezaba a radicalizarse ya que desde marzo se estaba produciendo una auténtica persecución  hacia los líderes de la revuelta y hacia los considerados agitadores. El ejemplo más claro lo tenemos en un habitante de Centelles, Josep Castelló. Fue torturado y ejecutado. Acusado de persuadir a los campesinos para levantarse contra las contribuciones. En realidad, el único delito que había cometido era el ser originario de Centelles.

            El mes de noviembre de 1689 fue un mes de continuos sucesos en los distintos pueblos de comarcas como el Barcelonés, la del Bajo Penedés o la del Bajo Llobregat. En todos ellos se tocó a somatén y los soldados españoles fueron obligados a deponer sus armas. Es de destacar que en ningún momento se les atacó de forma directa.

            En enero del nuevo año, Villahermosa comenzó una auténtica represalia hacia la población. Aunque anteriormente ya se estaba produciendo, solo se daba de forma esporádica y contra únicas personas, no como a partir de este momento que se producía de forma masiva. El mejor ejemplo de esta represión la encontramos en Sant Feliu de Llobregat. 500 soldados acabaron con la vida de más de 30 campesinos. El número no fue mayor gracias a que muchos consiguieron huir a las montañas.

            La respuesta ante las represalias tuvo lugar en Moncada. Allí los campesinos cortaron el suministro hidráulico a Barcelona pero posteriormente se vieron obligados a restablecerlo ante una caballería formada por 200 hombres.

            La última respuesta de los barretines fue una nueva marcha a Barcelona bajo un cortejo de más de 8000 campesinos. Una carta de un corresponsal en Lérida describía así la marcha:

            Han tomado todos los caminos, con que no pasa nadie, y van enviando papeles por todos los lugares hasta el llano de Urgel, mandándoles que pena de la vida vayan los de 14 años arriba delante de Barcelona, donde se halla el exercito de la tierra. Los papeles van firmados con el nombre de la Terra[2]

            Villahermosa no tomará ejemplo de Leganés como la anterior vez y ordenará el ataque de los soldados contra la muchedumbre. Los campesinos lograron la retirada, pero Villahermosa era un gran estratega militar (curtido en Flandes) y logró el aplastamiento de los campesinos. El 30 de noviembre se levantó el cerco a Barcelona.

            La respuesta campesina ante la crueldad producida en Barcelona no se hizo de esperar y en localidades como Mataró, Sarriá o La Roca se enfrentaron a los soldados. Sin embargo, los campesinos, sin apenas ayuda de otras poblaciones, tuvieron que retirarse.

            En el mes de diciembre, el control territorial de las tropas era ya una realidad. En marzo de 1690 el rey Carlos II promulgó el Perdón General. El objetivo no era otro que apaciguar la situación siendo de conscientes de que no había que dejar de lado la práctica de castigos ejemplares. A Antoni Soler, un rico propietario de Santa Coloma de Gramenet caudillo durante los últimos actos de los barretines, fue degollado siendo su cabeza colgada en el palacio de la Generalitat.

  CONSECUENCIAS DE LA REVUELTA

Distintos focos aunque escasos siguieron conduciendo el espíritu de las

barretinas hasta 1695.

            La consecuencia más clara la encontramos en que la revuelta provocó el despertar de muchos otros pueblos de fuera de Cataluña. El levantamiento más importante fuera del principado fue el producido en el campo valenciano donde no se producían sublevaciones desde las germanías en 1521.

            Durante los años de la revuelta pudo producirse una anexión a Francia pero las clases dirigentes cerraron filas en torno a Carlos II. Los franceses habían incautado ideas anti castellanas a los campesinos bajo el sujeto de que Castilla siempre es y será enemiga del pueblo catalán.

            Podemos añadir que la revuelta de las barretinas supusieron u rebrote de foralismo, o mejor dicho, de neoforalismo. Como hemos dicho anteriormente, el gobierno de Juan José de Austria supuso un acercamiento de Cataluña a la política central con una reinserción en la monarquía. Con las barretinas el espíritu catalán tan característico del Medievo volvió a presentarse, y esta vez, perdurará llegando hasta hoy en día.

La revuelta de las barretinas se creó a partir de unas bases diferentes a las de 1640. La burguesía que participó en ella aspiraba a una modernización de la producción y para lograrlo diseñó un proyecto político ordenado y firme.

            Se precisó la construcción de un movimiento que no fuera espontáneo, violento y popular como el de hacia 4 décadas. Se pretendía hacer un movimiento político de partidos dirigentes, concienciados y ofensivos.

            De todas formas, los barretines hicieron restablecer por momentos la posibilidad de un nuevo 1640, aunque la propaganda política difundida durante la revuelta estuvo lejos de ser como la de 1640. Es decir, en ambas revueltas se criticaba al mal gobierno de los ministros reales, pero en las barretinas se arremetía también contra los poderes locales que permitían escapar a muchos dirigentes de la fiscalidad vigente.

            Una de las diferencias más claras entre los sucesos de 1640 y las barretinas la encontramos en que en esta última los barrinetes no lograron conseguir apoyo eclesial o nobiliario. Tan solo el obispo de Vic se pronunció a favor de los sublevados. De esta forma podemos comprender el porqué en la promulgación del perdón real en 1690 se achacaba que la revuelta solo estaba formada por minorías aunque es de sobra conocido que en ellas participaron prestigiosos terratenientes (algunos como Soler y Termens habían participado en la revuelta de 1640). No obstante, en las barretinas encontramos unos orígenes mucho más humildes.

            Finalmente, en las barretinas observamos un claro ejemplo de enfrentamiento entre campo y ciudad, algo no producido de ninguna manera en 1640. Los enfrentamientos campos-ciudad reflejaban un carácter anti señorial en contra de los privilegios que tenían estos en las contribuciones.

 

 

 

 


[1] Carta del Doctor Oleguer Montserrat a don Pedro de Aragón (11-10-1687)

[2] Copia de la carta del 27 de noviembre de 1689

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