LA SOLEDAD DE LAS REPÚBLICAS

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INTRODUCCIÓN
Entre 1930 y 1940 una serie de emblemáticas repúblicas europeas desaparecieron. Estos experimentos democráticos se vieron superados por la ola autoritaria que recorrió toda Europa en el período de entreguerras: la República de Weimar, desaparecida con el ascenso de Hitler al poder y la aprobación de la Ley Habilitante que inauguraba la dictadura nacionalsocialista; la II República española, el primer intento serio de instaurar un régimen democrático en España, truncado por un golpe de estado de las fuerzas reaccionarias que derivó en una guerra civil en el que las potencias democráticas actuaron en contra del gobierno legítimo; la I República de Checoslovaquia, la democracia más exitosa de Europa central, absorbida en 1938 por Alemania tras la capitulación de Francia y Gran Bretaña ante las ansias expansionistas de Hitler en los acuerdos de Múnich; y la III República francesa, tras la derrota ante Alemania en la Segunda Guerra Mundial, abandonada por sus políticos y su población que se echaron en brazos de una dictadura, murió sin nadie que la defendiese.
Todas estas repúblicas murieron solas, abandonadas por sus respectivas poblaciones y por aquellos que una vez defendieron su instauración.
1. LA REPÚBLICA DE WEIMAR
En 1918 Alemania había sido derrotada en la Primera Guerra Mundial. El conflicto dejó casi dos millones de muertos en el país, más heridos, mutilados, pobreza, crisis económica y política. El káiser se vio obligado a abdicar ante la revolución que sacudía el país. La proclamación de la república se hizo en un ambiente de derrotismo, crisis económica y situación revolucionaria. Se hizo cargo del gobierno de la nación un Consejo de Comisarios presidido por el socialdemócrata Friedrich Ebert, quien convocó una Asamblea Nacional Constituyente que debía redactar la constitución del nuevo régimen.
En las elecciones triunfaron una serie de partidos que serían los únicos defensores en el futuro de la recién nacida república: Partido Socialdemócrata Alemán (SPD), Zentrum (Z) y Partido Democrático Alemán (DDP) conocidos como la Coalición de Weimar (Weimarer Koalition en alemán) Reunida en Weimar, la Asamblea redactó una de las constituciones más avanzadas del momento. Reconocía el sufragio universal masculino y femenino, incluía el reconocimiento de derechos sociales, instauraba un régimen que conjugaba un parlamentarismo unicameral (Reichstag) y un poder presidencial fuerte; además instauraba un sistema federal que acababa con la tradicional supremacía prusiana en el conjunto del Imperio.
Sin embargo, la República de Weimar nació hipotecada.
En primer lugar, los partidos de la Weimarer Koalition se vieron desde el primer momento estigmatizados. Estos partidos formaron el gobierno que debió firmar el tratado de Versalles, cuyas cláusulas supusieron una humillación para la nación. Además, tuvieron que hacer frente a la teoría de la puñalada por la espalda según la cual el poder civil había traicionado al militar y provocado la derrota de Alemania rindiéndose antes de tiempo. El Estado Mayor Alemán, liderado por Paul von Hindenburg y Erich Ludendorff, favoreció deliberadamente esa idea al obligar al káiser para lograr un gobierno representativo que negociara con los aliados, lo cual les permitió descargar las culpas de la derrota en el Reichstag. De esta manera los partidos de Weimar se vieron privados de buena parte del apoyo de la sociedad que fue a parar a partidos nacionalistas, conservadores y monárquicos, enemigos todos del régimen recién instaurado. Eso por la derecha. Por la izquierda el Partido Socialdemócrata Independiente (USPD) y el Partido Comunista Alemán (KPD) boicotearon en lo que pudieron el régimen de Weimar y al SPD, partido del que se escindieron y al que odiaban por no haber querido llevar la revolución de 1918 hasta el final. Estos partidos consiguieron una importante representación parlamentaria gracias a la ley electoral proporcional y se dedicaron a socavar la República desde dentro.
Segundo, instituciones importantes para el establecimiento de una plena democracia quedaron en manos de personas partidarias del régimen imperial: la justicia, el funcionariado y algunos gobiernos de los Länder. Los jueces siempre fueron más indulgentes en sus sentencias con los partidos de derechas que con los de izquierdas.
Tercero, la crisis económica en medio de la cual nació, se desarrolló y murió el régimen. Las reparaciones de guerra, el coste del conflicto (endeudamiento, inflación, desestructuración de la economía,…), la crisis hiperinflacionista de la primera mitad de la década de 1920, y la Gran Depresión de 1930 golpearon duramente la economía alemana y socavaron la confianza en el régimen democrático favoreciendo el ascenso de partidos autoritarios como el NSDAP.
En cuarto lugar, la República de Weimar careció de una clara base de apoyo social. Sólo tres partidos la apoyaron y en muchos casos no lograron ponerse de acuerdo, dando lugar a crisis gubernamentales. La ley electoral proporcional dio lugar a un Reichstag fragmentado y donde la coalición de Weimar pocas veces lograba aunar los apoyos suficientes para un gobierno estable. Esto otorgó un gran margen de maniobra al presidente, que gozaba de amplios poderes como los decretos de emergencia. Dicho poder no hubiera sido un inconveniente si la presidencia de la República la hubiese ostentado un demócrata convencido, como lo fue Friedrich Ebert, primer presidente de Weimar por el SPD hasta 1925. Sin embargo, tras la muerte de Ebert, fue elegido el mariscal Hindenburg, monárquico y poco afecto a la República de Weimar.
Quinto, los fallos de la constitución. El texto incluye varias teorías sobre el Estado pero ninguna clara y definida sobre la cual descansa el poder de este y su relación con los ciudadanos. Además, cada partido integrante de la Weimarer Koalition tenía su propia concepción del modelo estatal.
Y sexto y último, la situación de aislamiento internacional y de acoso por parte de algunas potencias como Francia. A pesar del buen hacer de Gustav Stresemann, quien durante sus años como canciller y ministro de exteriores logró una mejora de las condiciones de pago y acceso al crédito internacional, las humillaciones de Versalles, el revanchismo y la actitud intransigente de Francia hicieron daño a la República.
Todo esto se unió para dar al traste con el experimento democrático.
La crisis de 1929 que llegó a Europa en 1930 fue la puntilla que hundió la democracia de Weimar. Pero podría decirse que estaba herida de muerte desde mucho antes.
En las elecciones presidenciales de 1925 se presentó el mariscal Hindenburg con el apoyo de los partidos conservadores y monárquicos. La coalición de Weimar logró unirse en torno a la candidatura de Wilhem Marx. Y los comunistas del KPD presentaron a Ernst Thälmann. En la segunda vuelta venció Hindenburg por un estrecho margen del 3%. Los comunistas, en lugar de apoyar a Marx, prefirieron mantener a su candidato cuyo margen de votos habría permitido la victoria del candidato de los partidos de Weimar, privando así a la República de un republicano convencido para una magistratura que se probaría vital en el futuro inmediato del régimen (Möller, 2012: 98). En las próximas elecciones de 1932, el que los partidos de Weimar apoyaran en masa a Hindenburg para contrarrestar las posibilidades de Hitler demostró las mínimas posibilidades de supervivencia del régimen surgido en 1919 (Möller, 2012: 102). Y aun así, todo eso fue inútil. Por otra parte, con la muerte de Stresemann en 1929, la República de Weimar perdía a uno de sus últimos grandes valedores.
A la caída de Heinrich Brüning, último canciller democrático de Weimar, le sucedieron dos cancilleres que no contaron con la aprobación del Reichstag sino que fueron nombrados por el presidente usando sus prerrogativas constitucionales: Franz von Papen y Kurt von Sleicher, ambos contrarios al régimen de Weimar.
Hindenburg se había mantenido fiel a su juramento constitucional, pero en 1933 tenía 86 años. Débil e influenciable por aquel entonces, fue objeto de los manejos de su hijo Oskar y Franz von Papen. El primero logró la destitución de Brüning, el segundo el nombramiento de Hitler como canciller en enero de 1933. En ese momento el NSDAP era el partido con más escaños en el Reichstag.
Tras el incendio del Reichstag, del que se acusó a los comunistas aunque hoy día se sabe que fueron los nazis, el Reichstag aprobó la Ley Habilitante que suspendía las garantías constitucionales. En esta votación no estuvieron presentes 81 diputados comunistas arrestados por el incendio del Reichstag. Su ausencia no se consideró justificada. Así, la ley obtuvo los dos tercios necesarios y fue sancionada por Hindenburg. La República de Weimar había muerto. Su entierro definitivo fue el día que, a la muerte del presidente Hindenburg, Hitler asumió las competencias de la primera magistratura del Estado. Se iniciaba así la dictadura nazi.
La República de Weimar siempre estuvo sola. Sólo tres partidos la apoyaron, unos partidos de clases que, a pesar de sus buenas intenciones, se fueron debilitando elección tras elección. Ese era el precio a pagar por acabar con la monarquía, añorada por muchos, y firmar el tratado de Versalles. Ni siquiera en el quinquenio de bonanza económica (1925-1930) la coalición de Weimar mejoró sus resultados y el estallido de la crisis económica permitió el auge de los partidos extremistas y radicales. Una ola totalitaria se apoderó de Alemania. Los alemanes, en su desesperación, no supieron ni pudieron ver lo que estaban permitiendo al apoyar a Hitler. Así comenzaría uno de los períodos más oscuros de la historia reciente de Europa.
2. LA II REPÚBLICA ESPAÑOLA.
El 12 de abril de 1931 el pueblo español acudía a las urnas para elegir los ayuntamientos como paso previo a unas elecciones generales que debían concluir la vuelta a la normalidad tras siete años de dictadura. En contra de lo que pensaban los miembros del gobierno, aquellos comicios se convirtieron en un plebiscito para la monarquía. Los resultados dejaron claro que allí donde existía una verdadera opinión pública la población se manifestó en contra de la monarquía.
Tras el resultado favorable a los republicanos, el 14 de abril se proclamaba en la Puerta del Sol la República española, Alfonso XIII marchaba al exilio sin abdicar y sin renunciar a volver algún día y el pueblo español comenzaba una fiesta que habría de durar poco. Creían que empezaba un sueño pero esta ilusión terminaría de manera trágica.
En medio del clamor popular y una enorme ilusión generalizada, el gobierno provisional se puso manos a la obra para dar satisfacción a las ansias de libertad, justicia y cambio de la mayoría de la nación. Con la vitalidad y energía que insuflaba el entusiasmo de la mayoría de la sociedad los políticos de la República desarrollaron su programa que habían ido preparando desde el Pacto de San Sebastián. Mientras las Cortes constituyentes redactaban el marco legal del nuevo régimen, el gobierno provisional ponía en marcha medidas que permitieran solucionar los problemas más acuciantes de la población.
La Constitución de 1931 fue redactada por los partidos de izquierda triunfantes en las elecciones. Los vencedores no se plantearon buscar un consenso previo a la redacción del texto constitucional.
“La tradicional intolerancia respecto a las fuerzas de oposición heredada del régimen restauracionista propicia que las agrupaciones mayoritarias impongan victoriosas su voluntad y que los partidos en minoría no cedan un ápice en sus postulados, guardando su venganza para el momento en que cambie el sentido de los resultados electorales.” (Gómez Carbonero: 285-286).
Además del rechazo a la constitución y al régimen, los apoyos con que este había nacido se desvanecieron en los siguientes años. La población esperaba que el nuevo régimen fuese la solución a sus problemas: propiedad de la tierra, justicia social, democracia, mejora de las condiciones laborales,… Y los políticos republicanos se empeñaron en conseguirlo. Pero las reformas tuvieron un ritmo lento que exasperó a muchos.
El ejemplo más claro es la reforma agraria. Los campesinos esperaban alcanzar al fin la propiedad de la tierra, pero la reforma agraria fue lenta, con unos costes que las pauperizadas arcas republicanas no podían soportar e inoperante debido a un proceso excesivamente burocrático. Muchos campesinos quedaron desilusionados. Habían esperado que la República les permitiese el acceso a la tierra. La frustración de sus esperanzas condujo a su radicalización provocando insurrecciones anarquistas como el de Casas Viejas. Por si fuera poco, los minúsculos avances realizados fueron deshechos en el bienio radical-cedista.
Los partidos estaban cada vez más radicalizados. Las organizaciones extremistas como Falange o el Partido Comunista aumentaron la virulencia de sus ataques y desencadenaron una violencia callejera que provocó una gran inseguridad.
La República se creó demasiados enemigos en sus primeros meses de existencia. Si ya desde el inicio nació con el rechazo de los sectores más intransigentes que comenzaron a conspirar desde el primer momento, las reformas de los primeros gobiernos dejaron un malestar en diversos sectores de la sociedad.
La aristocracia latifundista se sintió siempre amenazada por la defensa de la izquierda de una reforma agraria.
Las reformas militares de Azaña, emprendidas con el objetivo de reducir la macrocefalia del ejército y someterlo al poder civil, provocaron un enorme descontento entre los oficiales más conservadores que pronto intentaron revertir lo que habían permitido al abstenerse durante las jornadas de abril, sobreviniendo así el fracasado pronunciamiento del general José Sanjurjo.
También estaban los decepcionados con las reformas. Aquellos que esperaban soluciones a sus problemas con el nuevo régimen se sintieron defraudados ante la lentitud de los cambios. Muchos de ellos se radicalizaron desembocando en partidos de extrema izquierda o extrema derecha.
No obstante, el mayor y más importante problema de la República fue su enfrentamiento con la jerarquía eclesiástica. La Iglesia, los católicos españoles vieron como una desgracia la llegada de la República al perder al rey, su protector, y tener que enfrentarse al anticlericalismo de las Cortes y el pueblo.
A las pocas semanas de proclamarse la República, el gobierno provisional tuvo que enfrentarse al problema planteado por la actitud del cardenal primado y arzobispo de Toledo Pedro Segura. El 1 de mayo, el cardenal Segura había publicado una pastoral elogiando al ex-rey Alfonso XIII. Lo hizo en contra de las recomendaciones de Roma que, el 24 de abril, a través del nuncio Federico Tedeschini recomendó a los obispos españoles respetar y acatar la nueva situación. No hay que olvidar que Tedeschini se entrevistó con el Comité Revolucionario poco antes de las elecciones del 12 de abril para tratar la hipotética instauración de una república.
Comenzó entonces un conflicto entre Segura y las autoridades republicanas. Segura abandonó el país para regresar un mes después. Miguel Maura, ministro de Gobernación del gobierno provisional, ordenó su expulsión.
El siguiente acto fue una explosión anticlerical que tuvo lugar el 11 de mayo. Fue de poca magnitud y muy localizada, pero impresionó hondamente a los católicos. El incendio de iglesias, colegios religiosos y conventos que tuvieron lugar ese día fue la respuesta a lo que algunos consideraron una provocación: unos jóvenes derechistas pusieron un gramófono con la Marcha Real en un momento en que mucha gente volvía del Retiro. Algunos atacaron la sede de ABC y el ministerio de Gobernación. Hubo dos muertos en las luchas con la Guardia Civil. Maura no logró autorización del gobierno para controlar la situación. El 12 los altercados se extendieron al Levante y Málaga. En total, alrededor de cien edificios ardieron hasta que los sucesos terminaron el día 15.
Este brote sólo se repitió en Asturias durante la revolución de 1934 pero fue mucho menos grave que lo ocurrido en la Semana Trágica. Sin embargo,
“el significado de esos acontecimientos es que se produjeron al mes escaso de inaugurarse la República y que en la memoria colectiva impuesta por los vencedores de la guerra civil quedaron definitivamente conectados con la tremenda violencia anticlerical desatada en verano de 1936” (Casanova, 2001: 43).
Poco después de estos acontecimientos se fundaba Acción Nacional por un grupo de católicos liderados por Ángel Herrera Oria, director del periódico El Debate. Este grupo superaría al catolicismo republicano de Alcalá Zamora y Maura y marginó a los carlistas. Además, contó con el decidido apoyo del Vaticano. En 1932 se refundaría como Acción Popular.
A esto se sumaron los ataques a los privilegios de la Iglesia (secularización de los cementerios, expulsión de la Compañía de Jesús y confiscación de sus bienes), la laicidad del Estado, las leyes del divorcio y el matrimonio civil y el esfuerzo de los gobiernos republicano-socialistas por hacer de la enseñanza una competencia exclusiva del Estado llevaron a un duro enfrentamiento con la jerarquía eclesiástica. La educación se convirtió en un campo de batalla en el que la Iglesia utilizó a los feligreses para ir contra la República, provocando de esta forma una ruptura en la sociedad.
En las elecciones de 1931 Acción Popular apenas llegó a los 50 diputados del total de 478. Esa mayoría que dominaba la cámara fue la que permitió la aprobación de los artículos anticlericales: 3, 26, 43, 48.
Azaña y el resto de republicanos no valoraron el peligro de poner en contra de la recién nacida República al catolicismo. De esta forma, en 1933, con la fundación de la Confederación Española de Derechas Autónomas (CEDA), se había organizado en “un movimiento político de masas, capaz de convertirse en árbitro de la República” (Casanova, 2001: 45).
El contexto internacional no ayudaba. La crisis económica, que también afectó a España causando dificultades a la recién nacida República, había acabado con gran parte de las democracias instauradas tras la Primera Guerra Mundial. Los ecos autoritarios del ascenso de Hitler en Alemania y Dollfuss en Austria llegaron a España y desembocaron en la Revolución de 1934 cuando el PSOE, unido a comunistas y anarquistas (en algunas zonas) intentó derrocar al gobierno radical-cedista. Pero el intento fue duramente reprimido, siendo seguido de una revisión de las reformas del primer bienio republicano (1931-1933). Además, militares poco afectos a la República fueron situados en puestos clave de la administración militar. Pero serían los escándalos de corrupción los que acabaran con el gobierno (Estraperlo, Nombela) y llevaron a la convocatoria de elecciones en febrero de 1936.
En esos comicios saldría vencedor un frente de izquierdas: el Frente Popular. Esta alianza de todos los partidos de izquierda, incluido el Partido Comunista, tenía como objetivo recuperar la política reformista del bienio. Pero no le dio tiempo pues apenas cinco meses después de llegar al poder el ejército de Marruecos lideraría un alzamiento contra el gobierno. Comenzaba así una cruenta guerra civil que arrasó todo el país.
En el conflicto los sublevados recibieron un importante apoyo de la Alemania nazi y la Italia fascista mientras que la República estuvo sola. Las democracias occidentales (Francia y Reino Unido) la abandonaron a su suerte por miedo a provocar un nuevo conflicto en Europa. En Francia gobernaba el Frente Popular. Sin embargo, León Blum, primer ministro socialista del gobierno de la alianza de izquierdas, a pesar de sus simpatías por sus colegas españoles tenía miedo de que cualquier intervención le privase del apoyo británico (Judt, 2010: 181), necesario ante la amenaza de una Alemania cada vez más belicosa y atrevida en sus exigencias, y también temía la reacción de la derecha francesa que atacaba duramente al gobierno.
Así, la República sólo recibió apoyo de la URSS y, en menor medida, de México. Estuvo sola en su lucha contra el fascismo, contra una rebelión reaccionaria cuya victoria desembocó en un régimen autoritario que alejó a España de Europa y del proceso modernizador que había comenzado a principios de siglo para sumirlo en la ruina, el atraso y el aislamiento.
3. CHECOSLOVAQUIA
Después de 1848 las nacionalidades que componían el Imperio Austrohúngaro comenzaron a desarrollar sentimientos nacionalistas, bien basándose en un reino desaparecido (Bohemia-Moravia) o en una etnia o lengua (eslovaco). Estos pueblos lucharon por poder expresar sus particularidades pero siempre dentro de la monarquía. No sería hasta después de la Primera Gran Guerra cuando, ante la disolución del Imperio Austrohúngaro estas nacionalidades aspirasen a crear estados-nación.
Tras la Primera Guerra Mundial se constituyeron estados que debían servir de tapón para aislar a Alemania. Muchos de estos estados fueron creados ignorando los deseos nacionalistas (Casanova, 1995: 111).
En los países checos este deseo estuvo representado por Tomas Masaryk. La agrupación de los Jóvenes Checos luchó en el XIX por lograr la autonomía para la región, pero siempre dentro de la monarquía de los Habsburgo. Esta zona había vivido un importante desarrollo económico con industrias (Skoda) y un sector financiero importante. Como consecuencia, apareció una importante burguesía checa y un proletariado checo que amenazó las posiciones privilegiadas de los obreros alemanes. Además, desarrollaron una vida cultural e intelectual muy rica con una universidad y un teatro nacional.
Eslovaquia, por el contrario, no logró emanciparse del dominio húngaro, bajo el que estaban desde el siglo X. Los terratenientes húngaros eran la clase dominante y los eslovacos eran mayoritariamente campesinos analfabetos. Además se hallaban muy influidos por un clero mal formado y reaccionario. Sólo la minoría protestante desarrolló una cierta vida intelectual “que se identificaba con la cultura y aspiraciones checas” (Kitchen, 1992: 150). Fue la magiarización que sufrieron lo que despertó los deseos nacionalistas y llevaron a la fundación del Partido Popular eslovaco dirigido por el abate Andrej Hlinka.
Ninguna de las nacionalidades quería romper el Imperio, sino lograr una autonomía. Sin embargo, cualquier posibilidad de crear una federación de pueblos dentro del Imperio Austrohúngaro con un nuevo Ausgleich que incluyese a checos y eslovacos fue destruida por los tiros que asesinaron al archiduque Francisco Fernando en Sarajevo el 28 de junio de 1914.
Masaryk era una figura conocida entre los intelectuales de Occidente gracias a su puesto de catedrático en la Universidad de Praga y como diputado en el Reichsrat. En su labor ante las potencias vencedoras en la Gran Guerra en pro de unos países checos independientes contó con el apoyo de su secretario Edvard Beneš. Ese esfuerzo, la defensa de las aspiraciones nacionalistas en los Catorce Puntos del presidente Wilson y la participación de la Legión Checa en la guerra civil rusa contra los bolcheviques ayudaron a cambiar la indiferencia que los aliados mostraron hacia Masaryk y su grupo. Así, el 18 de octubre de 1918 Masaryk proclamó en Washington la independencia de Checoslovaquia, un hecho que se repetía el día 28 en Praga. El 29, dirigentes eslovacos proclamaron la unión a Bohemia y Moravia.
Esta unión fue buscada por ambos pueblos como el mar menor. Para los eslovacos era su única opción de sobrevivir como nación, aunque muchos hubieran preferido una autonomía dentro de Hungría (Casanova, 1995: 117). Por otro lado, los checos necesitaban la asociación con los eslovacos “para presentarse ante las potencias vencedoras como un estado viable” (Kitchen, 1992: 150) debido a su escaso número.
Pero este matrimonio de conveniencia, a pesar de los constantes esfuerzos de Masaryk, no podía borrar las diferencias culturales, religiosas y económicas existentes entre ambos pueblos. “Los eslovacos mantuvieron el sentimiento de ser una nación diferente y no una rama de la nación checa” (Kitchen, 1992: 118), además estaban bajo una enorme influencia de Hungría.
Las esperanzas de una unión en armonía se desvanecieron en 1919. La muerte de Milan Stefanik, militar eslovaco colaborador de Masaryk y Beneš, en un accidente de aviación fue considerado un asesinato fruto de una conspiración checa. En esos días Hlinka fue arrestado por reclamar en París autonomía para los eslovacos. Además, los funcionarios checos enviados a sustituir a los húngaros en la administración se comportaron en algunos casos como conquistadores impidiendo, una vez salió la primera promoción de funcionarios eslovacos formados, que estos accedieran a sus puestos, obligando a muchos eslovacos a emigrar a Estados Unidos.
No obstante, los eslovacos se beneficiaron de la reforma agraria, que permitió a muchos campesinos el acceso a la propiedad, y de las libertades y derechos que la democracia les garantizaba.
Checoslovaquia gozó de un gobierno democrático más o menos estable gracias a la Petka, alianza de cinco partidos que controlaron la política durante toda la vida de la República: Partido Agrario, Partido Democrático Nacional, Partido Socialdemócrata, Partido Nacionalsocialista Checo (No debe confundirse con el Partido Nazi. El Partido Nacional Socialista Checo era partido liberal y nacionalista cuyo miembro más destacado fue Edvard Beneš) y Partido Popular.
El verdadero problema de la República vino de la minoría alemana concentrada en la zona de los Sudetes. Desde el principio existieron tensiones que el gobierno intentó solucionar llegando a un pacto con los partidos alemanes. Sin embargo, esta zona sufrió duramente las consecuencias de la Gran Depresión dado que su economía se basaba en industrias de consumo dedicadas a la exportación. El empeoramiento de la situación económica favoreció el ascenso del Sudeten Deutsch Partei de Konrad Henlein, de tendencias filo nazis que explotaba el pangermanismo y el sentimiento de nación oprimida.
A partir de entonces, Alemania, Hungría y Polonia acosaron a Checoslovaquia. Todas estas naciones tenían deseos de arrebatarle territorios donde vivían poblaciones de esas nacionalidades. Alemania, los Sudetes; Hungría, Rutenia; y Polonia, el condado de Teschen (una zona rica en carbón y cuya vía férrea unía la región checa con Eslovaquia Rutenia y Rumanía). Y Checoslovaquia se vio sola para hacer frente a estas intimidaciones pues ni Francia ni Reino Unido estaban dispuestos a iniciar una guerra por defenderla.
La amenaza alemana fue el tema que dominó los últimos años de la República. Los últimos gobiernos realizaron algunas concesiones en un intento de contener el irredentismo alemán. Al mismo tiempo, buscaron a toda costa alianzas en el exterior para hacer frente a esta intimidación. Por eso en 1935 firmó un acuerdo con la URSS que permitió además la integración del Partido Comunista Checoslovaco. Trató de acercarse más a Francia. Sin embargo, para desgracia de Cheloslovaquia, el gobierno francés no quería comprometerse a nada por miedo a perder el apoyo del Reino Unido, cuyo gobierno llevaba a cabo una política de apaciguamiento.
Esta política llevó a la celebración en 1938 de la conferencia de Múnich. En esa conferencia, donde no se dejó estar presentes a los representantes checoslovacos, Francia y Reino Unido permitieron la incorporación de los Sudetes a Alemania. El gobierno checoslovaco lo consideró una traición.
Poco después, en 1939, Hitler se anexionaría el resto del país poniendo fin a la única democracia de Europa central.
En palabras de Winston Churchill, tras la conferencia de Múnich silenciosa, lúgubre, abandonada y rota Checoslovaquia se hundía en la sombra.
Como bien señala Martin Kitchen, la exitosa historia de Checoslovaquia
“como ‘la única democracia europea permanente’ al Este del Rin no fue una casualidad. Su nivel relativamente alto de desarrollo económico, su campesinado razonablemente próspero, la flexibilidad del gobierno de la Petka y la orientación constitucional y parlamentaria de sus dirigentes contribuyeron a conservar la democracia en Checoslovaquia. Su fracaso fue debido a la expansión nazi y la poca disposición de las potencias occidentales para acudir al rescate de un estado que merecía ser mucho más defendido que Polonia y que habría sido mucho más fácil que defender que esta” (Kitchen, 1992: 158).
Más adelante se comprobaría que Múnich fue un desastre moral, político y militar para Reino Unido y Francia.
Checoslovaquia fue capaz de crear un sistema democrático que fue socavado por el problema de las minorías que lo conformaban, la expansión de la Alemania nacionalsocialista y el abandono en que la dejaron aquellas potencias que en el momento de su fundación aseguraron que la protegerían. Checoslovaquia murió sola y con ello el último experimento democrático en la Europa de entreguerras. Su territorio sería repartido entre una Eslovaquia títere de Alemania, Alemania y Hungría. Francia sería la siguiente de las repúblicas solitarias en caer bajo las garras de Alemania.
4. FRANCIA
Francia salió vencedora de la Primera Guerra Mundial pero esta victoria tuvo un alto coste social, económico y psicológico que fue un lastre tanto para la economía en la década de los 20 como para la política hasta la caída de París en 1940. El país perdió en la guerra millón y medio de soldados, a los que debían sumarse 3,5 millones de heridos, un aumento de la mortalidad por la aguda escasez de alimentos y suministros médicos, un descenso de la natalidad y una pérdida de mano de obra que nunca se recuperaría.
Además, el país vivía una dura crisis económica. En la industria la producción de acero cayó de 4,6 millones de Toneladas en 1913 a 2 millones en 1918, producción de trigo descendió en un 73% y se perdió un 18% del ganado. El valor de los destrozos ascendía a más de 150.000 millones de francos. El conflicto había dejado 9.300 fábricas dañadas y destruidas, 2 millones de hectáreas arrasadas, una deuda de 110 billones de francos oro y un franco en la mitad de su valor antes de la conflagración, lo que obligó a solicitar préstamos para poder pagar la deuda pública.
La inflación, el déficit y la deuda pública resultaron un problema que los políticos burgueses de la III República no supieron ni quisieron resolver. Al oponerse a cualquier subida de impuestos o un mayor gravamen sobre la renta de las personas físicas y creer que el problema de la deuda pública se resolvería haciendo pagar a Alemania las reparaciones impuestas en Versalles el sistema político francés quedó sumido en una inoperancia debido a sus propias limitaciones.
“Los políticos de la III República eran burgueses tan firmes y poco imaginativos como lo habían sido en 1870. Estaban convencido de que la crisis se superaría ensalzando las virtudes de la propiedad privada y los impuestos bajos y obligando a los alemanes a pagar para restaurar la economía” (Kitchen, 1992: 248).
A esto debe sumarse que la nueva ley electoral de 1919 imponía un sistema proporcional que dio lugar a un parlamento muy fragmentado obligando a buscar alianzas para formar gobierno, una alianzas que siempre resultaron frágiles, dando lugar a una enorme inestabilidad política. El sistema republicano parecía reforzarse con la victoria, sin embargo, en los siguientes años demostraría su incapacidad para adaptarse ante el endurecimiento de las relaciones sociales provocadas por la guerra.
Las elecciones de 1919, celebradas bajo los efectos de la victoria y con la nueva ley electoral en vigor, dieron como vencedor a la alianza de derechas el Bloq National, mostrando la adhesión de la población a los valores nacionalistas que había estimulado la guerra (Price, 1998: 203). El primer acto del parlamento bleu horizon fue un parricidio: la candidatura de Georges Clemenceau (el padre de la victoria) para la presidencia de la República fue rechazada. Los miembros del Bloq desconfiaban de su anticlericalismo, su insistencia en mantener la austeridad, su defensa de un aumento de los impuestos y de una presidencia más intervencionista (Price, 1998: 203). En su lugar fue elegido Alexandre Millerand. Decepcionado y frustrado, el Tigre se retiró de la vida política.
En los siguientes años la crisis se agudizó. Los sucesivos gobiernos eran incapaces de aportar nuevas soluciones y se sucedían uno detrás de otro en apenas unos pocos meses. En el período de entreguerras se sucedieron cuarenta y dos gobiernos con una media de duración de 6 meses. Sólo en 1926, con Raymond Poincaré se pudo aplicar un programa económico que permitió la estabilización económica: aumento de los impuestos y las tasas de interés y reducción del gasto público, el franco permaneció devaluado para mejorar la competitividad de los productos en el exterior.
Estas medidas permitieron aguantar mejor la crisis de 1929 hasta la devaluación de la libra en 1931. El relativo atraso económico y su limitada integración en la economía internacional retardaron las consecuencias pero fueron más duraderas, extendiéndose durante la década de los 30.
La caótica situación de la economía, ante la cual sólo se presentaban las soluciones tradicionales (control del gasto público y petición de nuevos préstamos para empañar la deuda pública) y la inoperancia del sistema político favorecieron el crecimiento en votos y afiliados de partidos de extrema derecha y extrema izquierda. Entre los miembros más prósperos de la clase media el ambiente de permanente crisis, el miedo al empobrecimiento y la pérdida de posición social y la convicción de que la democracia había fracasado y sólo un gobierno autoritario resolvería los problemas del país. Así, surgieron organizaciones como las Chemises Vertes, Croix-de-Feu, Action Française,… que desestabilizaron la vida política de la República.
En 1934 estas organizaciones protagonizaron una serie de movilizaciones en protesta por el escándalo Stavisky, un fraude financiero de un judío ucraniano nacionalizado que afectó a importantes personalidades políticas. Estas manifestaciones culminaron en la unión de varias ligas el 6 de febrero en París frente a la Asamblea Nacional. Los manifestantes trataron de sobrepasar el cordón policial que protegía el edificio iniciándose una lucha que dejó quince muertos y más de dos mil heridos. Los sucesivos gobiernos de Edouard Daladier y Gastón Doumergue no lograron encauzar la situación.
Como respuesta a las amenazas que se cernían sobre la República, pues “tanto la derecha como los comunistas desafiaban al sistema en que se basaba” (Kitchen, 1992: 264), en 1936 se formó una alianza de izquierdas: el Frente Popular, que integraba a comunistas, socialistas y radicales en una coalición que ofrecía propuestas novedosas para solucionar la crisis económica y política que vivía el país. El PCE, la SFIO y el Partido Radical acudieron unidos a las elecciones de las cuales los socialistas y los comunistas fueron los claros vencedores y los radicales los que salieron peor parados. Los 386 escaños (146 socialistas, 72 comunistas, 116 radicales y 52 diputados de izquierda) que sumaban en total les permitían tener una cómoda mayoría en la cámara.
Pero este proyecto, a pesar de sus buenas intenciones, se vio obstaculizado por los continuos ataques que sufrió tanto de la izquierda (por abandonar a la República española al firmar los acuerdos de no intervención con Reino Unido) como de la derecha (las huelgas que tuvieron lugar en junio de 1936 situaron a la derecha en el antirrepublicanismo y el antisemitismo), la inestabilidad de la coalición debido a la desconfianza de los radicales en los comunistas y el difícil contexto internacional. En estas condiciones el Frente Popular se hundió.
Los comunistas abandonaron la alianza cuando Blum condenó a muerte a la República española creando, junto al Reino Unido, el Comité de No Intervención y debido al cambio de actitud que la firma el pacto Ribbentrop-Molotov provocó en el PCF.
Los socialistas perdieron la fe en sus proyectos sumiendo al gobierno en una crisis “acentuada por una decisión en el seno de la comunidad socialista por lo referente al pacifismo, propiciada ante la expansión alemana” (Judt, 2007: 29).
Cuando el Senado denegó a Blum poderes especiales para luchar contra la crisis, dimitió. Tras un inoperante gobierno de Camille Chautemps, Daladier se hizo cargo del ejecutivo apoyado por la izquierda en un último intento de mantener el frente antifascista. Sin embargo, los acuerdos de Múnich acabaron con la coalición.
Después de la capitulación en los acuerdos de Múnich, que muchos políticos y la gran mayoría de la población apoyaron, muy pocos podían hablar en defensa de la República y contra el fascismo, y lo hicieron “en nombre de unos valores que seguían defendiendo a pesar de la III República y de sus defectos, pero que la mayoría ya no relacionaba con ese régimen político ni con sus instituciones” (Judt, 2007: 30).
La inoperancia de las instituciones había difundido la idea “de que la República y el mundo que representaban estaban podridos y eran imposibles de salvar” (Judt, 2007: 30).
En estas condiciones Francia declaró la guerra a Alemania en 1939. El país estaba preparada militarmente para el conflicto, pero no psicológica ni políticamente (Kitchen, 1992: 274). La población no deseaba la guerra, no acudió a la llamada a las armas con el mismo entusiasmo que en 1914 (Bloch, 2009: 134). Tras la invasión del Norte la población huyó en masa. Paul Reynaud, que había sustituido a Daladier en un intento de dinamizar la lucha tras la drôle de guerre, intentó buscar soluciones remodelando su gobierno. En el ministerio de guerra entró un joven Charles de Gaulle cuya experiencia con los carros blindados no sirvió para revertir el curso de la guerra.
Ante la amenaza del ejército alemán el gobierno salió de París. Reynaud quiso organizar la resistencia pero algunos de sus ministros, incluido su viceministro, el mariscal Philippe Pétain (el héroe de Verdún), le presionaron para que pidiera un armisticio. Al final, incapaz de encontrar una salida y presionado por Pétain, Reynaud dimitió el 16 de febrero de 1940. Le sucedió en el cargo el héroe de Verdún. Su primer acto fue anunciar su intención de firmar un armisticio. Días más tarde, una desmoralizada asamblea aprobó con 569 votos a favor, 80 en contra (uno de ellos de León Blum) y 17 abstenciones el encargo de Pétain de una nueva constitución y le otorgó poderes extraordinarios, se iniciaba el régimen autoritario de Vichy. Así se ponía fin a la III República. Nadie la lloró. La III República murió sola, abandonada por los franceses, entre la indiferencia de la población, en marcado contraste con la ilusión con la que fue proclamada en 1870.
CONCLUSIÓN
La década de los 30 no fue un período fácil para las democracias. La crisis económica golpeó duramente sobre unas sociedades con poca o ninguna tradición liberal que no fueron capaces de establecer regímenes democráticos estables y viables. Ante esta situación, las frágiles democracias fueron un objetivo fácil para movimientos extremistas e irredentistas. También hubo casos en los que las mismas sociedades quisieron establecer regímenes democráticos, y alguno lo logró con bastante éxito: Checoslovaquia, pero era un país demasiado pequeño para hacer frente a la enormidad de la amenaza nazi por sí solo y se vio desamparado por las potencias que podrían haberle ayudado. No obstante, también las democracias más consolidadas se vieron fuertemente amenazadas. En Francia su población, a pesar de creer en el sistema liberal, no defendió con entusiasmo ese régimen, cansada de una constante inoperancia e inestabilidad de sus gobiernos.
Estos ejemplos muestran que Europa en los años 30 se encerró sobre sí misma y las potencias vencedoras en 1918, que se habían erigido guardianas del orden creado en los tratados de paz en pro de la concordia en el continente, dejaron a un lado esa responsabilidad que ellas mismas se habían impuesto ante sus problemas internos. La consecuencia fue un nuevo conflicto mundial.
BIBLIOGRAFÍA
ARTÍCULOS
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Casanova, J. (2001), “Choque entre católicos y República”, en La aventura de la Historia, nº 32, pp. 40-47.
Casanova, M. (1995), “El problema de las minorías en Checoslovaquia durante la I República” en Espacio, tiempo y forma. Serie V, Historia contemporánea, Nº 8, pp. 111-130. Recuperado de: http://e-spacio.uned.es/fez/eserv.php?pid=bibliuned:ETFSerie5-178072FA-0963-96BC-3050-5E3C1AE8B0BA&dsIDhttp://e-spacio.uned.es/fez/eserv.php?pid=bibliuned:ETFSerie5-D570DA93-6660-1D2A-BBB8-A3474909A4A1&dsID=Documento.pdf, 14 de enero de 2015.
Gómez Carbonero, S. (2001), “Dos procesos paralelos hacia el final trágico de la democracia: las culturas políticas de Weimar y la Segunda República Española”, en Investigaciones históricas: Época moderna y contemporánea, Nº 21, pp. 285-286. Recuperado de http://dialnet.unirioja.es/servlet/articulo?codigo=245963, 19 de diciembre de 2014.
LIBROS
Bertier de Sauvigny, G (2004), Historia de Francia, Madrid, Rialp, pp. 334-385.
Bloch, M. (2009), La extraña derrota, Barcelona, Crítica.
Judt, T. (2010), Sobre el olvidado siglo XX, Madrid, Taurus.
- (2007) Pasado imperfecto: Los intelectuales franceses, 1944-1956, Madrid, Taurus.
Kitchen, M. (1992), El período de entreguerras en Europa, Madrid, Alianza Editorial.
Möller, H. (2012), La república de Weimar: una democracia inacabada, Madrid, Antonio Machado Libros D. L.
Price, R. (1998), Historia de Francia, Madrid, Cambridge University Press, pp.172-243.

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