La toma de Jerusalén

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La primera cruzada va a ser el primer puente de una gran ofensiva contra oriente que se va a tender hacia un mundo medieval especialmente cruel y violento, será la primera campaña con una publicidad sin precedentes que originará una espiral de odio y fanatismo entre dos maneras de entender la vida y expresar la espiritualidad, el islam y el cristianismo.

Para entender este fenómeno de la cruzada cristiana de tomar la Ciudad Santa, tenemos que comprender que los siglos XI, XII y XIII de la baja Edad Media donde llega el apogeo de las intervenciones militares en oriente, son tiempos donde la religión es el auténtico motor que mueve la sociedad y marca todos sus movimientos, desde la política, la economía o el tiempo hasta el arte, las mentalidades y la organización social.

El agustinismo político, abanderando la ideología eclesiástica, someterá en la mentalidad de los Papas cualquier otro poder a los representantes de Dios y Cristo en la Tierra, y empujados por estas teorías y las reformas de Gregorio VII, el trono de San Pedro  se convertirá en el centro de poder más influyente de todo occidente llegando en el periodo cruzado a su máximo esplendor, donde los reyes europeos acudirán a socorrer de diversas formas los intereses eclesiásticos para crear un reino cristiano en Jerusalén y acabar con la influencia del islam.

La monarquía papal, cada vez más territorial y fuerte, se va a ver a sí misma como la luz de occidente y sus sueños de grandeza y liderazgo van a provocar la idea de la legitimidad de recuperación de los territorios por donde vivió, predicó y murió Cristo. Además esta posición de firmeza se va a ver aceptada por las sociedades occidentales que se van a acostumbrar a que sea la iglesia la que autorice qué guerra es santa o cuál no, dejando el monopolio de la violencia sagrada al Papa.

Las ansias expansionistas y evangelizadoras del papado se van a extender más allá de las fronteras de Europa y la situación del empuje militar del islam hacia tierras bizantinas va a procurar la oportunidad perfecta para hacerse con Jerusalén y dejar su gobierno a la iglesia.

 

EL ESCENARIO CRUZADO

 

A finales del siglo XI, el Emperador bizantino Alejo I Comneno comprende la dimensión del avance de los turcos selyúcidas y es consciente de que va a necesitar una ayuda fuera de sus dominios, por lo que solicita ayuda a occidente, esperando recibir soldados mercenarios que lucharan bajo su tutela, sin embargo, algo mucho más grande estaba ya en proceso, la cruzada.

Urbano II en 1095 predica la liberación de Jerusalén y llama a alistarse en la peregrinación armada. Tras el fracaso de 1096 de Pedro el Ermitaño y la Cruzada de los Pobres, la respuesta de la nobleza no se hace esperar y emprenden la marcha y recuperando varias ciudades para el imperio bizantino como Quíos, Rodas, Nicea o Esmirna y tomando posiciones estratégicas como Antioquía.

El mundo islámico estaba en esos momentos divididos entre los turcos selyúcidas (que acabaron con los abasíes en Bagdad) y los fatimís de Egipto. Para el Emperador bizantino Alejo, que había unificado al Imperio de una grave crisis interna con varias dinastías apostando por el control del poder, fue la oportunidad perfecta viendo las grietas de un mundo musulmán, lo que facilitaría la entrada de los occidentales para debilitar el orden islámico que se había asentado de forma fortalecida.

Los ejércitos de nobles avanzaban y de una forma muy diferente a la de las huestes de Pedro el Ermitaño, esta vez la organización militar,  la calidad del armamento y defensas eran muy superiores, al igual de lo que parecía la determinación de sus líderes que muy pronto destacarían dentro de la cristiandad como Godofredo de Bouillón, Hugo de Vermandois, Esteban II de Blois, Bohemundo de Tarento o  Raimundo de Tolosa.

Por su parte, los egipcios aprovecharon también la iniciativa cruzada para arrebatar a sus enemigos selyúcidas varios territorios de Palestina, conquistando en agosto de 1098 la ciudad de Jerusalén.

La enemistad beligerante entre los dos grandes califatos islámicos precipitaría el avance cristiano de forma incontrolable, haciendo posible la penetración de occidente en un mundo casi desconocido e incomprendido.

Se inicia así uno de los peregrinajes más violentos a Jerusalén que iniciarían un fenómeno histórico repetido en el tiempo a través de los siglos.

 

LA TOMA DE JERUSALÉN

 

Conquistar la Ciudad Santa no era poseer cualquier otra ciudad del mundo, la justificación de ocupar la urbe donde murió crucificado Cristo tenía varias connotaciones escatológicas que partían de la revelación del apóstol Juan del apocalipsis en el último libro del Nuevo Testamento.

Poseer esta ciudad para la cristiandad significaba espiritualmente establecer una nueva era donde imponer desde allí las doctrinas de Cristo a todo el conjunto de mundo conocido; pero otra opinión apuntaba hacia la unión de Jerusalén terrenal y celestial donde el nazareno descendería iniciándose así el Juicio Final. Estas creencias acompañaban en la época a toda serie de profecías y una sensación generalizada  donde el fin del mundo estaba muy próximo.

Por lo tanto, Urbano II jugó con varios argumentos para reclamar la toma de la ciudad. Los historiadores no se ponen de acuerdo en aclarar su discurso del cual hay hasta cuatro versiones que no concuerdan del todo, pero los pensamientos sobre que Cristo había sido deshonrado en manos musulmanas, que estos oprimían a sus seguidores y que se necesitaba la ciudad para defender la integridad de la cristiandad, encauzando la guerra como penitencia, estaban en las distintas teorías de justificación para hacerse con los lugares donde los romanos crucificaron al hijo de Dios.

El avance del ejército cruzado tardó cinco meses desde la salida de la cruelmente exterminada población de Maarat hasta Jerusalén. El viaje que debían emprender de unos 500 kilómetros no era muy complejo y podría haber estado fuertemente defendido de haberse producido una unión contra los cruzados por parte de los selyúcidas y fatimís, pero no fue así; y el camino bordeando los montes Nosairi, cruzando la costa por Trípoli y llegando hasta Jaffa les pondría al alcance la ciudad más codiciada de toda la Tierra para la cristiandad. Además se aseguraba el ejército el apoyo de la flota italiana compuesta por naves de venecianos, genoveses, pisanos y algunos ingleses.

La razón de tan largo periodo de tiempo viajando pudiéndose haberse llegado antes eran las propias rivalidades internas entre los líderes cruzados para hacerse con las mejores tierras de la región. Raimundo de Saint-Gilles y Godofredo de Bouillon mantuvieron una especial tensión a la hora de intentar señorear los campos fértiles libaneses. Sin embargo esta muestra de poder entre los dos acabó viniéndose al traste por la presión popular que anhelaba continuar para liberar Jerusalén del dominio del islam. Así pues cuando llegaron a Jaffa continuaron atravesando la despoblada ciudad de Ramleh, que había sido desocupada por sus habitantes musulmanes destruyendo antes de marcharse el santuario de San Jorge.

Aquí se produce la primera concesión de territorio directamente a un obispo latino, el normando Roberto de Ruán, dominando temporalmente el territorio bajo las órdenes directas de la iglesia.

Ante el avance cristiano, los asustados pueblos sirios colaboraban activamente cuando no dejaban sus poblaciones vacías, y no fueron los únicos, ya que los embajadores fatimís también llegaron a ofrecer víveres y oro a los recién llegados, pensando la naturaleza beneficiosa de implantar un tapón cruzado que los separase de sus irreconciliables enemigos selyúcidas.

En esta primera cruzada, los historiadores tampoco hayan un consenso cuando hablan de cifras de los ejércitos, ni al principio de la campaña ni en su final a las puertas de Jerusalén. Cuando logran atravesar el camino hacia la gran ciudad, se estiman aproximadamente 1500 caballeros y entre 5000 y 10000 soldados de infantería. Las cifras bailan en torno al asedio y también las de sus defensores que no eran más de 1000 soldados, incapaces por inferioridad numérica claramente sobrevivir a la embestida.

El ejército, a pesar de ser numeroso no podía hacer frente en un principio a tal estructura defensiva para rodearla de manera completa y cercarla de manera eficiente.

Jerusalén tiene una complejidad geoestratégica de estar rodeada por el este y el oeste por una cadena montañosa que la sostiene, lo que dificulta en buena parte el asedio, reduciendo los enclaves del terreno adaptados al avance de las máquinas de asedio para encaramarse a los muros o destruirlos, además del costoso avance que supondría la fatiga de hombres a pie y caballos.

En esos tiempos la parte más débil era la muralla norte de la ciudad pero sin embargo estaba reforzada por una segunda muralla y un foso que entorpecía cualquier intento de asalto.

También sería costoso el acceso de la toma total de la ciudad por la ciudadela fortificada que recibía el nombre de Torre de David, una imponente estructura octogonal cuyos cimientos estaban soldados por plomo y sus muros se alzaban desafiantes hacia el cielo contra cualquier intruso que quisiera hacerse con la Jerusalén.

El sitio de la Ciudad Santa duró desde el 7 de junio hasta el 15 de julio del año 1099 y fue un punto de inflexión en la historia para dar paso de la teoría a la práctica de la iglesia católica.

Ese 7 de junio, el ejército asciende por el bautizado Monte del Gozo y logra vislumbrar el perfil de la maravillosa ciudad que escondía tantos secretos, profecías y esperanzas para sus corazones. Alrededor de la misma apenas quedaba un desierto solitario ya que a su alrededor se habían talado árboles para que no sirvieran de refugio del sol justiciero del desierto de Judea ni para que con ellos se pudiesen construir máquinas de asedio ni torres de asalto.

Por si fuera poco, el calor sofocante no se podía acompañar del lujo del agua ya que los pozos circundantes habían sido corrompidos y envenenados para poner difícil la supervivencia a aquellos que venían de tan lejanas tierras. El agua por lo tanto acabó siendo el producto más codiciado con el que hacía un buen negocio entre los soldados, llegando a costar dos monedas de plata tan solo humedecerse los labios.

Por su parte, el gobernador fatimí, Iftikhar ad-Daula, sabiendo que el ataque sería inminente ya se había ocupado previamente de preparar la ciudad para mantenerse cercada por lo que expulsó previamente a una gran parte de la población cristiana, asegurándose que durante el asedio no causaran alborotos dentro de la ciudad o les abrieran las puertas a los cruzados desde dentro acabando con toda resistencia musulmana.

Las inclemencias del clima agotaron a los cruzados infinitamente más que a los resistentes habitantes de Jerusalén que habían almacenado víveres y agua para aguantar más que el ejército enemigo tendido al sol calentando las armas y armaduras. El tiempo no jugaba a favor suyo y cada movimiento era fundamental para llevar a cabo la toma de la ciudad en la cual murió Cristo. Los cruzados eran conscientes de que en cualquier momento podían aparecer entre las arenas del desierto un ejército del régimen fatimí que había enviado sabiendo ya que los cruzados no iban a traer nada bueno al mundo musulmán, previendo en el futuro una expansión incontrolada que pudiera acabar con su estructura de poder en Egipto.

Sabiendo la prisa que necesitaban para llevar a cabo su misión, el mismo 13 de junio se lanzan al combate con tan solo una escalera de asedio para ascender por los muros.

La derrota fue clara y los cristianos tuvieron que replegarse para volver con más empuje cada vez sin cesar un asedio sistemático que duraría algo más de un mes.

Tan solo cuatro días después el 17 de junio, una ataque a la flota cristiana es sorprendido por las tropas del islam que consiguen hundir todas las naves, pero los cristianos, en contrapartida logran rescatar la mayor parte de sus provisiones y llevarlas a salvo fuera del alcance de los musulmanes, habiendo podido ser el golpe decisivo para acabar con el ejército de la cruz, que sin agua ni alimentos hubieran sucumbido.

Es entonces cuando se decide atacar desde dos frentes y esta vez, la organización y la planificación previa van a tomar más protagonismo a la hora de ajustar todas las fuerzas militares antes de batirse en combate.

Los cruzados consiguen encontrar agua y maderas que van a servir para construir máquinas de asedio y defenderlas del fuego vertiendo el preciado líquido para salvarlas de la destrucción de las llamas que arrojaran sus enemigos. En concreto, el taller cruzado del ejército consigue con la madera formar varias catapultas, escaleras, escudos, arietes e incluso torres de asedio que más tarde tuvieron que revestir de cuero para librarlas del fatal destino de ser rociadas con el temido  “fuego griego”.

Los fatimís por su parte también se mueven dentro de la ciudad reforzando posiciones e instalando catorce catapultas para defenderse de los cruzados e intentar acabar con sus máquinas si fuera posible.

La ciudad se veía desafiante intentando ganar tiempo a toda costa esperando a los egipcios que acudieran en su ayuda, aguantando toda clase de presiones desde el exterior que intentaban doblegar la moral de sus habitantes e inspirar el terror en sus corazones.

Los cruzados deciden ponerse en marcha la noche del 9 de julio y parten entonces las tropas francesas hacia el este, a un punto débil de la ciudad que se pudo hallar en la muralla norte. Por lo tanto, ese traslado supuso el desarme de las máquinas, traslado de materiales y reconstrucción de las mismas en la nueva ordenación de la posición que habían tomado, ejerciendo una muestra de increíble esfuerzo que venía precedido de un largo historial de fatigas que de por sí llevaban los supervivientes cruzados que seguían intentando que la ciudad cayera un día cercano.

Este movimiento hizo que los fatimís por dentro de la ciudad tuvieran que reforzar a contrarreloj la nueva frontera que separaba a dos mundos de concebir la realidad de la existencia. Además tuvieron que dividir obligadamente sus tropas para mantener defendida también la zona del sur y así hacer frente a lo que se iba a producir en cualquier momento, la caída de la Ciudad Santa que observaba las procesiones descalzas de los cruzados.

Días más tarde el 13 de julio, se arremete contra los muros de Jerusalén y los cristianos logran abrir una brecha en la zona norte de la muralla exterior con el ariete que deja paso al posible acceso que no tardaría más que el día siguiente en ponerse en marcha.

El 14 de julio, el avance de la torre de asedio fue incontrolable para los egipcios que no sabían cómo detenerla, llegando a situarse muy cerca de la muralla interior, lo que situaba la torre como un elemento más desde el que entrar a la ciudad y acabar con sus defensas, mientras que a la vez avanzaban soldados con escaleras, subiendo por ellas hasta los muros y luchando sin cuartel contra los fatimís.

La zona sur de la muralla tuvo una experiencia militar menos emocionante y afortunada, más lenta y pesada que en el norte, destruyéndose la torre de Raimundo y echando por tierra los planes de tener más accesos a la ciudad por la que pasaran los soldados que hambrientos, fatigados y soportando una tensión extrema, deseando conquistar de una vez aquella ciudad al otro lado del mundo de sus hogares.

Esa madrugada del 14 de julio, Godofredo de Bouillon, en la zona norte, logra situar la torre cerca de la muralla y sus soldados logran construir una pasarela para llegar de ahí hasta las murallas.

Así lo hombres fueron entrando en la ciudad como una marea humana y conquistaron el monte del Templo, arrasando cualquier defensor que se interpusiera entre ellos.

Los cristianos a la cabeza de Godofredo, lograron abrir las puertas desde dentro y se precipitó la derrota de manera estruendosa y dantesca para las filas musulmanas que no podían hacer frente a tantos puntos de accesos ni a tantos cruzados sedientos de sangre.

La ciudad estaba completamente perdida, y las noticias corrían de aquí para allá con más nuevas malas que buenas, informándose el gobernador fatimí de todo lo que ocurría a su alrededor viéndose ya preso de la derrota y refugiándose con gran parte de su séquito en la ciudadela de la torre de David, guareciéndose del caos que reinaban las calles de la Ciudad Santa. El ejército aliado no había llegado a tiempo para socorrerlos, ya nada les separaba del peligro que iban a correr los habitantes con la invasión de los frany.

Los barrios fueron conquistándose uno por uno hasta completar toda la ciudad y Iftikhar ad-Daula decidió entregarle finalmente el control de la situación a Raimundo, a cambio de la salida con vida de todos ellos, a lo que las tropas cristianas accedieron.

Sin embargo las crónicas populares son unánimes en reconocer la especial crueldad de los cruzados, pasando a cuchillo a mujeres, hombres, ancianos y niños, además de encerrar a la comunidad judía de cientos de personas en la sinagoga y prenderla fuego desde fuera para que se abrasaran en un fuego purificador del alma.

Las atrocidades de ese día serían recordadas durante décadas para alimentar el valor violento del yihad como contrafuerte para hacer frente a las cruzadas e impactó de forma muy negativa en la sociedad islámica que contempló tal horrible espectáculo sin poder hacer nada para evitarlo.

Parece ser que la propia indisciplina militar de la soldadesca de a pie no respetó el pacto de Raimundo y acabaron con la vida de los refugiados que albergaban la esperanza de escapar.

Es inevitable que se cite este testimonio para dar muestras de lo que allí ocurrió. Según el cronista Raimundo de Aguilers (que participó en la jornada de aquel día y viajó con el ejército cruzado provenzal, dirigido por el conde Raimundo IV de Tolosa, hasta Jerusalén) dice así:

    “Maravillosos espectáculos alegraban nuestra vista. Algunos de nosotros, los más piadosos, cortaron las cabezas de los musulmanes; otros los hicieron blancos de sus flechas; otros fueron más lejos y los arrastraron a las hogueras. En las calles y plazas de Jerusalén no se veían más que montones de cabezas, manos y pies. Se derramó tanta sangre en la mezquita edificada sobre el templo de Salomón, que los cadáveres flotaban en ella y en muchos lugares la sangre nos llegaba hasta la rodilla. Cuando no hubo más musulmanes que matar, los jefes del ejército se dirigieron en procesión a la Iglesia del Santo Sepulcro para la ceremonia de acción de gracias”.

Esta visión aterradora lo que allí aconteció es una prueba de la visión de un cristiano francés que nada tiene que ver con el ensalzamiento de las crónicas de la yihad para avivar el odio a los cristianos.

Es evidente que hubo una falta de control y una enorme violencia aunque efectivamente, también hay que hablar de una parte de la población que logró huir durante y después de la batalla, formando un campamento en las inmediaciones de Damasco o viajando hasta Bagdad, sin embargo el horror y las atrocidades fueron algo normalizado ese día, quizás fruto del odio irracional almacenado durante más de un mes de sitio, muertes, hambre, sed y fatigas por parte de las tropas cristianas.

Pero la victoria final, a pesar de la toma de Jerusalén, se consiguió un mes después, cuando en Ascalón, los cruzados interceptaron al ejército de socorro fatimí que venía a ayudar en la contienda al bando musulmán. Los francos cargaron contra el campamento egipcio y la victoria sobre ellos fue aplastante, dejando en manos cristianas Jerusalén sin ningún peligro cercano, manteniendo un nuevo orden latino en un mar islámico que todavía no acababan de comprender la actitud colonial europea.

Ahora ya, con los refuerzos extinguidos quedaba reconstruir la ciudad y realojar en ella al ejército que necesitaba reponer fuerzas y ordenar el territorio que iba a ser  el nuevo tema a tratar, la organización de la ciudad donde Cristo murió en la cruz daría nuevas expectativas a occidente para difundir la palabra de Dios en tan lejanos lugares.

No se tardaría en reconocer que se necesitaban refuerzos al ver como varios cientos de cruzados marchaban para sus hogares y dejaban casi sin defensas la ciudad que tanto les había costado conquistar y las regiones que los rodeaban.

Pronto, el modelo feudal importado de Europa, entraría en juego creando el Condado de Trípoli, el Principado de Antioquía, el condado de Edessa y el reino de Jerusalén, articulado el gobierno de los dominios cristianos.

 

TRAS LA CONQUISTA

 

Conquistar los Santos Lugares fue una auténtica victoria muy exitosa para la empresa cristiana y reafirmó en occidente el poder eclesiástico. La gran beneficiada fue sin duda la Santa Sede, siendo el papado la organización más poderosa e influyente en ese siglo XI y principios del XII tras la inmediata conquista de Jerusalén, el mayor de sus trofeos. A los mandatos del Papa acudirían serviles reyes de Europa, príncipes locales y refinadas cortes del Mediterráneo, colaborando con armas, soldados, dinero o víveres a las expediciones que se ordenaban. El Papa tenía tanto poder que las tensiones con el Imperio no se hicieron esperar sobre quién dirigía verdaderamente occidente.

Jerusalén quedó en manos de Godofredo de Bouillon que recibió el título de Defensor del Santo Sepulcro y el arzobispo Diamberto  de Pisa que se proclamó Patriarca de Jerusalén. Más tarde todo el poder político pasaría a control de Diamberto, pero la proclamación del primer rey de Jerusalén, el hermano de Godofredo, Balduino I acabó con las aspiraciones de Diamberto de convertir a Jerusalén en la iglesia principal bajo la cual también debía arrodillarse Roma.

La creación propia de la monarquía jerosolimitana acaba con la posibilidad de una iglesia más fuerte que los dominios latinos de la Santa Sede y abría la puerta a la consolidación de los reinos cruzados, cuyas gobernaciones eran exigidas por las facciones seculares que habían protagonizado la contienda.

El nuevo reino no estaría solo y se apoyaría en los nuevos condados de Edessa y Trípoli, además del principado de Antioquía para permanecer en las nuevas tierras arrebatadas al mundo islámico y comenzar así una nueva era.

El nuevo Papa Pascual II observaría la importancia y la preocupación de mantener los terrenos a cualquier precio; las ciudades se reconstruyeron y fortificaron bajo el nuevo dominio de la cristiandad. Desencadenándose así el final de la primera cruzada y el principio de otras muchas.

Los intentos cristianos de mantenerse allí no durarían mucho tiempo. Poco después caía el condado de Edessa en 1144 y fracasaba la segunda cruzada contra los muros de Damasco, y en 1187, tras salir victorioso de la batalla de Hattin, Saladino recuperaría para siempre Jerusalén y se lo entregaría de nuevo al islam, difuminándose la quimera latina en tierras de oriente.

 

@hectorbraojos

 

Bibliografía

 “Las Cruzadas.” Carlos de Ayala Martínez. Editorial Sílex. 2004.

“¿Qué fueron las cruzadas?” Jonathan Riley-Smith. Editorial Acantilado. 2012.

“¿Nació Europa en la Edad Media?” Jacques Le Goff. Editorial Crítica. 2011

“Las Cruzadas Vistas por los Árabes” Amin Malouf. Alianza Editorial. 1995.

“Historia de las Cruzadas.” Thomas F. Madden. Editorial Blume. 2005.

“Técnicas Bélicas del Mundo Medieval” Matthw Bennet, Jim Bradbury, Kelly Devries, Iain Dicikie Phyllis G. Jestice. Editorial LIBSA. 2007.

“Breve historia de las Cruzadas” Juan Ignacio Cuesta. Editorial Nowtilus.

“La Biblia” Edición Popular.

 

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