Las agrupaciones en la España del XVIII. Las sociedades rurales

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Aunque en el Renacimiento, y a lo largo de la Edad Moderna, se produce un proceso de individualización frente a la gran colectividad social de época medieval, las sociedades del Antiguo Régimen no estaban formadas por meros agregados de individuos, sino que en ellas tenían una gran importancia las organizaciones corporativas y comunitarias. Los individuos estaban ligados por lazos de pertenencia a formaciones colectivas de diverso tipo, dotadas de existencia jurídica, e institucionalizadas. Por un lado nos podemos encontrar a los cuerpos y comunidades territoriales, como la casa, la aldea, la parroquia, la ciudad y el reino; a este tipo de comunidades las denominaremos sociedades y, por otro lado, nos encontramos las comunidades de trabajo, más conocidas como oficios o gremios. En este artículo nos centraremos en conocer que sociedades existían en la España del siglo XVIII y cómo funcionaba.

Como ya hemos dicho, estas “sociedades” son los cuerpos y comunidades territoriales más importante para las personas de la España del XVIII. Dentro de este artículo explicaremos dos clases de sociedades: las denominadas “sociedades” de mozos, es decir, fraternidades de solteros y solteras, y las comunidades campesinas.

En el mundo rural del Antiguo Régimen tenían gran protagonismo las denominadas “sociedades” de mozos, fraternidades de solteros y solteras, que resultaban como verdaderos hogares colectivos al margen del grupo doméstico. En este ámbito, los jóvenes se organizaban intercambiando experiencias y aprendizajes en un período de sus vidas previo al matrimonio, y que adquiere un importante protagonismo en la defensa de los lazos comunitarios.

A partir de los 16-18 años, los jóvenes entraban a formar parte de esta sociedad, donde adquirían experiencia en cuanto a las relaciones sociales. A su vez esta colectivo funcionaba como un instrumento para el reconocimiento social de los jóvenes, dejando atrás la niñez.

Los jóvenes reunidos en este tipo de sociedades prestaban toda una serie de servicios a la comunidad de vecinos; además de ocuparse de vigilar la integridad de los bienes comunales, tratado de evitar intromisiones por parte de aldeas limítrofes, estas agrupaciones de mozos también tenían participación activa en determinadas festividades de la aldea, encargándose del toque de las campanas en días señalados o llevando el peso de las procesiones y actos religiosos. No obstante, las actividades más importantes de este colectivo tenían lugar en el dominio del matrimonio, tratando de vigilar la buena marcha de los noviazgos de las mozas locales, así como asegurar que la institución del matrimonio fuese respetada y no surgieses abusos de ningún tipo en el seno de la comunidad.

Teniendo en cuenta estas actividades, se entiende el mantenimiento de este colectivo por la labor social que realizaba en su comunidad. Viendo esta relevancia también se entiende que el grupo de mozos tratara de oponerse a la pérdida de uno de sus miembros, por lo que en el caso de que un joven forastero intentase iniciar relaciones con una joven de la aldea, esta asociación exigía una compensación por esa pérdida de oportunidades de casamiento para los solteros de la aldea. Esta compensación solía realizarse mediante el pago de un canon, consistente generalmente en que el forastero debía costear un convite. Este tipo de rituales, en los que domina la hostilidad frente a los mozos extranjeros solía finalizar materializado en el denominado “derecho de bienvenida”. En realidad, lo que se establecía en estas “celebraciones” era la solidaridad de la sociedad frente a la intrusión de gentes extranjeras a la aldea. Esta solidaridad se puede observar también en otras celebraciones de la vida cotidiana, como las fiestas patronales.

Normalmente, los esposos adúlteros, los viudos y viudas que volvían a contraer nupcias o los matrimonios entre cónyuges de edades desproporcionadas eran el principal blanco de las críticas de esta sociedad de mozos, que trataban de ejercer su autoridad, constituyendo una especie de policía moral, guardiana de las costumbres del pueblo. La práctica más común de la que se servían para censurar este tipo de prácticas era satirizar y burlarse de los transgresores por medio de cencerradas[1]. Durante el siglo XVIII, las autoridades civiles intentaron poner freno a estos alborotos mediante prohibiciones, como la establecida por Carlos III en 1765, que trataba de limitar el abuso de las cencerradas a los viudos que contraían segundas nupcias.

Pero además de estor rituales simbólicos, la comunidad de vecinos utilizaba todo un arsenal cultural para rechazar cualquier comportamiento que estimase inadecuado por parte de alguno de sus miembros. En este ámbito tenían gran importancia los cotilleos y las habladurías. Esta práctica, por ejemplo, no era bien visto por la Iglesia que criticaba la falta de conciencia de pecado en esta práctica.

A pesar de los intentos de prohibir todos los abusos de la sociedad de mozos, los adultos seguían consintiendo sus prácticas ya que estas sociedades tenían un profundo arraigo en las costumbres tradicionales; y se trataba, en cierto modo, de reconocer su labor en la defensa de los lazos comunitarios así como una manera de resarcir a los célibes por su subordinación a los mayores, al tiempo que funcionaban como un mecanismo que contribuía a mantener una cierta estabilidad social, evitando la generación de conflictividad en un período delicado en la vida de los jóvenes, como era la etapa de transición que tenía lugar mientras estos aguardaban el momento del matrimonio.

Por otro lado, nos encontramos con las “sociedades campesinas”. En el ámbito rural resultaba decisivo el papel de la comunidad, equivalente al que podía desempeñar los gremios en las ciudades. En esta época las comunidades de aldea eran una realidad presente en la vida cotidiana de las personas, así como en su convivencia, pues éstas eran dueñas del uso de gran parte de la superficie del término municipal e intervenían mediante diferentes mecanismos en la vida privada de las personas, por lo que el sentimiento de pertenencia a un lugar era tan fuerte como el sentimiento de pertenencia a una familia.

El papel de la comunidad era decisivo en numerosos aspectos de la vida cotidiana del campesinado y su importancia puede verse en el hecho de que en algunas zonas de la península la propiedad colectiva se conservase con fuerza hasta bien entrado el siglo XX.  Esta importancia era especialmente intensa en la zona septentrional de España –aunque sin menospreciar el papel de la propiedad comunal en el norte– donde la historia y la geografía habían determinado un destacado papel de la propiedad colectiva.

Dado que las relaciones vecinales eran esenciales para el funcionamiento de la comunidad, a fin de arbitrar los lazos entre los miembros que la componen se formaliza una serie de usos sociales de carácter colectivo, que tenían amplio asiento en la tradición oral y que formaban parte de las costumbres locales, dando lugar a conjuntos sistematizados de normas consuetudinarias, que con el tiempo van recogiéndose en ordenanzas, como por ejemplo las ordenanzas de Tarna de 1796, en la cual se hace referencia a la necesidad de este tipo de normas. Estas ordenanzas son un exponente de las antiguas comunidades rurales.

En una época en que la deficiencia de las comunicaciones limitaba los contactos con otras comunidades, es lógico pensar que el pueblo se cerrarse en sí mismo, apoyándose en la comunidad y reforzando las solidaridades.  Los miembros de la comunidad campesina estaban inscritos en un sistema de obligaciones, de derechos y de deberes fundados en la reciprocidad. Por su condición de vecinos tenían la posibilidad de utilizar las tierras comunales, pero a cambio tenían que fomentar el orden social.[2] Pero la solidaridad en la vida vecinal y comunitaria n sólo se manifestaba con el trabajo sino que también tenía su asiento en los actos lúdicos o festivos, así como en toda relación social.[3] En el mundo rural, la fiesta estaba relacionada con el descanso al principio o final de un período de intensa labor agraria, así como para desahogar las tensiones en el seno de la comunidad y reafirmar el grupo. Todo lo que exceda a esos fines “estaría fuera de la lógica en la cual se organizaba la forma de vida del campesinado”.

Por último, en las sociedades rurales del período moderno, la solidaridad de grupo se manifestaba tanto en la vida como en la muerte y los vecinos tenían un participación activa en el ceremonial desplegado en torno a la muerte de alguno de sus miembros, lo que garantizaba el acompañamiento colectivo al moribundo en sus últimos momentos de vida y una vez llegada la muerte, ofreciendo amparo a los vecinos del difunto, participando en el velatorio, en la conducción del féretro, así como en la celebración de las honras fúnebres.


[1] Esta práctica consistía en la reunión de la juventud frente a la casa del matrimonio con sartenes viejas, calderos, latas vacías, etc. produciendo con ellos un ruido infernal intercalando este ruido con coplas y cantares mordaces y alusivas a los recién casados. Esta práctica podía durar varias noches consecutivas antes del casamiento, o en la primera noche de bodas. Estas actividades tenían una amplia difusión por el norte peninsular.

[2] Este orden social se fomentaba con la participación de los vecinos en el gobierno del concejo, acudiendo a los trabajos o tareas comunitarias, contribuyendo al mantenimiento del culto religioso y a cubrir los gastos comunales, tales como los derivados de los tributos reales y las cargas señoriales.

[3] El problema viene en que en la vida cotidiana del Antiguo Régimen no siempre es posible establecer una división clara entre tiempo de trabajo y tiempo de fiesta u ocio, más propio de los grupos urbanos y de los sectores privilegiados particularmente.


Bibliografía:

Arias de Saavedra Alías, Inmaculada (ed.). (2012). Vida cotidiana en la España de la Ilustración. Granada: Editorial Universidad de Granada.

Burke, Peter. (1996). La cultura popular en la Europa Moderna. Madrid: Alianza.

Díaz-Plaja, Fernando. (1997). La vida cotidiana en la España de la Ilustración. Madrid: Edaf.

García Hurtado, Manuel Reyes (ed.). (2009). La vida cotidiana en la España del siglo XVIII. Madrid: Sílex.

Peña, Manuel (ed.). (2012). La vida cotidiana en el mundo hispánico (siglos XVI-XVIII). Madrid: Abada.

Segalen, Martine. (1992). Antropología histórica de la Familia. Madrid: Taurus.

Vázquez Marín, Juana. (1992). El costumbrismo español en el siglo XVIII. Madrid: Universidad Complutense.

 

Author: Fernando Herranz Velázquez

Estudiante de último curso de Historia por la Universidad de Salamanca. Cofundador de la plataforma de publicación histórica "Mundo Histórico" (mhistorico.com). Colaborador de Intrahistoria.com y redactor de la sección Historia en QueAprendemosHoy.com

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