Las gitanas durante la Edad Moderna en España

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LAS GITANAS EN LA EDAD MODERNA

por Javier Benito Doñate

 

Índice:

 1. Introducción

2. Puntos que pueden señalarse como comunes para el pueblo gitano en general.

3. Historia de los gitanos en España durante la Edad Moderna. Fases

4. Las Pragmáticas de los diferentes reinados. Fuentes legislativas.

 4.1  Los Reyes Católicos

 4.2  Felipe II

 4.3  Felipe IV

 4.4  Carlos II

 4.5  Felipe V

 4.6  Fernando VI

 4.7  Carlos III

5. Visión de la Iglesia sobre los gitanos. Fuentes eclesiásticas.

 5.1. Cristianización de los gitanos

 5.2. Persecución Inquisitorial hacia los gitanos

 5.3. Origen religioso de los gitanos

6. La mujer gitana

 6.1. Hechicería

 6.2. Los gitanos: “gente mágica”

 6.3. La mujer gitana y la magia

 6.4. Artes curativas de los gitanos

 6.5. Hechicería masculina gitana

7. Conclusión

8. Bibliografía

 

1. Introducción:

Los gitanos no constituían un solo grupo. Según los últimos estudios habrían comenzado su nomadeo impulsados por las fuerzas que invadieron la India durante el siglo XIII, dirigiéndose a Europa en distintas y sucesivas emigraciones. Los gitanos ingleses, alemanes o españoles han evolucionado notablemente desde su asentamiento en el país y puede encontrarse entre cada uno de los grupos características distintas e incluso totalmente dispares.

Por lo general, ya existe una idea estereotipada de los gitanos, un “mito” sobre lo gitano que se identifica con su imagen exótica, que casi podríamos decir que perjudica la crítica y el auténtico conocimiento de este pueblo, ya que debemos considerar que el mundo gitano es, además de una comunidad digna de estudio, un problema en la mayor parte de las naciones donde se han instalado.[1]

Para comprender mejor sus problemas actuales, es necesario por tanto hacer un estudio acerca de la historia de un pueblo que debido a su tradicional agrafía, impidió dejar constancia escrita de sus viajes y peregrinaciones. Por ello debemos acudir a fuentes procedentes de poderes públicos y de poblaciones que convivieron con ellos. Es decir, para intentar describir este grupo social, debemos analizar las fuentes siendo conscientes de que sus autores tenían una visión antagónica a ellos, y que la información es limitada y preferentemente peyorativa.

Mi estudio, por tanto, hablará sobre las gitanas españolas durante la Edad Moderna, aunque para ello deba centrar mi atención irremediablemente hacia los gitanos varones y los españoles contemporáneos que convivieron con ellas para comprender el contexto histórico en su totalidad, usando como únicas fuentes la legislación promulgada contra los gitanos y los archivos inquisitoriales.

2. Puntos que pueden señalarse como comunes para el pueblo gitano en general:

  1. Un grupo de nómadas o seminómadas procedentes de la India.
  2. Una lengua común: el caló, más o menos pura según las influencias o las prohibiciones del entorno.
  3. El conocimiento de los animales, la trata y el cambio de éstos.
  4. Dificultades en cuanto a su asimilación laboral.
  5. Opinión generalizada de ser individuos astutos; que suplen su ociosidad cpn el robo y las malas artes.
  6. Peligrosidad de carácter primitivo y elemental.
  7. Prácticas de tipo supersticioso a las que ni siquiera ellos mismos concedían excesivo crédito.

También podríamos añadir la habilidad en los trabajos de forja, sobre todo en España, donde los caldereros y herreros gitanos eran bien conocidos por sus habilidades a este respecto.

Con respecto a su cultura anterior a la salida de la India no sabemos nada. En cuanto a su estructura sociocultural tropezamos ya con la variedad de las formas que se pueden encontrar en ellos. Para algunos el cante flamenco es típico de este pueblo. Para otros, el violín y las nostálgicas canciones húngaras.

Debido a su inexistente cultura escrita, y sus escasos relatos orales, es imposible comparar sus costumbres y formas de vida positiva, ya que este pueblo es o ha sido hasta nuestros días analfabeto en su totalidad.[2]

¿Cómo han sido capaces de sobrevivir? Debido a su espectacular cohesión. Eran, y son, un Estado dentro del Estado. Es otro de los puntos interesantes que hablaré a continuación.

3. Historia de los gitanos en España durante la Edad Moderna. Fases.

Tanto para Helena Sánchez Ortega como para Teresa San Román la evolución histórica de los gitanos en nuestro país comprende una serie de períodos concretos caracterizados a partir de las políticas represivas y los conflictos con los no gitanos:

  1. Siglo XV. Se trata de un periodo de penetración y contacto con sucesivas oleadas de grupos de gitanos comandados por “duques” o “condes”, sin apenas penalidades ni conflictos, que duraría hasta la promulgación de la primera Pragmática de los Reyes Católicos contra la etnia en 1499. En ese momento el número de gitanos estaría comprendido entre dos mil o tres mil personas.
  2. Desde 1499 hasta 1633, una segunda etapa claramente represiva caracterizada por diferentes medidas encaminadas a su expulsión y control, pero que debido a las contradicciones entre la represión y la integración se muestra incapaz en sus objetivos y arrincona a los gitanos a la marginación y la exclusión.
  3. Una tercera etapa desde 1633 a 1749, caracterizada por los intentos por convertir a los gitanos en súbditos productivos y sedentarios bajo amenazas coercitivas. En esta etapa las limitaciones de las medidas integracionistas llevarán a la mayoría a la invisibilidad social como minoría étnica.
  4. De 1749 a 1783. Durante este periodo, Fernando VI desarrolla un giro drástico en la política antigitana claramente represivo. Será el momento más amargo de la historia de los gitanos en España debido a la política de exterminio y limpieza étnica. Unos ocho mil gitanos entre mujeres, niños y hombres fueron apresados y enviados a presidios y arsenales en una gran redad en 1749 en todos los confines del Reino.
  5. En la última etapa, a partir de la pragmática de Carlos II en 1783 se producirá la incorporación paulatina a nuestro país y, aunque la discriminación permanecerá hasta nuestros días, no volverá a promulgarse ninguna ley dirigida específicamente contra los gitanos.[3]

Como muestra de la visión que aún impera hoy día entre nosotros sobre los gitanos, el diccionario oficial de la Real Academia Española define gitano como:

gitano, na.

(De egiptano, porque se creyó que procedían de Egipto).

  1. adj. Se dice de los individuos de un pueblo originario de la India, extendido por diversos países, que mantienen en gran parte un nomadismo y han conservado rasgos físicos y culturales propios. U. t. c. s.
  2. adj. Propio de los gitanos, o parecido a ellos.
  3. adj. Que tiene gracia y arte para ganarse las voluntades de otros. U. más como elogio, y especialmente referido a una mujer. U. t. c. s.
  4. adj. coloq. Que estafa u obra con engaño. U. t. c. s.
  5. adj. ant.egipcio (natural de Egipto).
  6. m.caló.

4. Las Pragmáticas de los diferentes reinados. La legislación.

Los gitanos llegaron a España aproximadamente en 1427, después de un largo desplazamiento por Europa y el Norte de África desde su lugar de origen, el N.O. de la India, de donde salieron por causas desconocidas seguramente durante las convulsiones originadas por la llegada de las huestes de Gengiskhan. Podríamos relacionarles con la casta de los parias, lo que nos explicaría algunos aspectos de su cultura, o mejor aún de la base de su cultura.[4]

Su llegada a España tiene, en los primeros momentos, un carácter colorista, y son acogidos por los reyes y nobles con enorme benevolencia. Se les entrega regalos y se les autoriza a circular libremente por las tierras. Para facilitar su entrada a la península, habían asegurado hacer un viaje penitencial hacia Compostela y otros lugares sagrados.

4.1. Los Reyes Católicos.

Este “periodo idílico” va a dejar paso, sin embargo, a una actitud muy distinta. En 1499 los Reyes Católicos decretan la expulsión para todos aquellos que carezcan de oficio y señor, bajo pena de 100 azotes la primera vez, de ir a la cárcel y que se le corten las orejas la segunda vez (que era una forma de marcarles), y en caso de una tercera reincidencia, la de convertirse en esclavos para toda la vida. Un cambio radical, por tanto, en la actitud de los gobernantes debido a las protestas surgidas en el reino por el tipo de vida que llevaban estas gentes. Puesto que, aunque los gitanos habían llegado a la península en calidad de peregrinos cristianos, pronto surgen voces que ponen en duda la autenticidad de su fe cristiana.[5]

Así, los representantes en Cortes terminan proponiendo drásticas medidas para “deshacer de raíz este nombre de gitanos y que no haya memoria de este género de gente”, separando a los hombres de las mujeres, señalándose lugares fijos de residencia y obligándoles a casarse con labradores.

La pragmática de los Reyes Católicos de 1499 pues, corresponde a lo que hoy denominaríamos sin problemas como limpieza étnica o etnocidio, que no es sino la destrucción cultural de un pueblo, pero que en su contexto histórico suponía una estrategia común de asimilación cultural muy similar a otras del resto de Europa. Fue un intento de asimilación forzosa orientada según las nuevas tendencias políticas renacentistas centralistas de homogeneización social, cultural y religiosa de los nacientes estados europeos. Sin embargo la ejecución de las medidas represoras tuvo una escas eficacia e incidencia práctica.[6]

La forma de vida de los gitanos, su nomadismo y ciertas costumbres no muy de acuerdo con la estricta norma moral dictada por Roma, habían chocado a los españoles del siglo XV y el asombro de los primeros años termina dejando paso a un conflicto entre el grupo mayoritario y la nueva minoría que se prolongará durante todo el Antiguo Régimen.

De esta forma, las particulares normas aprobadas en cada territorio acabarían por coincidir en unos puntos básicos:

a)     La confusión tipológica que, basada en una trashumancia radicalmente penalizada, mezcló a gitanos y “gitanoides” personas que imitaban “traje, lengua y modales”, como dirán los más modernos textos legales.

b)    La distinción entre gitanos viajeros, rechazados sin paliativos, y gitanos sedentarizados, tolerados de alguna manera, aunque su reconocimiento siempre fuera precario y sujeto a imprevisibles arbitrariedades.

c)     La utilización de las galeras como universal destino penitenciario para los varones.[7]

A la pragmática de los Reyes Católicos decretando su expulsión, seguirá una larguísima serie de medidas en las que se sigue intentando su expulsión hasta 1634 y, posteriormente, su asentamiento y reparto en lugares suficientemente poblados para conseguir la asimilación.

Las protestas contra los gitanos, que no habían cesado desde los Reyes Católicos, arrecian durante el siglo XVII y contra ellos se desata también la pluma de los memorialistas pidiendo se tomen medidas rigurosas para terminar con los daños que causan.

4.2 Felipe II

La subida al trono de Felipe III coincide con un momento de aguda crisis para la Monarquía española, debido a los graves problemas económicos y políticos del país. La mayoría de los hombres de letras proponen medidas radicales para solucionar los problemas, y todos coinciden en pedir la expulsión de los gitanos, y los motivos que aducen son fundamentalmente dos: que no cumplen con la iglesia, y que se trata de gentes dedicadas al robo. Dos de los discursos más influyentes contra los gitanos fueron el de Juan de Quiñones y el de Sancho de Moncada, ambos dirigidos al rey.

La minoría gitana inicia un lento proceso de transformación desde su condición de pueblo nómada, tal como aparece en la Península ibérica a finales del siglo XVI, hasta que grupos de familias comienzan a convivir con los naturales del país, fundamentalmente a partir del siglo XVII.Como es lógico, tampoco falta la acusación de que son adivinos y hechiceros, que ya era habitual. Las acusaciones de falsos hechiceros y adivinos son el lugar común más extendido entre los autores de entremeses, comedias, etc. Las gitanas salen a escena diciendo la “buenventura” de la mano de Cerantes, Lope de vega, y autores anteriores como Juan de Timoneda y Gil Vicente. Casi todos los autores se hacen eco de las acusaciones de piedad fingida, y aluden a los robos y desmanes de muchos gitanos. En definitiva, los gitanos no gozaban de muy buena reputación en la España del Siglo de Oro, reflejando el choque brutal entre la cultura de los gitanos y los no-gitanos.

Los gitanos habían tenido frecuentes enfrentamientos con la población campesina y motivado diferentes protestas en las Cortes de Castilla durante el siglo XVII. Teniendo en cuenta que contingentes étnicos mucho más pacíficos y productivos, como los moriscos o los judíos, habían sido expulsados en fechas tan recientes como 1610 o 1499, respectivamente, no resulta extraño que algunos sectores de opinión considerasen plausible la expulsión de una minoría poco productiva y difícilmente controlable.

Determinadas costumbres y actitudes de la minoría gitana, perfectamente comprensibles desde la perspectiva sociológica y antropológica de hoy, se convertían en la España del siglo XVII, preocupada por la unidad de fe y costumbres, en graves acusaciones que estuvieron a punto de conducir a la desaparición del grupo gitano de nuestro país.

Sin embargo, la Corona, en este caso, Felipe IV (1621-1665), decidirá no hacerlos salir del reino debido al despoblamiento que sufría por aquel entonces el reino de España tras la expulsión de judíos y moriscos, aunque las protestas no acallarán durante todo el siglo XVII y parte del XVIII.[8]

4.3. Felipe IV

La subida al trono de Felipe IV (1621-1665) va a representar un considerable alivio, por lo menos desde el punto de vista legal, para los hombres y mujeres de esta minoría. Al igual que sus antecesores, decretará una pragmática acerca de los gitanos en 1633. Después de esta fecha ya no se considerará imprescindible expulsarles, por lo que se puede señalar este año como el momento en que este grupo consigue la incorporación legal en su nuevo país de adopción.

La mala opinión acerca de la situación religiosa y moral de los gitanos estaba tan generalizada que se llegaron a atribuir delitos verdaderamente insólitos como el que figura en este relato anónimo con fecha de 1617:

 

Es gente sin Dios ni Rey

y entroduzen una lengua

con que ellos se entienden solos

y nadie no los entienda

y lo que mas me ha espantado

es que las criaturas tiernas

nacen con la inclinación

de las maldades que heredan

Y yo jamás lo he visto

recervir en las Iglesias

aquel precioso manjar

que da gracias y vida eterna

ni las criaturas yo pienso

que al santo Bautismo llevan

porque muchas en el campo

suelen parir como bestias

Y aunque he visto confirmar

no he visto, verdad es cierta,

confirmar ninguno destos

ni dar de fe buenas maneras

En divinos jubileos

jamás los vi que se cercan

a los pies de Confesores,

ni aún sabemos si confiesan

Son moros con el que es moro

ereje con quien profesa

su maldad, y son christianos

en España de apariencias.

 

El criterio poblacionista vigente durante este período impidió definitivamente, por tanto, que se adoptara contra los gitanos las mismas medidas drásticas que en el caso de las minorías judía y morisca, estos últimos tan sólo con unas cuantas décadas de anterioridad a este nuevo decreto acerca del grupo gitano.

Sin embargo, la preocupación por la asimilación de la cultura no-gitana siguió preocupando al poder, por ello la ley adopta también medidas para que los «gitanos avecindados» no puedan tomar contacto con los otros nómadas, y para ello se les prohíbe que salgan de sus lugares de residencia durante seis meses bajo pena de convertirse en esclavos.

La ley se dirigen también a conseguir la incorporación social de la minoría y a que acepten la convivencia con los demás vecinos. Con este objetivo, se les ordena que salgan de «los barrios en que viven con nombre de Gitanos» y que se «dividan y mezclen con los demás vecinos».

Las justicias están obligadas a vigilar si cumplen estas disposiciones, así como si viven como cristianos o se comunican y casan entre sí. En otras palabras, la Corona era partidaria del mestizaje como solución para incorporar totalmente a la minoría y terminar con el problema.

4.4. Carlos II

A pesar del talante nuevo que había demostrado Felipe IV, su sucesor Carlos II (1661-1700) retrocede a posturas anteriores, influido por la inquietud que causaban entre sus súbditos las numerosas cuadrillas de bandoleros, tanto de gitanos como no gitanos, durante un periodo caracterizado por una profunda crisis económica.

Como es lógico, la Corona tenía gran empeño en solucionar un problema que provocaba grandes trastornos y convertía los lugares con poca población, las áreas rurales y los caminos del país en zonas inseguras y peligrosas, y por ello se decide llevar a cabo una persecución sin cuartel contra los llamados «vandoleros».

Así, en una pragmática contra los bandoleros, Carlos II autoriza a “que qualquiera persona de cualquier estado, y condición que sea, pueda libremente ofenderlos, matarlos, y prenderlos, sin incurrir en pena algunas trayéndolos vivos o muertos.” Aunque, para placer de los gitanos, la ley pocas veces se vio cumplida, puesto que al y como señala atinadamente Domínguez Ortiz, porque «… la idea de salir en persecución de bandas armadas y acostumbradas a corretear libremente no debía seducir mucho a los pacíficos campesinos».

Al igual que en los reinados anteriores, los abundantes escritos contra la minoría gitana que se reciben durante el período de Carlos II conduce a la elaboración de una nueva pragmática en la que se pretende atajar otra vez el problema. La pragmática de Carlos II recuerda una vez más a todas las justicias las disposiciones anteriores, y sólo se introduce la novedad de limitar aquellos lugares donde los gitanos pueden habitar, y se determina que siempre debe ser en pueblos con más de mil vecinos. También se les prohíbe, como en las pragmáticas anteriores, el uso del traje y lengua, que vivan en barrios separados, y se les ordena de nuevo que se mezclen con los demás vecinos, y que en ningún caso puedan vender o trocar caballerías salvo con el testimonio de un escribano público donde conste que las han criado ellos en sus casas.

No resulta fácil localizar datos acerca de las peticiones de residencia hechas por familias gitanas o individuos aislados, pero el asentamiento de la minoría es un proceso que tiene lugar lentamente y con grandes traumas por ambas partes durante este período, pero de forma irreversible.

La última pragmática del siglo XVII obligó a que compareciesen todos los gitanos y gitanas ante las justicias de sus lugares de residencia para declarar su nombre, edad, estado y número de hijos, así como los oficios y forma de vida que habían adoptado, y las armas que pudieran poseer. También deberían declarar las caballerías que poseían y todo se debería declarar bajo juramento y ante escribano público para conservar constancia de estas declaraciones en los Ayuntamientos y Chancillerías o Audiencias. El gitano que no aceptara cumplir con este censo sería condenado a seis años de galeras, y a cien azotes en el caso de las mujeres. También a destierro. Una vez transcurridos los treinta días señalados para que se registrasen se ordenó de nuevo la expulsión del reino de todos los gitanos y gitanas, y se condenó a la pena de ocho años de galeras a todos los que se quedaran; «(…) esto no se entiende con los gitanos y gitanas que se hallaren estando avecindados en lugares cuya vecindad sea de más de doscientos vecinos. Había, por tanto, gitanos contra quienes no se decreta la expulsión y se les autoriza para seguir viviendo en la Península. Pero se indica expresamente que estos solo podrían ganarse la vida como labradores, y en este trabajo recibir la ayuda de sus mujeres e hijos. En ningún caso se les permite otra ocupación ni forma de vida, sobre todo tratos y comercio, actividades que les estaban prohibidas bajo pena de destierro y pérdida de sus permisos de vecindad. De la misma manera se les impide tener cualquier género de armas de fuego, pero se les autoriza a que puedan vender las que estuvieran en su poder en el momento en que se llevara a cabo el censo. Para impedir también el comercio sospechoso con los caballos y otros animales se les prohibirá que acudan a ferias o mercados, y que lleven a cabo compras o ventas. Las medidas más severas van dirigidas contra los que infringen directamente las pragmáticas, y contra todos aquellos que anduvieren juntos o en cuadrillas de más de tres personas –«pasando de tres»–, o que llevaran armas de fuego y estuvieran a caballo. A pesar de que la pragmática de 1695 es fundamentalmente una recopilación de las medidas contra los llamados gitanos, resulta más interesante de lo que se pueda pensar a primera vista, pues es la primera vez que se procura establecer una diferencia entre los gitanos que ya están asentados y los que no lo están, es decir, los «vagantes» o nómadas. También por primera vez se decide llevar a cabo un censo para conocer con exactitud el alcance numérico de la minoría, y se ordena que los gitanos cuenten con testimonios públicos de las monturas menores de que disponen, un documento que les permitirá acreditar sus bienes y aportar pruebas ante la Santa Hermandad de su inocencia cuando los alcaldes entregadores pusieran en tela de juicio su legalidad. Esta distinción entre gitanos «vagantes» y los que ya habían tomado lugares de residencia demuestra, por tanto, la lenta evolución de la minoría y los igualmente lentos progresos del grupo durante este siglo. De otro lado, se trata también del reconocimiento legal por las autoridades de la existencia de dos realidades diferentes por lo que respecta a la minoría gitana: por una parte, los que causaban problemas a los campesinos con sus robos y asaltos, y de otro lado quienes habían aprendido a convivir con los demás vecinos, vivían de su trabajo y por ello gozaban de respeto y consideración general.[9]

4.5. Felipe V

En 1700 comienza en España una nueva dinastía, la de los Borbones, iniciada por Felipe V, sobrino-nieto del rey de Francia Luis XIV, iniciándose, aunque quizás tímidamente, las nuevas corrientes culturales y políticas del momento, iniciándose un nuevo periodo de reorganización a todos los niveles debido al ambiente Ilustrado. Sin embargo, respecto a los gitanos, sus medidas tienen escasa repercusión. En las pragmáticas, Felipe V intenta repartir a la población gitana en determinados lugares para intentar una mejor asimilación de la población, pero en la práctica se traducirá en la destrucción del asentamiento de una parte de la minoría.[10] La novedad que aparece en la Pragmática de 1717 de Felipe V es el hecho de enumerar y especificar las ciudades en donde han de habitar en adelante los gitanos, excluyendo otras. Los restantes capítulos continúan la pauta marcada por la Pragmática de Carlos II, aunque más tarde se declarará que no han tenido su fuerza y vigor y, por consiguiente se manda a las justicias de lo lugares destinados para los gitanos que registren sus casas y vean si viven arreglados con la Pragmática, volviendo a tener un carácter tan represivo como en tiempos de los Austrias.

Por otro lado, el reinado de Fernando VI (1746-1759) prepara el de Carlos III hasta tal punto que no podemos comprender la actuación de este rey sin tener en cuenta el periodo de Fernando VI.

4.6. Fernando VI

Para lo gitanos, Fernando VI representa un periodo negro, pues puso en marcha una ley cruel. Probablemente fatigado de la serie de pragmáticas que se habían publicado sin resultado alguno, se determinó a seguir una política más drástica. De acuerdo a la orden del 30 de junio de 1749, todos los gitanos, hombres, mujeres y niños fueron apresados y enviados a presidios arsenales y minas de Almadén. Los fueron conducidos a los arsenales de Cartagena, Cádiz y El Ferrol y el castillos de Alicante. A las mujeres se las confinó en Valencia, Zaragoza y Sevilla, y los niños de menos de siete años quedaron con ellas. Los niños con edades superiores fueron enviados junto con sus padres a los presidios y arsenales “para que aprendieran algún oficio”. Como diría Campomanes más tarde, lo que se pretendía no era “la extinción total de la desventurada raza” como aparece en algunos textos referidos a esta orden, sino castigar su mala vida mas que sus personas.

Inmediatamente se vio la imposibilidad de mantenerles en los presidios, pues fueron más de 9.000 gitanos los detenidos. Multitud de gitanos se quejaron directamente al rey alegando su inocencia, y en 1749 fue preciso ordenar que se les devolviera su libertad y sus bienes, siempre que mediase un informe secreto y favorable sobre su vida y costumbres realizados conjuntamente las justicias y los párrocos.[11]

Por tanto, la “extinción” de los gitanos obtuvo el mismo fracaso que las demás pragmáticas, pero no por ello dejó de acarrear graves perjuicios a la minoría, pues a partir del año 50la tónica general del Gobierno y de los gobernadores de los arsenales fue retener a los gitanos por considerar cualquier justificación posterior a esta fecha como sospechosa.

Por tanto, los gitanos tuvieron que esperar hasta que el reinado de Carlos III represente, no sólo su liberación, sino también el cambio de talante de la Corona. El reinado de Carlos III representa la última etapa de las medidas asimilatorias y va a dar lugar al comienzo de una nueva situación para la minoría gitana. Nos encontramos con nuevas actitudes culturales para convertir a los gitanos, ese grupo marginado tradicionalmente, en gente hábil y útil a la Corona.

4.7.Carlos III

Carlos III reunió en una sola ley las disposiciones tolerantes ya presentes en las anteriores pragmáticas, pero esta vez sin paliarlas con otras disposiciones represivas, y subrayada por la actitud asimilatoria de este reinado.

Lo más revolucionario de la pragmática de 1783, es que Carlos III dice que los gitanos no proceden de “raíz infecta”, con lo que les abre las puertas a profesiones que permanecían cerradas para los descendientes de judíos o moriscos. De esta forma, desaparece la obligación que anteriormente tenían de dedicarse única y exclusivamente a la labranza con exclusión de otros trabajos, lo que sabemos constituyó en otros tiempos un serio obstáculo para la asimilación a partir de la pragmática de 1611.[12]

También se les dio un plazo de 90 días para reintegrarse a sus domicilios, los cuales podrían ser los que ellos eligieran exceptuando la Corte y Sitios Reales, con lo que desapareció también la limitación de residir tan sólo en lugares determinados con un número determinado de habitaciones.

Pasados estos noventa días se les considerará como vagos si no se aplican a oficio, y se les aplicarán las mismas penas que a los demás vasallos. A partir de esta disposición, los gitanos pasan a ser considerados como iguales a los demás súbditos, al menos ante la ley, y se les recuerda que deben abandonar su traje y su lengua, considerados delito.

Todas las leyes anteriores quedan derogadas por esta de 1783, concediéndose el indulto a todos los que tomen domicilio fijo. Y para que se cumpla la ley con efectividad, insiste en la obligación de ayudarse los pueblos entre sí en la persecución de los gitanos .

La Pragmática de 1783 provocó una actividad administrativa ingente para conseguir su aplicación exacta, llevándola hasta los lugares más pequeños para lograr con ello la total administración de los gitanos.

Por lo tanto, una vez analizada, la Pragmática de 1783 ofrece pocas novedades legislativas, y lo único realmente innovador es el espíritu que desprenden el conjunto de sus normas. Sin embargo, fue la Pragmática más tolerante de todas las precedentes, de la cual se puede observar una nueva actitud que pretendía hacerlos productivos, utilizando la benevolencia y no la represión, por lo que la Pragmática de Carlos III comienza preparando el camino a través de un indulto general.

5. Visión de la Iglesia sobre los gitanos. Fuentes eclesiásticas.

La situación religiosa de los gitanos era preocupante. Se trataba de un grupo de hombres, mujeres y niños sin domicilio fijo que escapaba, por tanto, al control efectivo de las autoridades eclesiásticas, sin que pudiera saberse con certeza si estaban bautizados o no, y si cumplían con los preceptos eclesiásticos.

La actitud de los obispos era la de tratar a los gitanos como a una “minoría homogeneizable”. Es decir, creían que su deber era hacerles prescindir de su traje, lengua y costumbres y vigilar su comportamiento hacia los sacramentos, al tiempo que instruirlos en la doctrina, debido a su escaso conocimiento sobre las cuestiones fundamentales del cristianismo. Esta formación correría a cargo de los curas párrocos. Pero el nomadismo fue un gran problema para ello.

Sin embargo, el porcentaje de gitanos en cada lugar era tan mínimo que les convertía en una población que no causaba inquietud a las autoridades eclesiásticas. Por tanto, los concilios sólo pasan a ocuparse de ellos cuando existen contingentes de población que llaman la atención por uno u otro motivo.

Por tanto, la actitud de la Iglesia frente a la población gitana mostró ciertos paralelismos con la Corona.[13]

5.1. Cristianización de los gitanos

Tanto si los gitanos adoptaron en España la religión de la mayoría de los habitantes como si su conversión se había producido con anterioridad, atravesaron por un periodo de formación religiosa que resulta lógico si tenemos en cuenta que se trata de una población ágrafa y nómada. Esto explicaría su escasa participación en los ritos eclesiásticos, pues son muy escasos los bautismos y aún más los matrimonios registrados en registros parroquiales durante el Antiguo Régimen.

Parece claro que los gitanos seguían respetando fundamentalmente sus propias reglas de convivencia y que sólo acudían a la iglesia en casos excepcionales.

Las fuentes inquisitoriales dan cuenta de la escasa formación cristiana de la minoría gitana, sobretodo durante el siglo XVI, pues ya en el XVII se aprecia una ligera mejoría, pues las gitanas procesadas son ya capaces de signarse, santiguarse, y conocer el creso, el padrenuestro y avemaría, aunque se forma confusa e incompleta. A través de dichas fuentes podemos ver el lento progreso de la minoría gitana en la Península Ibérica, asentándose y asimilando las costumbres del entorno desde una situación completamente marginal en los siglos XV y XVI hasta una mayor aproximación en el siglo XVIII una vez superada la grave repulsa del siglo XVII.[14]

5.2. Persecución Inquisitorial hacia los gitanos

Los gitanos solo fueron procesados por los inquisidores a causa de un repertorio muy limitado y concreto de infracciones: hechicería en la inmensa mayoría de las veces, unos cuantos ejemplos de blasfemia y proposiciones heréticas, y algún caso aislado de revelaciones fingidas y bigamia (tan sólo dos casos de dos varones).

Ser gitano no conllevaba ante el Tribunal de la Inquisición la sospecha específica de ningún delito demasiado grave que no incurrieran también los castellanos viejos.

La actitud de la Inquisición respecto de la brujería resulta especialmente interesante para nosotros, puesto que está directamente relacionado con el procesamiento de los culpables de superstición, delito en el que incurrieron mayoritariamente los gitanos.

Se llama la atención para que los tribunales interroguen a estas mujeres acerca de si mezclan palabras sagradas cuando dicen la buenaventura o hacen “algún maleficio amatorio”, inducen a sus clientes a creer sus pronósticos, y cuáles son las ceremonias que llevan a cabo.

Sin embargo estos delitos sólo merecían la calidad de embustes, sin inducir superstición formal. El contenido y las características del delito no tenían interés para los Inquisidores, por lo que la persecución contra los gitanos sólo puede entenderse en el contexto de los delitos menores.[15]

5.3. Origen religioso de los gitanos

Todos los autores parecen coincidir en origen hindú de los gitanos, y si creían en algún dios en la época de su éxodo debieron de olvidarlo rápidamente, ya fuese Budha (budismo) o Brahma (hinduismo), y no trajeron consigo ídolos ni prácticas o ritos de allá, pues no se encuentran trazas de ellos.

Por tanto su religión originaria es un misterio. Pueden haber sido idólatras o ateos, no se sabe. Lo que sí es cierto es que han sabido conservar ciertas creencias de carácter curativo o mágico en las que las fuerzas de la naturaleza tienen una enorme importancia y creencia, y unirlas a la religión cristiana o islámica que han adoptado en los distintos países en que se han asentado.[16]

6. La mujer gitana

6.1. Hechicería

La mayoría de gitanos juzgados por el Santo Oficio fueron mujeres acusadas de prácticas supersticiosas y hechicería. Como ya he dicho, esta faceta de los gitanos era tan conocida, que los autores del Siglo de Oro se complacían sacando a escena a gitanos y gitanas que decían la buenaventura o avisaban a los protagonistas de sus desventuras amorosas. En efecto la imagen que de ellos tiene el gran público, incluso en nuestros días, hace referencia con frecuencia a este tipo de actividades, recogido así en la literatura del siglo XVI, XVII, XVIII Y XIX.

Lo cierto es que la lectura de las manos (buenaventura) es todo un “oficio” transmitido de generación en generación y aprendido a través del ejemplo de la gitana con más años que sale en compañía de la joven a “buscarse la vida”, y así lo dicen ellas mismas tantas veces ante el Santo Oficio.[17]

6.2. Los gitanos: “gente mágica”

Esta fama que obtuvieron en su caminar por Europa de ser adivinos y magos, los propios gitanos estuvieron interesados en fomentar desde el primer momento, pues fue un recurso para aproximarse a los no-gitanos de quienes piensan que pueden tener algún beneficio.

Las artes adivinatorias y la necesidad de sobrevivir van unidas, pues sin demasiadas posibilidades para insertarse en la sociedad no-gitana, el gitano ha hecho de la supervivencia un auténtico arte. Sus “artes mágicas” no son otra cosa, según veremos, que una de estas habilidades para sobrevivir.

Las hechiceras recurrieron durante los siglos XVI, XVII u XVIII a la credulidad del no-gitano y a su fama de gentes mágicas para conseguir algún dinero, ropa o comida del ingenuo campesino. Su repertorio apenas varió, siendo habitual la ayuda para encontrar algún tesoro escondido, ayudar a un amante en apuros, o componer una piedra imán para ganar en el juego y tener suerte.

Tanto en Francia, Italia y España las gitanas gozaron de una gran reputación como adivinas, mujeres aficionadas a cuestiones supersticiosas y embaucadoras.[18]

6.3. La mujer gitana y la magia

La mayor parte de los autores confluyen al decir que las mujeres gitanas ocupan un lugar privilegiado en el mundo de las creencias gitanas que es común a los gitanos europeos y españoles. Y gracias a estas funciones de curandera y adivina, se las guarda un lugar privilegiado en el seno de la comunidad gitana. La feminidad domina el universo religioso y sobrenatural de los gitanos.

Según dice Cozannet, a pesar de que los gitanos no tuvieran una auténtica religión, la mujer llega a ejercer entre ellos una especie de sacerdocio gracias a su papel de intermediaria ideal entre el mundo de lo sobrenatural y el de los hombres.

Sin embargo, según los fondos inquisitoriales, las hechiceras gitanas no parecen diferenciarse prácticamente en nada de sus compañeras de otras etnias, y tampoco se puede decir que las gitanas tuvieran un repertorio propio y característico de sus creencias y artes mágicas, por lo menos en lo que se refiere a sus relaciones con la comunidad no-gitana. Sus artes adivinatorias se reducen a una supuesta lectura de las rayas de las manos en la que sólo interviene el deseo de conseguir unos cuartos, y los hechizos y conjuros amorosos son los mismos que hemos visto utilizar a las hechiceras castellanas, andaluzas, etc.

Las hechiceras gitanas se apoyan casi exclusivamente en su capacidad de persuasión, realmente fuera de lo común, y en la fascinación que debía ejercer sobre sus vecinos su origen exótico, su aspecto chocante y el conocimiento de una lengua incomprensible.[19]

6.4. Artes curativas de los gitanos

A pesar de los supuestos conocimientos de carácter curanderil del grupo gitano, los procesos conservados en los archivos inquisitoriales nos hacen pensar de nuevo que se trata de uno de los múltiples engaños con que los gitanos y gitanas consiguieron obtener dinero de aquellos que se dejaron fascinar por su aspecto y origen exóticos, atribuyéndoles grandes poderes sobrenaturales.

Aunque las referencias acerca de gitanas que intervienen en maleficios amorosos o que han enseñado a otras mujeres oraciones con el mismo fin son enormemente frecuentes, las noticias de curaciones medicinales o casos similares son muy escasas. Sin duda, nuestras hechiceras prefirieron especializarse en métodos menos complicados y arriesgados que las curaciones de enfermos , que podían, por otra parte, proporcionarles ganancias más seguras y rápidas que los complicados ensalmos y nóminas que solían utilizarse en estas cuestiones.

A pesar de que en algunos casos las gitanas parecen cierta inclinación por alguna “especialidad”, las hechiceras se ocupan de una gran diversidad de asuntos siempre y cuando puedan conseguir dinero, ropa o comida con sus intervenciones.

Los recursos de las hechiceras gitanas eran bastante limitados, por lo que es de digno de admirar su habilidad e ingenio para impresionar a sus clientes. Nuestra minoría utilizaba elementos simples, sumamente familiares a las otras mujeres procesadas en toda Europa por estas cuestiones.

El marco adecuado de estas gitanas hechiceras, por tanto, lo encuentran en el difícil mundo de la picaresca, en el que la inteligencia está al servicio de la necesidad de comer para sobrevivir. Tras el primer contacto, trataban de penetrar en la intimidad y psicología del posible cliente, ganar su confianza y el acceso a su casa. A partir de ahí, todo dependía de la habilidad de la hechicera.[20]

Los gitanos herreros constituían, de alguna manera, la élite de su grupo, poseían generalmente una casa propia y una amplia clientela, pero no es extraño encontrar a sus esposas procesadas por delitos de superstición, lo que hace pensar que tal vez, su situación económica no era tan próspera como aparentaban. Las mujeres de estos gitanos herreros parecen presentar la otra cara de la moneda al dedicarse a la práctica de la hechicería seguramente por afición en parte, pero también para aportar algún dinero complementario a la economía familiar.

6.5. Hechicería masculina gitana

Aunque en la mayor parte de las ocasiones son las mujeres quienes comparecen ante el Santo Oficio acusadas de prácticas supersticiosas, tampoco faltan hombres que se ocupan en un oficio tan sencillo y lucrativo.

Los gitanos que practican la magia, tampoco poseen, como sus colegas femeninas, un repertorio de conocimientos amplio ni profundo por lo que concierne a los ritos, oraciones y conjuros que pueden observarse en la magia paya, pero, al igual que en el caso de sus compañeras de etnia, suplen esta falta de conocimientos con su atractivo personal, la capacidad esotérica que se supone que poseen las personas de su raza, y su convicción personal.

Además, en la mayoría de los casos, el procedimiento “mágico” de los gitanos varones procedía de manera diferente a las de las mujeres, pues procuraban entablar relaciones eróticas con sus clientes, consiguiéndolo en la mayor parte de los casos, como muestra el archivo del Santo Oficio.[21]

 

 

7. Conclusión

Las comunidades gitanas han permanecido unidas desde que salieron de la India durante el siglo XIII. Su cohesión y la solidaridad patente entre ellos, han sido las claves para su supervivencia en los distintos países en los que se asentaron a pesar de todos los impedimentos que han sufrido.

Modernos autores han fundamentado la supervivencia gitana en la tradicional pobreza del grupo, que habría sido un rol asumido interesada y voluntariamente para no excitar el celo de un aparato represivo, político y judicial, montado presupuestariamente en aquellos tiempos sobre los bienes de los propios reprimidos. Tradicionalmente, sin embargo, la ineficacia de los proyectos legales, cuyo fracaso certifica su misma reiteración, sería atribuida en buena parte a la conducta tolerante de las autoridades inferiores, corruptas o temerosas de las represalias que pudiera provocar una actitud represiva enérgica.[22]

Dentro de la comunidad gitana, la mujer siempre ha desempeñado un papel importante, pues debido a la represión sufrida, era ella la encargada de mantener a la familia, siendo por lo general numerosa, con unos 7 o 8 hijos, debido a que los hombres eran castigados, perseguidos, encarcelados o llevados a las galeras. Además, era y es en la actualidad la encargada de administrar la casa. Incluso, si la necesidad apremia, es frecuente que coopere trabajando conjuntamente con el esposo, ya sea en tareas agrícolas, en la venta ambulante, etc.

La imagen de la mujer gitana seguida de su prole, embarazada y con uno dos hijos es casi familiar aún hoy en día. Su cerramiento hacia lo no-gitano ha sido producto del miedo a que su cultura sea borrada como en multitud de ocasiones se ha intentado llevar a cabo en la Historia.

Su asociación al arte y a los oficios relacionados con cuestiones supersticiosas se debe a que en un mundo en el que no encontraban demasiadas oportunidades, y por el contrario, muchas dificultades, la picaresca, agudizada por el hambre, era su principal instrumento de supervivencia, pues si para los gitanos era difícil encontrar trabajo, mucho más para las mujeres gitanas.

 

8. Bibliografía

-GÓMEZ ALFARO, A. Gitanos: La Historia de un pueblo que no escribió su propia Historia.

 

-MENA CABEZAS, I. R. Gitanos en la Edad Moderna. Una minoría entre las asimilación y la exclusión.

 

-SANCHEZ ORTEGA, M. H 1976 Documentación selecta sobre la situación de los gitanos españoles en el siglo XVIII. Madrid.

 

-SANCHEZ ORTEGA, M.H. 1977 Los gitanos españoles. Madrid.

 

-SANCHEZ ORTEGA, M.H. 1988 La inquisición y los gitanos. Altea, Taurus,     Alfaguara. Madrid.

 

-SANCHEZ ORTEGA, M.H. 2009 La minoría gitana en el siglo XVII.

 

 

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