Las instituciones de la monarquía visigoda

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Para que el Estado visigodo se consolidara era necesario aglutinar a los hispanorromanos y a los visigodos en torno a una monarquía fuerte. Los reyes visigodos habían sido caudillos militares con una autoridad muy limitada sobre clanes aristocráticos que elegían y derrocaban a los monarcas.  Como consecuencia, la inestabilidad política en Hispania fue continua y se produjeron frecuentemente conspiraciones y conjuras: mas de la mitad de los reyes visigodos fueron derrocados o asesinados. Algunos monarcas intentaron, sin éxito, convertir el reino visigodo en una monarquía hereditaria.

El rey Leovigildo (569-586), que combatió a la levantisca nobleza,  fue el primero en ceñir una corona y símbolos semejantes a los de los emperadores de Constantinopla. Sin embargo, su nieto fue asesinado como consecuencia de una conjura nobiliaria. También lograron imponer a sus hijos los reyes Chindasvinto y Égica. No obstante, la monarquía no llegó a establecerse. El reino de Toledo también promovió una seria de iniciativas legislativas encaminadas a crear un Estado basado en el derecho romano, con algunas aportaciones visigodas, y a reforzar y legitimar la autoridad monárquica. Este Estado debía ser obedecido y respetado tanto por los súbditos godos como por los hispanorromanos, especialmente por los aristócratas de ambos grupos.

Entre los pueblos germánicos que se establecieron en occidente, los visigodos fueron los que más se latinizaron y procuraron romanizar sus instituciones.  En tiempos del reino de Tolosa (506), el rey visigodo Alarico II promulgó una recopilación de leyes romanas, la Lex Romana Visigothorum, también conocida como Breviario de Alarico, de aplicación obligatoria para los romanos y visigodos. Posteriormente, el rey Leovigildo, ya en el reino de Toledo, amplió y mejoró esta recopilación, adoptando, entre otras medidas, la de eliminar la prohibición de casamiento entre visigodos e indígenas. Finalmente, los reyes Chindasvinto y Recesvinto compendiaron la legislación en el Liber Iudicum o Iudiciorum (654), que constituyó el principal legado del reino toledano a los futuros estados medievales de la península.

Los monarcas visigodos buscaron, igualmente, la sumisión o colaboración de la Iglesia católica Hispánica. Esta era una institución fundamental para el gobierno y administración del territorio (debido a su organización interna y a su poder económico) y también para otorgar legitimidad y prestigio a los nuevos soberanos.  En este ámbito existía, sin embargo, un serio obstáculo, ya que los nobles y reyes visigodos eran arrianos, si bien es cierto que otros reyes bárbaros (francos y suevos) se habían convertido al catolicismo.

El rey Leovigildo intentó crear una iglesia nacional arriana, lo que provocó la rebelión de su heredero, Hermenegildo. Este había sido convertido al catolicismo por el obispo Leandro de Sevilla. En su rebelión fue apoyado por parte de la aristocracia y del clero de la Bética. Aunque la revuelta fue aplastada, su hermano Recaredo I decidió convertirse al catolicismo al  subir  al trono y promover, mediante un pacto con las jerarquías eclesiásticas, una Iglesia católica unitaria nacional.

La conversión  al catolicismo de Recaredo I tuvo lugar en un magno concilio de toda la Iglesia del reino presidido por el monarca: el III Concilio de Toledo (589), en el que se establecieron las normas básicas para la coordinación entre la Iglesia y la corona. La Iglesia logró una inmunidad fiscal casi total y la figura del rey quedó sacralizada. Toledo se convirtió en la sede episcopal más importante de la península.

Los sucesores de Recaredo I continuaron celebrando los concilios toledanos (hasta un total de diecisiete) para garantizar la legitimidad religiosa y social de su poder. De hecho, en el IV Concilio de Toledo (633), y tras la enésima revuelta nobiliaria, se consagró el principio de la monarquía electiva: el sucesor del rey sería elegido de común acuerdo por los obispos y la alta nobleza y obligado a cumplir las leyes fundamentales del reino. Los concilios se convirtieron en asambleas magnas del Estado, además de órganos de disciplina religiosa y moral. En este sentido, generalmente decretaron la represión y persecución de las minorías religiosas de paganos, de herejes y, en especial, de judíos.

El Estado visigodo, como continuador de la tradición latina e imperial romana, dejó un notable legado cultural en la península. Entre los escritores y pensadores de la Hispania visigoda que emplearon el latín destacaron los eclesiásticos, que controlaban la cultura y la enseñanza de las letras. La figura más importante fue la de Isidoro de Sevilla (560-631), autor de varios libros y biografías relativas a la monarquía visigoda y particularmente conocido por sus Etimologías, una recopilación enciclopédica de todas las ramas del saber de la época que tuvo una enorme repercusión en la Europa medieval posterior.

Bibliografía.

Alvarez de Palenzuela, V.A. (Coord). “Historia de España de la Edad Media”.

Mitre, E., García Moreno, L. A., Ladero, M. A. y otros. “Manual de Historia Universal. tomo 3, Alta Edad media”.

Claramunt, S., Portela, E., Gonzalez, M y Mitre, E. “Historia de la Edad Media”.

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