Los orígenes de Salamanca

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1° INTRODUCCIÓN:

 

El Cerro de San Vicente , como yacimiento arqueológico, es la ocupación más antigua de la ciudad de Salamanca. Fue hallado en 1949 a raíz de unas obras de construcción. Se realizó un primer estudio del yacimiento a manos de Maluquer, quien llegó a relacionar el hallazgo con el castro de Cogotas y la necrópolis de Osera, además de identificarlo culturalmente en la Edad del Hierro. Posteriormente, será Martín Valls quien relacionará este yacimiento con el grupo del Soto de Medinilla.

El dominio estratégico que proporcionaba este altozano fue la causa por la que estas poblaciones se establecieron. Las pautas de asentamiento se asemejan notablemente con las de otros poblados situados en el valle del Duero durante el mismo periodo. Probablemente los grupos humanos de la zona ya conocieran esta región, pues hay evidencias de asentamientos durante el Bronce Final (Finales del II Milenio B.P.). Las posibilidades económicas de la zona y la posición de privilegio del Cerro hicieron de esta zona un lugar ideal para asentarse. Además, se encuentra situado en un corredor natural que llegará a convertirse en una vía de comunicación entre diferentes culturas a lo largo de la Historia ( Vía de la Plata). El poblado se encontraba en una pequeña meseta, elevada a unos treinta metros del río. La zona más accesible estaba protegida con un muro. La presencia de elementos defensivos nos pueden indicar tensiones sociales. Este muro tenía una extensión arqueada de unos noventa metros, y estaba orientado hacia el noreste.

La estratigrafía nos ha permitido conocer diferentes etapas del poblado, lo que nos indica que fue reocupado con el paso de los años. Se halló un espesor sedimentario de unos dos metros, fruto de las sucesivas fases de hábitat. Las diferentes ocupaciones de este enclave se remontaron hasta la II Edad del Hierro. El crecimiento demográfico terminó por llevar a estos poblados a desplazarse a Teso de las Catedrales, donde construyeron el “castro de Salmantica”, convirtiendo el emplazamiento original en un barrio adyacente. A esto aluden los textos clásicos con motivo de la expedición militar de Aníbal en esta zona.

 

2° CONTEXTO GEOGRÁFICO:

 

El yacimiento se encuentra en un altozano situado en el extremo occidental de la ciudad histórica de Salamanca. Se caracteriza por ser escarpado. Su posición estratégica domina todo el valle del Tormes. La altura máxima del punto es de 805 metros; y se halla a unos 30 metros de altura con respecto al río. Los beneficios para el asentamiento humano son evidentes: Por un lado, el control sobre el río, y por otro, su integración en un corredor natural, posteriormente conocido como la Vía de la Plata.

Su reducido espacio le proporciona una buena posición defensiva. De los tres cerros existentes que dominan el vado del río Tormes, este es el más adecuado. El Cerro se encuentra bien protegido: al sur hallamos fosos naturales, al este el arroyo de Los Milagros y la vaguada que discurre al oeste. El único punto vulnerable se localiza al noreste, lugar donde se estableció el muro defensivo. En la zona exterior al cerro existían numerosos humedales y manantiales incrementando la potencialidad defensiva. Además, la altura del Cerro les protegía del irregular régimen fluvial del Tormes.

La diversidad de plantas y las posibilidades de explotación económica que ofrecía el terreno entorno al río Tormes facilitaron la permanencia en este punto geográfico. La buena calidad de la tierra facilitaba las actividades agrícolas, y las diferentes penillanuras facilitaban la actividad ganadera. Como vemos, los diferentes factores, tanto estratégicos como naturales, hicieron de este punto un lugar ideal en el que establecerse. La diversidad de yacimientos arqueológicos  a lo largo del valle demuestra los beneficios del río.

 

3° URBANISMO:

 

Uno de los rasgos más característicos del urbanismo en el Cerro de San Vicente es la disposición de las viviendas entorno a un espacio libre. Este espacio permitía el transito entre las viviendas, de manera que todas las viviendas tenían un orden premeditado para facilitar el paso a través del poblado. Las viviendas están alineadas en dos bandas, siguiendo una orientación noroeste-sureste. Se han hallado en el yacimiento 5 viviendas con 13 estructuras auxiliares de las mismas. El espacio libre es de unos 20 metros de longitud y 3 metros de anchura. En esta pequeña vía de tránsito no hay ningún elemento arquitectónico.

Se han encontrado diferentes tipos de arcilla, cantos y adobes compactos. Esto hace pensar que probablemente este espacio estuviera pavimentado para facilitar el tránsito. Por esta razón, podríamos hablar de “zonas comunes” a todo el poblado.

Hay tres viviendas, las de mayor tamaño, que presentan rasgos arquitectónicos comunes; como el tipo de planta, las dimensiones y la orientación. Por ejemplo, todas cuentan con 6 metros de diámetro medio, un vestíbulo de planta trapezoidal orientado al sureste. Junto a estas viviendas hay otras construcciones similares, pero que tienen ciertas diferencias. Una de ellas, por ejemplo, cuenta con un diámetro menor que las anteriores, de unos 4 metros. La otra cuenta con una planta rectangular, a diferencia de las anteriores que tenían planta circular. Por esta razón, no podemos hablar de una estandarización arquitectónica, pues dentro de las diferentes estructuras nos encontramos con una importante variedad. Aún así, hay elementos comunes a todas ellas, como por ejemplo la impermeabilización del suelo o los elementos de refuerzo.

Llama la atención la presencia de estructuras auxiliares al lado de las casas. Estarían destinadas a completar y mejorar la actividad económica. Estas estructuras serían almacenes, hornos o despensas, y estarían ligadas a las viviendas de mayor rango. Esto último puede ser indicativo de una cierta jerarquización social dentro del poblado, en el que los individuos de mayor rango poseen o dominan las estructuras auxiliares y el almacenamiento del excedente. Probablemente el poblado se organizara en unidades familiares, y dentro de estas unidades el “cabeza de familia” controlaría la administración y gestión de dichos excedentes. Algunos de estos ámbitos estaban cercados, en un sondeo se halló una cerca de piedras que probablemente estuviera reforzada con troncos para delimitar así los espacios según su función. Los suelos de estas zonas cercadas estaban pavimentados e impermeabilizados a base de adobes ordenados, pizarras y arcilla. Las pizarras se disponían de una forma funcional para poder evacuar las aguas de las lluvias. Este rudimentario sistema de drenaje estaba destinado a mejorar la estancia en el poblado, lo que nos refuerza aún más la idea de sedentarismo. La pavimentación, las estructuras auxiliares, las viviendas, los sistemas de drenaje, la distribución premeditada de las viviendas con un espacio central de tránsito, todo ello no indica una protourbanización del espacio destinado a un claro sedentarismo y una actividad agrícola y ganadera intensa. Las estructuras de almacenaje nos indica la intención de acumular excedente, y por tanto, una actividad económica constante y con visión de futuro.

Otro importante detalle es la reiteración de las construcciones en el mismo emplazamiento; A pesar de disponer de espacios libres para ello. Destacan las constantes reconstrucciones de las viviendas o estructuras en el mismo lugar. Esto nos puede indicar que la disposición de las viviendas era más que premeditada, con vistas a una funcionalidad, probablemente económica, quizás relacionada con el tránsito de ganado y personas a través del poblado. Incluso los basureros son reutilizados. Todos los espacios establecidos para una función concreta son siempre reutilizados con el paso del tiempo.

Se ha realizado un estudio sobre la cantidad de personas que habitarían este poblado. Teniendo en cuenta el número de viviendas y el espacio habitado se estima que rondarían las 60 unidades familiares. Si se establece que habría entorno a 4 miembros por unidad familiar obtendríamos una media de 250 habitantes, que podríamos alzar a los 300. Este número resulta exagerado para muchos otros historiadores, comparándolos con otros poblados del Hierro.

 

4° CARACTERÍSTICAS ARQUITECTÓNICAS:

 

Lo cierto es que el poblado del Cerro de San Vicente tiene un diseño arquitectónico con una cierta complejidad que lo hace bastante peculiar. La riqueza de las construcciones halladas y sus características lo relacionan con otros poblados de la meseta de la Primera Edad del Hierro; Todos ellos englobados en la cultura del Soto de Medinilla.

Al margen de las pequeñas diferencias arquitectónicas y de que no podamos hablar de una estandarización de la misma, si que podemos hablar de una cierta uniformidad general de las estructuras dentro de esta cultura. Los hallazgos más antiguos de esta cultura cuentan con viviendas de plantas ovales o circulares con entramados vegetales de troncos y manteado de barro. Lógicamente, este sistema constructivo queda muy atrás comparado con lo hallado en el Cerro de San Vicente, pero si que debemos entenderlo como la fase más antigua arquitectónica de esta cultura, fase que evolucionaría, con sus particularidades, hasta el desarrollo de la construcción doméstica en adobe. De hecho, en la base de la secuencia arqueológica del Cerro se han hallado dos hileras concéntricas exteriores de hoyos de poste que manifiestan, además de una inseguridad constructiva en las técnicas del adobe, la relación con estas primeras construcciones atribuidas a la cultura del Soto. Estos agujeros estarían destinados como puntales de refuerzo de las paredes de la vivienda.

La mayoría de las viviendas del Cerro son características de la cultura del Soto; Todas ellas tienen planta circular con un banco corrido adosado al muro y un hogar central recubierto por finas capas de arcilla, que confeccionan suelos y cubren las paredes (que en algunos casos están decoradas con pinturas).

En el yacimiento priman las viviendas y estructuras de planta circular, aunque también encontramos algunas de planta rectangular. En la cultura del Soto de Medinilla las viviendas de planta rectangular son proporcionalmente más escasas. Las dimensiones de las viviendas de planta circular oscilan entre los 3,8 y 7,4 metros de diámetro; además, muchas de ellas, cuentan con estructuras auxiliares (de menor diámetro). Por otro lado, las viviendas de planta rectangular oscilan entre los 4,5 y 6 metros de longitud y 2,5 y 4,2 metros de anchura. Lo cierto es que las características arquitectónicas de las viviendas halladas en el Cerro de San Vicente se corresponden con otras halladas de la misma cultura en la Primera Edad del Hierro. Los patrones arquitectónicos son similares en todos los poblados de la meseta, desde el estilo hasta las dimensiones. Esta situación nos permite aglutinar en una misma cultura, con ciertas características comunes, a muchos de los poblados de la meseta de este periodo.

El interior de este tipo de viviendas solía aparecer diáfano, sin subdivisiones. Tenemos constancia de una de las viviendas con subdivisiones. La estructura habitacional de planta rectangular está dividida en tres espacios, dos de los cuales están separados por un tabique de adobe, y el otro por un suelo sobreelevado. La primera estancia se ha interpretado como un vestíbulo, el espacio central sería el hogar, y el fondo, separado por el suelo sobreelevado, estaría destinado como área de descanso.

El muro estructural es una característica común a todas las viviendas. Adobes ligados con arcillas con una anchura media de 20 a 35 centímetros. Es frecuente la presencia de una capa de grava para impermeabilizar la base y adobes complementarios para reforzar el muro exterior. También consta la presencia de postes de madera para reforzar la estructura exterior. El problema reside en que nos resulta imposible conocer el alzado exacto de los muros, ya que sólo se conserva la base (con una altura de entre 15 y 40 centímetros, llegando en algunos casos a los 80 centímetros). En cuanto a las cubiertas, siempre desaparecidas, tenemos pocos datos, todos obtenidos por las excavaciones en los niveles de derrumbe. Se han hallado trozos quemados de madera, así como barro con improntas de vegetales calcinados. Estos hallazgos han sido interpretados como la supuesta techumbre de las viviendas. Se especula que su forma, probablemente, sería cónica, sujetada por troncos de madera colocados de forma inclinada sobre los muros, con un poste central. Este sistema es considerado como el más “rudimentario” dentro de los diferentes sistemas de techumbres.

Otro elemento característico es el banco corrido del interior. Generalmente se encontraba adosado al muro interior de la vivienda; se considera que su función era de un simple asiento para los residentes. Se ha llegado a pensar, por su estandarización en prácticamente todas las viviendas de esta cultura, que era un elemento identificativo de la misma. En el caso de las viviendas de planta circular, este banco estaba situado al oeste, enfrentado al umbral. En las viviendas de planta rectangular también se posicionaba al oeste, enfrentado, del mismo modo, al umbral. Por lo que vemos, esta disposición arquitectónica es común en muchas de las viviendas. Llama la atención el hecho de que durante la Primera Edad del Hierro los diferentes grupos humanos residentes de la meseta tuvieran los suficientes contactos entre sí como para generar un mismo estilo arquitectónico. Es probable que la ubicación y la orientación de estos elementos tuvieran una funcionalidad concreta, seguramente destinada a las adversidades climatológicas. Las dimensiones de los bancos son variables; En el caso de las viviendas circulares, ocupaban medio arco  de la circunferencia total. Llegando a medir entre 3,5 y 7 metros. Nunca llega a recorrer todo el perímetro de la vivienda. La anchura del mismo oscila entre los 50 centímetros y el metro. La alzada oscila entre los 10 y 30 centímetros. En el caso de las viviendas rectangulares, el banco se sitúa en el lado más corto del mismo, con una longitud de entre 3,3 y 3,5 metros; 50-60 centímetros de anchura y 10-15 de altura. El banco se suele cimentar sobre una hilera de piedras y adobe, completando los hueco con arcilla. El acabado final se presenta con una pequeña capa de arcilla.

Otro curioso elemento que, no siempre, aparece son las repisas adosadas a los muros. De menor anchura, pero similar a los bancos corridos. Su pequeña anchura desmiente el hecho de que fuera usado como asiento. Su altura oscila entre los 15 y 17 centímetros y su anchura entre los 25 y 27.

En cuanto a la parte central de la vivienda, el hogar, era la zona más utilizada. En el centro se encontraba el fuego, destinado tanto para a la iluminación, como para cocinar los alimentos y calentar la estancia. El fuego suele aparecer centrado y ligeramente sobreelevado en todas las viviendas halladas pertenecientes a la cultura del Soto. Esta práctica, probablemente estuviera destinada a un reparto más equitativo de la luz y el calor; además de estar relacionado con la estructura cónica de la vivienda (situado bajo el hueco del techo).

Otro elemento de las viviendas son estructuras destinadas a una función auxiliar del hogar, denominadas vasar, probablemente para el apoyo de recipientes de cocina. También existen pequeños hoyos en el suelo destinados para el sustento de ollas.

El suelo de la vivienda contiene diversos materiales de construcción rematados con una fina capa de arcilla, al igual que las paredes. La realidad es que los suelos estaban preparados y pavimentados.

Sobre las capas arcillosas era común decorarlas con pintura. Tanto las paredes como otras estructuras relevantes se encontraban decoradas de este modo. Las decoraciones eran sólo de un color, es decir, monocromas; Generalmente rojo o blanco, con motivos geométricos, en el que, especialmente, destacan las formas triangulares. También encontramos decoraciones policromas, menos frecuentes, generalmente de rojo, amarillo y negro, con motivos lineales. Dentro de este sistema de decoración, encontramos paralelos en otros poblados de la Primera Edad del Hierro pertenecientes a la cultura del Soto de Medinilla.

Es frecuente, en las viviendas del poblado, la presencia de vestíbulos adosados, generalmente de planta trapezoidal, con unos 2,3 metros de longitud y 2,7 de anchura. El interior está pavimentado con un suelo de arcilla y gravilla, colocado sobre una superficie de adobe colocado ordenadamente. Este elemento no es tan común dentro de la cultura del Soto, lo que nos hace ver que, probablemente, sea fruto de una fase más evolucionada de esta cultura, además de una particularidad del grupo del Cerro.

Otro elemento común es el refuerzo de los muros exteriores con adobes adosados, así como la utilización de otros a modo de pavimento, en forma de aceras.

Encontramos en el Cerro de San Vicente unas estructuras que, por sus dimensiones, se deduce que no podían ser viviendas, por lo que se las ha denominado estructuras auxiliares. Su planta es o rectangular o circular. Su diámetro oscila entre 1,2 y 3 metros. Las estructuras de planta rectangular miden entre 3 metros de longitud y 2 metros de anchura. El suelo de su interior es de barro, sobre preparados de arcilla o gravilla, además de pizarra para constituir la base. No se han encontrado materiales concretos dentro de estas estructuras. La falta de los mismos hace verdaderamente difícil identificar su función concreta. No obstante, en una de ellas se halló grano de cebada, lo que ha servido para identificar estas estructuras como almacenes de excedente.

Se han hallado otras estructuras que han identificado como hornos. También otras estructuras menores, pequeñas bases de forma circular,  vinculados a otras actividades artesanales que no se han determinado.

El material constructivo es el adobe y el tapial. La arcilla que se utilizaba para la fabricación de los adobes es muy variada, procedente de las zonas geográficas cercanas. Muchos de los adobes han sido expuestos al fuego intencionadamente. Para su aglutinamiento se utilizaron materiales como la paja o la gravilla. Lo cierto es que las medidas de estos materiales eran homogéneas en cada una de las estructuras construidas, con unas medidas que oscilaban entre los 25 y 45 cm de longitud, 17 a 25 cm de altura y 8 a 20 cm de grosor. Los adobes del muro exterior eran más grandes que los utilizados en el interior, con una disposición concéntrica. Los suelos de los vestíbulos eran construidos con adobes de forma cuadrangular.

Un dato interesante es el uso de adobes para la construcción de los pavimentos, similar a las aceras. Su función sería, claramente, la de aislar la vivienda del suelo natural. Las bases de las viviendas estaban constituidas de forma concéntrica. Esta característica es lo que ha impulsado a datarlo en las fases más desarrolladas de la cultura del Soto. El adobe también era utilizado para el basamento de los muros

Otro material utilizado es, lógicamente, la piedra. Usada generalmente para el aislamiento de las pavimentaciones, canalizaciones del agua y cimentaciones de muros. Su uso siempre es el de un elemento constructivo complementario. Las piedras que se emplean son siempre de las inmediaciones, como la silícea y la arenisca, la pizarra o los cantos rodados. La pizarra, concretamente se utilizaba para el aislamiento, los cantos rodados para las soleras de empedrados (situada bajo los pavimentos)… Cada tipo de piedra era utilizada intencionadamente para algo concreto.

Las arcillas más puras eran empleadas para cubrir el suelo interior de las casas, las paredes o los bancos corridos y como aglutinante en las juntas de los muros. Suelen aparecer superpuestos, algo que se ha interpretado como saneamiento y limpieza de las estructuras. Esta actividad se realizaría de manera periódica. El resultado es una capa fina de un tono verdoso o amarillento. Muchas de estas arcillas aparecen decoradas con pinturas, como se ha dicho anteriormente.

Para rellenar los huecos se utiliza barro, tanto en paredes como en cubiertas; En este caso, se aplican capas gruesas. En algunos casos, el barro, aparece quemado, síntoma de que la casa se destruyó por un incendio, aunque hay quien afirma que el fuego aplicado al barro fue algo intencional, para su endurecimiento.

Para la preparación de los suelos se mezcla la arcilla con arenisca triturada. Su coloración es rojiza, blanquecina o amarillenta. Este material se utiliza expresamente para los suelos. Esta técnica se ha considerado como perteneciente a las fases más desarrolladas de la cultura.

Por último, otro material hallado es la madera carbonizada. Su uso se documenta en las fases iniciales del poblado, cuando la técnica de los adobes estaba mucho menos desarrollada. No obstante, el uso de madera como postes de refuerzo nunca se dejó de utilizar, como demuestran los hoyos del suelo de los poblados, situados entorno a las viviendas.

 

 

5° INTERPRETACIÓN HISTÓRICA:

 

El Cerro de San Vicente es un poblado situado en la actual ciudad de Salamanca. En la zona norte de la Meseta, y se ha relacionado con la cultura del Soto de Medinilla; propia de este lugar geográfico durante la Primera Edad del Hierro. El centro de esta cultura se ha situado, basándose en los hallazgos, en el valle del Duero.

Lo cierto es que los inicios del yacimiento que nos ocupa se han establecido en el Bronce Final, basándose en el hallazgo de cerámica relacionada con el grupo Cogotas I (caracterizado por decorados con motivos de espigas incisas). Una de las características más llamativas del yacimiento son la planta circular de sus viviendas; Razón por la cual, algunos prehistoriadores, lo han relacionado con la Prehistoria Reciente andaluza, donde se han hallado viviendas con planta similar. Realmente esto es algo que no podemos demostrar, pues el hallazgo de la cerámica relacionada con el grupo de Cogotas I establecería un origen y desarrollo propio de la zona. Además, la planta de las viviendas de esta cultura solía ser ovalada, punto que podría, perfectamente, relacionarse con las plantas circulares del Cerro. Por otro lado nos encontramos con las viviendas de planta rectangular. Muchos autores han relacionado las diferentes plantas de estos poblados con un desarrollo propio. Hay quienes han relacionado la planta circular a actividades ganaderas y la rectangular a actividades agrícolas. Otros autores simplifican la interpretación atribuyendo la planta circular a la tradición del poblado, a mantener la cultura de sus ancestros. Lo cierto es que la planta de las viviendas se ha utilizado como patrón común sobre el que establecer una cultura, es decir, que todos los grupos humanos relacionados de la submeseta norte compartirían características arquitectónicas.

El desarrollo del uso de los materiales constructivos es algo habitual en los grupos humanos. El uso de la piedra y las mejoras en el mismo era, quizás, más evidente en los diferentes poblados periféricos a la meseta; no obstante, la zona geográfica donde se encuentra el Cerro ofrece una amplia amalgama de posibilidades para el desarrollo del uso de diferentes piedras, utilizadas según sus cualidades como material constructivo. El desarrollo arquitectónico es, pues, algo inherente a los poblados.

Por otro lado, las viviendas halladas en el yacimiento pertenecen a una elevada fase arquitectónica de la cultura del Soto, teniendo en cuenta las construcciones más primitivas asociadas a este grupo (datadas a finales del siglo IX B.P.). Las construcciones del Cerro de San Vicente y su calidad arquitectónica la datarían en el siglo VII B.P.

Otra característica que hace destacar al yacimiento de Salamanca frente a los demás pertenecientes a la cultura del Soto es la aplicación de suelos de adobe concéntricos; Así como la aparición de vestíbulos y estructuras auxiliares. Estas estructuras delimitaban una especie de “recintos domésticos” inusuales en otros yacimientos del valle del Duero. Por lo tanto, el desarrollo arquitectónico del Cerro pertenece a un estadio elevado de desarrollo de la cultura del Soto de Medinilla. El umbral de acceso, el banco corrido, el hogar centrado, paredes pintadas, cubiertas de ramajes… son rasgos comunes a toda la cultura del Soto. Las labores artesanales, textil o metalúrgicas no se realizaban dentro de las viviendas. Estas estaban destinadas al descanso y otras actividades domésticas como la cocina. Además encontramos repisas, seguramente destinadas para la colocación de objetos, pintura, bancos… que nos hablan de un mobiliario interno propio de la vida familiar.

Como se ha explicado anteriormente, las estructuras auxiliares no son fáciles de determinar. La carencia de objetos hallados en su interior dificultan averiguar su función. Los autores las han interpretado como almacenes del excedente, aunque tampoco se ha descartado otra función, como la de hornos .

Como hemos visto en el anterior epígrafe del urbanismo, el poblado del Cerro de San Vicente contaba con una organización urbana predeterminada. Las viviendas se posicionaban de tal manera que dejaban un espacio de tránsito central. La reconstrucción de las estructuras en el mismo lugar hacen pensar que debiera estar así repartido por una función concreta. Esto responde a un protourbanismo. Las actividades económicas, como la agricultura y la ganadería, condicionarían estos pueblos en su distribución, configurada de tal modo que facilitase funciones concretas ligadas a estas actividades.

Otro tema curioso es la ausencia de necrópolis en estos grupos de la submeseta norte. La cultura del Soto de Medinilla carece de necrópolis, o por lo menos, no se han hallado aún.

Las únicas evidencias que tenemos de actividades funerarias o rituales es el enterramiento de niños debajo de las casas (no debemos olvidar que en estas etapas la mortalidad infantil era muy elevada). En el caso del Cerro sólo se halló un enterramiento de un recién nacido. La ausencia de cementerios hacen relacionar la actividad funeraria de estos grupos con la incineración, o cualquier práctica que hiciera desaparecer los restos orgánicos del cadáver. Tampoco se hallaron ajuares de ningún tipo; la actividad funeraria de estos grupos queda reducida exclusivamente a la mortalidad infantil.

En cuento a la cultura material, refleja inequívocamente la actividad económica de estos grupos. La cerámica, sin lugar a dudas, se posiciona como el material más frecuente y usado. Se elaboraba a mano, se cocía a fuego y carece de decoración. A nivel general, posee una uniformidad dentro del grupo cultural, no obstante, también, fruto de la evolución formal, tiene elementos propios, fruto del gusto de los habitantes locales de cada zona. Se ha distinguido entre: Vasos de almacenamiento y cocina, de paredes verticales, con una decoración simple en la parte superior y los bordes, y una vajilla fina, de gran calidad, entre la que encontramos recipientes pequeños de formas troncocónicas, cuenquiformes y sinuosas. Estas últimas cuentan con decoraciones variadas. Las decoraciones suelen ser triángulos (algunos rellenos de líneas, zigzag, líneas oblícuas, aspas, rombos… La vajilla fina antes nombrada presenta decoraciones más elaboradas. La pintura se aplicaba después de la cocción. Sobre la superficie de la cerámica se aplica pintura roja, blanca, amarilla, negra o azul. Normalmente se utilizan dos colores, aunque a veces se utilizaban más. La función de esta pintura es puramente ornamental, alejándola de cualquier funcionalidad concreta. Algunos autores lo han relacionado con un cierto prestigio. La posesión de unas cerámicas con unos adornos más elaborados sería un símbolo de identidad, que, en algunos casos, se utilizaría a modo de intercambios con otros grupos. Hay otra cerámica decorada con punzones o peines. La dificultad de estos motivos aumenta con el tiempo; experimenta un desarrollo constante. Esta evolución culmina con una decoración de motivos de ondas entrelazadas., motivos en forma de “S”, retículas…  Hay otras cerámicas con decoración grafitada, menos frecuentes. Se aplica en vasos finos generalmente.

Hay crisoles con restos que nos indican una actividad relacionada con la metalurgia. El bronce sería el principal metal utilizado. Crearían fíbulas, leznas, agujas, puntas de flecha… Los diferentes hallazgos metalúrgicos llegan a relacionar el grupo del Cerro con el grupo Cogotas I, y, por tanto, con el Bronce Final. Lo cierto es que la presencia de este grupo está documentada en este lugar, pero no con un carácter tan sedentario como el grupo del Soto de Medinilla. En cuanto a la metalurgia del hierro es bastante escasa. Los objetos hallados en el yacimiento presentan un alto nivel de deterioro que hacen imposible la determinación del mismo.

También encontramos industria ósea y lítica, bien documentada. Hay mayor abundancia de industria ósea, con mayor elaboración, atribuida a los momentos más recientes de la ocupación. Con este material se han documentado espátulas, mangos y fusayolas. Los huesos utilizados pertenecen a especies domésticas y silvestres. Se seleccionan preferentemente los huesos alargados, costillas y cornamenta. Las piezas asociadas a la plenitud de la cultura del Soto de Medinilla destacan por su funcionalidad y sencillez. En la fase final se convierte en una elaborada industria, especialmente en la confección de mangos decorados con motivos geométricos. La industria lítica está más limitada. Destacan objetos cuyo trabajo no requiera mucha técnica o elaboración. Con el incremento de las producciones metálicas el trabajo de la piedra experimenta un retroceso importante. Aparecen con más frecuencia los molinos barquiformes y piedras molenderas, además de afiladeros, alisadores, percutores, cantos con un frente tallado a modo de cepillo…

Como elemento singular hallaron una lámpara de aceite de cerámica modelada a mano. Como objetos ornamentales se encontraron cuentas de collar y una pizarra utilizada como colgante.

Objetos hallados como las cerámicas pintadas después de la cocción, objetos de hierro, o fíbulas hacen entrever un sistema de intercambio con otros grupos humanos de los alrededores. No hay tampoco una constancia evidente de un comercio dentro del propio poblado. Las estructuras halladas nos indican una actividad relacionada con el ámbito doméstico. Muchos de los intercambios realizados serían por diversos motivos, políticos matrimoniales o simplemente productos excedentarios. Algunos de los “rituales” de intercambios contribuirían a formar un marco ideológico geográfico-cultural.

Lógicamente, la actividad económica de estas culturas se basaba en la agricultura y la ganadería. La agricultura se centraría en el cultivo de plantas como la cebada y recolección de frutos como las bellotas. El grado de control de la actividad agrícola seguramente motivaría la construcción de las estructuras auxiliares interpretadas como almacenes o despensas. El almacenar el excedente es indicativo de una cultura sedentaria, que guarda todo el alimento sobrante para, en épocas de penuria, poder permanecer en el mismo emplazamiento. No obstante, ignoramos el grado de especialización en la agricultura de estos grupos. Por el momento, sólo podemos sacar conclusiones a raíz de la cultura material heredada. A medida que ascendemos en la secuencia cronológica se aprecia una disminución del número de árboles y un aumento del número de árboles. Esto nos indica la deforestación del terreno para el uso del mismo en las actividades agrícolas.

La ganadería y su importancia en el poblado del Cerro la observamos en la cantidad de restos óseos de animales. La fauna que había era muy similar en los diferentes poblados de la cultura del Soto. Los resto que nos han llegado están fragmentados, fruto del despiece del animal, pero aún así están generalmente bien. Los huesos presentan cortes de, por un lado, instrumentos pesados para separar el hueso, y, por otro lado, incisiones más finas, fruto del uso de cuchillos. Aproximadamente el 80 % de los huesos hallados pertenecen a especies de animales domésticos. Los ovicápridos ocuparían el 30-45%. Los animales sacrificados eran, generalmente, adultos, razón que nos hace pensar que el motivo de su sacrificio era la obtención de la carne; además del aprovechamiento de productos secundarios como las astas, los huesos, la leche, la lana, las pieles… La Vía de la Plata se ha relacionado con la trashumancia de óvidos, pero esta hipótesis no está demostrada. El 15-25% de los restos óseos pertenece a fauna porcina. Casi todos fueron sacrificados de adultos, con una edad superior a los dos años y medio, para obtener la mayor cantidad de carne posible.  Entre el 11-24% de la fauna hallada eran bóvidos. El valle generado por el río Tormes crearía zonas de pastos importantes que facilitaría el tener este tipo de animales. Al igual que los anteriores animales, estos también eran sacrificados de adultos por el mismo motivo. No obstante, este último animal también sería utilizado para la tracción y la aportación de leche. Por otro lado, también tiene una presencia importante el caballo. Su presencia en el interior del poblado es escasa, se documentan más restos en la zona de la muralla exterior. Probablemente se situara aquí por la presencia de espacios más amplios y abiertos, que facilitaría la estancia de mamíferos de tamaño considerable. Los animales de menor tamaño probablemente permanecieran en zonas más próximas al interior del poblado. También encontramos restos óseos de perros, utilizados, en algunos casos, para su consumo, aunque su utilización estuviera centrada en el pastoreo y la caza. Entre el 10-14% de las especies halladas serían cérvidos. Su carne, sus pieles y sus astas serían materia importante en la vida de estos poblados. Su caza era una actividad frecuente. Por último, otra especie que tenemos documentada son los roedores, como conejos o ardillas; con un porcentaje del 10%. Esto porcentajes son equiparables a los otros poblados de la meseta. La importancia y uso de todos estos animales documentados en el Cerro de San Vicente se puede extrapolar a los demás poblados, pues la actividad ganadera era similar.

La franja cronológica de la zona superior de la estratigrafía se sitúa entorno al siglo VI B.P. No obstante, las dataciones radiocarbónicas de la cultura material la sitúan en el siglo VII B.P. En cualquier caso, el yacimiento se asocia a la cultura del Soto de Medinilla, propia de la meseta durante la Primera Edad del Hierro. Los primeros asentamientos en el Cerro de San Vicente se sitúan entorno al siglo IX B.P. Los últimos enclaves de la cultura Cogotas I coincidirían, entre otros, con el Cerro. Las construcciones de esta cultura se levantaron con materiales perecederos, por lo que tenemos pocas constancias de sus poblados. Estos grupos se basarían en una agricultura móvil que generaría poblados temporales. No obstante, tenemos constancia de una nutrida cantidad de asentamientos temporales en la submeseta norte, y más concretamente, en el valle del Tormes.

En cuanto a las culturas del Hierro tenemos constancia de un menor número de poblados. Estas nuevas culturas tienen una vocación sedentaria, y crearon poblados con una población ininterrumpida. El Cerro de San Vicente es uno de esos ejemplos. Tras el declive de la cultura Cogotas I se comenzaron a crear estos pueblos, perfilándose a comienzos del I milenio B.P. Una de las razones del final de esta cultura se ha atribuido al cambio climático, propio del inicio del periodo subatlántico. Realmente, hay un reducido número de asentamientos intermediarios entre estas culturas. Los indicios arqueológicos hallados en el Cerro indican que el emplazamiento debió ser conocido y habitado por pueblos del Bronce Final. No será hasta la Primera Edad del Hierro cuando los poblados comenzarán a ser sedentarios. En el valle del Tormes se han hallado otros yacimientos como el Torrejón y el Cerro de San Pelayo. Existe un debate sobre la continuidad de los diferentes yacimientos. La falta de indicios esclarecedores sobre esta cuestión hacen relativamente difícil su análisis, no obstante, el yacimiento objeto de nuestro estudio ofrece algunos indicios ya explicados sobre este tema. Martín Valls apunta a la idea de la continuidad entre la cultura de Cogotas I y la del Soto de Medinilla en el Cerro de San Vicente. Los estudios estratigráficos y la herencia material apuntan a ello. Todas las características formales de las estructuras y objetos encontrados en el Cerro apuntan a una fase de madurez del grupo del Soto. De hecho, este poblado representa una síntesis de esta cultura, ya plenamente formada.

Se han hallado, de forma residual, restos pertenecientes de la Segunda Edad del Hierro. Lo cierto es que las construcciones en época celtibérica se centraron en la zona noreste del barrio, situadas exteriores a las murallas del periodo anterior. Al parecer, el poblado se amplió más allá de los muros. En este contexto se han hallado cerámicas celtibéricas; De hecho, muchas de ellas, debieron convivir con un mayoritario número de cerámicas propias del Cerro. Los habitantes terminarían por trasladarse hacia el Teso de las Catedrales, lugar donde se asentará el nuevo Castro de Salmantica. Entre tanto, el poblado primigenio quedará relegado a un mero barrio secundario.

 

BIBLIOGRAFÍA:

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