Manifiesto Comunista, Burgueses y Proletarios

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La historia de todas las sociedades humanas habidas hasta hoy ha sido la historia de la lucha de clases. Hombre libre y esclavo, patricio y plebeyo, barón y siervo de la gleba, maestro y oficial del gremio, en una palabra, opresores y oprimidos se enfrentaron en perpetuo antagonismo, librando una lucha incesante, a veces encubierta y a veces franca, lucha que se saldó en cada caso con una transformación revolucionaria de toda la sociedad o bien con el hundimiento conjunto de las clases enfrentadas.

En épocas anteriores de la historia hallamos en casi todas partes una completa articulación orgánica de la sociedad en diversos estamentos, una variada gradación jerárquica de las posiciones sociales. En la antigua Roma hallamos a los patricios, los caballeros, los plebeyos y los esclavos. En la Edad Media a los señores feudales, a los vasallos, a los maestros y oficiales gremiales y a los siervos de la gleba, aparte de que casi todas estas clases tienen su propia jerarquía interna.

La moderna sociedad burguesa, surgida de las ruinas de la sociedad feudal, no ha suprimido los antagonismos de clase. Lo único que ha hecho es establecer nuevas clases, nuevas condiciones de opresión y nuevas formas de lucha en substitución de las anteriores.

Nuestra época, la época de la burguesía, se caracteriza, sin embargo, por el hecho de haber simplificado estos antagonismos de clase. Paso a paso, el conjunto de la sociedad se va escindiendo en dos grandes campos enemigos, en dos grandes clases directamente enfrentadas: la burguesía y el proletariado.

De los siervos de la gleba medievales fueron surgiendo los pecheros de las primeras  villas. A partir de éstos, fueron desarrollándose los primeros elementos de la burguesía.

El descubrimiento de América y la circunnavegación de África abrieron nuevos caminos a la burguesía en ascenso. El mercado de las Indias Orientales y de la China, la colonización de América, el intercambio con las colonias, el aumento de los medios de cambio y de las mercancías en general dieron al comercio, a la navegación y a la industria un auge nunca visto y, con ello, un rápido desarrollo al elemento revolucionario de la sociedad feudal en descomposición.

La hasta entonces imperante explotación feudal o gremial de la industria no podía ya satisfacer las necesidades que crecían con los nuevos mercados y hubo de ceder el puesto a la manufactura. Los maestros gremiales fueron desplazados por la clase media industrial. La división del trabajo entre las diferentes comparaciones desapareció dando paso a la división del trabajo dentro mismo de cada taller. Pero los mercados continuaron expandiéndose y las necesidades creciendo. La misma manufactura resultó ya insuficiente, El vapor y la maquinaria vinieron entonces a revolucionar la producción industrial y la manufactura tuvo que ceder el puesto a la manufactura resultó ya insuficiente. El vapor y la maquinaria vinieron entonces a revolucionar la producción industrial y la manufactura tuvo que ceder el puesto a la gran industria moderna. El lugar de la clase media industrial lo ocuparon los millonarios de la industria, jefes de auténticos ejércitos fabriles, los burgueses modernos.

La gran industria ha creado el mercado mundial previamente preparado por el descubrimiento de América. El mercado mundial ha permitido un ingente desarrollo del comercio, la navegación y las comunicaciones por tierra. Este desarrollo ha repercutido, a su vez, en la ampliación de la industria. Y en la misma medida en que se ampliaban la industria y el comercio, la navegación y los ferrocarriles, se desarrollaba también la burguesía, aumentando sus capitales y desplazando a un segundo plano a todas las clases originarias de la Edad Media.

Vemos, pues, cómo también la burguesía moderna es el producto de un largo proceso de desarrollo, de una serie de transformaciones radicales de los modos de producción e intercambio. Cada una de estas fases de desarrollo de la burguesía iba de la mano del correspondiente progreso político. Estamento oprimido bajo la dominación de los señores feudales, asociada después en comunas armadas y con administración autónoma, república ciudadana independiente en unos sitios, tercer estado tributario de la monarquía en otros, fue más tarde, en la época de la manufactura, contrapeso frente a la nobleza en el seno de la monarquía estamentaria o absoluta; en todo caso, fundamento social de las grandes monarquías hasta que, finalmente, consiguió con su lucha establecer su dominación política exclusiva en el moderno estado representativo sobre las dos premisas de la gran industria y del mercado mundial.

El poder estatal moderno equivale al Consejo de Administración de los intereses generales del conjunto de la burguesía. La burguesía ha desempeñado en la historia un papel eminentemente revolucionario. Donde quiera que haya llegado al poder, la burguesía ha destruido todas las relaciones feudales, patriarcales, idílicas. Desgarró inexorablemente los abigarrados vínculos feudales que ataban al hombre a sus superiores naturales sin dejar entre los hombres otro vinculo que el del desnudo interés, el del implacable «pago en dinero contante». Ahogó en el agua helada de su cálculo egoísta los piadosos estremecimientos de la exaltación religiosa, el entusiasmo caballeresco y el sentimentalismo del burgués filisteo. Ha disuelto la dignidad personal en el valor de cambio y en el lugar de todas las innumerables libertades, bien adquiridas y escrituradas, ha establecido como única libertad la del libre comercio sin escrúpulo. En una palabra, la burguesía ha substituido la explotación envuelta en ilusiones religiosas y políticas por la explotación franca, descarada, directa y adusta.

La burguesía despojó de su halo de santidad a todas las actividades contempladas hasta entonces con piadoso temor como venerables, convirtiendo en sus sirvientes a sueldo al medico, al jurista, al cura, al poeta y al hombre de ciencia. La burguesía arrancó el velo patético-sentimental que encubría las relaciones familiares reduciéndolas a una mera relación de dinero. La burguesía puso al descubierto que los alardes de fuerza bruta que la reacción tanto admira en la Edad Media, hallaban su adecuado complemento en la más indolente haraganería. Ella ha sido la primera en demostrar lo que la actividad humana es capaz de realizar, consumando obras prodigiosas totalmente distintas a las de las pirámides de Egipto, los acueductos romanos o las catedrales Góticas y llevando a cabo expediciones muy distintas a la Invasión de los Bárbaros o las Cruzadas.

La burguesía no puede existir si no es revolucionando de continuo los instrumentos de producción, las relaciones de producción y, consiguientemente, la totalidad de relaciones sociales. Las clases productivas anteriores tenían, por el contrario, como primera condición de su existencia el mantenimiento, sin variaciones, del viejo sistema de producción. La incesante transformación a fondo de la producción, la ininterrumpida conmoción de todo el sistema social, la inseguridad y el movimiento perpetuos son precisamente los rasgos característicos de la época de la burguesía respecto a las demás. Todas las relaciones rígidas y enmohecidas, con su acompañamiento de ideas y concepciones de venerable tradición, quedaron disueltas y las recién constituidas envejecen antes de adquirir consistencia. Todo cuanto era estamental y estable se esfuma; todo lo santo es profanado y los hombres se ven finalmente forzados a contemplar con prosaica frialdad su posición en la vida y sus relaciones interpersonales.

La necesidad de colocar sus productos en mercados cada vez más amplios empuja a la burguesía a los más apartados rincones del planeta. En todas partes tiene que afincarse; echar raíces y establecer relaciones. Mediante la explotación del mercado mundial, la burguesía ha imprimido un carácter cosmopolita a la producción y al consume de todos los países. Muy a pesar de los reaccionarios, ha privado a la industria de su base nacional. Antiquísimas industrias nacionales han sido ya arrasadas y otras lo son diariamente al verse desplazadas por otras nuevas cuya instalación resulta vital para todas las naciones civilizadas. Industrias éstas que no elaboran materias primas del país, sino originarias de las más lejanas zonas planetarias y cuyos productos no se consumen tan sólo en el propio país, sino en todos los continentes al mismo tiempo. En lugar de las viejas necesidades para cuya satisfacción bastaban los productos del país, surgen otras nuevas que exigen para su satisfacción los productos de los países y climas más exóticos. La vieja autarquía local y nacional y el aislamiento económico dejan paso a un comercio universal y a una universal interdependencia de las naciones. Y cuanto acontece en el plano de la producción material, resulta también aplicable a la cultural. Los productos culturales de las diferentes naciones se convierten en bien común. La estrechez y cortedad de miras nacionales se van haciendo imposibles con el tiempo y, a partir de las diferentes literaturas nacionales y locales, se va configurando una literatura universal. Con el rápido perfeccionamiento de todo el utillaje productivo y la ilimitada mejora de las comunicaciones, la burguesía arrastra a la civilización a todas las naciones, incluidas las más bárbaras. La baratura de sus mercancías constituye la artillería pesada con la que arrasa todas las murallas chinas e impone la capitulación a los bárbaros de más obstinada xenofobia. Fuerza a todas las naciones a hacer suyo el sistema de producción burgués, salvo que prefieran su propia ruina. Las obliga a adoptar para sí mismas la llamada civilización, es decir, a convertirse en burguesas. En una palabra, la burguesía se crea un mundo hecho a su imagen y semejanza. La burguesía ha sometido al campo a la dominación de la ciudad. Ha creado ciudades enormes aumentando la población urbana en una proporción muy elevada respecto a la rural y con ello ha arrancado a una parte considerable de la población al idiotismo de la vida del campo. Del mismo modo que ha hecho al campo dependiente de la ciudad, también ha hecho a las naciones bárbaras o semibárbaras dependientes de las civilizadas, a los pueblos de agricultores dependientes de los pueblos de predominio urbano y al Oriente dependiente del Occidente.

La burguesía supera progresivamente la dispersión de los medios de producción, de  la propiedad y de la población. Ha aglomerado la población, centralizado los medios de producción y concentrado la propiedad en pocas manos. La consecuencia necesaria de todo ello fue la centralización política. Regiones independientes, apenas aliadas entre sí, con intereses diversos y leyes, gobiernos y aduanas distintos, fueron integrados en una única nación, en un único gobierno, bajo una única ley y con una única frontera aduanera. En su dominación de apenas un siglo de duración, la burguesía ha creado fuerzas de dimensiones más colosales que las creadas por todas las generaciones anteriores conjuntamente. ¿Qué siglo del pasado podía ni siquiera soñar que en el seno del trabajo social dormitasen energías productivas tales como para sojuzgar a las fuerzas de la naturaleza, producir la maquinaria, poner la química al servicio de la industria y los cultivos, crear la navegación a vapor, los ferrocarriles, el telégrafo eléctrico, rotura  continentes enteros, hacer navegables los ríos y hacer que ciudades enteras brotasen del suelo como por encanto?

Hemos visto, pues, que los medios de producción y transporte que sirvieron de base para la constitución de la burguesía se generaron en la sociedad feudal. Alcanzada una cierta fase de desarrollo de estos medios de producción y transporte, las relaciones según las cuales producía e intercambiaba la sociedad feudal, la organización feudal de la agricultura y la manufactura, en una palabra, el régimen feudal de la propiedad, dejó de corresponder ya al grado de desarrollo de las fuerzas productivas. En lugar de propiciarla, frenaban la producción. Se convirtieron así en otras tantas trabas para la misma. Había que hacerlas saltar y saltaron. Vino en su lugar la libre concurrencia con la constitución social y política a ella adecuada, es decir, con la dominación económica y política de la burguesía. Ante nuestros ojos se desarrolla ahora un proceso similar. Las relaciones burguesas de producción e intercambio, el régimen burgués de propiedad, la moderna sociedad burguesa que ha sido capaz de crear como por encanto tan colosales medios de producción y transporte, se asemeja al encantador incapaz de dominar los poderes infernales por él conjurados. Ya desde hace decenios, la historia de la industria y del comercio no es sino la historia de la rebelión de las modernas fuerzas productivas contra las modernas relaciones de producción, contra el régimen de propiedad, condición de vida de la burguesía y de su dominación. Basta mencionar las crisis comerciales cuya periódica repetición cuestiona con peligros cada vez más amenazadores la existencia misma de toda la sociedad-burguesa. Las crisis económicas se saldan con la destrucción de una buena parte no ya de los productos elaborados, sino de las mismas fuerzas productivas ya creadas. En las crisis se desata una epidemia social que, a los ojos de las épocas anteriores, habría aparecido como un contrasentido, la epidemia de la superproducción. La sociedad se ve súbitamente retrotraída a una situación de barbarie momentánea. Podría pensarse que una plaga de hambre o una guerra de destrucción total la hubiese privado de todos sus recursos alimenticios. La industria y el comercio parecen arrasados. Y todo ello ¿por qué? Porque la sociedad posee un exceso de civilización, de víveres, de comercio. Las fuerzas productivas con que cuenta no parecen servir ya para propiciar el régimen social de propiedad burgués. Son ya, por el contrario, excesivamente poderosas respecto a ese régimen y frenadas por él. Apenas superan ese freno, siembran el desorden en el conjunto de la sociedad burguesa y ponen en peligro la existencia de la propiedad privada. El marco de relaciones burguesas se ha hecho demasiado estrecho para abarcar la riqueza que en él se genera. ¿Por qué medio supera las crisis la burguesía? Por una parte, mediante la destrucción forzosa de una masa de fuerzas productivas. Por otra, mediante la conquista de nuevos mercados y la explotación más a fondo de los existentes. Bien mirados, estos medios equivalen a la preparación de crisis más amplias y violentas y a la reducción de los medios para prevenirlas. Las armas con que la burguesía abatió al feudalismo se vuelven ahora contra ella misma. Pero la burguesía no sólo ha forjado las armas que le acarrearán la muerte, sino también a los hombres que han de manejarlas, los obreros modernos, los proletarios. En la misma medida en que se desarrollaba la burguesía, es decir, el capital, se desarrollaba asimismo el proletariado, la clase de los obreros modernos, que tan sólo puede vivir a condición de hallar trabajo y tan sólo pueden hallar trabajo a condición de que éste acreciente el capital. Estos obreros, obligados a venderse uno a uno como piezas, son una mercancía como cualquier otro artículo de comercio y, como tal, expuestos a los altibajos de la competencia, a las oscilaciones del mercado. La expansión de la maquinaria y la división del trabajo han hecho que la faena de los proletarios pierda toda autonomía y cualquier clase de estímulo. Se convierten en meros apéndices de la máquina y tan sólo se exige de ellos las manipulaciones más simples monótonas y fáciles de aprender. Los costos que el proletario origina se reducen a poco más del monto de los víveres necesarios para su subsistencia y la reproducción de su especie. El precio de una mercancía, por tanto, también el del trabajo mismo, es igual a los costos de su producción. En la misma medida en que aumenta el carácter odioso del trabajo, disminuye, consecuentemente, el salario. Más aún: en la misma medida en que van aumentando las máquinas y progresando la división del trabajo, aumenta también la masa de trabajo o bien mediante el aumento del número de horas de trabajo o bien mediante el aumento del trabajo exigido en cada unidad de tiempo determinado por el funcionamiento más rápido de las máquinas, etc. La industria moderna ha transformado el pequeño taller del maestro patriarcal en la gran fábrica del capitalista industrial. Las masas obreras aglomeradas en la fábrica son organizadas a manera de un ejército. En cuanto que simples soldados rasos de la industria, los obreros se ven sometidos al mando de toda una jerarquía de suboficiales y oficiales. No tan sólo son los siervos de la clase burguesa, del estado burgués, sino que diariamente y hora tras hora se ven sujetos a la servidumbre respecto a la máquina, al capataz y, sobre todo, respecto al correspondiente burgués. Este despotismo resulta tanto más mezquino, odioso y exacerbado cuanto mayor es la franqueza con que proclama que su único interés es el lucro. A medida que el trabajo manual exige una habilidad y una fuerza cada vez menores, es decir, a medida que se va desarrollando la industria moderna, el trabajo de los hombres se va viendo desplazado por el de las mujeres y los niños. Las diferencias de edad y sexo carecen ya de cualquier reconocimiento en lo que respecta a la clase obrera. Se trata de meros instrumentos de trabajo que originan diversos costos según su edad y sexo. Apenas acababa la explotación del obrero por el capitalista, de modo que aquél pueda percibir su salario en mano, los otros representantes de la burguesía caen inmediatamente sobre él en forma de propietario de la vivienda, de tendero, de prestamista, etc. Las capas sociales medias hasta ahora existentes, pequeños industriales, comerciantes y rentistas, los artesanos y los campesinos, descienden socialmente hasta integrarse en el proletariado. Ello sucede en parte por el hecho de que su pequeño capital resulta insuficiente para la explotación de la gran industria y cae, así, víctima de la competencia con los capitalistas más poderosos; en parte, porque su habilidad productiva queda desvalorizada por los modernos procesos de producción. De esta forma, el proletariado se recluta a partir de todas las clases de la población.

El proletariado recorre varias etapas de desarrollo. Su lucha contra la burguesía se inicia con su propia existencia. Al principio lucha el obrero aislado. Después, los obreros de una fábrica. Seguidamente, los obreros de todo un ramo productivo local contra el burgués individual que los explota directamente. Lanzan sus ataques no sólo contra las condiciones burguesas de producción, sino contra los mismos instrumentos de trabajo. Destruyendo las mercancías de la competencia, destrozando las máquinas e incendiando las fábricas, tratan de recuperar la situación, definitivamente desaparecida, del obrero medieval. Durante esta fase de desarrollo, los obreros constituyen una masa extendida ya por todo el país y desunida por la competencia. La cohesión de las masas obreras no resulta todavía de su propia unión, sino que es consecuencia de la unión de la burguesía, la cual, para conquistar sus propios objetivos políticos, se ve obligada a movilizar el conjunto del proletariado, cosa que consigue de momento. En esta fase pues, los proletarios no compiten contra sus enemigos, sino contra los enemigos de sus enemigos, los restos de la monarquía absoluta, los latifundistas, la burguesía no industrial, la pequeña burguesía. De esta forma, toda la iniciativa histórica se concentra en manos de la burguesía; toda victoria así obtenida es una victoria para la burguesía. Con el desarrollo de la industria, sin embargo, no solamente aumenta el número de proletarios, sino que se aglomeran en masas mayores, creciendo su fuerza y la conciencia de la misma. Los intereses y las condiciones de vida se igualan paulatinamente en el seno de la clase proletaria a medida que la maquinaria va borrando las diferencias entre un trabajo y otro y rebajando el salario al mismo nivel en casi todas partes. La creciente competencia de los burgueses entre si y las crisis comerciales que de ello resultan someten el salario del obrero a fluctuaciones cada vez mayores. La incontenible y progresiva mejora de la maquinaria hace cada vez más inseguras sus condiciones de vida, de modo que los enfrentamientos entre cada obrero y cada capitalista por separado van adoptando cada vez más el carácter de colisión entre dos clases. Los obreros comienzan a formar coaliciones contra los capitalistas agrupándose en defensa del salario de su trabajo llegan incluso a crear asociaciones de carácter permanente al objeto de acumular reservas en prevención de futuras rebeliones. En algunos sitios, la lucha desemboca en auténticos motines. De vez en cuando, los obreros consiguen la victoria, pero tan sólo transitoriamente. El resultado más genuino de su lucha no estriba en el éxito inmediato sino en la ampliación, siempre creciente, de la unión entre los obreros. Esa unión se ve propiciada por los crecientes medios de comunicación producidos por la gran industria, que permiten establecer contacto entre los obreros de las diversas poblaciones. Basta precisamente este contacto para que las diversas luchas locales, que en todas partes poseen la misma naturaleza, se puedan centralizar en una lucha nacional, de clase.

Toda lucha de clase es, sin embargo, una lucha política. Gracias al ferrocarril, los modernos proletarios están en situación de conseguir su unión en unos cuantos anos, mientras que los burgueses de la Edad Media, con sus caminos vecinales, requerían siglos para llegar a ella. La organización de los proletarios como clase y, por tanto, como partido político, salta a cada momento en pedazos a causa de la competencia existente entre los obreros mismos. Pero resurge una y otra vez con más fuerza, más firme y poderosa, obligando al reconocimiento en forma de ley de algunos de sus intereses aprovechando las escisiones en el seno de la burguesía. Un ejemplo de ello es la ley de la jornada de diez horas en Inglaterra.

Las colisiones que se dan en la vieja sociedad favorecen por distintos caminos el desarrollo del proletariado. La burguesía se halla empeñada en una lucha constante: al principio, contra la aristocracia; más tarde, contra otros sectores de la misma burguesía cuyos intereses están en contradicción con el progreso de la industria. Lucha de modo permanente contra la burguesía de los demás países. En todas estas luchas se ve obligada a recurrir al proletariado, exigiendo su ayuda y comprometiéndolo consecuentemente en el movimiento político. De este modo, proporciona al proletariado los elementos de su propia cultura y, con ello, las armas que se volverán contra ella. Además, como ya hemos visto, el progreso de la industria arroja al seno del proletariado a sectores enteros de la clase dominante o, cuando menos, pone en peligro sus condiciones de vida. También estos sectores aportan al proletariado todo un acervo de elementos culturales.

Finalmente, en aquellos periodos en que la lucha de clases se aproxima al momento decisivo, el proceso de descomposición de la clase dominante, de toda la vieja sociedad, se hace tan acusado y tan estridente que una pequeña parte de esta misma clase dominante se escinde de ella y se incorpora a la clase revolucionaria, en cuyas manos está el porvenir. Así como en el pasado una parte de la nobleza se pasó al campo de la burguesía, también en la actualidad, una parte de la burguesía se pasa al proletariado y, de modo especial, una parte de los ideólogos burgueses que han sido capaces de elevar su esfuerzo intelectual hasta la comprensión teórica de la totalidad del movimiento de la historia.

De todas las clases que hoy se enfrentan a la burguesía, tan sólo el proletariado constituye una clase auténticamente revolucionaria. Las otras clases se atrofian y desaparecen con la gran industria mientras que el proletariado es precisamente el producto más genuino de la misma. Las capas medias, el pequeño industrial, el pequeño comerciante y el campesino combaten, todos ellos, a la burguesía para asegurar su existencia como tales capasmedias y salvarse de su hundimiento. No son, pues, revolucionarias sino conservadoras. Más todavía, son reaccionarias en cuanto que tratan de hacer girar hacia atrás la rueda de la historia. Y cuando son revolucionarias, lo son con vistas a su inminente transición hacia el proletariado, de modo que no defienden sus intereses actuales sino los de su futuro. De esta manera, abandonan sus propios puntos de vista y adoptan los del proletariado. El proletariado «lumpen» producto de la putrefacción pasiva de las capas más bajas de la vieja sociedad, se verá arrastrado al movimiento acá y allá, si bien -en consonancia con el conjunto de condiciones de su vida-, estará predispuesto a dejarse comprar en apoyó de maquinaciones reaccionarias . Las condiciones de vida del proletariado equivalen ya hoy a la destrucción de las condiciones de vida de la vieja sociedad. El proletariado carece de propiedad. Su relación respecto a la mujer y los niños nada tiene ya en común con la situación familiar burguesa. El trabajo en la moderna servidumbre bajo el capital, que viene a ser la misma tanto en Inglaterra como en Francia, en América como en Alemania, le ha privado de todo carácter nacional. Las leyes, la moral y la religión significan para él otros tantos prejuicios burgueses, tras los cuales se ocultan los correspondientes intereses de la burguesía.

Todas las clases anteriores que conquistaron el poder trataron de asegurar la posición social así adquirida sometiendo a toda la sociedad a las condiciones que les permitieran a ellas la obtención de su ganancia. Los proletarios sólo pueden conquistar las fuerzas productivas sociales a cambio de abolir su propio modo de apropiación anterior y, con ello, cualquier modo de apropiación existente hasta hoy. Los proletarios no tienen nada propio que asegurar; sino que destruirán, antes bien, todo género de garantías y seguridades privadas precedentes. Todos los movimientos anteriores han sido movimientos de minorías en interés de minorías. El movimiento proletario es el movimiento autónomo de la inmensa mayoría en interés de la inmensa mayoría. El proletariado, la capa más baja de la actual sociedad, no puede levantarse ni sacudir su yugo sin hacer saltar en pedazos toda la superestructura de las capas que componen la sociedad oficial. La lucha del proletariado contra la burguesía es, por de pronto, una lucha nacional, aunque lo sea por su forma y no por su contenido. El proletariado de cada país tiene que ajustarle las cuentas, lógicamente, a su propia burguesía.

Al describir con trazos muy generales las fases de desarrollo del proletariado, hemos seguido las huellas de la guerra civil más o menos encubierta que se da en la sociedad vigente hasta el momento mismo en que desemboca en revolución abierta y el proletariado fundamenta su poder mediante el derrocamiento violento de la burguesía.

Todos los tipos de sociedad anteriores se basaban, como hemos visto, en el antagonismo entre clases opresoras y oprimidas. Pero para poder oprimir a una clase es preciso asegurarle las condiciones mínimas que le permitan arrastrar su vida de servidumbre. El siervo de la gleba fue capaz, merced al trabajo de su servidumbre, de elevarse a miembro de la comuna y el pequeño burgués, por su parte, se elevó a burgués bajo el yugo del absolutismo feudal. El obrero moderno, por el contrario, en vez de elevarse socialmente a medida que progresa la industria, se hunde más y más por debajo de la condición de su propia clase. El obrero se depaupera y el pauperismo se extiende con mas rapidez aún que la población y la riqueza. Se hace así patente que la burguesía es incapaz de permanecer por más tiempo como clase dominante de la sociedad y seguir imponiendo como tal clase sus condiciones de vida como ley reguladora para toda la sociedad. Es incapaz de dominar puesto que es incapaz de asegurar a sus esclavos la existencia, aunque sea dentro de su esclavitud, y los arrastra a una situación de tal indigencia que le resulta forzoso alimentarlos en vez de hacerse alimentar por ellos. La sociedad no puede vivir ya bajo su dominio o, lo que es igual, su existencia como clase se ha hecho incompatible con la de la sociedad. La condición esencial para la existencia y la dominación de la burguesía es la acumulación de riqueza en manos privadas, la formación y ampliación de capital. La condición básica del capital es el trabajo asalariado. El trabajo asalariado se basa exclusivamente en la concurrencia de los obreros entre si. El progreso de la industria cuyo agente involuntario y pasivo es la burguesía, substituye el aislamiento de los

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