Mein Kampf, capítulo III

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CAPÍTULO TERCERO

Reflexiones políticas de la época de mi permanencia en Viena

Tengo la evidencia de que en general el hombre, excepción hecha de casos singulares de talento, no debe actuar en política antes de los 30 años, porque hasta esa edad se está formando en su mentalidad una plataforma desde la cual podrá él analizar los diversos problemas políticos y definir su posición frente a ellos. Sólo entonces, después de haber adquirido una concepción ideológica fundamental y con ella logrado afianzar su propio modo de pensar acerca de los diferentes problemas de la vida diaria, debe o puede el hombre, conformado por lo menos así espiritualmente, participar en la dirección política de la colectividad en que vive.

De otro modo corre el peligro de tener que cambiar un día de opinión en cuestiones fundamentales o de quedar – en contra de su propia convicción- estratificado en un criterio ya relegado por la razón y el entendimiento. El primer caso resulta muy penoso para él personalmente, pues, si él mismo vacila no puede ya esperar le pertenezca en igual medida que antes la fe de sus adeptos, para quienes la claudicación del Führer significa desconcierto y no pocas veces les provoca el sentimiento de una cierta vergüenza frente a sus adversarios políticos. En el segundo caso ocurre aquello que hoy se observa con mucha frecuencia: En la misma escala en que el Führer perdió la convicción sobre lo que sostenía, su dialéctica se hace hueca y superficial, en tanto que se deprava en la elección de sus métodos. Mientras él personalmente no piensa ya arriesgarse en serio en defensa de sus revelaciones políticas (no se inmola la vida por una causa que uno mismo no profesa) las exigencias que les impone a sus correligionarios se hacen sin embargo cada vez mayores y más desvergonzadas, hasta el punto de acabar por sacrificar el último resto del carácter que inviste al Führer y descender así a la condición del “político”, es decir, a aquella categoría de hombres cuya única convicción es su falta de convicción, aparejada a una arrogante insolencia y un arte refinadísimo para el mentir. Si para desgracia de la humanidad honrada tal sujeto llega a ingresar en el Parlamento, entonces hay que tener por descontado el hecho de que la política para él se reduce ya sólo a una “heroica lucha” por la posesión perpétua de este “biberón” de su propia vida y de la de su familia. Y cuanto más pendientes estén de ese biberón la mujer y los hijos, más tenazmente luchará el marido por sostener su mandato parlamentario. Toda persona de instinto político es para él, por ese solo hecho, un enemigo personal; en cada nuevo movimiento cree ver el comienzo posible de su ruina; en todo hombre de prestigio otro amenazante peligro. 

He de ocuparme detenidamente de esta clase de sabandijas parlamentarias.

También el hombre que haya llegado a los 30 años tendrá aún mucho que aprender en el curso de su vida, pero esto únicamente a manera de una complementación dentro del marco ya determinado por la concepción ideológica adoptada en principio. Los nuevos conocimientos que adquiera no significarán una innovación de lo ya aprendido, sino más bien un proceso de acrecentamiento de su saber, de tal modo que sus adeptos jamás tendrán la decepcionante impresión de haber sido mal orientados; por el contrario, el visible desarrollo de la personalidad del Führer provocará en ellos complacencia, en la convicción de que el perfeccionamiento de éste refluye a favor de la propia doctrina. Ante sus ojos esto constituye una prueba de la certeza del criterio hasta aquel momento sostenido.

Un Führer que se vea obligado a abandonar la plataforma de su ideología general por haberse dado cuenta de que esta era falsa, obrará honradamente sólo, cuando reconociendo lo erróneo de su criterio, se halle dispuesto a asumir todas las consecuencias. En tal caso deberá por lo menos renunciar a toda actuación política ulterior, pues, habiendo errado ya una vez en puntos de vista fundamentales, está expuesto por una segunda vez al mismo peligro. De todos modos ha perdido ya el derecho de requerir y menos aún el de exigir la confianza de sus conciudadanos.

El grado de corrupción de la plebe, que por ahora se siente habilitada para “actuar” en política, evidencia cuán rara vez se sabe responder en los tiempos actuales a una prueba tal de decoro personal.

Apenas si entre tantos puede uno tan sólo ser el predestinado.

Seguramente en aquellos tiempos, me había ocupado de política más que muchos otros, sin embargo, tuve el buen cuidado de no actuar en ella; me concretaba a hablar en círculos pequeños abordando temas que me subyugaban y que eran motivo de mi constante preocupación. Este modo de actuar en ambiente reducido tenía en sí mucho de provechoso, porque si bien es cierto que así aprendía menos a “discursear” en cambio, llegaba a conocer a las gentes en su moralidad y en sus concepciones, a menudo infinitamente primitivas. En aquella época continué ampliando mis observaciones sin perder tiempo ni oportunidad y es probable que, en este orden, en ninguna parte de Alemania se ofrecía entonces un ambiente de estudio más propicio que el de Viena.

Las preocupaciones de la vida política en la antigua monarquía del Danúbio abarcaban, en general, contornos más vastos de mayor espectativa que en la Alemania de esa misma época, excepción hecha de algunos distritos de Prusia, Hamburgo y la costa del Mar del Norte. Bajo la denominación “Austria” me refiero en este caso a aquel territorio del gran Imperio de los Habsburgo que, debido a sus habitantes de origen alemán, significó en todo orden no solamente la base histórica para la formación de tal Estado, sino que en el conjunto de su población representaba también aquella fuerza que a través de los siglos generó la vida cultural en ese organismo político de estructura tan artificial como era el Imperio Austro-Húngaro. Y a medida que el tiempo avanzaba, más dependía precisamente de la conservación de ese núcleo, la estabilidad de todo el Estado.

No quiero engolfarme aquí en detalles porque no es este el propósito de mi libro; quiero solamente consignar en el marco de una minuciosa apreciación aquellos sucesos que, siendo la eterna causa de la decadencia de pueblos y Estados, tienen también en nuestro tiempo su trascendencia, aparte de que contribuyeron a cimentar los fundamentos de mi ideología política.

Entre las instituciones que más claramente revelaban – aún ante los ojos no siempre abiertos del provinciano – la corrosión de la monarquía austríaca, encontrábase en primer término aquélla que más llamada estaba a mantener su estabilidad: el Parlamento o sea el Reichsrat, como en Austria se le denominaba.

Manifiestamente, al norma institucional de esta corporación radicaba en Inglaterra, el país de la “clásica democracia”. De allá se copió toda esa dichosa institución y se la trasladó a Viena, procurando en lo posible no alterarla.

En la Cámara de diputados y en la Cámara alta celebraba su renacimiento el sistema inglés de la doble cámara; sólo los “edificios” diferían entre sí. Barry, al hacer surgir de las aguas del Támesis el palacio del Parlamento inglés, había recurrido a la historia del Imperio Británico con el fin de inspirarse para la ornamentación de los 1200 nichos, consolas y columnas de su monumental creación arquitectónica. Por sus esculturas y arte pictórico, el Parlamento inglés resultó así erigido en el templo de gloria de la nación.

Aquí se presentó la primera dificultad en el caso del Parlamento de Viena. Cuando el danés Hansen había concluido el último pináculo del palacio de mármol destinado a los representantes del pueblo, no le quedó otro recurso que el de apelar al arte clásico para adaptar motivos ornamentales. Figuras de estadistas y de filósofos griegos y romanos hermosean esta teatral residencia de la “democracia occidental” y a manera de simbólica ironía están representados sobre la cúspide del edificio cuadrigas que se separan partiendo hacia los cuatro puntos cardinales, como cabal expresión de lo que en el interior del Parlamento ocurría entonces.

Las “nacionalidades” habrían tomado como un insulto y como una provocación el que en esa obra se glorificase la historia austríaca. En Alemania mismo, reciente todavía el fragor de las batallas de la guerra mundial, se resolvió consagrar con la inscripción : “Al Pueblo Alemán”, el edificio del Reichstag en Berlín, construido por Paul Ballot.

Sentimientos de profunda repulsión me dominaron aquel día en que, por primera vez, cuando aún no había cumplido los veinte años, visitaba el Parlamento austríaco para escuchar una sesión de la Cámara de diputados. Siempre había detestado el Parlamento, pero de ningún modo la institución en sí. Por el contrario, como hombre amante de las libertades, no podía imaginarme otra forma posible de gobierno. Y justamente por eso era ya un enemigo del Parlamento austríaco. Su forma de actuar la consideraba indigna del gran prototipo inglés. Además, a esto había que añadir el hecho de que el porvenir de la raza germana en el Estado austriaco dependía de su representación en el Reichsrat. Hasta el día en que se adopto el sufragio universal de voto secreto, existía en el Parlamento austríaco una mayoría alemana, aunque poco notable. Ya entonces la situación se había hecho difícil, porque el partido social-demócrata, con su dudosa conducta nacional al tratarse de cuestiones vitales del germanismo, asumía siempre una actitud contraria a los intereses alemanes a fin de no despertar recelos entre sus adeptos de las otras “nacionalidades” representadas en el Parlamento. Tampoco ya en aquella época se podía considerar a la socialdemocracia como un partido alemán. Con la adopción del sufragio universal tocó a su fin la preponderancia alemana, inclusive desde el punto de vista puramente numérico. En adelante, no quedaba pues obstáculo alguno que detuviese la creciente desgermanización del Estado austriaco.

El instinto de conservación nacional me había hecho repugnar, ya entonces, por esa razón, aquel sistema de representación popular en la cual el germanismo, lejos de hallarse representado era más bien traicionado. Sin embargo, esta deficiencia, como muchas otras, no era atribuible al sistema mismo, sino al Estado austriaco.

Un año de paciente observación bastó para que yo cambiase radicalmente mi modo de pensar en cuanto al carácter del parlamentarismo. Una vez más el estudio experimental de la realidad me preservó de anegarme en una teoría que a primera vista, les parece seductora a muchos y que a pesar de ello no deja de contarse entre las manifestaciones de decadencia de la humanidad.

La democracia del mundo occidental de hoy es la precursora del marxismo, el cual sería inconcebible sin ella. Es la democracia la que en primer término proporciona a esta peste mundial el campo de nutrición de donde la epidemia se propaga después.

Cuánta gratitud le debo al destino por haber permitido que me adentrase también en esta cuestión cuando todavía me hallaba en Viena, pues, es probable que si yo hubiera estado en aquella época en Alemania, me la habría explicado de una manera demasiado sencilla. Si desde Berlín hubiese podido percatarme de lo grotesco de esa institución llamada “Parlamento”, quizás habría caído en la concepción opuesta, colocándome – no sin una buena razón aparente- al lado de aquellos que veían el bienestar del pueblo y del Imperio, en el fomento exclusivista de la idea de la autoridad imperial, permaneciendo ciegos y ajenos a la vez a la época en que vivían y al sentir de sus contemporáneos.

Esto era imposible en Austria. Allá no se podía caer tan fácilmente de un error en otro, porque si el Parlamento era inútil, aun menos capacitados eran los Habsburgo.

Lo que más me preocupó en la cuestión del parlamentarismo fue la notoria falta de un elemento responsable. Por funestas que pudieran ser las consecuencias de una ley sancionada por el Parlamento, nadie lleva la responsabilidad, ni a nadie es posible exigirle cuentas. ¿O es que puede llamarse asumir responsabilidades al hecho de que después de un fiasco sin precedentes, dimita el gobierno culpable o cambie la coalición existente o, por último, se disuelva el Parlamento? ¿Puede acaso hacerse responsable a una vacilante mayoría? ¿No es cierto que la idea de responsabilidad presupone la idea de la personalidad?

¿Puede prácticamente hacerse responsable al dirigente de un gobierno por hechos cuya gestión y ejecución obedecen exclusivamente a la voluntad y al arbitrio de una pluralidad de individuos?

¿O es que la misión del gobernante – en lugar de radicar en la concepción de ideas constructivas y planes – consiste más bien en la habilidad con que éste se empeñe en hacer comprensible a un hato de borregos lo genial de sus proyectos, para después tener que mendigar de ellos una bondadosa aprobación?

¿Cabe en el criterio del hombre de Estado poseer en el mismo grado el arte de la persuasión, por un lado, y por otro la perspicacia política necesaria para adoptar directivas o tomar grandes decisiones?

¿Prueba acaso la incapacidad de un Führer el solo hecho de no haber podido ganar a favor de una determinada idea el voto de mayoría de un conglomerado resultante de manejos más o menos honestos?

¿fue acaso alguna vez capaz ese conglomerado de comprender una idea, antes de que el éxito obtenido por la misma, revelara la grandiosidad que ella encarnaba?

¿No es en este mundo toda acción genial una palpable protesta del genio contra la indolencia de la masa?

¿Qué debe hacer el gobernante que no logra granjearse la gracia de aquél conglomerado, para la consecución de sus planes?

¿Deberá sobornar?¿O bien, tomando en cuenta la estulticia de sus conciudadanos, tendrá que renunciar a la realización de propósitos reconocidos como vitales, dimitir el gobierno o quedarse en él, a pesar de todo?

¿No es cierto que en un caso tal, el hombre de verdadero carácter se coloca frente a un conflicto insoluble entre su persuación de la necesidad y su rectitud de criterio, o mejor dicho su honradez?

¿Dónde acaba aquí el límite entre la noción del deber para con la colectividad y la noción del deber para con la propia dignidad personal?

¿No debe todo Führer de verdad rehusar a que de ese modo se le degrade a la categoría de traficante político?

¿O es que, inversamente, todo traficante deberá sentirse predestinado a “especular” en política, puesto que la suprema responsabilidad jamás pesará sobre él, sino sobre un anónimo e inaprensible conglomerado de gentes?

Sobre todo, ¿no conducirá el principio de la mayoría parlamentaria a la demolición de la idea-Führer?

Pero ¿es que aún cabe admitir que el progreso del mundo se debe a la mentalidad de las mayorías y no al cerebro de unos cuantos?

¿O es que se cree que tal vez en lo futuro se podría prescindir de esta condición previa inherente a la cultura humana?

¿No parece, por en contrario, que ella es hoy más necesaria que nunca?

Difícilmente podrá imaginarse el lector de la prensa judía, salvo que hubiese aprendido a discernir y examinar las cosas independientemente, qué estragos ocasiona la moderna institución del gobierno democrático-parlamentario; ella es ante todo la causa de la increíble proporción en que ha sido inundado el conjunto de la vida política por lo más descalificado de nuestros días. Así como un Führer de verdad renunciará a una actividad política, que en gran parte no consiste en obra constructiva, sino más bien en el regateo por la merced de una mayoría parlamentaria, el político de espíritu pequeño, en cambio, se sentirá atraído precisamente por esa actividad.

Pero pronto se dejarán sentir las consecuencias si tales mediocres componen el gobierno de una nación. Faltará entereza para obrar y se preferirá aceptar la más vergonzosa de las humillaciones antes que erguirse para adoptar una actitud resuelta, pues, nadie habrá allí que por sí solo esté personalmente dispuesto a arriesgarlo todo en pro de la ejecución de una medida radical. Existe una verdad que no debe ni puede olvidarse: es la de que tampoco en este caso una mayoría estará capacitada para sustituir a la personalidad en el gobierno. La mayoría no sólo representa siempre la ignorancia, sino también la cobardía. Y del mismo modo que de 100 cabezas huecas no se hace un sabio, de 100 cobardes no surge nunca una heroica decisión.

Cuanto menos grave sea la responsabilidad que pese sobre el Führer, mayor será el número de aquéllos que, dotados de ínfima capacidad, se creen igualmente llamados a poner al servicio de la nación sus imponderables fuerzas. De ahí que sea para ellos motivo de regocijo el cambio frecuente de funcionarios en los cargos que ellos apetecen y que celebren todo escándalo que reduzca la hilera de los que por delante esperan…. La consecuencia de todo esto es la espeluznante rapidez con que se producen modificaciones en las más importantes jefaturas y repartos públicos de un organismo estatal semejante, con un resultado que siempre tiene influencia negativa y que muchas veces llega a ser hasta catastrófico.

La antigua Austria poseía el régimen parlamentario en grado superlativo. Bien es cierto que los respectivos “premiers” eran nombrados por el monarca, sin embargo, eso no significaba otra cosa que la ejecución de la voluntad parlamentaria. El regateo por las diferentes carteras ministeriales podía ya calificarse como propio de la más alta democracia occidental. Los resultados correspondían a los principios aplicados; especialmente la substitución de personajes representativos se operaba con intervalos cada vez más cortos, para al final convertirse en una verdadera cacería. En la misma proporción descendía el nivel de los “hombres de Estado” actuantes hasta no quedar de ellos, más que aquel bajo tipo del traficante parlamentario, cuyo mérito político se aquilataba tan sólo por su habilidad en urdir coaliciones, es decir, prestándose a realizar aquellos infames manejos políticos que son la única prueba de lo que en el trabajo práctico pueden realizar esos llamados representantes del pueblo.

Viena ofrecía un magnífico campo de observación en este orden.

Aquello que de ordinario denominamos “opinión pública” se basa sólo mínimamente en la experiencia personal del individuo y en sus conocimientos; depende más bien casi en su totalidad de la idea que el individuo se hace de las cosas a través de la llamada “información pública”, persistente y tenaz. La prensa es el factor responsable de mayor volumen en el proceso de la “instrucción política”, a la cual, en este caso se le asigna con propiedad el nombre de propaganda; la prensa se encarga ante todo de esta labor de “información pública” y representa así una especie de escuela para adultos, sólo que esa “instrucción” no está en manos del Estado, sino bajo las garras de elementos que en parte son de muy baja ley. Precisamente en Viena tuve en mi juventud la mejor oportunidad de conocer a fondo a los propietarios y fabricantes espirituales de esa máquina de instrucción colectiva. En un principio debí sorprenderme al darme cuenta del tiempo relativamente corto en que este pernicioso poder era capaz de crear cierto ambiente de opinión, y esto incluso tratándose de casos de una mixtificación completa de las aspiraciones y tendencias que, a no dudar, existían en el sentir de la comunidad. En el transcurso de pocos días, esa prensa sabía hacer de un motivo insignificante una cuestión de Estado notable e inversamente, en igual tiempo, relegar al olvido general problemas vitales o, más simplemente, sustraerlos a la memoria de la masa.

De este modo era posible en el curso de pocas semanas henchir nombres de la nada y relacionar con ellos increíbles expectativas públicas, adjudicándoles una popularidad que muchas veces un hombre verdaderamente meritorio no alcanza en toda su vida; y mientras se encumbran estos nombres que un mes antes apenas si se habían oído pronunciar, calificados estadistas o personalidades de otras actividades de la vida pública dejaban llanamente de existir para sus contemporáneos o se les ultrajaba de tal modo con denuestos, que sus apellidos corrían el peligro de convertirse en un símbolo de villanía o de infamia.

Esta es la chusma que en más de las dos terceras partes fabrica la llamada “opinión pública”, de donde surge el parlamentarismo cual una Afrodita de la espuma.

Para pintar con detalle en toda su falacia el mecanismo parlamentario sería menester escribir volúmenes. Podrá comprenderse más pronto y más fácilmente semejante extravío humano, tan absurdo como peligroso, comparando el parlamentarismo democrático con una democracia germánica realmente tal.

La característica más remarcable del parlamentarismo democrático consiste en que se elige un cierto número, supongamos 500 hombres o también mujeres en los últimos tiempos, y se les concede a éstos la atribución de adoptar en cada caso una decisión definitiva. Prácticamente, ellos representan por sí solos el gobierno, pues, si bien designan a los miembros de un gabinete encargado de los negocios del Estado, ese pretendido gobierno no cubre sino una apariencia; en efecto, es incapaz de dar ningún paso sin antes haber obtenido la aquiescencia de la asamblea parlamentaria. Por esto es por lo que tampoco puede ser responsable, ya que la decisión final jamás depende de él mismo, sino del Parlamento. En todo caso un gabinete semejante no es otra cosa que el ejecutor de la voluntad de la mayoría parlamentaria del momento. Su capacidad política se podría apreciar en realidad únicamente a través de la habilidad que pone en juego para adaptarse a la voluntad de la mayoría o para ganarla en su favor.

Una consecuencia lógica de este estado de cosas fluye de la siguiente elemental consideración: la estructura de ese conjunto formado por los 500 representantes parlamentarios, agrupados según sus profesiones o hasta teniendo en cuenta sus aptitudes, ofrece un cuadro a la par incongruente y lastimoso. ¿O es que cabe admitir la hipótesis de que estos elegidos de la nación pueden ser al mismo tiempo brotes privilegiados de genialidad o siquiera de sentido común? Ojalá no se suponga que de las papeletas de sufragio, emitidas por electores que todo pueden ser menos inteligentes, surjan simultáneamente centenares de hombres de Estado. Nunca será suficientemente rebatida la absurda creencia de que del sufragio universal pueden salir genios; primeramente hay que considerar que no en todos los tiempos nace para una nación un verdadero estadista y menos aun de golpe, un centenar; por otra parte, es instintiva la antipatía que siente la masa por el genio eminente. Más probable es que un camello se deslice por el ojo de una aguja que no que un gran hombre resulte “descubierto” por virtud de una elección popular. Todo lo que de veras sobresale de lo común en la historia de los pueblos suele generalmente revelarse por sí mismo.

Dejando a un lado la cuestión de la genialidad de los representantes del pueblo, considérese simplemente el carácter complejo de los problemas pendientes de solución, aparte de los ramos diferentes de actividad en que deben adoptarse decisiones, y se comprenderá entonces la incapacidad de un sistema de gobierno que pone la facultad de la decisión final en manos de una asamblea, de entre cuyos componentes sólo muy pocos poseen los conocimientos y la experiencia requeridas en los asuntos que han de tratarse. Y es así cómo las más importantes medidas en materia económica resultan sometidas a un forum cuyos miembros en sus nueve décimas partes carecen de la preparación necesaria. Lo mismo ocurre con otros problemas, dejando siempre la decisión en manos de una mayoría compuesta de ignorantes e incapaces. De ahí proviene también la ligereza con que frecuentemente estos señores deliberan y resuelven cuestiones que serían motivo de honda reflexión aun para los más esclarecidos talentos. Allí se adoptan medidas de enorme trascendencia para el futuro de un Estado como si no se tratase de los destinos de toda una nacionalidad sino solamente de una partida de naipes, que es lo que resultaría más propio entre tales políticos. Sería naturalmente injusto creer que todo diputado de un parlamento semejante se halla dotado de tan escasa noción de responsabilidad. No. De ningún modo. Pero es el caso que aquel sistema, forzando al individuo a ocuparse de cuestiones que no conoce, lo corrompe paulatinamente. Nadie tiene allí el coraje de decir: “Señores, creo que no entendemos nada de este asunto; yo a lo menos no tengo idea en absoluto”. Esta actitud tampoco modificaría nada porque, aparte de que una prueba tal de sinceridad quedaría totalmente incomprendida, no por un tonto honrado se resignarían los demás a sacrificar su juego.

El parlamentarismo democrático de hoy no tiende a constituir una asamblea de sabios, sino a reclutar más bien una multitud de nulidades intelectuales, tanto más fáciles de manejar cuanto mayor sea la limitación mental de cada uno de ellos. Sólo así puede hacerse política partidista en el sentido malo de la expresión y sólo así también consiguen los verdaderos agitadores permanecer cautelosamente en la retaguardia, sin que jamás pueda exigirse de ellos una responsabilidad personal. Ninguna medida, por perniciosa que fuese para el país, pesará entonces sobre la conducta de un bribón conocido por todos, sino sobre la de toda una fracción parlamentaria. He aquí porque esta forma de la Democracia llegó a convertirse también en el instrumento de aquella raza, cuyos íntimos propósitos, ahora y por siempre, temerán mostrarse a la luz del día. Sólo el judio puede ensalzar una institución que es sucia y falaz como él mismo.

En oposición a ese parlamentarismo democrático está la genuina democracia germánica de la libre elección del Führer, que se obliga a asumir toda la responsabilidad de sus actos. Una democracia tal no supone el voto de la mayoría para resolver cada cuestión en particular, sino llanamente la voluntad de uno solo, dispuesto a responder de sus decisiones con su propia vida y hacienda.

Si se hiciese la objeción de que bajo tales condiciones difícilmente podrá hallarse al hombre resuelto a sacrificarlo personalmente todo en pro de una tan arriesgada empresa, habría que responder: “Dios sea loado, que el verdadero sentido de una democracia germánica radica justamente en el hecho de que no pueda llegar al gobierno de sus conciudadanos, por medios vedados, cualquier indigno arrivista o emboscado moral, sino que la magnitud misma de la responsabilidad a asumir, amedrenta a ineptos y pusilánimes”.

Y si no obstante todo esto, un individuo de tales características intentase deslizarse, podrá fácilmente ser identificado y apostrofado sin consideración: “Apártate, cobarde, que tus pies no profanen las gradas del frontispicio del Panteón de la Historia, destinado a héroes y no a mojigatos”.

Había llegado a estas conclusiones después de dos años de concurrir al Parlament austríaco. En adelante no volví a frecuentarlo.

El régimen parlamentario fue una de las principales causas de la progresiva decadencia del antiguo Estado de los Habsburgo. A medida que por obra de ese régimen se destruía la hegemonía del germanismo en Austria, intensificábase el sistema de explotar el antagonismo de las nacionalidades entre sí.

Después de la guerra franco-prusiana de 1870 la casa de los Habsburgo se lanzó con ímpetu máximo a exterminar lenta pero implacablemente el “peligroso2 germanismo de la doble monarquía austro-húngara. Este debía ser, pues, el resultado final de la política de eslavización. Empero, estalló la resistencia de la nacionalidad que estaba destinada al exterminio y esto en una forma sin precedentes en la historia alemana contemporánea. Hombres de sentir nacionalista y patriótico se hicieron rebeldes, pero no rebeldes contra el Estado mismo, sino rebeldes contra un sistema de gobierno del cual tenían el convencimiento de que conduciría a la ruina a su propia raza.

Por primera vez en la historia contemporánea alemana se hacía una diferenciación entre el patriotismo dinástico general y el amor por la patria y el pueblo.

Fue mérito del movimiento pangermanista operado en la parte alemana de Austria, allá por el año 1890, haber establecido en forma clara y terminante que la autoridad del Estado tiene el derecho de exigir respeto y cooperación sólo cuando responde a las necesidades de una nacionalidad o cuando por lo menos no es perniciosa para ésta.

La autoridad del Estado no puede ser un fin en sí misma, porque ello significaría consagrar la inviolabilidad de toda tiranía en el mundo.

Si por los medios que están al alcance de un gobierno se precipita una nacionalidad en la ruina, entonces la rebelión no sólo es un derecho, sino un deber para cada uno de los hijos de ese pueblo.

La pregunta: ¿Cuándo se presenta un tal caso? No se resuelve mediante disertaciones teóricas, sino por la acción y por el éxito.

Como todo gobierno, por malo que fuese y aun cuando hubiese traicionado una y mil veces los intereses de una nacionalidad, reclama para sí el deber que tiene de mantener la autoridad del Estado, el instinto de conservación nacional en lucha contra un gobierno semejante tendrá que servirse, para lograr su libertad o su independencia, de las mismas armas que aquel emplea para mantenerse en el mando. Según esto, la lucha será sostenida por medios “legales” mientras el poder que se combate no utilice otros; pero no habrá que vacilar ante el recurso de los medios ilegales si es que el opresor mismo se sirve de ellos.

En general, no debe olvidarse que la finalidad suprema de la razón de ser de los hombres no reside en el mantenimiento de un Estado o de un gobierno; su misión es conservar la raza. Y si esta misma se hallase en peligro de ser oprimida o hasta eliminada, la cuestión de la legalidad pasa a plano secundario. Entonces poco importará ya que el poder imperante aplique en su acción los mil veces llamados medios “legales”; el instinto siempre en grado superlativo, el empleo de todo recurso.

Solo así se explican en la Historia ejemplos edificantes de luchas libertarias contra la esclavitud – interna o externa – de los pueblos.

El derecho humano priva sobre el derecho político.

Si un pueblo sucumbe en la lucha por los derechos del hombre, es porque al haber sido pesado en la balanza del destino resultó demasiado liviano para tener la suerte de seguir subsistiendo en el mundo terrenal. Porque quién no está dispuesto a luchar por su existencia o no se siente capaz de ello es que ya está predestinado a desaparecer, y esto por la justicia eterna de la providencia.

El mundo no se ha hecho para los pueblos cobardes.

Debieron serme un objeto clásico de estudio y de honda trascendencia el proceso de la formación y el ocaso del movimiento pangermanista, por una parte, y por la otra el asombroso desarrollo del partido cristiano-social en Austria.

Comenzaré por establecer un paralelo entre los dos hombres considerados como fundadores y leaders de esos dos partidos: Georg von Schoenerer y el Dr. Karl Lueger.

Como personalidades, ambos sobresalían notoriamente entre las llamadas figuras parlamentarias. Su vida había sido limpia e intachable en medio de la corrupción política general. En un principio, mis simpatías estaban del lado del pangermanista Schoenerer y poco después fueron paulatinamente inclinándose también hacia el leader cristiano-social. Comparando la capacidad de ambos, Schoenerer me parecía ser, en problemas fundamentales, un pensador más certero y profundo. Con mayor claridad y exactitud que ningún otro, previó el lógico fin del Estado Austriaco. Si se hubiese prestado oído a sus advertencias respecto de la monarquía de los Habsburgo, especialmente en Alemania, jamás hubiera sobrevenido la fatalidad de la guerra mundial. Pero, si bien Schoenerer penetraba la esencia de los problemas, erraba en cambio cuando se trataba de aquilatar el valor de los hombres.

Aquí radicaba lo ponderable del Dr. Lueger. Lueger era un extraordinario conocedor de los caracteres humanos, teniendo muy especial cuidado en no verlos mejor de lo que en realidad eran. Por eso él podía contar con las posibilidades efectivas de la vida mejor que Schoenerer, que para esto tenía poca comprensión.

En teoría era evidente cuanto sobre el pangermanismo sostenía, pero le faltaba la energía y la práctica indispensables para trasmitir sus conclusiones teóricas a la masa del pueblo, esto es, simplificándolas de acuerdo con la concepción limitada de esta masa. Sus conclusiones era, pues, meras profecías sin visos de realidad.

La ausencia de la capacidad de distinguir caracteres humanos debía lógicamente conducir también a errores en la apreciación de la fuerza que encierran los movimientos de opinión así como las instituciones seculares. Schoenerer había reconocido indudablemente que en aquel caso se trataba de concepciones fundamentales, pero no supo comprender que, en primer término, sólo la gran masa del pueblo podía prestarse a luchar en pro de tales convicciones de índole casi religiosa.

Infortundadamente, Schoenerer se dio cuenta sólo en muy escasa medida, de que el espíritu combativo de las llamadas clases “burguesas” era extraordinariamente limitado por depender de intereses económicos que infundían al individuo el temor de sufrir graves perjuicios, determinando así su inacción.

La falta de comprensión en lo tocante a la importancia de las capas inferiores del pueblo fue también la causa de una concepción totalmente deficiente del problema social.

En todo esto el Dr. Lueger era la antítesis de Schoenerer. Sabía hasta la saciedad que la fuerza política combativa de la alta burguesía era en nuestra época tan insignificante que no bastaba para asegurar el triunfo de un nuevo gran movimiento; por eso consagraba el máximo de su actividad política a la labor de ganar la adhesión de aquellas esferas sociales cuya existencia se hallaba amenazada, siendo esto más bien un acicate que un menoscabo para su espíritu combativo. El Dr. Lueger optó también por servirse de medios de influencia, ya existentes, para granjearse el apoyo de instituciones prestigiosas con el propósito de obtener de esas viejas fuentes de energía el mayor provecho posible a favor de su causa.

Fue de este modo que, en primer término, cimentó su partido sobre la clase media, amenazada de desaparecer, y con ello logró asegurarse un firme grupo de adictos animados de gran espíritu de lucha y también de sacrificio. Su actitud extraordinariamente sagaz con respecto de la iglesia católica, le había captado en corto tiempo las simpatías de la clerecía joven en una medida tal que el viejo partido clerical se vio forzado a ceder el campo, o bien, obrando más cuerdamente, a adherirse al nuevo movimiento para, de este modo, recuperar poco a poco sus antiguas posiciones.

Sin embargo, sería injusto en extremo considerar únicamente esto como lo esencial del carácter de Lueger; puesto que al lado de sus condiciones de táctico hábil estaban las de reformador grande y genial; por cierto, dentro del marco de un exacto conocimiento de su propia capacidad.

Era una finalidad de enorme sentido práctico la que perseguía aquel hombre verdaderamente meritorio. Quiso conquistar Viena. Viena era el corazón de la monarquía y de esta ciudad recibía los últimos impulsos de vida el cuerpo enfermo y envejecido de ya desfalleciente organismo del Estado. Cuanto más restablecía sus energías ese corazón, tanto más debía revivir el resto del cuerpo. En principio, la idea era naturalmente justa pero no podía surtir efectos sino durante un tiempo determinado.

Es aquí donde radicaba el punto débil de este hombre.

La obra que realizó como burgomaestre de Viena es inmortal en el mejor sentido de la palabra; pero con ella no pudo ya salvar la monarquía – era demasiado tarde.

Su adversario Schoenerer había visto esto con más claridad.

Todo lo que Lueger emprendió en el terreno práctico, lo logró admirablemente; en cambio no logró alcanzar lo que ansiaba como resultado.

Schoenerer no consiguió lo que deseaba, pero aquello que él temía se realizó en forma terrible.

Así ninguno de los dos llegó a coronar su suprema finalidad perseguida. Lueger no pudo salvar la monarquía austríaca, ni Schoenerer librar al germanismo en Austria de la ruina que le esperaba.

Hoy nos es infinitamente instructivo estudiar las causas que determinaron el fracaso de aquellos dos partidos. Esto es esencial ante todo para mis amigos, teniendo en cuenta que las circunstancias actuales se asemejan a las de entonces, para poder evitar el incurrir en errores que ya una vez condujeron, a uno de los movimientos, a la ruina y a la infructuosidad el otro.

La situación de los alemanes en Austria era ya desesperante al iniciarse el movimiento pangermanista. De año en año había ido convirtiéndose el Parlamento en un factor de lenta destrucción del germanismo. Todo intento salvador de última hora y aunque sólo de efecto pasajero, podía vislumbrarse únicamente en la eliminación del Parlamento.

¿Y cómo destruir el parlamento?¿Entrando en él, para “minarlo por dentro”, como corrientemente se decía, o combatirlo por fuera, atacando la institución misma del parlamentarismo?

Para empeñar la lucha desde afuera contra un poder semejante, era preciso revestirse de coraje indomable y hallarse dispuesto a cualquier sacrificio. Para esto, empero, era menester el concurso de los hijos del pueblo.

El movimiento pangermanista carecía precisamente del apoyo de las masas populares y no le quedaba por lo tanto otra solución que la de ir al parlamento mismo. Parecía también más factible dirigir el ataque a la raíz misma del mal, que no arremeter desde fuera. Por otra parte, creíase que la inmunidad parlamentaria reforzaría la seguridad de cada una de las personalidades pangermanistas, acrecentando la eficacia de su acción combativa.

En la realidad los hechos se produjeron de manera muy diferente.

El forum ante el cual hablaban los diputados pangermanistas no había aumentado, por el contrario, más bien había disminuido; pues el que habla lo hace sólo ante un público que quiere comprender al orador, oyéndole directamente o a través de la prensa que refleja lo que él haya expuesto.

El forum más amplio, de auditorio directo, no está en el hemiciclo de un parlamento. Hay que buscarlo en la asamblea pública, porque allí hay miles de gentes que se arremolinan con el exclusivo fin de escuchar lo que el orador ha de decirles, en tanto que en el plenario de una Cámara de diputados se reúnen sólo unos pocos centenares de personas, congregadas allí, en su mayoría, para cobrar dietas y de ningún modo para dejarse iluminar por la sabiduría de uno u otro de los señores “representantes del pueblo”.

Los diputados pangermanistas podían quedarse roncos de tanto hablar; su esfuerzo resultaba siempre estéril. Y en cuanto a la prensa, guardaba un silencio de tumba o mutilaba los discursos hasta el punto de hacerlos incongruentes y llegando incluso a tergiversarlos en su sentido, proporcionando así a la opinión pública una pésima sinopsis de la esencia del nuevo movimiento.

Más grave que todo esto era el hecho de que el movimiento pangermanista había olvidado que para contar con el éxito, debía recapacitar desde el primer momento que en su caso no podía tratarse de un nuevo partido, sino más bien de una nueva concepción ideológica. Únicamente algo análogo habría sido capaz de imprimir la energía interior necesaria para llevar a cabo esa lucha gigantesca. Solamente los más calificados y los de mayor entereza eran los llamados a ser los leaders de esa ideología.

La desfavorable impresión que reflejaba la prensa no era contrarrestada en modo alguno mediante la acción personal de los diputados en mítines y la palabra “pangermanismo” acabó por adquirir pésima reputación ante los oídos del pueblo.

Desde tiempos inmemoriales la fuerza que impulsó las grandes avalanchas históricas de índole política y religiosa, no fue jamás otra que la magia de la palabra hablada.

La gran masa cede ante todo al poder de la oratoria. Todos los grandes movimientos son reacciones populares, son erupciones volcánicas de pasiones humanas y emociones afectivas aleccionadas, ora por la diosa cruel de la miseria, ora por la antorcha de la palabra lanzada en el seno de las masas – pero jamás por el almíbar de literatos estetas y héroes de salón.

Únicamente un huracán de pasiones ardientes puede cambiar el destino de los pueblos; más despertar pasión es sólo atributo de quien en sí mismo siente el fuego pasional.

Que cada escritor quede junto a su tintero ocupado de “teorías” si su saber y su talento le bastan para eso: que para Führer ni nació, ni fue elegido.

La grave controversia que el movimiento pangermanista tuvo que sostener con la iglesia católica, no respondía a otra causa que a falta de comprensión del carácter anímico del pueblo.

El establecimiento de parroquias checas, fue sólo uno de los muchos recursos puestos en práctica hacia el objetivo de la eslavización general de Austria. En distritos netamente alemanes se impusieron curas checos que comenzaron por subordinar los intereses de la iglesia a los de la nacionalidad checa, convirtiéndose así en células generadoras del proceso de la desgermanización austriaca.

Desgraciadamente la reacción de la clerecía alemana ante semejante proceder resultó casi nula, de suerte que el germanismo fue desalojado lenta pero persistentemente gracias al abuso de la influencia religiosa, por una parte, y debido a la insuficiente resistencia, por otra.

La impresión general no podía ser otra que la de tratarse de una brutal violación de los derechos alemanes por parte de la clerecía católica como tal. Parecía, pues, que la Iglesia no solamente era indiferente al sentir de la nacionalidad germana en Austria, sino que, injustamente, llegaba a colocarse al lado de sus adversarios. Como decía Schoenerer, el mal tenía su raíz en el hecho de que la cabeza de la iglesia católica se hallaba fuera de Alemania, lo cual, desde luego, motivaba una marcada hostilidad contra los intereses de la nacionalidad nuestra.

Georg Schoenerer no era hombre que hiciera las cosas a medias. Había asumido la lucha contra la Iglesia con el íntimo convencimiento de que sólo así se podía salvar la suerte del puebo alemán en Austria. El movimiento separatista contra Roma (Los-von-Rom Bewegung) tenía la apariencia de ser el más poderoso, pero a su vez el más difícil procedimiento de ataque destinado a vencer la resistencia del adversario.

Si la campaña resultaba victoriosa, entonces habría tocado también a su fin la infeliz división religiosa existente en Alemania y así habría ganado enormemente en fuerza interior la nacionalidad alemana.

Pero ni la premisa ni la conclusión de esa lucha estaban en lo cierto.

Mientras el sacerdote checo adoptaba una posición subjetiva con respecto a su pueblo y objetiva frente a la Iglesia, el sacerdote alemán se subordinaba subjetivamente a la Iglesia y permanecía objetivo desde el punto de vista de su nacionalidad; un fenómeno que podemos observar por desgracia en miles de otros casos. No se trata aquí de una herencia exclusivamente propia del catolicismo, sino de un mal que entre nosotros es capaz de corroer en poco tiempo casi toda institución estatal o del concepción idealista.

Comparemos, por ejemplo, la conducta observada por nuestros funcionarios del Estado frente al propósito de un resurgimiento nacional, con la actitud que asumirían en un caso semejante iguales elementos de otro país. ¿Y qué norma nos ofrece el criterio que hoy sustentan católicos y protestantes frente al semitismo, criterio que no responde ni a los intereses nacionales ni a las necesidades verdaderas de la religión? No hay pues paralelo posible entre el modo de obrar de un rabino en todos los aspectos que tienen una cierta importancia para el semitismo bajo el aspecto racial y la actitud observada por la mayoría de nuestros religiosos, sea cual fuere su confesión, frente a los intereses de su raza. Este fenómeno se repite siempre que se trate de defender una idea abstracta.

“Autoridad del Estado”, “democracia”, “pacifismo”, “solidaridad internacional”, etc., etc., son todas ideas que entre nosotros se convierten por lo general en conceptos tan netamente doctrinarios y tan inflexibles, que cualquier juicio respecto de las necesidades vitales de la nación resulta subordinado a ellas.

El protestantismo obrará siempre en pro del fomento de los intereses germanos toda vez que se trate de puridad moral o del acrecentamiento del sentir nacional, en defensa del carácter, del idioma y de la independencia alemanes, puesto que todas estas nociones se hallan hondamente arraigadas en el protestantismo mismo; pero al instante reaccionará hostilmente contra toda tentativa que tienda a salvar la nación de las garras de su más mortal enemigo, y esto porque el punto de vista del protestantismo con respecto al semitismo está más o menos dogmáticamente precisado.

Mientras el pueblo contó durante la guerra de 1914 con dirigentes resueltos, cumplió su deber en forma insuperable. El pastor protestante como el sacerdote católico, ambos contribuyeron decididamente a mantener el espíritu de nuestra resistencia no sólo en el frente de batalla, sino ante todo, en los hogares. En aquellos años, especialmente al iniciarse la guerra, no dominaba en efecto, en ambos sectores religiosos otro ideal que el de un único y sagrado imperio alemán, por cuya existencia y porvenir elevaba cada uno sus votos de fervorosa devoción.

El movimiento pangermanista debió haberse planteado en sus comienzos una cuestión previa: ¿Era factible o no conservar el acervo germánico en Austria bajo la égida de la religión católica? Si se contestaba afirmativamente, este partido político jamás debió mezclarse en cuestiones religiosas o hasta de orden confesional, y sí, por el contrario, era negativa la respuesta, entonces debió haber surgido una reforma religiosa, pero nunca un partido político.

Los partidos políticos nada tienen que ver con las cuestiones religiosas mientras éstas no socaven la moral de la raza; del mismo modo, es impropio inmiscuir la religión en manejos de política partidista.

Cuando dignatarios de la Iglesia se sirven de instituciones y doctrinas para dañar los intereses de su propia nacionalidad, jamás debe seguirse el mismo camino ni combatírseles con iguales armas.

Las doctrinas e instituciones religiosas de un pueblo debe respetarlas el Führer político como inviolables; de lo contrario, debe renunciar a ser político y convertirse en reformador, si es que para ello tiene capacidad.

Un modo de pensar diferente, en este orden conduciría a una catástrofe, particularmente en Alemania.

Estudiando el movimiento pangermanista y su lucha contra Roma, llegué en aquellos tiempos, y aún más todavía en el transcurso de años posteriores, a la persuasión de que la poca comprensión revelada por el movimiento para el problema social, le hizo perder el concurso de la masa del pueblo de espíritu verazmente combativo. Ingresar en el parlamento significóle sacrificar su poderoso impulso y gravarlo con todas las taras propias de aquella institución; su acción contra la iglesia católica lo había desacreditado en numerosos sectores de la clase media y también de la clase baja, restándole así infinidad de los mejores elementos de la nación.

Allí donde el movimiento pangermanista cometía errores, la actitud del partido cristiano-social era precisa y sistemática. Este conocía la importancia de las masas y logró asegurarse por lo menos el apoyo de una parte de ellas, subrayando públicamente desde un comienzo el carácter social de su tendencia. Evitaba toda controversia con las instituciones religiosas y así le fue posible asegurarse el apoyo de una organización tan poderosa como la Iglesia. También reconoció la importancia de una propaganda amplia e hízose especialista en el arte de influir en el ánimo de la gran masa de sus adeptos.

El hecho de que a pesar de su fuerza, este partido no fue capaz de alcanzar el anhelado propósito de salvar a Austria, se explica por los errores de método en su acción, y también por la falta de claridad en los fines que perseguía.

El anti-semitismo del partido cristiano-social se fundaba en concepciones religiosas y no en principios racistas. La misma causa determinante de este primer error constituía el origen del segundo. Si el partido cristiano-social quiere salvar a Austria –decían sus fundadores- no puede invocar el principio racista, porque eso significaría provocar en corto tiempo la disolución general del Estado. Según la opinión de los “leaders” del partido, la situación exigía, ante todo en Viena, evitar en lo posible incidencias disociadoras y más bien fomentar todos los motivos que tendían a la unificación.

Ya en aquella época, Viena estaba tan saturada de elementos extranjeros, especialmente de checos, que tratándose de problemas relacionados con la cuestión racial, sólo una marcada tolerancia podía mantenerlos adictos a un partido que no era antigermanista por principio. El propósito de salvar a Austria imponía no renunciar al concurso de esos elementos; así es cómo mediante una lucha de oposición contra el sistema liberalista de Manchester, se intentó ganar ante todo a los pequeños artesanos checos, representados en gran número en Viena; pensábase que de esta manera, por encima de todas las diferencias raciales de la vieja Austria, habríase encontrado un lema para la lucha contra el judaísmo desde el punto de vista religioso.

Es claro que una acción contra los judíos sobre una base semejante podía causarles a éstos sólo una relativa inquietud, pues, en el peor de los casos, un chorro de agua bautismal era siempre capaz de salvar al judío y su comercio.

Abordada la cuestión tan superficialmente, jamás podía llegarse a un serio y científico análisis del problema fundamental y sólo se conseguía apartar a muchos de los que no concebían un antisemitismo de esas características.

Este modo de hacer las cosas a medias anulaba el mérito de la orientación antisemita del partido cristiano-social. Era un pseudo anti-semitismo de efectos más contraproducentes que provechosos; se adormecía despreocupadamente creyendo tener al adversario cogido por las orejas mientras en realidad era éste quien tenía al contrario sujeto por la nariz.

Si el Dr. Carl Lueger hubiese vivido en Alemania, se le habría colocado entre las primeras cabezas de nuestro pueblo, pero el hecho de haber actuado en un Estado imposible como era Austria constituyó la ruina de su obra y la suya propia. Cuando murió, ya empezaron a arreciar llamaradas en los balcanes, de modo que el destino clemente le ahorró ver aquello que él había creído poder evitar.

Empeñado en buscar las causas de la incapacidad de uno de los movimientos y las del fracaso del otro, llegué a la íntima persuasión de que a parte de la imposibilidad de poder aun lograr una consolidación del Estado austríaco, ambos partidos habían incurrido en los siguientes errores:

En principio, el movimiento pangermanista tenía, indudablemente razón en su propósito de regeneración alemana, pero fue infeliz en la elección de sus métidos. Había sido nacionalista, mas, por desgracia, no lo suficientemente social para ganar en su favor el concurso de las masas. Su antisemitismo descansaba sobre una justa apreciación de la trascendencia del problema racista y no sobre concepciones de índole religiosa. En cambio su lucha contra una determinada confesión –contra Roma- era errada en principio y falsa tácticamente.

El movimiento cristiano-social poseía una concepción vaga acerca de la finalidad de un resurgimiento alemán, pero como partido demostró habilidad y tuvo suerte en la selección de sus métodos; conocía la importancia de la cuestión social, pero erró en su lucha contra el judaísmo y no tenía la menor noción del poder que encarnaba la idea nacionalista.

Mi antipatía contra el Estado de los Habsburgo creció cada vez más en aquella época. Estaba convencido de que este Estado tenía que oprimir y poner obstáculo a todo representante verdaderamente eminente del germanismo y sabía también que, inversamente, favorecía toda manifestación anti-alemana.

Repugnante me era el conglomerado de razas reunidas en la capital de la monarquía austríaca; repugnante esa promiscuidad de checos, polacos, húngaros, rutenos, servios, croatas, etc. y, en medio de todos ellos, a manera de eterno bacilo disociador de la humanidad, el judío y siempre el judío.

Todas estas razones provocaron en mí el deseo cada vez más ferviente de llegar finalmente allí, adonde desde mi juventud me atraían anhelos secretos e íntimas afecciones.

Confiaba en hacerme más tarde un nombre como arquitecto y así ofrecerle a la nación leales servicios dentro del marco –pequeño o grande- que el destino me reservase. Finalmente, aspiraba a estar entre aquéllos que tenían la suerte de vivir y actuar allí donde debía cumplirse un día el más fervoroso de los anhelos de mi corazón: la anexión de mi querido terruño a la patria común: el Reich Alemán.

Pero Viena debió ser y quedar para mí simbolizando la escuela más dura y a la vez la más provechosa de mi vida. Había llegado a esta ciudad cuando era todavía adolescente y me marchaba convertido en un hombre taciturno y serio. Allí asimilé, en general, los fundamentos para una concepción ideológica y, en particular, un método de análisis político; posteriormente, jamás me abandonaron esos conocimientos, no haciendo después otra cosa más que completarlos. Por esto me he ocupado aquí más detalladamente de aquella época que me proporcionó el primer material de estudio, precisamente en aquellos problemas que son básicos dentro de nuestro partido, el cual surgiendo de los más modestos principios, tiene ya hoy apenas transcurridos cinco años, las características de un gran movimiento popular. No sé cuál sería ahora mi modo de pensar respecto al judaísmo, la social-democracia –mejor dicho, todo el marxismo- el problema social, etc., si ya en mi juventud, debido a los golpes del destino y gracias a mi propio esfuerzo, no hubiese alcanzado a cimentar una sólida base ideológica personal.

Adolf Hitler, Mein Kampf, 1924.

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