Nacionalismo en Weimar

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Nacionalismo en Weimar.

La población alemana no experimentó la derrota como tal. El ejército aliado no piso terreno alemán tras el día del armisticio, sin embargo, parte del ejército nacional ocupaba territorio francés. Lo cierto es que en la población siempre se tuvo la sensación de que la paz firmada vino como consecuencia de la Revolución de Noviembre, y no por la derrota del ejército alemán en el campo de batalla. La asociación de la revolución con la derrota sería una de las piedras angulares sobre las que se sostendría el nuevo nacionalismo alemán. Gran parte de la opinión pública nacionalista asumió la idea de que el gobierno traído por la revolución fue el que firmo esa paz tan humillante para el estado sin tener en cuenta al ejército. En algunos de los escritos nacionalistas de la época se hace referencia a que durante la firma del tratado de paz en el bosque de Compiégne no había ningún oficial militar presente.

La cúpula de gobierno de Weimar protestó las inaceptables condiciones del tratado de paz elaborado por las potencias vencedoras, sin embargo, algunos de los partidos políticos del reichtag, debido a la presión internacional, se mostraron favorables a la firma. El Partido Socialdemócrata, el Partido de Centro y el Partido Democrático Alemán, entre otros, formarían el bloque parlamentario necesario que aprobaría la firma del tratado el 22 de Junio de 1919 (con 237 votos a favor y 138 en contra).

La interpretada como “guerra defensiva alemana” acabó con la mayor de las humillaciones posibles, el Tratado de Versalles. El artículo 231 relataba de forma muy clara la humillación a la que se había sometido a Alemania:

Los aliados y los gobiernos asociados declaran, y Alemania lo reconoce, que Alemania y sus aliados son responsables, como causantes, de todas las pérdidas y daños que los aliados y los gobiernos asociados y sus ciudadanos han sufrido a consecuencia de la guerra, a las que se vieron obligados por el ataque de Alemania y sus aliados.”

Así pues, una sociedad que desde un inicio entendió la guerra como consecuencia de un ataque de las grandes potencias europeas veía como se le culpabilizaba de la misma. Alemania estaba obligada a pagar una serie de reparaciones de guerra1 a los países aliados que superaba todas las expectativas; por ello, el sentimiento de humillación nacional invadió la sociedad. Aquellos que entendieron que su país era víctima de un ataque ahora veían como además la culpaban del mismo. A esto debemos añadirle el impacto que supuso la imposibilidad de Alemania a ingresar en la Sociedad de Naciones, lo que fue interpretado como una marginación intolerable.

El Tratado de Versalles también tuvo efectos en las fronteras. Alemania fue la gran perjudicada en el ámbito territorial. La ciudad de Danzig fue declarada estado libre; Alsacia y Lorena pasó al control francés y Prusia Oriental quedó separada del resto de Alemania por un corredor que obtuvo Polonia (además Polonia también obtuvo la región de la Alta Silesia). La pérdida de territorios llevó la consiguiente pérdida de algunas regiones importantes, especialmente aquellas que presentaban un alto grado de industrialización, como la región del Sarre.

La ocupación del Ruhr agitó aún más el sentimiento nacionalista. A todos los requisitos intolerables del tratado se le unió la ocupación militar de una región antaño alemana por parte de los franceses y los belgas, que a su vez, por sus aportaciones económicas, se traduciría en duras pérdidas para el estado alemán. Por lo tanto, la sociedad alemana no apoyó las decisiones pactistas tomadas por la cúpula de gobierno. La República de Weimar nunca obtuvo una legitimación social importante, más bien fue tremendamente criticada por un sentimiento de humillación nacional. La pérdida de territorios, las reparaciones de guerra y la humillación que supuso firmar el Tratado de Versalles formarían el eje sobre el que se sostendría el nuevo nacionalismo alemán revanchista.

Es ante esta situación cuando la propaganda nacionalista comenzó a hacer eco de nuevos conceptos e ideas. Especialmente importante fue el término de la “comunidad del pueblo” (Volksgemeinschaft). El concepto orgánico alemán de Herder experimentó una evolución que podría interpretarse casi como “natural”, a la luz de los acontecimientos. El pueblo (Volk), humillado y atacado por naciones extranjeras, debía unirse, dejando atrás las diferencias internas, y luchar para alcanzar los objetivos históricos y naturales de la nación. La idea de “misión histórica” y la de “comunidad orgánica” se fusionaron en un nuevo concepto que invadió la propaganda alemana. La nueva nación alemana luchaba por un fin superior, por la creación de una comunidad pura, unida y fuerte, por lo que suponía el rechazo a la democracia y a la república. Se trataba, pues, de una concepción casi mesiánica y biológica de la nación alemana.

En contraposición a esta concepción de la nación se encontraba el liberalismo y la democracia. Las ideas racionalistas que aportaron pensadores como John Locke (1632-1704), Charles-Louis de Secondat (Barón de Montesquieu) (1689-1755) o Jean-Jacques Rousseau (1712-1778)influyeron en la elaboración de un concepto de nación distinto, gestado durante la Revolución Francesa. Así pues, el estado era entendido como un pacto entre individuos libres que decidían crear una realidad política superior, por lo que la nación sería la consecuencia de una decisión y no algo natural. El parlamento, y por lo tanto, el sistema democrático responden a este principio ideológico que se contrapone a la idea de lavolksgemeinschaft. Los partidos constitucionales alemanes apoyaban la creación de una nación basada en los principios racionalistas ilustrados, es decir, una nación democrática; sin embargo, la concepción orgánica de la nación había calado profundamente en amplios sectores de la sociedad, haciendo perder legitimidad al estado de Weimar. El nacionalismo ilustrado apoyaba la integración de Alemania dentro de la comunidad internacional, y por lo tanto, una política reconciliadora y pactista que llevara al acercamiento entre Alemania y los países vencedores de la guerra.

El nacionalismo orgánico se desvinculaba por completo del régimen republicano, mientras que el nacionalismo ilustrado buscaba la representación de la nación en el parlamento, para así crear un sistema democrático justo y racional. Esta oposición entre los dos conceptos crearía la inestabilidad característica del periodo de la república de Weimar. El nacionalismo ilustrado partía de la premisa de configurar un nuevo estado democrático asumiendo las pérdidas del Tratado de Versalles, algo inasumible por el nacionalismo orgánico alemán.

El Partido Socialdemócrata presentó un nacionalismo diferente, puesto que mostraba cierto patriotismo unido a las premisas demócratas. No obstante, aunque calificó la derrota como una “vergüenza nacional”, se posicionó a favor de firmar el tratado de paz y de la reconciliación con los países aliados. El patriotismo republicano del SPD aceptaba un principio ideológico que lo enfrentaba con la volksgemeinschaft: la lucha de clases. Mientras que el nacionalismo orgánico era interclasista, el SPD respondía a las necesidades políticas de una clase concreta, la de los trabajadores. Por lo tanto, el SPD apoyaba y defendía el estado de Weimar como un estado representativo y democrático; prueba de ello fue la creación en 1924 de laReichsbanner Schwarz-Rot-Gold (Bandera del Imperio Negro-Rojo-Oro), una milicia política destinada a defender la República de Weimar de los ataques monárquicos, comunistas y nacionalistas.

El nacionalismo alemán no estaba esencialmente polarizado; existían diferentes grados de nacionalismo dentro de las diversas ideologías. La derecha conservadora moderada alemana, representada por los monárquicos, terratenientes y viejos burgueses presentaba un nacionalismo clásico, anclado en el II Reich, que añoraba el viejo sistema de privilegios. Estos sectores, representados por partidos como el de centro o el DNVP buscaban volver a un sistema similar al de Bismarck, por lo que repudiaban todo lo que tuviera que ver con la república. A diferencia del nuevo nacionalismo de masas, estos sectores no creyeron en teorías ni conceptos como la volksgemeinschaft, nunca fueron interclasistas, sino más bien elitistas. Sus pretensiones políticas los alejaban tanto del nuevo nacionalismo como a la democracia o al comunismo. Por otro lado, los conservadores clásicos alemanes entendían que la nación debía librarse de todos los componentes extraños, entre los que se encontraban los judíos. A pesar de las diferencias conceptuales con respecto a cómo gestionar el país, el componente racista tuvo mucha influencia en Alemania. La idea de la existencia de una comunidad biológicamente diferente a las demás estuvo durante mucho tiempo asumida por la sociedad.

Como hemos visto, la Gran Guerra estableció las bases de un nuevo nacionalismo. Las palabras del periodista y escritor Franz Schauwecker (1890-1964) reflejan muy bien esta realidad: “tuvimos que perder la guerra para ganar la nación”, afirmaba el escritor entendiendo que la guerra seguía presente en el espíritu nacional. “La guerra es nuestro padre, nos ha engendrado como un hombre nuevo” escribía el novelista Ernst Jünger (1895-1998). Estas dos afirmaciones resumen muy bien la esencia del nuevo nacionalismo. Valores de origen romántico como la heroicidad, las grandes gestas, el honor, la integridad etc comenzaron a verse con mayor frecuencia en las obras literarias nacionalistas. De esta forma comenzaron a elaborar una nueva concepción maniquea de la nación; lo heroico se enfrentaba con los valores comerciales, el honor frente a la ambición, la integridad moral frente al ánimo de lucro, la burguesía inglesa y francesa frente al glorioso soldado alemán. Esta nueva propaganda caló profundamente en la sociedad alemana, es por ello que el militarismo fue un factor tremendamente importante a la hora de intentar comprender el nacionalismo alemán del siglo XX. Los autores que influyeron en mayor medida en la conformación del nacionalismo autoritario estaban completamente imbuidos de un militarismo heredado de la guerra. El antiintelectualismo tan característico del nacional-socialismo nació de afirmaciones que entendían que la vivencia de la guerra formaba una personalidad incorruptible y una camaradería que ha sido ya olvidada por causa del liberalismo.

Otro concepto importante asociado al militarismo es la idea de una “misión nacional”. El soldado alemán no luchaba por orden de una cúpula de gobierno ajena a la realidad social de la guerra, sino que lo hacía por su propia voluntad, por el mero hecho de pertenecer a una comunidad biológica y en acuerdo con la misión histórica de la misma. Este componente mesiánico lo vemos con cierta frecuencia. El nacionalismo alemán no es concebido como un concepto político, ahora era entendido como algo racial y casi divino. La nueva misión era destruir el mundo burgués que había acabado con la esencia de la germanidad e instaurar un nuevo Estado nacional y soberano. Cuando entendemos que se trata de un nacionalismo autoritario lo hacemos porque en el ideario político se produce una transposición del militarismo a la política, es decir, que el sistema político de la nueva nación alemana es una réplica de la jerarquía militar. El sacrificio de unos pocos en favor de muchos, la comunidad antes que el individuo… son conceptos nacidos de la evolución del enfrentamiento entre el concepto racionalista de nación de la Revolución Francesa y el concepto orgánico alemán de Herder. La conflagración de lo individual frente a lo colectivo no es ninguna novedad, simplemente se adaptó al contexto bélico del momento. El victimismo y las guerras diluyeron la individualidad en lo colectivo, por lo que consistió en la masificación de un sentimiento natural consistente en la unión de los individuos frente a las amenazas exteriores.

Cuando Jünger afirma que “la guerra es nuestro padre” resume muy bien las razones por las que el nacionalismo alemán experimentó una evolución muy determinada por las circunstancias contextuales de su historia. La guerra, por lo tanto, integra la nación.

La personificación del “individuo nacional alemán” pretendía alejarse del burgués. La propaganda necesitaba de elementos iconográficos que ilustraran y despertaran esta nueva nacionalidad, por ello se eligió una figura que se contrapusiera al burgués: el obrero. Curiosamente, la propaganda comunista y la nacional-socialista fueron, a pesar de ser opuestas, muy similares. Ambas estaban enfrentadas con la burguesía, por lo que era lo más lógico representar al individuo alemán como el obrero. No obstante, las diferencias fueron considerables. El obrero nacional fue elevado a héroe de guerra. Además, el componente deificador siempre estuvo presente, asociado al obrero nacional, algo de lo que carecía la propaganda comunista. Se trata, pues, del obrero elevado a soldado, que por la experiencia purificadora de la guerra, se impregna de los valores románticos propios de la esencia de su nacionalidad, y lucha por el bienestar de su patria con honor y camaradería.

Este nacionalismo experimentó una variación, cuanto menos, curiosa. El “comunismo nacionalista”, cuyo máximo ideólogo fue el periodista Ernst Niekisch2 (1889-1967), apostaba por la nacionalización de todos los medios de producción burgueses como vía para el éxito de la revolución. Este escritor entendía que Rusia era el sistema del futuro, en contraposición al capitalismo. En cualquier caso, ambos nacionalismos coincidían en el rechazo a la situación en la que quedó Alemania tras el Tratado de Versalles, por lo que, a pesar de las diferencias en su desarrollo, parten del rechazo al mismo contexto.

El nuevo nacionalismo debe ser diferenciado del nacionalismo conservador. Este último pretende la restauración de sistemas políticos anteriores en el tiempo, mientras que el nuevo nacionalismo busca la creación de un nuevo estado ideal. Así pues, la concepción de nación no constaba de una visión unánime, sino que el sentimiento se adecuaba a la ideología política de los grupos sociales. No obstante, la idea racionalista era la menos extendida. Todo lo que tuviera que ver con el liberalismo era rechazado de plano ya que la nacionalidad alemana era entendida como exclusión de los países liberales por excelencia.

Para escritores de importante calado como Arthur Moeller van den Bruck3 (1876-1925) los valores esenciales del ser humano provenían de la nación. Esta concepción ilustra muy bien en qué se transformó lo que en sus orígenes estuvo asociado a una ideología. El nacionalismo se desprendió por completo de toda ideología política, convirtiéndose en la esencia que da sentido al individuo.

La interpretación del pueblo como un organismo vivo y casi divino es constante. Del mismo modo que la lengua da forma a los pensamientos y, por lo tanto, al ser del individuo, la lengua de un pueblo es una manifestación del “alma colectiva”. Esta idea la refleja muy bien el periodista Wilhelm Stapel (1882-1954) cuando afirma que el pueblo es una creación de Dios con alma propia. Cuando el pueblo como tal pierde su significación política y se le otorgan connotaciones biológicas y divinas nacen los términos racistas. Si la nación se basa en la exclusión, y a su vez, en los caracteres biológicos, cada pueblo con una lengua común es una raza diferente a las demás. Las obras racistas experimentaron con el auge del nacionalismo tras la gran guerra un importante desarrollo. El afán nacional por diferenciarse de los demás países fue influido por un cúmulo de teorías racistas elaboradas durante el siglo XIX. Los escritos nacidos del colonialismo, como Essai sur l’inégalité des races humaines (Ensayo sobre la desigualdad de las razas humanas, 1853) de Joseph Arthur de Gobineau (1816-1882), recobraron mayor importancia cuando nuevos escritores alemanes elaboraban sus propias tesis racistas, como las obras de Lagarde, Langbehn o Chamberlain. Así pues, la esencia de la nación, inicialmente en los rasgos culturales, se fue acercando a las tesis racistas. Por otro lado, existieron escritores nacionalistas que se opusieron a la concepción biológica de la nación; Oswald Spengler (1880-1936) defendió que la esencia de la nación no se encontraba en la sangre, sino en la cultura, no obstante, el orgullo nacional que generaba en la población “la raza” tuvo un mayor éxito. Spengler explicaba que los sentimientos racistas, “por muy extendidos que estén […], no son ninguna base para la gran política [...]”.

En los fundamentos del racismo se encuentra el antisemitismo biológico. Cierto es que un concepto no implicaba el otro, es decir, que el ser antisemita no implicaba ser racista (tanto Jünger como Stapel se declararon abiertamente antisemitas pero no se posicionaron a favor de las teorías biológicas de la nación), pero del racismo nació el antisemitismo más exacerbado. El odio al judío no era teóricamente unánime. La transformación del antijudaísmo en antisemitismo no siguió una linea evolutiva única, sino que encontramos tanto antisemitismo económico como antisemitismo racial. El antisemitismo económico critica al judío como “hijo del liberalismo”, como personificación del libre mercado, del burgués; sin embargo, el antisemitismo biológico entiende al judío como “parásito” de la raza germánica, como una de las causas de la “decadencia” de la raza. Esta diferenciación entre el judío y el pueblo alemán también tiene sus raíces en la concepción divina y, por tanto, cristiana, de la nación. La oposición entre el cristianismo y el judaísmo se convertirá en un elemento de influencia en el nacionalismo alemán.

Por lo tanto, el racismo biológico alemán enfocó como “enemigo nacional” al judío, y su influencia en el nacionalismo terminó por enfrentar al alemán, de una raza por esencia heroica, contra el judío, como antítesis del cristiano y personificación del liberalismo.

La etnia, el völkisch será uno de los conceptos más asociados al nacionalismo alemán radical del siglo XX. La germanidad se entendía como uno de los atributos de la sangre, es decir, que era hereditaria. Un individuo era alemán por su sangre y no por su nacimiento en este país. De esta forma, el estado era consecuencia de una comunidad racial preexistente y no de un pacto entre individuos libres e independientes el uno del otro. Los grupos sociales que se autodenominaban como völkisch pretendieron alejarse del término “nacional, ya que la vaguedad del concepto podía llevar a equívocos.”Esta visión del mundo dividía el mismo en realidad “alemana” y “no alemana”. Por lo tanto, si la esencia de la nación se encuentra en la sangre, es indispensable para preservarla que no se “contamine” con elementos extranjeros, y e ahí la causa de la decadencia de Alemania. Ahora bien, la politización del völkisch desembocó en una serie de políticas raciales, autárquicas y pangermanistas muy alejadas del conservadurismo tradicional. Había que eliminar toda influencia extranjera, tanto judía como europea, que contaminara la esencia alemana, por lo que había que eliminar una república cuya política de acercamiento hacia las potencias vencedoras amenazaba la preservación de la germanidad. Incluso la religión debía de ser autóctona, por lo que Dios también debía ser alemán y no universal. Esta sería la manifestación más radical del nacionalismo racial y autoritario, pues como dijimos anteriormente, la expresión de la nacionalidad tuvo diferentes formas. Hitler asumiría todas las connotaciones ideológicas del völkisch adaptándolas a su programa. Así pues, la idea de que la “salvación de la nación” se encontraba en mantener la pureza de la sangre germánica (especialmente frente al judío) se materializó en las políticas nacional-socialistas posteriores a 1933.

1Las reparaciones de guerra no se establecieron, en un principio, a precio concreto, pues una comisión formada por los países aliados debía establecer la cantidad concreta mensual a pagar por Alemania el 1 de Mayo de 1921. En un principio, hasta la toma de una decisión específica, Alemania se vio obligada a pagar 20,000 millones de marcos oro. El debate sobre cuánto debía pagar Alemania fue objeto de duras discusiones. El inglés Lloyd George (1863-1945) apoyó la idea de que las reparaciones no fueran muy cuantiosas pues una Alemania destruida económicamente repercutiría de forma muy negativa en el resto de Europa.

2Fue el editor de revistas como Widerstand, tras marcharse del SPD. Esta revista sería censurada por el gobierno nacional-socialista por ser considerada de corte bolchevique.

3Este escritor influyó de forma considerable en la teoría política del nacional-socialismo con su libro Das Dritte Reich (El tercer imperio).

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