Sobre la expansión otomana en el Mediterráneo (Siglos XIV – XVII)

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                                                                                                                               RESUMEN

Este trabajo analiza la maquinaria militar otomana.Partiendo de una tradición bélica poco ortodoxa, el Imperio Otomano se convirtió en una potencia militar y política durante los siglos XIV y XVII, pasando luego a un lugar secundario. Con todo, conservó un amplio legado, desgraciadamente olvidado por la historiografía. Es por ello que he buscado mostrar en líneas generales el desarrollo tecnológico, administrativo, político y militar, el cual facilitó ventajas al Imperio otomano, así como las causas de su desaparición. Este trabajo se basa en numerosas y variadas fuentes, desde estudios relativos al Imperio otomano hasta sobre entidades ajenas a él pero de mismo periodo. Todo ello en aras de entender desde una perspectiva más global los éxitos y fracasos de este gigante histórico.

Palabras clave: Edad Moderna, Mediterráneo, otomanos, expansión


                                                                                                                             SUMMARY

The aim of this work is to analyzes the military Ottoman machinery. Departing from a warlike slightly orthodox tradition the Otoman Empire turned into a military and political power during the 14th and 17th century. Despite that it became a secondary power, in spite of which a wide legacy preserved, tragically, forgotten partly by historiography. That is the reason I want to show a global idea of the technological, administrative, political and military development, which shows us the advantages of the Ottoman Empire, as well as the future reasons of his disappearance. This work is based on a great variety of sources, from studies relatives to Ottoman Empire to foreign references of the same dates, that give us a general view of the achievements and failures of the Ottoman Empire.

 Key words: Modern Age, Mediterranean Sea, Ottomans, advance


                                                                                                                    INTRODUCCIÓN

El Imperio otomano basó su existencia en la expansión militar continua, la cual, cuando tocó a su fin, comenzó a llevar al Imperio Otomano a su desaparición en un largo proceso en el cual subsistió entre los siglos XIX y XX, gracias más por las injerencias extranjeras y a los conflictos entre estas que por sus capacidades militares o políticas, viéndose abocado a un final trágico, cuyas causas eran mantenidas por la tradicional sociedad dominante turca, que solo buscó culminar con el conservadurismo de la organización social y de la administración con la aparición de los llamados jóvenes turcos, un partido reformista que proclamó la República de Turquía en 1908, acabando con el Imperio Otomano.

No se encuentra menoscabada por ningún estudioso la proyección naval que el Imperio Otomano tenía. En ella sustentaba gran parte de su poderío y supremacía, junto con una artillería envidiada en Europa. Todo ello se encontraba apoyado en un ejército de levas de campesinos (azabs), una caballería de elite (sipashis), guerreros sagrados (ghazis) y de soldados profesionales, los jenízaros, reclutados entre las familias cristianas de los territorios balcánicos principalmente, aunque, sobre todo en la etapa final del imperio, las vías de acceso a este grupo que constituía una élite social aparte fueron haciéndose progresivamente más laxas. La infantería otomana gozo de prestigio durante sus campañas contra el Imperio Bizantino, y el paso de ser considerados un simple pueblo tribal más, venidos desde Asia montados a caballo como los timúridas y los mongoles, a ser una potencia militar, con una tecnología bélica que rivalizaba con la Europea.

                                                                                                           GÉNESIS DEL IMPERIO

Todo ello hizo que, antes de la propia caída de Constantinopla, el Imperio turco, el cual aún no debiera recibir tal apelativo, se imponía como una fuerza temible que iba a acabar con los últimos escollos del otrora imponente Imperio Romano. Efectivamente, en 1453 el sitio de Constantinopla llegaba a su fin bajo el sultanato de Mehmed II el Conquistador (1451 – 1481), el cual logró sobrepasar la inmensa triple muralla de Constantinopla que asombraba al mundo. Así mismo, franqueó la cadena que desde la colonia veneciana del Gálata, en la costa turca del mar de Mármara, atravesaba el Cuerno de Oro hasta la propia ciudad de Constantinopla, siguiendo el ejemplo dado por los venecianos en 1204, cuando asaltaron la ciudad en el desarrollo de la Cuarta Cruzada[1]. Esto completó el territorio base del Imperio Otomano, comprendiendo esta definición Anatolia, Grecia y los Balcanes, donde los otomanos ya se habían adentrado bajo la dirección de Murat I (1359 – 1389), instaurador del Imperio Otomano como tal y siendo el primer sultán, y Beyacit I o Bayaceto I el Rayo (1389 – 1403). Estos dieron el salto, antes de conquistar la capital bizantina, a Grecia y Tracia, haciéndose con importantes territorios y derrotando a ejércitos cristianos venidos principalmente desde Serbia, Bosnia, Hungría, Albania y Venecia, derrotándoles en su territorio como en las batallas de Kosovo (1389), donde Murat I murió, o Nicópolis (1396)[2]. Un avance este solo frenado por la derrota de Beyacit I ante Timur o Tamerlán en 1402 en la batalla de Ankara, en Anatolia. Sin embargo, el asalto de los timúridos no supuso, pese a su impacto inicial, una gran turbación a largo plazo, pues como pueblo turco-mongol, nómada, tribal, sin estructuras estatales, centralizado y unido solo en una campaña bélica bajo el caudillaje de Tamerlán, provocó que a la muerte de este su Imperio desapareciera tan rápido como había emergido desde el Este. De esta forma, en 1421, tras un largo periodo de guerras civiles acaecido a la muerte de Beyacid I entre los diferentes pretendientes al trono, Murat II continuó la expansión, frenada durante 20 años, al iniciar su sultanato, expandiendo las fronteras del Imperio Otomano hasta hacerse con Grecia, Bulgaria y Serbia, y siguió avanzando hasta hacerse con Hungría y llegar a las puertas de Viena en 1529 bajo el sultán más famoso del Imperio, que llevó a este a sus mayores cotas de expansión: Suleimán el Magnífico (1520 – 1566).

Esta imperante y, aparentemente, inexorable sucesión de conquistas, auspiciada por el carácter sagrado de la misma, llevó consigo a la estabilización ya en el Siglo XV del sultanato turco, que a finales del siglo había absorbido a todos los principados otomanos independientes y a los bizantinos. Con esto pudo ampliar sus miras y atender a un horizonte hostil, dominado por los safávidas en el Este y los cristianos en el Oeste, preparados para la creciente amenaza turca, tornada en real en 1453.

Tocaba así a su fin el periodo de conflictos en Oriente, y el campo de batalla se trasladaba primordialmente a Occidente desde mediados del siglo XV y principios del XVI, concretamente, a dos frentes: la zona de Hungría y Viena (Bech en la historiografía otomana)[3], y el Mediterráneo, pues será aquí donde el Imperio Otomano busque medrar, hasta que las propias estructuras del Imperio empiezan a resquebrajarse, debilitadas por la pérdida de autoridad del sultán y la presión creciente de Europa y del Este, provocando su estancamiento. Así mismo, la alianza entre las dos ramas de la Casa Habsburgo, la castellana y la austriaca, favorecerá que ambas naciones mantengan una actitud bélica hacia los otomanos, si bien, al menos hasta mediados del siglo XVII, el principal agresor del Imperio Otomano será la casa de Habsburgo española.

La guerra tomaba pues un nuevo cariz, en el que la ayuda ya conocida de cristianos europeos llegados incluso de la península Ibérica, Francia o Inglaterra a Constantinopla quedaba atrás. Ahora el Imperio Otomano debería enfrentarse con las potencias europeas directamente, las cuales le vieron como un adversario en cuanto sus territorios eran colindantes, terrestre o marítimamente, con los propios, y la guerra santa predicada por las autoridades otomanas para expandirse no garantizaba unas fronteras estables ni pacíficas. La alianza contra el turco y la visión del mismo como un enemigo común se vio en acciones como la Cruzada proclamada en 1366 por el papa Urbano II o en 1421 por Eugenio IV[4] contra el avance turco en los Balcanes o la conocida como Liga Santa, si bien hubo países cristianos con fuertes vínculos con esta nación, como Francia[5].

                                                                LA RENOVACIÓN MILITAR Y El MEDITERRÁNEO

Esta conflictividad, el lento avance hacia el Norte y las amenazas del Mediterráneo llevaron al Imperio Otomano a fortalecer sus flotas, pese a su ya marcado carácter naval. A comienzos del Siglo XV los safávidas se fortalecían en Persia (1499), los mamelucos en Egipto, Hungría permanecía libre y Venecia era una posible injerencia en los planes turcos, junto con los caballeros de la Orden de San Juan, expulsados de Tierra Santa por los soberanos de Egipto en 1291, con la conquista del último bastión cristiano, Acre. Fueron estos primero hacia Chipre (1291), luego Rodas (1310) y Malta por último (1530), perseguidos por los turcos y constituyendo, pese a ello, una constante fuente de problemas para el sultanato. La Orden de San Juan actuaba como un estado corsario, dedicado a la piratería en territorio otomano, en aras de sobrevivir y hacer la guerra santa contra el musulmán. Junto a ellos, Venecia, una potencia eminentemente marítima y comercial, también se enfrentó por territorios como Creta, Dalmacia o las islas del Egeo contra el Imperio. Todo ello le obligó a dotarse de una armada que, si bien ya había comenzado a germinar con la llegada al Mediterráneo de los turcos, estaba floreciendo y algo relegada frente a la arraigada tradición bélica turca, consistente en las maniobras terrestres orquestadas principalmente con caballería, que se apoyaba en una infantería eminentemente ligera.

Pero como ya hemos señalado, el Imperio turco se adaptó bien, al menos estos primeros años de su existencia, a sus necesidades. Así creó una artillería temida por las potencias europeas y una flota que se pudiera enfrentar a las armadas de los reinos de Castilla y Aragón, de la Santa Sede y de la Serenísima República de Venecia, principalmente. Así mismo, las flotas otomanas supusieron un apoyo fundamental en todas las campañas ahí donde los estrategas otomanos vieron el beneficio de su uso, como pudiera ser el sitio de Varna bajo Murat II (1444) o el primer asedio a la isla de Rodas en 1480. Así mismo, en este ambiente tras la conquista de Constantinopla se sucedieron combates entre las armadas veneciana y otomana, la cual logró expandirse por el Egeo. Fruto de todo ello fue el inicio de una tradición naval otomana que llevaba dando tímidos pasos, más por necesidad que por innovación, hacia su existencia, hasta que esta serie de hechos llevaron a la gestación de una flota de guerra altamente eficaz, asentada en los puertos del Levante sirio,  Anatolia y Grecia y basada principalmente en el uso de galeras y galeras ligeras. La primera flota de guerra que se conoce es la formada por Bayazid I (1389 – 1402), si bien su uso se extendió bajo Mehmet II (1451 – 1481)[6], el cual creo una flota poderosa que le permitiera enfrentarse en igualdad de condiciones a las escuadras venecianas, compuestas también por galeras de diversos tamaños, como era común en el Mediterráneo, donde las naves de amplio calado y costados altos, como carracas y galeones, eran poco usuales.

Un ejército el otomano por tanto bien equipado, que mantenía la tradición bélica nómada oriental, primando la caballería ligera y los ataques continuados al enemigo, pero sin problemas en dotarse con nuevas equipaciones que les dieran superioridad frente al enemigo. Un hecho este que llevaría al aumento de las tensiones y del poder otomano, haciendo que sus enemigos se unieran. Esto obligaría a la Sublime Puerta a cuidarse las espaldas, y acabar en 1517 con el dominio mameluco en Egipto y Siria, conquistando ambos para sí bajo el sultanato de Selim I (1465 – 1520), y a enfrentarse a los safávidas en su frontera Este, desde Armenia hasta Persia, una de las causas establecidas como posible fuente de desgaste para el Imperio. Se creaba así un nuevo entorno. El Imperio otomano ocupaba un amplio territorio desde la Europa balcánica hasta Egipto y de Armenia hasta Libia. Se centraban sus esfuerzos en enfrentarse a safávidas y cristianos, con Centroeuropa y el Mediterráneo como escenarios de conflicto para estos últimos, llegando a dividir el mare Nostrum en dos zonas, a saber, el mar controlado y el mar español o Ispanyol Bahriye[7], separados ambos por el estrecho de Mesina y el golfo de Cartago. Una idea que nace ante la hegemonía española en el Mediterráneo Occidental, apenas eclipsada por las actuaciones de escuadras de la Orden de San Juan, francesas o de las ciudades-estado italianas, unas veces aliadas con la Monarquía Hispánica y otras enfrentadas a ella, en asociaciones como la Liga Santa.

Así, como ya hemos señalado y desarrollado en líneas generales en los apartados anteriores, el Imperio Otomano experimentó enormes cambios a raíz, primero, de su llegada a Anatolia y ocupación de territorios bizantinos bajo el fundador de la dinastía, Osmán, y, segundo, tras la abertura del Imperio al mundo Mediterráneo y europeo de forma directa. Esta se produciría tempranamente, hacia 1362, con la ocupación de territorios balcánicos tras las guerras de fe promocionadas por las autoridades otomanas en su expansión por Anatolia, tras cuya ocupación se daría el salto a Europa, dejando la conquista de Constantinopla para tiempos venideros, concretamente, para el año 1453,bajo el sultanato de Mehmed II el Conquistador.

En ese primer periodo se experimenta el paso a la sedentarización y a la creación de un principado por parte de los otomanos, que se enfrentan a enemigos asentados con fuerza, cultural y políticamente, en sus territorios, con una traición organizativa y administrativa casi desconocida para los primeros seguidores de la Casa de Osmán. Estos llevaron paulatinamente a cabo un proceso de sedentarización y establecimiento, que permitiría a estos grupos de turcomanos ocupar cada vez mayores territorios de forma estable y sacar rentabilidad a los mismos, desarrollándose así una administración que, de todos modos, en un primer momento requirió de la participación de los antiguos funcionarios bizantinos, ante el desconocimiento de los nómadas turcos en prácticas organizativas o simplemente su carencia de cultura letrada.

En el segundo periodo, momento de ascenso de la dinastía otomana como señala Miguel de Bunes en El Imperio otomano y la república de Turquía, se sitúa entre 1362 y 1451, y en él queda establecidas las fuerzas del Imperio Otomano. Aun su estabilidad no está asentada ni sus organismos funcionales son los que conoceremos posteriormente, pero el poder de los turcos está asentándose, con Anatolia bajo su poder, los Balcanes ocupados y el Imperio Bizantino sometido, con cada vez más escasas posesiones, relativas a la Grecia meridional y la capital, Constantinopla, casi en exclusividad. Es este periodo cuando, como señalábamos en el primer apartado, se estableció la formación militar básica otomana y sus procesos de formación de ejércitos, estableciéndose como potencia imperial en Europa y Asia durante este periodo, económicamente, militar y demográficamente. Posteriormente el Imperio mantuvo sus mecanismos y funcionamientos y, aunque como ya hemos señalado, los estudios historiográficos al respecto son más bien escasos y por tanto, lo propio sería esperar a tener más conocimientos, podemos aventurar que esta fue una de las causas principales para el advenimiento del fin del Imperio, junto con la pervivencia de una administración decadente y la progresiva pérdida de poder del sultán en favor de sus visires.

Como ya se explicó en el apartado introductorio, los sistemas de formación de tropas para el imperio se basaban principalmente en el reclutamiento de levas dirigidas por soldados selectos o una especia de analogía en el mundo turco para los caballeros feudales europeos, los siphasis, receptores de los territorios conquistados,junto con los ghazis o guerreros sagrados, pero verdaderamente, como señala Colin Imber, <<las vías de establecimiento del poder otomano son meramente especulativas>>[8]. Se supone que el avance de las fuerzas otomanas no solo se limitaba a las auspiciadas por el bey o príncipe del momento desde tiempos de Murat I, sino que sus siervos divididos por estas tierras o marcas también dirigían sus propias campañas de expansión, si bien el carácter hereditario de los feudos europeos no existía en el mundo otomano, pero sí permitía prosperar a dichos señores de la guerra. Un sistema de promoción que afectaba a todos los habitantes del Imperio y el cual ocasionaba fuertes vínculos de fidelidad hacia el sultán y las estructuras centrales de gobierno. Así mismo, se permitió la pervivencia de las estructuras políticas preexistentes, afín de facilitar la administración de un territorio fuertemente civilizado bajo el poder de un pueblo eminentemente nómada, hasta que el turco pudo convertirse en la lengua franca del Imperio en todos los niveles, sustituyendo al griego.

Sería Murat I (1359 – 1389), creador del sultanato y del Imperio otomano, quien formara estructuras más estables para la gobernación, junto con la tradición de ajusticiar a los hermanos del sultán para evitar divisiones internas y conflictos por el trono[9], además de la estructura militar otomana más conocida, ya de época Alto Medieval. Constituía esta la caballería de élite y aristocrática de los siphasis de la cual ya hemos hablado arriba, que, junto con los jenízaros, de orígenes cristianos y reclutados por esclavización o por el cobro del <<impuesto de sangre>> o devsirme a las familias cristianas – aunque también, minoritariamente, musulmanas, pues si bien estaba prohibida el acceso de este colectivo al cuerpo de jenízaros por lo estipulado en el libro del siglo XVII Las leyes de los jenízaros, si se reclutaban entre los musulmanes Bosnios – en territorio otomano, encargados de proteger al sultán y a su familia, constituían la élite armada. Un reflejo este, por el caso jenízaro, de las oportunidades de ascenso social que, pese a ser esclavo y seguir un credo distinto, siempre que este fuera una de las otras dos restantes religiones del libro, existía la posibilidad de promocionar y ocupar altos cargos en la administración imperial, como soldado, esclavo palacial o incluso gobernador, si bien es cierto que el conocido como devsrime, traducido a veces por <<leva>>, era visto como un secuestro de niños entre los 10 y 20 años[10], y una mala praxis respecto a la ley islámica, que protegía a los seguidores del Libro.  Junto a ellos, combatían las levas de las provincias o azabs, dirigidas por los siphasis, y mercenarios, los cuales se integraban en el ejército otomano pero mantenían sus armas y ropas propias, combatiendo por un timar o pago en tierras que el sultán le ofrecía, otra causa que ayuda a entender la pérdida de poder del Imperio otomano cuando las conquistas cesaron. Todos ellos se apoyaban en una caballería ligera o akinjis, provenientes de Rumelia.

Así mismo, los jenízaros se adiestraron en técnicas de carpintería, herrería y albañilería, lo cual los convertía en una fuerza no solo mortal, sino muy versátil, que participó activamente en las campañas militares del Imperio, como soldados en el centro de la batalla y como comandantes, y compartían funciones durante los asedios con los artilleros especializados. Con el paso del tiempo, y, sobre todo, desde finales del siglo XVI y principios del XVII, la guerra se convirtió en eminentemente terrestre tanto por el avance turco por Hungría y Austria como por la relativa calma que imperó en el marco bélico del Mediterráneo tras la batalla de Lepanto, lo cual, unido con el descenso del reclutamiento de jenízaros en el siglo XV por un aumento de la desconfianza hacia ellos, provocó que el acceso al cuerpo se hiciera más laxo – las crónicas hablan de 12.000 principiantes para jenízaros y 12 barcos en el siglo XVII frente a 4.000 novatos y 72 buques de guerra en el siglo XVI, lo cual refleja el descenso del protagonismo del combate naval -, aumentándose así las tropas pero perdiendo estas su calidad, otra causa de la pérdida de capacidad militar del Imperio, que se vería expulsado de Austria antes del Siglo XVIII, y rompiendo con la premisa del gran Visir Lufti Bajá (1539 – 1541) sobre los soldados, los cuales <<han de ser pocos, pero excelentes>>.[11] Esto además de una pérdida de calidad provocó una sobredimensión de las fuerzas, lo cual llevó a una disminución de la eficacia militar de las tropas otomanas.

En cuanto a las armas, la tipología era variada, aun que comprendía principalmente arcos compuestos y flechas, espadas curvas (kilij) en su mayoría, escudos redondos, hachas pequeñas y mazas de hierro o gurz, además de portar armaduras, proveídas unas veces por el estado, para las tropas de élite y, otras, compradas por los propios usuarios, lo cual explica la amplia tipología, ante la igualmente amplia variedad de etnias y regiones que formaban el ejército otomano, que se encontraban en los tipos de armas otomanas. Las tropas de élite contaban con un equipo similar al usado en otro ambientes islámicos, como la Persia Safávida o la India mongola[12]. Este consistía en el sable curvo o kilij, cuya aparición se achaca a los otomanos, un pequeño escudo circular o kalkan, cascos hechos de placas metálicas, conocidos como chichak, botas pesadas y una cota de malla y placas, conocida como zirh gomlek. Junto a este equipo, que podríamos denominar <<tradicional>>, se usó ampliamente armas más modernas, como cañones, arcabuces y pistolas de chispas, estas especialmente populares entre los shipasis, que fueron perdiendo la capacidad para disparar con el arco mientras cabalgaban. Los cañones, un apartado donde los otomanos destacaron, tanto por la eficacia como por la precisión y tamaño de sus piezas de artillería, primero de hierro y luego de bronce, las cuales se mostraron como una adaptación fundamental, ante la intensa actividad sitiadora que se producía en los enfrentamientos bélicos de la época, y que ayudaría a la conquista de enclaves como Constantinopla, Varna, Rodas o Hexamilion, cuyas murallas fueron derribadas por el fuego de la artillería[13]. Todo ello, armas y armaduras, usualmente se encontraba plagado de motivos islámicos y pasajes del Corán.

Por último, hay que destacar el alto grado de marcialidad, organización y adiestramiento del cual gozaban las tropas otomanas, formando unos ejércitos altamente cualificados. Sus bandas musicales, consistentes en grupos de tamborileros instalados sobre dromedarios, lograban hacerse oír en todo el campo de batalla, imponiendo respeto a las tropas del enemigo y transmitiendo instrucciones a las propias. Así mismo, la adaptación de armas de nuevo cuño, como arcabuces o cañones, fue en un primer momento realizada de forma asombrosa, no solo por la calidad de las armas sino por las aptitudes en el manejo de las mismas por las tropas otomanas. Estas, combinadas con el excelente manejo de las armas de filo, fueron, en palabras de G. R. Grant, <<lo que ayudó a hacer de los otomanos un ejército formidable>>[14]. Sin embargo, hacia el siglo XVIII, el elevado número de tropas y el déficit en su instrucción, unido a una pérdida de competitividad tecnológica respecto a los países europeos, como la pervivencia de las armas de mecha o de rueda cuando en Europa estaban imponiéndose las armas de chispa, más efectivas, precisas y potentes, o el mantenimiento de arcabuces frente a los mosquetes de su principal rival ya en el siglo XVII, el Imperio Austriaco[15]. Se provocó así el debilitamiento de las fuerzas otomanas respecto a las de sus rivales, y, aunque estas intentaron mejorar sus tácticas y aumentar el número de infantería frente al de caballería, como hacían sus rivales europeos, iba con retraso, y esto provocó sus derrotas en el plano militar, como ya recogen testimonios de la época, como los de Bizari o Hasan al-Kafi, aunque bien es cierto que la situación en el Este era más favorable a las armas de la Sublime Puerta, sin olvidar que este retrasó se achaca en cierto grado al rechazo de algunos de los sectores más conservadores del mundo otomano[16].

Sin embargo, el Imperio Otomano donde demostró mayores capacidades de adaptación fue en la creación de una armada eficaz, temida en el Mediterráneo y más allá, gracias a la actividad de los corsarios berberiscos. Esta adaptación, como hicieran las tropas de tierra, es un reflejo más del dinamismo del cual gozó el Imperio, su capacidad adaptativa y su búsqueda expansiva. Es por ello que construyó también una poderosa flota, pues el carácter y las características geográficas del imperio Otomano le obligaban a dotarse de una armada la cual protegiera sus vías de comunicación y vertebraran el Imperio. Esta armada logró mantener a las potencias cristianas mediterráneas hasta que, en 1571, la batalla de Lepanto demostró la superioridad de la armada cristiana unida en la Liga Santa, por su superioridad de fuego, motivo por el cual también se empezó un proceso de modernización de este cuerpo del ejército otomano, si bien no sería tan notable como en las fuerzas terrestres, y llevaría al Imperio a perder hegemonía naval y, con ello, a la pérdida de su capacidad interventora en Europa, una de sus principales vías para negociar y poder tratar de igual a igual a otras potencias europeas en el complejo cuadro de intereses que constituido siempre el Mediterráneo.

                                                                                                       CAMPAÑAS FUNDAMENTALES

Como ya hemos señalado, el principado turco establecido por Osmán se centraba en las campañas protagonizadas por la élite aristocrática y guerrera montada, con capacidad para bajar de sus caballos y combatir a pie, si bien la táctica favorita consistía en el hostigamiento con arcos y flechas y las continuas cargas y retiradas, las cuales mermaban las líneas enemigas y suponían un hostigamiento a su moral y a sus líneas, con escasas bajas por el bando propio en compensación, además de recurrir a las emboscadas. Se apoyaban así mismo en unidades de infantería, aun que esta era más bien exigua, hasta que las necesidades de conquistar el territorio bizantino obligaron a Orján, sucesor de Osmán, y Murat I, instaurador del sultanato con el beneplácito del califa de Egipto, a adaptarse a los largos asedios, atrayendo a ingenieros y armeros para construir máquinas de asedio, minas y artillería – la cual acabó siendo una de las más prestigiosas de Europa entre los siglos XV y XVI -, como refleja el primer sitio de Constantinopla otomano, con Beyacid I en 1394. Así, el ejército de jinetes huidizos que asaltaba territorios enemigos se convirtió en un ejército disciplinado y con diferentes ramas, entre ellas, la armada, la artillería, el cuerpo de ingenieros y el de jenízaros, elementos fundamentales en el avance otomano a partir de su instauración como sultanato en el siglo XIV, y en adelante.

Reflejo de todo ello será el sitio y conquista de Constantinopla en 1453, momento señalado por numerosos historiadores como hito trascendental que podría separar la Edad Media de la Edad Moderna. A partir de esta, y como señalan diversos autores, el Imperio Otomano empezó a tomar consciencia de sus nuevas dimensiones y deberes, pues ya no solo poseía territorios con unas extensas líneas costeras, sino que estos se veían amenazados más allá del mar por sus enemigos. A raíz de este hecho, Estambul, nuevo nombre dado a la ciudad de Constantinopla, ahora capital de los turcos, empezó a gestar la idea de crear una flota, tomando, nuevamente, referencias de los bizantinos que les precedieron. Así se empezaron a botar galeras de los astilleros otomanos, las cuales buscaban enfrentarse a la actividad corsaria de los Caballeros de San Juan, afincados primero en Chipre y luego en Rodas, y proteger las rutas comerciales y los puertos propios[17]. Con posterioridad serán vistas las oportunidad que estas armas ofrecían, y se pasó de la actividad defensiva a la ofensiva, en grandes campañas anfibias destinadas a dominar las rutas comerciales del mar Mediterráneo oriental con la ocupación de las principales islas, que a la sazón se encontraban en manos enemigas de la Sublime Puerta.

Es así como, aun con el precedente del asalto anfibio a Varna en 1444, se empezó una campaña expansiva marítima muy fuerte, además de las ya nombradas campañas dirigidas a expandirse por el Sureste europeo. Esta tuvo como principales objetivos las colonias formadas por Venecia en su época de esplendor, durante la Alta Edad Media. Se desarrollaron una serie de conflictos entre la Serenísima y Estambul entre los años 1463 – 1479 y 1499 – 1503, tiempo en el cual Venecia hubo de ceder sus territorios en los mares Egeo, Jónico y Adriático, manteniendo algunos territorios de la costa Dálmata y Chipre. Así mismo, se produjo bajo Selim I la conquista, en 1517, de Egipto, el cual se convirtió en granero del Imperio, y obligó a asegurar esta nueva ruta comercial, muy accesible para los corsarios cristianos[18].

Junto a ello, se vio la necesidad de reforzar la seguridad en la zona nuclear del Imperio, y Rodas, ocupada por los últimos cruzados de Tierra Santa huidos desde Acre, suponía una espina en el corazón del Imperio, capaz de afectar a todas las comunicaciones del mismo y a sus principales ciudades, tanto de las costa griega y anatolia como de la egipcia. Así, bajo Suleimán el Magnífico se trazó un plan para asaltar y conquistar la isla de Rodas en 1522. Este incluía un cerco marítimo y un asalto anfibio, apoyado por el fuego de artillería. Sin embargo, las naves otomanas no contaban con grandes puentes de mando donde situar la artillería, y este trabajo quedó destinado a las cerca de 100 piezas de artillería que Suleimán llevó con él[19]. Así mismo, se desarrolló una intensa actividad minera, obra de los ingenieros de ambos bandos, que acabaron socavando los muros. Pese a ello, y aun con la disparidad de fuerzas imperantes – según las crónicas, menos de 100.000 turcos contra 7.000 caballeros de la Orden y otros aliados -, la defensa dirigida por Villiers de I´Isle Adam provocó numerosas bajas en el bando otomano, y Suleimán permitió la marcha de los caballeros bajo salvoconducto a cambio de que entregaran la isla[20]. Así lo hicieron, y estos, favorecidos por el emperador Carlos V, que les entregó los feudos de Malta, Gozzo y Trípoli, aunque este último se limitaba a la propia ciudad, ocuparon sus nuevos territorios, dispuestos a seguir combatiendo el poder otomano y, pese a su fidelidad al Papa, a apoyar al emperador Carlos V siempre que este no atentara contra el primero.

Junto a estas conquistas, igualmente, y aunque relegado en este trabajo, el imperio Otomano hubo de proteger, ante su expansión por Arabia y África, concretamente por Abisinia, las rutas comerciales con el Océano Índico y el Mar Rojo, amenazadas por los Portugueses, los cuales derrotaron a las débiles barcazas otomanas del Índico, acabando con el monopolio comercial hacia las Indias del cual gozaban.

Así mismo, y como más adelante nos referiremos, el Norte de África también sufrió la injerencia otomana, siendo conquistadas zonas del actual Magreb por el sultán y, otras, bajo la dirección de piratas como Hayreddin Barbarroja, puestas en estado de vasallaje hacia el mismo[21], intentando dar una vuelta de tuerca e introducir bases aliadas en territorio enemigo, en el Ispanyol Bahriye. Así, se conquistan puntos como Argel en 1517, Trípoli en 1551 o Túnez en 1574[22], bases para los ataques corsarios las cuales, pese a los intentos de conquista del Emperador, se mantendrán en posesión berberisca hasta la conquista francesa de Argelia, además de ataques organizados contra las islas Baleares y las ciudades y puertos de la costa española.

Malta supuso por tanto el siguiente punto de expansión para Suleimán, que seguía viendo amenazadas sus fronteras marítimas por las fuerzas de la Orden, mientras que los castellanos estaban ocupados en las campañas italianas y contra los piratas berberiscos, y Venecia se encontraba en paz con el Imperio. Así, en mayo de 1565, unos 15.000 combatientes de la Orden de San Juan tuvieron que batirse contra 50.000 otomanos dirigidos por el general Mustafá Pasha. El combate fue muy cruento, desarrollándose entre el 18 de mayo y el 7 de septiembre, teniendo los otomanos que liberar bastión a bastión de la isla, como los fuertes de San Telmo o de San Angelo, para intentar alzarse con la victoria. Pese a las brechas abiertas y a las numerosas bajas causadas en el bando cristiano, la conquista de la isla se tornó imposible, y la llegada lo que llevó a la armada otomana, ante la llegada de refuerzos cristianos, a retirarse.

Los problemas de la diplomacia mediterránea están tratados en varios artículos de Miguel Ángel de Bunes, en los cuales este remarca las dificultosas negociaciones que entre los pobladores del mismo se debían de llevar a cabo, siempre en situaciones de igualdad tendientes al cambio y a la inestabilidad, debido a la multitud de intereses enfrentados. Así, si bien por un lado las entidades estatales cristianas italianas e ibéricas no contemplaban con buenos ojos cualquier avance otomano en el Mediterráneo, pero como ya hemos visto con los relatos de la embajada de Diego Hurtado de Mendoza a Venecia, estaban dispuestos a hacer concesiones por la supervivencia y el mantenimiento del status quo. Así, la Serenísima, con la certeza de poder perder todos sus territorios ajenos a la propia ciudad de Venecia, decidió llegar repetidas veces a acuerdos de paz con el turco. Así mismo, el Papado, interesado en frenar la amenaza turca, tampoco veía con buenos ojos los avances de castellanos y franceses en territorios italianos, donde este quería ostentar la supremacía, y así se elaboró un denso bosque de tejemanejes que equilibraran las fuerzas entre las potencias, lo cual, sim embargo, produjo un debilitamiento de los cristianos frente a enemigos externos.

La conquista de las islas del Egeo, del Adriático y del Tirreno, de Rodas, y los avances en territorio Norafricano, además de la falta de capacidad de acción que provocó sobre la Orden el sitio de Malta, llevó a, en el Mediterráneo, la focalización de los objetivos del sultanato. Por un lado, terminar de dominar este territorio, conquistando los restantes territorios cristianos dentro del mismo. Por otro, terminar por imponerse marítimamente a su enemigo, pese a que el interés de todos estaba más en el territorio terrestre.

Así se produjo la campaña de Chipre bajo Selim II (1566 – 1574), en el transcurso de la cual los otomanos asediaron la isla, en posesión veneciana desde 1489, y la conquistaron tras un año de sitio, pese a numerosas bajas, bajo la dirección de los visires Piyale y Lala Mustafá. Con la caída de Nicosia y Famagusa la isla quedaba bajo posesión otomana, si bien esto provocó la formación de la Liga Santa, integrada por Venecia, España, los Caballeros de la Orden de San Juan y los Estados Pontificios, si bien fue España la que más armas aportó a la empresa. Esta empresa buscaba aunar el poder de los enemigos de los otomanos – Génova, también un fuerte rival del Imperio, no se unió a la empresa, si bien si aportó capital humano a las fuerzas españolas – y acabar con la hegemonía que estos estaban adquiriendo, pues solo se podían situar en igualdad de condiciones España y, en menor medida, Venecia, pues su desarrollada tecnología naval estaba limitada por la escasez de recursos. Además, España se encontraba en claro retroceso frente al poder marítimo otomano, y esta se convirtió en una oportunidad para igualar las tornas. Así, en octubre de 1571, se produce el combate en Lepanto, en la costa occidental griega. Un combate muy igualado en teoría, pero a la vista quedó que no. La teórica igualdad de fuerzas (88.000 otomanos, 16.000 de ellos soldados, contra 84.000 cristianos, con 20.000 soldados) quedó vapuleada ante las diferencias tecnológicas y organizativas. El atraso táctico del Imperio empezaba a ser más que palpable, y la potencia artillera en las galeras cristianas, que acababan de incorporar los primeros “barcos de línea” o galeras mercantes, más parecidas a los grandes galeones que recorrían el Atlántico que a las galeras de guerra mediterráneas, con numerosísimas piezas de artillería en sus costados principalmente, que las convertía en auténticas fortalezas flotantes con una inmensa capacidad de fuego, lo que dificultaba así mismo el acercamiento, principal táctica usada para el combate naval por las galeras turcas. Así mismo, las armas individuales cristianas, con muchas armas de fuego y armaduras, se impusieron a los arcos y espadas de los otomanos. Aunque al año siguiente ya habían recuperado su flota, el poder naval otomano quedo en entredicho, y no se volvió a recuperar.

Se produjo entonces un periodo de estancamiento, en el cual el Imperio otomano avanzó en el Sureste europeo, pero se vio debilitado por la conflictividad interna y la pérdida de efectividad bélica. Solo se volvió a lanzar grandes campañas marítimas, además de algunos combates con cosacos en territorios del vasallo Kanato de Crimea y de la desembocadura del Don[23], con la conquista de Creta, producida entre 1645 y 1670, bajo Murat IV y su hermano, Ibrahim, los cuales, aprovechando los ataques de la Orden de Malta a barcos con funcionarios imperiales, declararon la guerra a Venecia nuevamente y se lanzaron a por la conquista de la isla. Una campaña esta que sería cara para el Imperio, pues la esperada rápida victoria se tornó en un lento asedio de Heraklion y otros puntos importantes de la isla[24], dando la oportunidad a los venecianos de enviar a su flota, capaz de doblegar a la otomana.

Sin embargo, este esfuerzo puntual no exime al Imperio otomano de su falta de combatividad tras la derrota de Lepanto y pese a su rápida – y teórica – recuperación, no se vio capaz de coger la delantera tecnológica a las potencias europeas, limitándose a imitar sus avances navales y armamentísticos, estos últimos en ocasiones enfrentados a rechazos internos por parte de los sectores más conservadores. Así mismo, la tecnología naval, que había buscado mantenerse a tino con la europea, copiando las naves de sus adversarios, pudiendo adoptar naves como las galeazas o coccas, naves de remos con uno o dos mástiles y capacidad para disparar por sus costados, aunque no los galeones, más poderosos y de bordas más altas que las galeazas, dejo al Imperio Otomano en un papel poco preponderante en lo marítimo. Esto pueda ser esta una muestra de la pérdida de vitalidad, y el comienzo de un periodo de letargo que, en contraposición con los anteriores periodos del Imperio, supuso la pérdida de hegemonía y capacidad bélica y organizativa, y con ella, puede enunciarse, el inicio del fin del Imperio, más aún ya en el siglo XVII, cuando los galeones y carracas europeos atacaban – y destrozaban – las galeras otomanas, incapaces de batirse con la artillería que protegía a estas gigantescas naves. La adaptación del galeón por parte de los otomanos, ya a finales del XVII no hace sino denotar este paulatino pero cada vez mayor desfase tecnológico respecto a sus competidores, que no haría sino mermar las capacidades de respuesta del Imperio.

A causa de esto la debilidad del Imperio se acrecentó. Paralelamente al mal devenir de la guerra de Creta, los asuntos internos estaban en una situación insólita en la historia otomana hasta finales del primer cuarto del siglo XVII, y es que, ante el creciente aumento de la influencia de los visires, estos, en busca de agasajar al rey, cumpliendo con sus deseos sin restricciones, aumentaban los impuestos. Además, los jenízaros protagonizaron algunos levantamientos contra el sultán, como en 1622, frustrada, o en 1626, cuando los jenízaros lograron hacer huir a Hafiz Amet. Se sucedió así un periodo de sultanes poco competentes y regencias o valimientos de primeros ministros, los grandes visires, por hacer una analogía con nuestro organigrama político de Época Moderna, unos más capaces que otros, pero que, sin embargo, debilitaron más aun al Imperio. Así, pese al buen hacer de algunos de estos visires, como Köprülü Mehmet y su hijo Fazil Ahmet, los cuales lograron llevar a buen puerto la campaña de Creta después de grandes sacrificios en 1669[25], aunque fracasaron en el sitio de Viena de 1683, momento que marcaría no el colapso pero sí del fin de las aspiraciones de dominación por parte del Imperio.

                                                             LOS VASALLOS DEL IMPERIO EN EL MEDITERRÁNEO

Pero el Imperio Otomano no estuvo solo en el Mediterráneo. Contó con el apoyo no solo de estados como Francia, como ya hemos señalado, o de Venecia, dispuestos  a obviar las diferencias religiosas y la tradición medievalista de las cruzadas, materializaciones de un proceso de unidad religiosa y apoyo mutuo contra un enemigo externo, apartando aunque fuera temporalmente sus diferencias y prevaleciendo la idea de defensa de la cristiandad, como señala Miguel Ángel de Bunes Ibarra[26]. Así, los intereses materiales se perpetuaron sobre los religiosos, y monarquías católicas como la francesa o incluso la hispana cuando el conflicto en el mediterráneo estaba en un momento de estancamiento tras la derrota otomana en el Mediterráneo, llegaron a acuerdos con la Sublime Puerta, si bien la misión hispana no obtuvo grandes resultados pues siempre fue la más reticente a cambiar su prestigio por paz[27]. Es por ello que España se presentó como el enemigo inalterable del Imperio Otomano, mientras que venecianos, movidos por intereses económicos, y franceses, por otros de índole geoestratégica, se aliaban entre ellos o con el turco para mitigar el poder español en Europa, más aun durante los reinados de Carlos V y Felipe II[28], o como hicieran más adelante, durante la guerra de los Treinta Años.

Pero esto, si bien supuso durante los siglos XV y XVI problemas para la dinastía Habsburgo, que veía como Francia se aliaba con cualquier enemigo de estos para perjudicarles y medrar sus posiciones en Italia y Centroeuropa, se fue mitigando ya a finales del siglo XVI y comienzos del XVII, tras la derrota otomana en Lepanto (1571) y el traslado de principal frente de operaciones e intereses para Madrid a Flandes y Holanda, no así la actividad del otro gran adversario en el Mediterráneo, no solo para España, sino también para el resto de monarquías Mediterráneas e incluso externas, como Inglaterra u Holanda[29]. Hablamos de los llamados Estados de Berbería, confederaciones de ciudades piratas establecidas en el Norte de África que, nominalmente, rendían pleitesía al sultán Otomano, pero en la práctica operaban libremente, rompiendo a su antojo, como señala Martínez Torres[30], los pactos de su valedor. Así supusieron una fuente constante de desgaste para los estados cristianos y el relevo al Imperio Otomano en el Mediterráneo, mientras este, como hicieran las potencias europeas, centraba sus esfuerzos en Centroeuropa. Como señala de Bunes en La defensa de la cristiandad; las armadas en el Mediterráneo en la Edad Moderna, para la monarquía católica de mediados del siglo XVI <<el peligro turco no estaba representado por el lejano sultán de Estambul […] sino por los cercanos corsarios instalados en Argel y Túnez>> (2006: 84).

Como decíamos, ninguna nación cristiana se encontró a salvo del ataque de los piratas de Berbería, en constante movimiento dentro y más allá del Mediterráneo. Estos supusieron así mismo una forma de expansión para el Imperio Otomano, así como una ayuda de gran calibre para atacar y debilitar a los enemigos del sultán. Vemos campañas como las de Hayreddin y Aluj Barbarroja, hermanos que, como corsarios al servicio de Suleimán el Magnífico, atacaron a las fuerzas cristianas en el Mediterráneo. Sus principales objetivos fueron los territorios del Norte de África y el saqueo de territorios costeros hispanos, franceses e italianos, llegando a erigir auténticas estructuras organizadas en el Norte de África, en estado de vasallaje respecto al Imperio Otomano, allí donde este terminaba. Además, sirvieron para apoyar la expansión otomana en los mares Egeo y Jónico, en el Norte de África como ya hemos referido en apartados anteriores, y para la conquista de Rodas (1522), llegando Hayreddin (1475 – 1546) a convertirse en almirante otomano de gran peso, pues logró derrotar repetidamente a armadas cristianas, como en la batalla de Préveza (1538) hecho el cual “convirtió al Imperio Otomano en el dueño del Mediterráneo”[31]. Es por ello que debíamos dedicar un apartado a tan eminente almirante y potenciador de la expansión otomana, el cual azotó las costas de los adversarios del sultán siempre que pudo, haciendo numerosas incursiones por las costas cristianas. Como refleja Diego Hurtado de Mendoza, embajador del emperador Carlos V en Venecia entre 1539 y 1545, la amenaza Otomana crecía con la ayuda de Francia y de los berberiscos, y esto hacía que Venecia, cuyos intereses eran más comerciales que territoriales y por ende defendía la paz sobre la guerra, se distanciara de la alianza con España, la cual se veía cada vez menos provechosa. Las misiones de Hayreddin, auspiciadas desde la Sublime Puerta y, también, como señala M. A. de Bunes, con el apoyo de Francia, llevaron a la anexión de las Islas jónicas, adriáticas y aquellas del Egeo que permanecían sin conquistar, además de otros puntos clave los cuales llevaron a la Serenísima a aceptar la paz[32]. Una paz descrita por Hurtado de Mendoza como desfavorable, por el alto coste que Venecia ha de asumir, pagando 300.000 ducados por la guerra pasada, además de un tributo anual por mantener las islas de Zante y Chipre, y la entrega de las islas jónicas y del Egeo en posesión veneciana.[33]

Un ejemplo por tanto el de Hayreddin que muestra la relevancia de los berberiscos como baluartes de la expansión otomana, pues lograron completar antes de llegar a fin el siglo XV la conquista de los territorios cristianos más cercanos al núcleo del Imperio, Estambul y el mar Egeo, a excepción de Creta, además de acabar con la amenaza veneciana hasta 1570, cuando se formaría la Liga Santa donde la Serenísima, tras múltiples debates en su seno, tomaría parte, pero perdería sus últimos baluartes en el Mediterráneo como Chipre, vestigio de su gloria pasada como potencia comercial en la Alta Edad Media. Posteriormente, fueron la continuación del hostigamiento a los estados cristianos del mediterráneo, causando grandes trabas a la monarquía hispánica y a las repúblicas italianas, aunque su época de expansión territorial también tocó a fin con la derrota de Lepanto, no la de su apogeo, que se vería revitalizado en el siglo XVII a raíz de la pérdida de protagonismo de Estambul en el Mediterráneo, y cuyo fin no llegaría hasta la caída del Imperio Otomano, a causa de los ataques de las potencias occidentales a esta especie de gran confederación tribal que constituían los Estados de Berbería, si podemos denominarlos así, por su escasa cohesión interna.

                                                                                                   ESTADO DE LA CUESTIÓN

Como señala Miguel Ángel de Bunes en El Imperio Otomano y la república de Turquía; Dos historias para una nación (2002) en la actualidad, abordar el tema de la expansión del Imperio Otomano desde un punto reivindicativo o, cuanto menos, carente de hostilidad hacia el mismo, parece ser visto con cierto menoscabo por los historiadores actuales. Por la parte que toca a los nacionales turcos, el sultanato constituye un pasado ya abandonado de sometimiento de un pueblo a una dinastía, bajo los preceptos del islam y de la obediencia, que acabaron por llevar al Imperio a su destrucción. Por otro lado, la historiografía elaborada en aquellos países que se vieron sometidos al imperialismo otomano tienen una visión de este como un opresos el cual injirió de forma contundente en un marco geográfico ajeno al mismo, frenando el desarrollo de las historias nacionales de diferentes estados. Es así como se produce una historiografía otomana, pese a los extensos archivos funcionariales de la época, escasa y en su mayoría extranjera, europea y americana por excelencia. Por añadidura, los trabajos de análisis del Imperio Otomano suelen enfocarse en la segunda parte del mismo, entre 1700 y su desaparición, sobre todo en el periodo del Tanzimât (1839 – 1878)[34], periodo de modernización del Imperio, a la par que se encuentra en clara decadencia y no puede hacer más sino ajustarse a la realidad imperante y quedar relegado ante las potencias europeas.

Así, con una óptica anacrónica, se entiende que el expansionismo otomano sirvió a la lógica expansiva del resto de potencias europeas y, sobre todo con el auge de los nacionalismos en el siglo XIX, para someter a naciones libres a una potencia extranjera. Con ello la historiografía presente al respecto se ciñe al análisis formal de la evolución del pueblo de Otmán, con un auge espectacular que, sin embargo, trajo una caída mayor cuando los sistemas que sustentaban al Imperio se vinieron abajo. Sin embargo, en la Edad Moderna sí que hubo una extensa producción literaria al respecto, buscando indagar la procedencia de este pueblo y la visión de este como un segmento de un total mayor, el mundo islámico, más en contacto ahora si cabe con la conquista por parte de los Reyes Católicos del reino nazarí y la integración, aunque se demostrase de corta duración, de los musulmanes en el reino de Castilla y en el de Aragón. Así mismo, vemos la proliferación en aquella época de retratos de musulmanes ataviados con ropas otomanas y rasgos violentos, como las pinturas de Bellini que cita Bunes[35]. Una imagen estereotipada y generalizadora la cual refleja la falta de conocimiento imperante en la época pero, sin embargo, pone de relieve la ardua labor de estudio que se ha de realizar, pues muchas de estas premisas auto impuestas que nos marcamos para analizar culturas orientales, sobre todo si estas son islámicas, se mantienen, como la visión del mundo islámico como un todo o sus dimensiones imperiales y de profundización en la sociedad, pues se nos olvida, como todos los autores a los que he podido leer elaborando este trabajo confirman, que la libertad e igualdad para aquellas poblaciones ajenas al islam, pese a contadas excepciones, no tuvieron parangón en la época en los territorios cristianos. Como señala Colin Imber “escribir una historia general del Imperio otomano es una empresa temeraria […] requiere una base sólida de libros y artículos que abarquen todos los aspectos del tema, y una tradición de debate que le dé forma y dirección”, pues son numerosísimos los factores a tener en cuenta al querer estudiar un Imperio de tales dimensiones espaciotemporales, que abarcó un territorio inmenso durante cerca de seis siglos. El problema al cual se enfrenta el deseoso por conocer más de cerca este imperio es “no que no existan libros y artículos sobre el Imperio otomano, sino más bien que son escasos […]. Además, puesto que son relativamente pocos los que trabajan en este campo, los resultados de investigación tienden a existir aisladamente, […] adoleciendo el asunto de coherencia” (2004: 17).

No es hasta la década de 1970, como señala nuevamente de Bunes, cuando encontramos trabajos más elaborados sobre el auge y formación del Imperio, iniciados bajo los auspicios de Kemal H. Karpat con sus trabajos sobre los primeros tiempos del Imperio, y continuados a manos de autores como Robert Mantran, Bernard Lewis o Halil Inalcik, los cuales ya analizan el periodo de principios de la Edad Moderna. Estos estudios, que se han visto revitalizados desde la década de 1990 analizan la relevancia del enorme capital humano del que gozó el Imperio, sus estructuras organizativas sociales, civiles y militares, lo cual ayuda a entender de una forma más objetiva la pervivencia del Imperio y su funcionamiento, el cual se mostró más eficaz que los llevados por las naciones europeas durante la temprana Edad Moderna, logrando aunar bajo el mandato de Estambul a numerosas nacionalidades, credos y etnias diferentes, sin sufrir serios conflictos sociales y logrando una administración sumamente eficaz, basada en la cohesión social a través de la pertenencia a subgrupos, como los millets, con un representante ante las autoridades otomanas, que ejercía de vía de enlace entre la capital y los últimos elementos del Imperio, hechos estos indispensables para, como ya hemos señalado, ser capaces de entender la fuerza que tuvo el Imperio Otomano, sobre todo en su época de esplendor.

                                                                                                                    CONCLUSIONES

Cómo adelantábamos en el resumen, en este trabajo he buscado analizar el auge, establecimiento y vencimiento del poder y de la autoridad otomana en un inmenso territorio. Es este un tema enormemente amplio cuya percepción de forma profunda y eficaz requiere de un amplio bagaje cultural acerca del funcionamiento de las estructuras otomanas, tanto militares, como civiles y administrativas. Un hecho que se complica ante la singularidad de las investigaciones realizadas, las cuales es difícil concatenar una tras otra hasta hallar la respuesta clara a todas las preguntas que surgiesen al  respecto, pues los estudios en profundidad se encuentran bastante limitados. Así, las crónicas generales o los ensayos sobre un apartado concreto del Imperio otomano, como el trato a los cautivos o los tejemanejes internos de la Sublime Puerta, se suceden, sin encontrar un trabajo el cual se aventure a buscar las raíces del funcionamiento de un Imperio que sorprende al conocerlo por su inmensidad y su pervivencia, pese a las debilidades que ya le conocemos, pues aunó bajo una única autoridad, la del Sultán -  aunque a veces bajo la  del Gran Visir – un almagraba de pueblos, étnicas, culturas y religiones que, en Europa, con mucha menor diversidad, provocaron las conocidas como Guerras de Religión en el siglo XVII.

Es por ello que he intentado, a través de las opiniones de diferentes autores, tanto actuales como de época, conocer más sobre el funcionamiento del imperio. Así, he conseguido ver, pues aunque parezca extraño, no todos los autores coinciden o se atreven a afirmar de forma categórica, el funcionamiento de las fuerzas militares otomanas. Para ello los principales trabajos que he usado han sido los libros de Colin Imber y R. G. Grant. A través de estos podemos comprobar una vida social que unía de una forma u otra el mundo civil con el militar, al encontrarse todo el interés del Estado en, principalmente, garantizar la expansión territorial. Así, se crea una sociedad guerrera, donde las élites militares también serán sociales, caso de los jenízaros o los siphasis. La lealtad de estos hacia el sultán se debe más a una serie de factores de compensación, como la recepción de un timar por los servicios prestados, y no tanto una situación de fidelidad. Aun así las revueltas sociales o aristocráticas son mínimas y es característica del Imperio otomano su relativa paz interna, a excepción de los periodos iniciales de guerras civiles y de las futuras revueltas nacionalistas burguesas del siglo XIX, sobre todo en sus zonas europeas, además de los conflictos que sacudieron el Imperio en el siglo XVII, si bien las revueltas por abajo eran escasas.

Sin embargo, la falta de conquistas si fue una causa de debilitamiento del poder otomano, con una economía muy necesitada de la mano de obra esclava y de los movimientos económicos que esta generaba, y de nuevas conquistas, que la nutrieran. Así, hay constancias de campañas o razzias en busca de esclavos incluso en épocas de paz, una práctica cada vez más minimizada con el avance austriaco sobre Hungría tras rechazar la acometida del Imperio Otomano en 1683, cuando su ejército fue derrotado en la batalla de Kahlenberg, último intento consistente, aunque con escasos resultados, del Imperio de imponerse al resto de potencias europeas.

Si el sultán había perdido la autoridad y la capacidad de imponerse a sus valedores, otro tanto les pasaría a los grandes visires de la Sublime Puerta, que tendrían que enfrentarse a intrigas palaciegas y a los hostigamientos que ahora venían desde Europa, pues Austria ansiaba Hungría, que se perdería para siempre por el tratado de Carlowitz (1699), como Polonia y Rusia los territorios del Kanato de Crimea.

Junto a ello, el ejército otomano se encontraba cada vez menos dispuesto a proteger sus posesiones. La flota otomana, recompuesta y valiéndose de numerosos avances tecnológicos, pese a carecer de estos en Lepanto, si logró modernizarse y dotarse de nuevos navíos más predispuestos al combate naval, pero aun así siguió una velocidad lenta y se encontró en desventaja contra sus enemigos marítimos en el Índico y en el Mediterráneo. Así mismo, en el ámbito terrestre hubo de ceder Hungría como ya hemos señalado, y si bien obtuvo algunos éxitos en Grecia, no logró nuevas expansiones.

Es por ello que, la suma de factores como las pérdidas territoriales, de poder bélico y de conquistas, unidos a la falta de autoridad del sultán llevaron al otrora poderoso Imperio a su quiebra a largo plazo. He intentado trazar una línea de desarrollo acerca de la organización imperial, con los millets, las fuerzas armadas y funcionariales turcas por un lado y sus equivalentes jenízaras por otro, constituían el cuerpo sobre el que se erigía la Sublime Puerta. Un cuerpo este que en un  principio se mostró solido ante la lealtad mostrada hacia los sultanes, hasta las primeras revueltas jenízaras en el siglo XVII. Es aquí donde me gustaría plantear una idea, y es que es posible que el problema del Imperio fuera el excesivo poder alcanzado por algunos de estos grupos, en este caso, los jenízaros, sin que otros les hicieran de contrapeso. Los jenízaros constituyeron en un principio un grupo aparte dentro de la sociedad otomana, destinados a proteger al sultán en casa y en la batalla y a ser administradores del sultán en las provincias donde no hubiese un vasallo del mismo dirigiendo el timar, un miembro de los siphasis. Su condición de esclavos y la prohibición inicial de tener hijos hacía que el único estimulante fuera la promoción personal y, por tanto, seguir las líneas establecidas. Sin embargo, con la necesidad de aumentar el número de tropas, y ante la progresiva pérdida de protagonismo de la caballería y la ineficacia de los azabs en la guerra moderna, aumentaron el afilamiento a los jenízaros. Así se inició un proceso de progresivo desmantelamiento de las estrictas leyes que rodeaban a este cuerpo de élite, el cual empezó por admitir a musulmanes turcos dentro de sus filas, algo hasta entonces inadmisible por la imposibilidad de un converso de llegar a sultán, mientras que un turco de nacimiento tendría una mayor aceptación y podría suplantar al legítimo gobernante. Junto a esto el entrenamiento fue reduciéndose, pudiendo entrar varones de mayor edad que, por tanto, no experimentaban una vida dedicada al trabajo y las armas desde la infancia.

A esta pérdida de profesionalidad le acompaño un espíritu emprendedor entre este grupo, el cual comenzó a desempeñarse también como comerciantes y otros oficios. Es por ello que a esta casta guerrera, a la cual teóricamente deberían interesar y beneficiar las conquistas, podría no venirle tan bien, y abogar por la paz y el comercio, aunque fuera aceptando pérdidas territoriales puntuales. Así mismo eran tradicionalistas y rechazaban las innovaciones militares, en un afán por mantener la estructura jerárquica social tradicional, si bien ellos mismos se encargaron de corromperla. A la par que abolieron el sistema del desvirme, facilitando el acceso a la casta de los jenízaros, lograron aquello que se había buscado evitar a lo largo de todo el imperio: su establecimiento como una casta permanente, lo cual paso cuando lograron promocionar a sus familias dentro del cuerpo, convirtiéndose en un fuerte grupo de presión dentro del palacio, capaz de suplantar al legítimo sultán. Todo ello pudo llevar al Imperio a su fin, pues, haciendo una comparación que pudiera considerarse en cierta manera anacrónica, pero que atendiendo a la unión entre agentes económicos y poder político vislumbrado ya desde tiempos de Craso en Roma, los jenízaros ostentaron un elemento de fuerte peso económico dentro del Imperio por su faceta como emprendedores, así como político, por su situación de protectores de la casa del soberano.

No sería de extrañar por tanto que, poco después de su disolución, acaecida en 1826, comenzase el proceso del Tanzimât o <<renovación>>, en 1839, con el objetivo de modernizar las estructuras del Imperio y adaptarlo a los nuevos tiempos en cuanto su desarrollo tecnológico, industrial, social y nacional se había visto limitado por unos poderes poco tendentes a los cambios y al desarrollo tecnológico, en un territorio donde, si bien pareciese que el sultán tiene el poder absoluto y es receptor de toda la autoridad, ésta verdaderamente es de Allah, y el sultán está limitado por sus leyes.

 

[1] Grant, R.G. 2007.  Batalla. El recorrido visual más completo a través de 5.000 años de combates. Pearson – Alhambra. 86

[2] Grant, R.G. 2007.  Batalla. El recorrido visual más completo a través de 5.000 años de combates. Pearson – Alhambra. 122

[3] Almosnino, Moisés. 1998. Crónica de los Reyes Otomanos. Barcelona. 61

[4] Grant, R.G. 2007.  Batalla. El recorrido visual más completo a través de 5.000 años de combates. Pearson – Alhambra.122

[5] de Bunes Ibarra, Miguel Ángel. 2001. Carlos V, Venecia y la sublime puerta: la embajada de Diego Hurtado de Mendoza en Venecia. En Sociedad Estatal para la Conmemoración de los Centenarios de Felipe II y Carlos V: Congreso Internacional “Carlos V y la quiebra del humanismo político en Europa (1530 – 1558)” (Madrid, julio 2000). 594

[6] Imber, Colin. 2004. El Imperio Otomano. 1300 – 1650. S.A. Ediciones B. 300

[7] de Bunes Ibarra, Miguel Ángel. 2006. La defensa de la cristiandad; las armadas del Mediterráneo en la Edad Moderna. Instituto de Historia. CSIC. 78

[8]Imber, Colin 2004. El Imperio Otomano. 1300 – 1650. S.A. Ediciones B. 141

[9] Imber, Colin. 2004. El Imperio Otomano. 1300 – 1650. S.A. Ediciones B. 142

[10] Imber, Colin. 2004. El Imperio Otomano. 1300 – 1650. S.A. Ediciones B. 147 – 148. Colin Imber recoge aquí interesantes menciones por partes de autores cristianos, desde el siglo XIV, donde hablan y descalifican esta práctica por suponer apartar a los niños cristianos de sus familias y hogares para insertarles en una dura rutina de trabajo. Sin embargo, no coinciden en las edades exactas a las cuales estos infantes eran apartados de sus familias para darles una tradición islámica y de fidelidad al sultán.

[11] Imber, Colin. 2004. El Imperio Otomano. 1300 – 1650. S.A. Ediciones B. 271

[12]Grant, R.G. 2009. Soldado. Historia visual del combatiente. Pearson Educación. Alhambra. 122

[13] Imber, Colin. 2004. El Imperio Otomano. 1300 – 1650. S.A. Ediciones B. 283

[14] Imber, Colin. 2004. El Imperio Otomano. 1300 – 1650. S.A. Ediciones B. 130

[15] Imber, Colin. 2004. El Imperio Otomano. 1300 – 1650. S.A. Ediciones B. 296

[16] Grant, R.G. 2009. Soldado. Historia visual del combatiente. Pearson Educación. Alhambra. 118

[17] de Bunes Ibarra, Miguel Ángel. 2006. La defensa de la cristiandad; las armadas del Mediterráneo en la Edad Moderna. Instituto de Historia. CSIC. 81

[18] Imber, Colin. 2004. El Imperio Otomano. 1300 – 1650. S.A. Ediciones B. 299

[19] Grant, R.G. 2007. Batalla. El recorrido visual más completo a través de 5.000 años de combates. Pearson Educación. Alhambra. 129

[20] González Castrillo, Ricardo. 2007. Sobre la conquista otomana de Rodas. Universidad Rey Juan Carlos. Anaquel de Estudios Árabes (18). 121

[21] de Bunes Ibarra, Miguel Ángel. 2006. La defensa de la cristiandad; las armadas del Mediterráneo en la Edad Moderna. Instituto de Historia. CSIC. 84

[22]Imber, Colin. 2004. El Imperio Otomano. 1300 – 1650. S.A. Ediciones B. 300

[23] Imber, Colin. 2004. El Imperio Otomano. 1300 – 1650. S.A. Ediciones B. 91

[24] Ibidem 23. 98

[25] Imber, Colin. 2004. El Imperio Otomano. 1300 – 1650. S.A. Ediciones B. 99

[26] de Bunes Ibarra, Miguel Ángel. 1989. El enfrentamiento con el Islam en el Siglo de Oro: los Antialcoranes. En: Iglesia y literatura: la formación ideológica de España. VIII Seminario Internacional sobre literatura española y Edad de Oro (Madrid 1988; Cuenca 1988). UAM. 42 – 43

[27] Conde Pazos, Miguel. 2011. La embajada turca en Madrid y el envío de Alegreto de Allegretti a Constantinopla (1649 – 1650). Libros de Corte (3). UILCE – UAM.

[28] de Bunes Ibarra, Miguel Ángel. 2001. Carlos V, Venecia y la sublime puerta: la embajada de Diego Hurtado de Mendoza en Venecia. En Sociedad Estatal para la Conmemoración de los Centenarios de Felipe II y Carlos V: Congreso Internacional “Carlos V y la quiebra del humanismo político en Europa (1530 – 1558)” (Madrid, julio 2000). 594

[29] Martínez Torres, José Antonio. 2006. Europa y el rescate de cautivos en el Mediterráneo durante la temprana Edad Moderna. Espacio, Tiempo y Forma, Seria IV, Historia Moderna. UNED. 75

[30] Martínez Torres, José Antonio. 2006. Europa y el rescate de cautivos en el Mediterráneo durante la temprana Edad Moderna. Espacio, Tiempo y Forma, Seria IV, Historia Moderna. UNED. 72

[31] de Bunes Ibarra, Miguel Ángel. 2001. Carlos V, Venecia y la sublime puerta: la embajada de Diego Hurtado de Mendoza en Venecia. En Sociedad Estatal para la Conmemoración de los Centenarios de Felipe II y Carlos V: Congreso Internacional “Carlos V y la quiebra del humanismo político en Europa (1530 – 1558)” (Madrid, julio 2000). 594

[32] <<Pero a lo que podemos comprender de las platicas y andamientos desta Señoría con

el turco, tenemos por gierto, si otra cosa no se innoua entre ellos, que fenecida la suspensión

de armas que postreramente han hecho, que sera a xx de settiembre próximo, la tomara

a alargar, o harán paz particular, y estos procuraran de quedar neutrales con vra. m. y

el turco como lo estauan antes que se hiziesse la santa liga,[…] y que paraesto hará toda instangia el rey de francia con el turco.>> AGS, E., leg. 66, carta de 23 de ¡dio de 1539, fol. 9r.

[33] de Bunes Ibarra, Miguel Ángel. 2001. Carlos V, Venecia y la sublime puerta: la embajada de Diego Hurtado de Mendoza en Venecia. En Sociedad Estatal para la Conmemoración de los Centenarios de Felipe II y Carlos V: Congreso Internacional “Carlos V y la quiebra del humanismo político en Europa (1530 – 1558)” (Madrid, julio 2000). 599

[34] de Bunes Ibarra, Miguel Ángel. 2002. El Imperio Otomano y la república de Turquía; dos historias para una nación. CSIC – Madrid. 174

[35] de Bunes Ibarra, Miguel Ángel. 2007. Cristianos y musulmanes ante el espejo en la Edad Moderna: los caracteres de hostilidad y de admiración. Cuadernos del Mediterráneo (8). 308

                                                                                                                      BIBLIOGRAFÍA

-        Almosnino, Moisés. 1998. Crónica de los Reyes Otomanos. Barcelona.

-        Conde Pazos, Miguel. 2011. La embajada turca en Madrid y el envío de Alegreto de Allegretti a Constantinopla (1649 – 1650). Libros de Corte (3). UILCE – UAM. 10 – 15

-        de Bunes Ibarra, Miguel Ángel. 1989. El enfrentamiento con el Islam en el Siglo de Oro: los Antialcoranes. En: Iglesia y literatura: la formación ideológica de España. VIII Seminario Internacional sobre literatura española y Edad de Oro (Madrid 1988; Cuenca 1988). UAM. 41 – 58

-        de Bunes Ibarra, Miguel Ángel. 2001. Carlos V, Venecia y la sublime puerta: la embajada de Diego Hurtado de Mendoza en Venecia. En Sociedad Estatal para la Conmemoración de los Centenarios e Felipe II y Carlos V: Congreso Internacional “Carlos V y la quiebra del humanismo político en Europa (1530 – 1558)” (Madrid, julio 2000). 591 – 617

-        de Bunes Ibarra, Miguel Ángel. 2002. El Imperio Otomano y la república de Turquía; dos historias para una nación. CSIC – Madrid. 173 – 191

-        de Bunes Ibarra, Miguel Ángel. 2006. La defensa de la cristiandad; las armadas del Mediterráneo en la Edad Moderna. Instituto de Historia. CSIC. 77 -  99

-        de Bunes Ibarra, Miguel Ángel. 2007. Cristianos y musulmanes ante el espejo en la Edad Moderna: los caracteres de hostilidad y de admiración. Cuadernos del Mediterráneo (8). 307 – 311

-        González Castrillo, Ricardo. 2007. Sobre la conquista otomana de Rodas. Universidad Rey Juan Carlos. Anaquel de Estudios Árabes (18). 117 – 135

-        Grant, R.G. 2007. Batalla. El recorrido visual más completo a través de 5.000 años de combates. Pearson Educación. Alhambra. 126 – 134

-        Grant, R.G. 2009. Soldado. Historia visual del combatiente. Pearson Educación. Alhambra. 118 – 123

-        Imber, Colin. 2004. El Imperio Otomano. 1300 – 1650. S.A. Ediciones B

-        Martínez Torres, José Antonio. 2006. Europa y el rescate de cautivos en el Mediterráneo durante la temprana Edad Moderna. Espacio, Tiempo y Forma, Serie IV, Historia Moderna. UNED. 71 – 85

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