Sobre la monarquía

Comparte historia...Tweet about this on TwitterShare on Facebook

Monarquía o República. Hablamos de un tema que hoy preocupa a la sociedad española. Muchos evitan opinar sobre este tema por la “irrelevancia política” que suponen ambos sistemas en la vida del ciudadano. Pero a pesar de ello, vamos a intentar analizar la razón de ser de cada una de las instituciones.

Cuando hablamos de un rey hablamos de un líder, de la cabeza del Estado. Parafraseando a Rousseau, debemos establecer su origen en un “pacto social” por el cual una serie de individuos deciden asociarse para crear una realidad política superior. Esta nueva realidad tiene una función concreta: Mejorar la calidad de vida de dichos individuos. Ya John Locke nos hablaba de que todos los individuos eran libres, pues poseían unos derechos naturales innatos, y el Estado debía ser un instrumento que garantizase el uso y disfrute de esos derechos. Por otro lado, como respuesta a las ideas ilustradas tenemos la idea acuñada por el Romanticismo que nos propone, simplificando mucho, la comunidad como protagonista, no el individuo. El individuo sería una parte de un organismo vivo y pertenecería a la comunidad independientemente de su voluntad. Ahora bien, en ambos casos, la cabeza del Estado viene a necesitar una legitimidad.

Así pues, nos encontramos con una comunidad, independientemente de que sea fruto de un pacto entre individuos libres, o una comunidad orgánica, y esta comunidad es gestionada por un líder. Desde que las sociedades humanas comenzaron a jerarquizarse, todos los líderes lo han sido por alguna razón. Si nos remontamos a la prehistoria, los investigadores creen que en algunos casos el líder sería el mejor guerrero; no obstante, este sistema se pervertiría con el traspaso hereditario de dicho liderazgo. Lo que es evidente es que se debía legitimar o justificar las razones por las que un líder era líder, así como justificar la razón por la cual ese liderazgo era hereditario (En el caso de tratarse de una comunidad con liderazgo hereditario).

En el siglo V a.C. ya tenemos constancia de polis o ciudades-estado con diversos sistemas políticos. Todos conocemos el caso de la Atenas Clásica, la cual gozaba de un sistema democrático (salvando las distancias, como el caso de ser una sociedad paternalista). En esta polis existían numerosas instituciones entre las que destacaré el consejo de los 500 (la boulé) que “preparaba la agenda del parlamento” y la ekklesía o parlamento, donde se decidían todas las cuestiones que afectaban a la sociedad ateniense, formada por 6000 integrantes, es decir, prácticamente la totalidad de la ciudadanía. En este caso serían los propios ciudadanos los que decidían por mayoría las cuestiones relevantes. Así pues, la legitimidad de las decisiones provenían del pueblo.

Sin embargo, toda monarquía propiamente dicha, desde la monarquía macedonia, como la persa, hasta las monarquías europeas de la Edad Media ha sido hereditaria. Aquí reside un problema de legitimidad debido a que históricamente, la razón de la existencia de un líder es mejorar y gestionar la nueva realidad política creada. Por ello, el pacto social se saldaría con la entrega de determinados derechos, es decir, el líder recibe el monopolio legítimo de la violencia por “cesión” o “consentimiento” del resto de ciudadanos, por lo que la soberanía o la legitimidad proviene de los integrantes de la sociedad. Así pues, el problema consiste en que la razón de ser del líder es su validez, no su sangre.

El problema llega cuando se quiere cambiar este sistema, es decir, cuando se pretende acabar con la soberanía de los integrantes de la sociedad, pues hay que justificar ante ellos una razón superior e incuestionable. Es por ello que la religión se convirtió en una fuerte aliada e instrumento efectivo de las monarquías. Sería la divinidad la que otorgaría la legitimidad a la sangre, a las familias de los líderes, dejando a un lado así la soberanía iniciada en base del pacto social. Todos conocemos la frase que nos dice “Rey por la Gracia de Dios”, así como las ceremonias de unción de los monarcas y muchos de los procesos que apreciamos no sólo en la Edad Media, sino en la etapa imperial Romana. El gran argumento es atribuir el liderazgo a una entidad incuestionable. Es por ello que el propio Carlomagno se apoyó en la Iglesia Católica para conseguir cohesión en su reino tan heterogéneo. Esto no significa que no hubiera disputas de poder, pero ambas instituciones eran conscientes de que dependían de la otra, a pesar de su voluntad.

Así nos encontramos con siglos de sociedades jerarquizadas legitimadas por la “Gracia Divina”; es decir, legitimadas en un dogmatismo indemostrable pero también incuestionable.

La ilustración supondría una revisión cultural de numerosas cuestiones en base a un pensamiento relativamente racional y objetivo. El liberalismo sería la materialización política de estas ideas, y la Revolución Francesa un ejemplo que nos servirá para explicar lo que supuso la búsqueda de nuevas fuentes de legitimidad con la crisis del Antiguo Régimen.

Con pensadores como Rousseau, Montesquieu, Voltaire, Locke… se comenzó a cuestionar la legitimidad divina de los monarcas, así como otra serie de cuestiones políticas, muchas de ellas basadas en cuestionar los privilegios. No sólo la monarquía y su legitimidad provenían de Dios, también los privilegios en los que se fundamentaban los estamentos provenían del ejercicio de sus profesiones, que les acercaban a la excelencia moral. Así pues, nos encontramos con una sociedad de privilegiados y no privilegiados, y su calidad social depende de la religión, de Dios. Ya Sieyés, cuando se preguntó qué era el tercer estado se respondió: Todo. Y la razón por la que es todo es la productividad. Los privilegiados no producen y los no privilegiados sí, por ello dice que el país no existiría sin el tercer estado pero si faltaran los privilegiados seguiría adelante. Es por ello que se llega a la conclusión que la legitimidad no depende de Dios, sino del pueblo. Sería desde entonces que surgiría lo que conocemos como monarquía constitucional, es decir, que es rey porque el pueblo decide que así lo sea.

Con este cambio el rey y sus herederos dejan de ser líderes por la Gracia de Dios para pasar a serlo por la Gracia del pueblo. Esto significa que si el pueblo lo decide, el rey puede ser tumbado o cambiado. Es el pueblo quien posee una voluntad creadora y puede decidir que sistema político quiere aplicar.

La ciudadanía ejercerá su soberanía mediante representación, debido al gran número de ciudadanos y la imposibilidad de reunirlos en un mismo lugar. Serían estos representantes los que en el parlamento decidirán las cuestiones que atañen al país. Este parlamento crea y acepta someterse a una constitución, a la que el rey también debe someterse. Así pues, la ley es creada por consenso y se aplicaría a todos los integrantes de la sociedad.

Tras esta breve introducción histórica, hemos de recordar que numerosas monarquías sobrevivieron a la crisis del Antiguo Régimen como monarquías constitucionales, es decir, como monarquías sometidas a una constitución. En este caso el poder absoluto del rey se vería afectado de numerosas maneras, entre otras cosas, por la división de podereres. En un Estado constitucional el poder legislativo, ejecutivo y judicial tienden a estar separados en diferentes entidades para evitar la corrupción de una de ellas (Montesquieu). Así el rey, en un principio, obtuvo el poder ejecutivo, siendo la cabeza del Estado, pero haciendo cumplir unas leyes dictadas por un parlamento y juzgadas por unos tribunales independientes. Hoy en día el poder ejecutivo reside en el gobierno en cuestión, votado por todos los ciudadanos. Es por ello que la figura del monarca se transformó en algo meramente representativo.

Quizás por esta razón quiero realizar esta reflexión. La figura de un presidente de la república o de un monarca es de representación del Estado de un país, por lo que sus funciones son, generalmente, internacionales. La diferencia entre ambos reside básicamente en su elección. Un presidente de la república es elegido democráticamente por todos los ciudadanos, al igual que el gobierno; mientras que un rey es rey por su mera pertenecencia a dicha familia. Me resultó bastante representativa una anécdota acontecida en tve durante la emisión de la coronación de Felipe VI, en la cual el expresidente del Congreso, José Bono, se refería al nuevo rey diciendo que “teníamos mucha suerte de tenerlo”, ya que era una persona “muy preparada”. En el caso de que el hijo de Juan Carlos I hubiera sido algo más incompetente, hubiera sido rey igual. Es por ello que la votación, el ejercicio democrático de la soberanía nacional se creó para evitar este tipo de situaciones. No voy a entrar en debates sobre la preparación de Felipe VI, pero si en el hecho de que un individuo suba 6 rangos militares por el mero hecho de pertenecer a una familia, o que una niña de menos de 15 años cobre 8000 euros mensuales. Se dice que un sistema democrático dentro de un sistema capitalista es una meritocracia, es decir, que uno puede, por méritos propios, llegar a ser lo que se proponga si trabaja duro para ello. Creo que el hecho de contar con una institución tan ambigua y fundamentada en el “derecho divino” a gobernar choca radicalemente con este supuesto. Si Felipe VI realmente es una persona tan válida, podrá ser demostrado en las urnas. Si en el artículo 1.2 de la Constitución Española se dice que la soberanía reside en el pueblo español, creo que una monarquía no hace más que violar este principio, pues en la cabeza del Estado no se puede ejercer dicho derecho. Esto por no hablar de otros artículos como aquel que afirma que la figura del rey es inviolable.

Muchos defienden la figura de la monarquía debido a que fue aquella que nos trajo la democracia. Pese a lo cuestionable de esta aformación, debemos considerar en todo caso que nos la devolvió, además de tener en cuenta otros supuestos en los que no entraré. Ahora bien, lo ideal es cuestionar el funcionamiento de nuestras instituciones y modernizarlas. Nunca cuestionaré la validez de nadie, pero si el hecho de no permitir ejercer la soberanía nacional. El poder ejecutivo es representante de un pueblo que lo ha elegido, eso es el problema de base, un problema de concepción del sistema por el cual se debe comprender que el poder del ejecutivo deriva del pueblo y no al revés. Cuando la cabeza del Estado es impuesta entramos en un conflicto de intereses considerable, pues no se puede afirmar en una misma contitución que la soberanía reside en el pueblo español y que la figura del rey es inviolable. Si la soberanía es nacional, la figura del rey debe tener el respaldo del pueblo español, y no de una cámara de representantes que funcionan como una oligarquía que sólo llama al pueblo “soberano” durante el periodo electoral. No cuestiono que el pueblo español prefiera una monarquía o una república, pero si que cuestiono el no poder saber lo que quiere, porque no se tiene en cuenta la opinión del pueblo. Si la legitimidad de una monarquía ya no depende de la Gracia de Dios, sino del pueblo español, se deberá confirmar esa legitimidad en momentos de transición tan importantes como este.

 

Submit a Comment

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *

Puedes usar las siguientes etiquetas y atributos HTML: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <strike> <strong>