Verdades y mentiras de la Inquisición española
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Verdades y mentiras de la Inquisición española

22 de enero, 2026

La inquisición española ejecutó menos del 2%

Podcast sobre la verdad de la Inquisición española

Más allá de la Leyenda Negra

Cuando se menciona la Inquisición española, la imaginación colectiva suele activarse de inmediato: hogueras encendidas, sótanos oscuros y una maquinaria represiva sin freno. Esa imagen, forjada durante siglos, bebe directamente de la llamada Leyenda Negra, un relato que convirtió al Santo Oficio en el símbolo absoluto del fanatismo.

Obra de Francisco de Goya

Obra de Francisco de Goya

La realidad histórica, sin embargo, resulta bastante menos uniforme. La Inquisición —activa entre 1478 y 1812 en los territorios de la Corona— fue una institución represiva, sí, pero también profundamente burocrática, legalista y, en muchos aspectos, menos letal de lo que suele creerse. Separar mito y dato no la absuelve, pero ayuda a entenderla sin caricaturas.

Como escribió Bartolomé Bennassar, la Inquisición es un ejemplo perfecto del riesgo que aparece cuando Estado e ideología religiosa se funden en una sola estructura de poder. Y ahí está la clave.

Mito 1: ¿La institución más sanguinaria de Europa?

Esta es, probablemente, la acusación más repetida. Sin embargo, los archivos históricos cuentan otra historia. Comparada con otros países europeos, la represión religiosa en España fue menos intensa en términos de número de víctimas.

Un dato resulta especialmente revelador: entre 1517 y 1648, el Santo Oficio procesó alrededor de 2.700 personas por protestantismo. Muchas eran extranjeras y una parte considerable evitó la pena capital.

El contraste es brutal si miramos hacia Francia. En la Noche de San Bartolomé, ocurrida los días 23 y 24 de agosto de 1572, más de 3.000 hugonotes fueron asesinados solo en París, bajo el reinado de Carlos IX.

Una sola noche superó con creces las cifras inquisitoriales españolas acumuladas durante más de un siglo. Lo curioso es que ese dato rara vez aparece en el imaginario popular.

Mito 2: ¿La mayoría de los juicios acababan en la hoguera?

La hoguera se ha convertido en el icono visual de la Inquisición, pero fue una excepción, no la norma. El Santo Oficio juzgaba un abanico amplísimo de delitos, muchos de ellos menores desde una perspectiva actual.

Un estudio clásico de Jaime Contreras y Gustav Henningsen, basado en más de 49.000 procesos entre 1540 y 1700, arroja cifras poco conocidas:

Blasfemias y expresiones irreverentes: 27 %

Mahometismo: 24 %

Judaizantes: 10 %

Luteranismo: 8 %

Brujería y superstición: 8 %

Otros delitos (bigamia, sodomía, corrupción…): el resto

Las condenas a muerte representaron apenas el 3,5 % de los casos, y solo se ejecutaron efectivamente en torno al 1,8 %. Las penas habituales eran multas, penitencias públicas, prisión o trabajos forzados en galeras. La hoguera existió, pero no fue el final más frecuente.

Mito 3: ¿La tortura como método habitual?

Aquí la imagen popular se impone con fuerza: inquisidores crueles arrancando confesiones a base de tormento. Sin embargo, según el hispanista Henry Kamen, el procedimiento inquisitorial ofrecía más garantías que muchos tribunales civiles de la época.

La tortura estaba regulada con normas precisas:

Se aplicaba solo en casos excepcionales, cuando existían indicios sólidos.

Siempre bajo supervisión directa de un inquisidor.

Con presencia obligatoria de un secretario que lo registraba todo, incluso los gritos.

Muchas prácticas comunes en tribunales civiles europeos estaban prohibidas.

Y lo más importante: cualquier confesión debía ser ratificada al día siguiente, sin coacción, para tener validez legal.

No es una defensa moral, pero sí una corrección histórica. El sistema era represivo, aunque no arbitrario en el sentido que suele imaginarse.

Mito 4: ¿La gran responsable de la caza de brujas?

Paradójicamente, la Inquisición española fue mucho más escéptica con la brujería que otros tribunales europeos. Para muchos inquisidores, las brujas eran víctimas de superstición popular, no una amenaza teológica organizada.

Los datos europeos son claros. Según el historiador Wolfgang Behringer, entre 40.000 y 60.000 personas murieron ejecutadas por brujería en Europa.

España, Portugal e Italia suman apenas unas 500 ejecuciones.

Alemania y los Países Bajos superaron las 25.000.

La ironía histórica es evidente: los territorios que alimentaron la imagen más feroz de la Inquisición fueron, en realidad, los más letales en la persecución de brujas.

Mirar la historia sin leyendas

La Inquisición española fue un instrumento de control social y religioso, represivo y limitador de libertades. Eso no está en discusión. Pero los datos desmontan la idea de una institución excepcionalmente cruel frente al resto de Europa.

Entenderla exige abandonar el mito y enfrentarse a la complejidad: menos ejecuciones de lo que se cree, procedimientos más regulados que otros tribunales contemporáneos y una represión que, siendo real, fue también utilizada como arma propagandística durante siglos.

Como escribió Sebastian Castellio:

“Quemar a un hombre para defender una idea no es defender una idea, es solo quemar a un hombre”.

Quizá esa frase resume mejor que ninguna otra el verdadero debate: no absolver el pasado, pero tampoco deformarlo.

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